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jueves, 2 de marzo de 2017

Pedro, Sócrates, Platón y otras chicas del montón

    Pedro abre la puerta de la estancia y la cierra tras de sí. Se encuentra en una habitación amplia y poco amueblada. Una cortina blanca tamiza la luz de la calle y crea un ambiente sosegado y acogedor. Se atusa su flequillo imposible, levantado hacia el cielo a base de toneladas de laca, en un gesto inconsciente y nervioso. Frente a él, la doctora le espera sentada en una silla de diseño y le invita a sentarse en la que hay en frente.

-¡Pedro!¿Puedo tutearte? Es un honor tenerte como paciente.
- Hola. Claro que puedes tutearme. Todo el mundo lo hace, me hace sentir más joven. Gracias, no es para tanto. Según tengo entendido, esto está lleno de gente del cine y la televisión. Vengo con muy buenas referencias tuyas, Carmen.
- Bueno, me alegro de que mis pacientes se sientan satisfechos con el trabajo que hago. Pero no te quedes ahí, toma asiento por favor.
- Ah, sí, claro.

    Pedro rodea la silla que hay frente a la doctora. la punta de su zapato se engancha con una de sus modernas y retorcidas patas y va a dar de bruces contra Carmen, quien lanza su bloc de notas por los aires justo a tiempo para poner las manos sobre los hombros de Pedro y evitar que se vayan de espaldas contra el suelo. La cara de Pedro queda apoyada contra el hombro izquierdo de Carmen, y esto hace que su flequillo se meta en la nariz de la doctora y genere un cosquilleo que la hace estornudar sobre la espalda del insigne director. Está acatarrada y de sus fosas nasales ha salido disparada una masa gelatinosa y verde que se queda adherida a la espalda de la lujosa cazadora de ante de Pedro.

- ¡Lo siento muchísimo! Discúlpame por favor. Qué torpe soy, mil perdones. Menudo comienzo...- dice Pedro mientras se pone en pie azorado y se coloca la ropa.
- No pasa nada hombre, le puede ocurrir a cualquiera. Estas sillas, que son, son...bueno, sillas. ¿Tú bebes Pedro? Bueno da igual...le puede pasar a cualquiera. ¿Bebes?¿Te has atizado un carajillo antes de venir? Bueno, déjalo estar, anda siéntate y comencemos la sesión.
- Lo siento mucho Carmen.- responde Pedro mientras se atusa el flequillo y nota que tiene las puntas húmedas. Se lleva la mano al lateral del pantalón y limpia su palma en un gesto casi imperceptible.- No, no bebo. Aunque ganas no me faltan. Tan sólo estoy un poco nervioso y desorientado.
- Cuéntame.- le anima Carmen mientras imagina sus mocos restregándose entre la espalda de su paciente y el respaldo de tela de la silla en la que se deja caer.
- Pues verás, no sé cómo empezar. La verdad es que ha sido una suerte que no tuvieras pacientes a esta hora y pudieras atenderme en el momento. Vengo directo del rodaje. Verás, te lo cuento sin preámbulos: me he marchado. Sí, he tomado las de Villadiego y les he dejado a todos allí empantanados. A la francesa. Me he quedado solo un momento y es como si se me hubiera encendido una bombillita. Se me ha acelerado el corazón y, de repente, me he escabullido por detrás de una cortina. Allí me he encontrado a un señor que no conozco de nada, que me ha confesado que se estaba comiendo el bocata de un guionista y que, por favor, no le dijera nada a nadie. Me ha llenado la cara de migas, hablaba con la boca llena. La verdad es que el chorizo olía de maravilla, le hubiera pegado un buen bocado. Pero no, yo estaba a lo mío, que era huir despavorido. Así que le he dejado allí con su bocadillo y me he marchado con viento fresco. Luego te he llamado y aquí estoy.
- Bien Pedro, bien.- responde Carmen en un tono amable y aséptico.- ¿Y por qué razón querías verme?
- Pues verás Carmen. Necesito hablar con alguien que entienda de estas cosas y me las explique. Entonces me acordé de Woody Allen y de sus películas, esas en las que se pasa la mitad del tiempo con su psicoanalista. Esas escenas siempre me han parecido tan glamurosas y divertidas... y además encuentro montones de paralelismos en nuestras vidas: él ha ganado el Oscar y yo también. Sus películas residen en Nueva York y las mías en Madrid. Su familia era judía y la mía católica. Él toca el clarinete y yo la zambomba. Y qué decir de nuestro humor, tan parecido. Ambos tenemos una intensa relación emocional con las mujeres. Los dos hemos ganado el Oscar. ¿Te lo había dicho ya? Aún recuerdo como si fuera ayer cuando Penélope grito mi nombre haciéndose pasar por verdulera. Por cierto, no entiendo cómo sus padres pudieron ponerle un nombre que recuerda al falo de un dramaturgo. Bueno, que me voy por las ramas. Pues eso, almas gemelas, casi como dos gotas de agua, ¿no crees?
- ...
- Así que por eso estoy aquí. Me dije: yo también necesito terapia, como Woody. Verás la publicidad que te hago cuando los periódicos se enteren de que estoy viniendo a verte. ¿O quizá no deberían enterarse? No sé, ya le preguntaré a mi manager...Ah no, a él no...
- Bueno Pedro, menudo torrente de verborrea, permíteme que te lo diga. Pero entonces, deberías contarme por qué has huido del plató de esa forma... Si tú quieres.
- Pues claro que quiero, por eso he venido. Mira, no soporto más a mi hermano. Lleva décadas viviendo a mi sombra. Me parasita, me chupa la sangre, y luego se permite decirme todo el rato lo que tengo que hacer. ¡No le aguanto más! A ver si ahora es capaz de terminar la película él solito.
- Pero Pedro, según tengo entendido tu hermano no es director de cine...
- Pues eso mismo digo yo. Ea, que se las apañe ahora si puede. Yo desaparezco... Oye, según te estoy hablando me estoy dando cuenta de que tienes un aire a Aspasia de Mileto. Sí, sí, eres clavadita.
- ¿A quién?.- pregunta Carmen mientras decide si recetarle medicinas para un elefante o encerrarle en un psiquiátrico.
- A Aspasia de Mileto.- responde Pedro señalándola con su índice.- Eres su viva imagen. Era la pareja de Pericles en la antigua Grecia. Sí mujer, el del Siglo de Pericles, ¿no te acuerdas? El que hizo el Partenón y todos esos edificios maravillosos. Pero a mí siempre me ha interesado más Aspasia, ya sabes lo que me gustan las mujeres que están en segundo plano. La estuve investigando para basar algún personaje mío en ella, pero me encontré con que no era ninguna bonachona sentimental amargada. Pero tú, tú, eres su viva imagen.
- Pedro, creo que deberías calmarte. Me estabas hablando de tu hermano, ¿recuerdas? No sé quién es la tal Aspato ni quiero saberlo...¿Por qué no sigues con...?
- Pues mira, Aspasia fue, entre otras cosas, una hábil conversadora, como tú. Y además era filósofa, algo parecido a lo que tú haces. ¿Sabías que el mismísimo Sócrates frecuentaba su casa y buscaba su compañía? Tan sólo para hablar, claro. Igual que tú y yo.
- Pedro, creo que...
- Vamos a hacer una cosa. Imagina que estamos en un rodaje y filmamos una conversación entre Sócrates y Aspasia. Sí, imagínatelo. Vamos a improvisar... A partir de ahora yo soy Sócrates y digo: Querida Aspasia, he venido a decirte que mi alumno más aventajado, Platón, me tiene harto.- Pedro se inclina hacia adelante y hace como que toma un racimo de uvas de un cuenco y se lo lleva a la boca.- No para de anotar todo lo que digo. Inventa unos diálogos en los que pone en mi boca cosas que yo no he dicho. Se interesa por mi salud cuando yo me encuentro perfectamente, como si deseara que me muriera ¡No pienso volver a conversar con él jamás! Por cierto, ¿dónde está Pericles? ¡Él sí que sabe tratar a la gente y mostrar respeto por un anciano sabio como yo!
- ¿Pericles?
- Bueno, no te excuses, no pasa nada. Nuestra polis está en sus manos. Gracias a gente como tu marido tú y yo podemos estar aquí conversando tan tranquilos. El caso es que yo te hablaba de Platón, ese alumno que ha decidido robarme todas las ideas para tirarlas a la basura y poner en boca mía cosas completamente llenas de sentido. Que si la Belleza y el Bien, que si la Caverna... Yo no he venido al mundo para decir cosas sensatas, sino para hacer ver que mi flequillo es el hecho más improbable e interesante de toda la historia de la humanidad.
- Pedro, creo que deberías calmarte un poco. Estás muy exaltado y no sabes bien lo que dices...
- Lo sé Aspasia, lo sé, y por eso acudo en busca de tus sabios consejos. ¿Qué me recomiendas que haga con ese muchacho?
- Pues mira Sócrates.- responde Carmen algo atemorizada.- creo que mis humildes conocimientos no están a la altura de tu problema. Quizá lo mejor sería que fueras en busca de mi marido, Pericles. Él sabrá cómo dar solución a este asunto. Ahora mismo se encuentra con Woody Allen, supervisando las obras del templo de Atenea Nike. Te recomiendo que salgas ahora mismo para allá y le repitas todo lo que me has contado a mí.- dice Carmen mientras le tiende un papelito con una dirección garabateada.
- Magnífica idea. Eso haré.- responde Pedro mientras se levanta de su silla. El moco de la doctora se ha secado y emite un crujido al separarse de la chaqueta del famoso director.- Muchas gracias Aspasia. Cuídate mucho.

    Pedro abandona la habitación movido por una energía electrizante, la misma que quizá colabore al sostenimiento de su flequillo. Carmen se levanta y se acerca a la ventana que da a la calle. Ve cómo Pedro sale del portal envuelto en una de las cortinas de su sala de espera, a modo de toga griega. Pide un taxi y desaparece entre el barullo de coches de Madrid. La doctora se gira y abre un armario. Saca de su interior un limpiacristales y un trapito, y se entrega  de forma compulsiva a limpiar la mancha verdosa del respaldo de la silla.
    Mientras, Pedro llega por fin a la dirección que Carmen le ha proporcionado. Paga al taxista y se apea frente a un edificio imponente, rodeado por extensos jardines por los que pasean extraños seres. Este debe ser sin duda el templo de Atenea Nike, piensa. Empuja los pesados barrotes de la verja y se encuentra con dos personas que ya le estaban esperando.
- ¿Alguno de ustedes ha visto por aquí al ciudadano Pericles y a su amigo Woody? Necesito consultarles algo con urgencia.
- Sí, sí, están aquí mismo, Sócrates. Acompáñenos.
- Un momento. ¿No serán ustedes amigos de Platón, ese alumno fabulador y ególatra disfrazado de estudiante humilde y adulador?
- No, ni siquiera le conocemos. Acompáñenos por favor.
- Está bien, está bien. Oye, ahora que me fijo...¿no os han dicho nunca que os parecéis muchísimo a Faemino y Cansado?.- pregunta Pedro mientras se separa de ellos y encuadra sus caras con las palmas abiertas, formando un rectángulo con el pulgar y el índice de sus manos alrededor de sus cabezas.- Sois clavados. Igualitos. Vamos a hacer una cosa. Imaginemos que estamos en un plató y...

   

martes, 31 de enero de 2017

La Secta de los Tanlentos

    Jamás había visto beber tanto a Pepe. Creo que tenía que ver con el hecho de que en su nuevo convenio colectivo le habían quitado un moscoso al año y estaba consternado. Se encontraba en la fase de la exaltación de la amistad y había colocado su brazo izquierdo alrededor de mi espalda con el fin de atraerme hacia sí y poder gritarme al oído mientras me llenaba la cara de escupitajos. A su vez yo trataba de recordar dónde le había conocido, siendo tan diferentes. Me reconocí incapaz de visualizar nuestro primer encuentro, aunque por otro lado ya no recordaba la vida sin él. Y el caso es que tenía la extraña sensación de que siempre había estado pero nunca había estado. Era funcionario en algún lugar, en una oficina en la que se llevaban a cabo asuntos difusos, brumosos, poco definidos, pero que en su boca parecían agotadores. Un lugar en el que siempre había conflictos inveterados, agrias disputas y quejas fundadísimas. Pero la verdad es que nadie sabíamos dónde estaba ni qué se hacía por allí.
    Te voy a contar un secreto, amigo del alma, dijo. Una sabiduría transmitida de generación en generación a unos pocos elegidos. Hoy es el Día de los Trabajadores y celebramos una reunión muy especial. 
    ¿A qué te refieres Pepe? Contesté de forma mecánica, utilizando ese tono mezcla de paciencia, condescendencia y cariño que se reserva a los borrachos, tal y como se hace con los niños pequeños, en parte para darle pie a decir algo que nos haga reír, en parte para dejar de escuchar si se sumerge en la enésima ralladura mental.
    Y fue entonces cuando me habló de la Secta de los Tanlentos, una especie de grupo masónico que se reunía en secreto y que compartían la fórmula de la verdadera felicidad. Me explicó que en día tan señalado como hoy un miembro podía incorporar al selecto club a una persona de absoluta confianza y que por fin había llegado su turno, que había esperado con impaciencia, deseoso de compartir su secreto conmigo y ayudarme a transformar mi vida y comprender la realidad tal y como es. Yo no le hice ni caso y me dejé arrastrar pensando en el daño que hace el alcohol a las pocas neuronas que de por sí tenemos. Pensé que me llevaba a alguna fiesta a casa de un amigo cuando, para mi sorpresa, me encontré plantado frente a la puerta del ayuntamiento a las tres de la mañana. Pepe dio un único golpe seco a la madera y me explicó, acompañado de un guiño, que esa era su llamada secreta. 
   De repente fui consciente del frío que hacía y del profundo silencio que nos rodeaba. Y de que si Pepe hacía alguna locura, la cámara que nos enfocaba lo registraría. No te preocupes, las controlamos todas nosotros, me dijo con la boca apoyada sobre su hombro, mientras una voz gutural, apagada, respondía con un gruñido al otro lado de la puerta. Por primera vez sentí miedo y comprendí que algo extraño pasaba. Pepe apoyó su mejilla izquierda sobre la madera de la puerta y susurró: laborare gilipollum est.
    La contraseña surtió su efecto y la puerta se abrió. Yo no salía de mi asombro mientras cruzaba el umbral y me encontraba frente a frente con un hombre fofo y calvo que se movía muy despacio pese a que aún no era un anciano.
    Caminamos en penumbra los tres por el recibidor amplio. Luis, el celador, dijo Pepe sobre el eco de nuestros pasos. El caso es que la cara de aquel tipo me sonaba pero no sabía de qué. Recorrimos juntos un oscuro y largo pasillo. Ninguno de los tres hablaba y me invadieron oscuros pensamientos. Me imaginé descuartizado cual virginal ofrenda al oráculo de Delfos, arrojado a una sima de lava ardiente por un grupo de fanáticos religiosos, no sin antes haber sido privado de mi corazón aún latente por los crispados dedos de un mago poseído, como en Indiana Jones o, en un fugaz ataque de optimismo, envuelto en una espiral de sexo y riquezas como le ocurre a Tom Cruise en Eyes Wide Shut. Una fina línea de luz fulgurante creaba un amplio rectángulo al final del pasillo, enmarcando lo que supuse que era una puerta. Nos alcanzó un leve murmullo que fue en aumento hasta convertirse en una algarabía. Pude ver de nuevo la cara de Pepe, bañada en sudor, y dominada por un extraño brillo en sus ojos que jamás había visto, mientras daba pequeños sorbos al vaso de whisky recalentado que se había llevado del bar.
    El celador nos abrió la puerta y nos cedió el paso. Me temblaban las piernas y a punto estuve de salir corriendo. Un fugaz vistazo al pozo negro a mi espalda hizo que descartara tan descabellada idea y me pegué a los omoplatos de Pepe en un acto instintivo. El celador me miró con osquedad mientras apoyaba su mano en mi hombro y me presionaba con firmeza, conminándone a pasar.
   Lo que allí encontré me dejó de piedra. Cientos de personas charlaban y bailaban en una enorme sala de reuniones, o se arremolinaban en torno a mesas repletas de comida y bebida, servidas en vasos y platos de plástico blanco. Nada de orgías desenfrenadas ni sacerdotes asesinos. Tan solo un montón de gente pasando un rato agradable, como en cualquier otro lugar del país. Pepe saludaba efusivo a todos mientras me presentaba a gente cuyas manos estrechaba y cuyos nombres desfilaban ante mí como un torrente que no deja huella. Muchas de sus caras me eran conocidas pero me resultaba imposible situarlas, algo parecido a lo que me ocurría con los orígenes de mi amistad con Pepe. Casi todos ellos estaban gordos y tenían las manos muy finas, cual señorita de alta sociedad, aunque vestían ropa que se veía antigua, que no vieja. Lucían muchos de ellos gafas pasadas de moda y relojes y bolsos que se veían imitaciones de mercadillo. Muchos varones lucían barba poblada. Entre las mujeres predominaba el pelo corto cardado y enlacado. Todos comían y bebían con fruición, casi con glotonería, como si en cualquier momento todo aquello fuera a desaparecer. Me recordó al asesino bullir de una marabunta de termitas.
    Pasado un tiempo que se me hizo eterno, Pepe me llevó a un aparte y puso una copa en mi mano. Bueno, pues ya conoces mi secreto. La Secta de los Tanlentos. Mira, es muy sencillo. ¿Ves ese de ahí? Se buscó un socio gilipollas y no ha dado palo en su vida. Ya sabes, chantaje emocional con el tema de la amistad y todo eso. Le va de perlas. ¿Ese otro? Jefe de sección. Lo único de lo que tiene que preocuparse es de hacerle la vida imposible al improbable subalterno que demuestre algo de talento para ocupar su puesto. Por lo demás, un Pachá. ¿Aquella? Madre de tres hijos, esposa de un imbécil currante, jefa de dos cuidadoras y una empleada de hogar. Vidorra. Aquel grupito, liberados sindicales. Aquí son una especie de aristocracia,¿sabes? Aquellos son celadores, como el que nos ha abierto. Menudos hachas negociando convenios y luego, a vivir que son dos días. Por supuesto, te encontrarás a todos los políticos del ayuntamiento. Qué gracia me hace verles hacer el paripé en la tele, como si se odiaran. Te cruzarás con mucho funcionario de ventanilla. Aquel grupo tan reducido y selecto son Los Manteneitors, una especie de superhéroes. Ya ves que son los más apuestos y juveniles. Convencieron a sus esposas de que estudian inasequibles al desaliento o cuidan abnegados de sus hijos mientras ellas salen a doblar la espalda. Al principio creía que eran un mito, pero no, estos seres legendarios son reales. Los estirados de las esquinas son los que han heredado negocios familiares, y los que comen como náufragos son los que viven de estirar subsidios o de inventarse bajas. Van un poco más apretados pero también lo consiguen. Algunos se traen a los hijos para que vayan aprendiendo, están allí al fondo, en otra sala. Mira macho, es muy sencillo. La parábola de los talentos, ¿lo pillas? De ahí viene todos nuestros males, ¿no crees? Esa gran mentira que nos repiten, sí, esa que dice que si te esfuerzas y estudias y trabajas te irá bien, y todo eso. Bueno, pues nosotros somos el criado que guardó el talento bajo tierra y se lo devolvió intacto a su señor. Lo que no explica el cuentecillo es que mientras el señor estuvo fuera y los demás sirvientes se esforzaban, nosotros pasamos la vida tocándonos los cojones. ¿No es genial? Además, ahora, con eso de que Dios no existe, nadie nos va a expulsar a las tinieblas. Nosotros rellenamos todos esos huecos que deja la sociedad en sus engranajes. Nos adherimos a los rodamientos como la herrumbre y nos dejamos llevar por la inercia de las piezas. ¿Lo entiendes? Y nunca, nunca, pasa nada. Si alguien trata de pasar el paño, hacemos piña. Nos damos de baja, hacemos huelgas o explotamos aún más a nuestros empleados, subalternos, socios, maridos. Resistencia pasiva-agresiva. La gente se cansa en seguida y nos deja en paz. ¿A que es genial? Tan simple... Tan fácil.
   Aquel discurso, aquella visión, aquella transmisión de un conocimiento tan profundo y a su vez tan sencillo de la realidad me deslumbró. Me abrió las puertas de una nueva relación con el mundo. Pepe me iluminó. Pasé a formar parte de un ejército en la sombra. Por fin comprendí de qué conocía a toda aquella gente: eran personas asiduas a mi consulta en el centro de salud. Mi firma en sus bajas por depresión, ansiedad, accidente simulado, contracturas, gastroenteritis o moving eran el salvoconducto hacia su paraíso personal, mi rúbrica les abría las puertas de una práctica secreta transmitida de padres a hijos desde el advenimiento de la revolución industrial: laborare gilipollum est.
    Desde aquel día he consagrado mi existencia a tan elevado conocimiento. Ya no trabajo. Engordé treinta kilos y me bebo una botella de whisky al día. Conseguí la incapacidad permanente gracias a la firma de un médico miembro de la secta. Lo que más me gusta es pasar el día en el sofá, viendo la tele o jugando a la consola. Mi mujer me dejó y me echó de casa, donde vive con mi mejor amigo. Mis hijos no me hablan. Lo que para otros sería un suplicio para mí es una bendición. Así he conseguido que me dejen en paz. Ya no tengo que preocuparme por ninguno de ellos. Una temporada me dio por pintar pero se me pasó en seguida. Quejarme se me da genial, soy el azote de cualquiera que me venda algo, pretenda que me esfuerce o me atienda alguna dolencia. Siempre le echo la culpa de todo a los demás. Me saco una buena pasta en denuncias gracias a un abogado que se las sabe todas. En definitiva, soy feliz. La errumbre de los engranajes. 
   Los domingos por la tarde me siento solo, inútil, un parásito. Una persona vacía y egoísta. Alguien superficial, un enfermo mental, un inadaptado. A veces, incluso malvado. Me siento un mierda, un desecho, un despojo sin ilusión, alguien que le entregó la belleza de nuestra corta vida al diablo, que olvidó que somos un deslumbrante, efímero e improbable fulgor en la infinita noche del espacio y del tiempo, que intercambió su bondad y su generosidad, su amor y su alegría, por el sucio regalo de la desidia. Entonces me posee un deseo irrefrenable de saltar por la ventana. En la Secta de los Tanlentos te aleccionan para que, llegado este ineludible momento, te acurruques aún más en el sofá y repitas el mantra: laborare gilipollum est, laborare gilipollum est, laborare gilipollum est. Consigo, con gran esfuerzo, alargar el brazo hasta asir mi teléfono y, con mano temblorosa, marcar el número de Pepe. Siempre le pillo sin nada que hacer. Viene a casa, nos doblamos a whiskies, y se me pasa.


domingo, 29 de mayo de 2016

Nuevo libro: El Dandi del Congo


Ir a El Dandi del Congo.

    Es una enorme alegría poder presentaros mi segundo libro, El Dandi del Congo, basado en los relatos de este blog. Nuestra intención es que paséis un buen rato mientras contribuís a una buena causa. La recaudación íntegra de las ventas del libro irá destinada a proyectos de cooperación en Senegal con la ONG Construye Mundo. Disponible en eBook y en papel. Muchas gracias y espero que lo disfrutéis.

sábado, 26 de diciembre de 2015

El fantasma de la Nochebuena

   Anoche me entregué de nuevo a mi secreto ritual cotidiano, consistente en disfrutar, en la penumbra de una habitación a oscuras, de tortilla de lentejas y de un batido de kiwi con carne picada. No hay nada que más me relaje. Sin embargo, en esta ocasión, y en fecha tan señalada como la Nochebuena, mi agradable rutina se vio truncada por la súbita aparición de un fantasma. Me pilló tratando de tragar una porción de tortilla mientras le daba un sorbo al batido. Me llevé tal susto que lo escupí de un golpe, dejando al pobre fantasma hecho unos zorros.
   -¡Pero qué haces!¡Mira cómo me has puesto!
    El fantasma llevaba un bonito atuendo de fiero pirata, arruinado a causa de los restos de lentejas esparcidos por su camisa blanca y por una mancha de kiwi adornando su tenebroso parche. Le pedí disculpas y tanteé la mesa hasta agarrar una servilleta de papel. Me levanté dispuesto a tratar de limpiarle un poco pero me despachó con cajas destempladas.
   -¡Quita! ¡Aparta tus sucias manos! Así no hay forma de asustar a nadie, narices...
   De su cuerpo emanaba una extraña fosforescencia blanquecina, y yo podía ver a través de él, lo cual me tranquilizó. Me encontraba ante un auténtico fantasma y no frente a cualquier listillo interesado en robarme la receta secreta de mi delicioso batido.
    -Permíteme un momento...
    Entonces se giró, y en un abrir y cerrar de ojos se había convertido en un famélico corredor de maratón, con su dorsal y todo, en cuya rasurada cabeza lucía un tocado de faraón egipcio y que sostenía, en su mano izquierda, una varita mágica.
-¿Está usted bien? -le pregunté
- Sí, sí. ¿Qué pasa, que no te doy miedo?Me han dicho que esto es lo último en atuendos para asustar a la gente...
-Miedo no, pavor es lo que siento ahora mismo.- respondí impertérrito.
- Bueno, vamos a ver, estoy aquí porque me han dicho que estás planeando convertirte, a partir de mañana, en una persona normal. ¿Pero es que te has vuelto loco?
-No, no. Bueno, ejem, fíjate, fíjate bien...
    Acerqué la mano a mi oído derecho e introduje los dedos con fuerza, hasta el fondo. Algo se movía y sabía que era ella. Se resistía a que la sacara de allí dentro, pero en un ágil movimiento final conseguí atraparla con tres dedos. Tiré con fuerza y el fantasma pudo ver como de mi oreja emergía una ristra de palabras que, aunque parezca mentira, conformaban una idea. Una vez fuera, y sostenida en vilo por mi mano, la idea se agitaba, como queriendo regresar al cerebro que la había creado.
-¿La ves?Es mi idea de convertirme en una persona perfectamente normal...
El fantasma hizo un mohín y mostró su disgusto ante tamaña visión.
-Aparta esa asquerosidad de mi vista.
Entonces cogí el batido con la otra mano y me dispuse a llevarlo a la cocina.
-¡Eso no, zopenco!La idea que cuelga de tu mano.- dijo mientras se recolocaba el tocado egipcio con gesto disgustado y señalaba mis palabras encadenadas con la varita mágica.
-¿No te da vergüenza hacer caso a ideas tan simples?Además, ¿no creerás que esa idea es tuya, verdad?
-Pero bueno, fantasmón-me crecí. ¿De quién va a ser si no?La tuve el otro día mientras veía por la televisión a toda esa gente tan normal. Se quejaban mucho y parecían bastante enfadados, pero al menos se les veía siempre con algo que hacer, algo que resolver. Se les ve siempre con alguna necesidad, algún deseo, siempre intentando conseguir lo que les falta, en constante movimiento. A la gente normal se les debe pasar la vida en un suspiro, siempre haciendo cosas. Así no da tiempo a pensar, debe ser un gusto. Se les ve a todos juntos, tan contentos, repitiendo las mismas cosas una y otra vez, así, muy rápido. Yo quiero ser normal. Como ellos y ellas.
- Pero muchacho,¿has perdido el juicio?¿Se te ha ido la chota?No puedo creer lo que estoy viendo. Tu abuelo tenía razón. No quería creerle pero es cierto. Y mira que me avisó. Me dijo, vete a verlo padre, ve a visitar a tu bisnieto y mira en lo que se ha convertido la degeneración de nuestros queridos genes, cuando los teníamos, claro. Yo a tu abuelo no le hago mucho caso porque allí, en el Cielo, se ha vuelto más llorica que cuando estaba vivo, y además le ha dado por amonestar a todo el mundo, vestido con una guerrera militar y un tutú de bailarina, que dice que hasta los muertos necesitamos una revolución con sonrisas. Pero en esta ocasión está en lo cierto...
    Miré al fantasma de mi bisabuelo, y no se parecía en nada a ese serio director de periódico de finales del XIX que había visto en los álbumes de fotos familiares. Mis tías me habían contado, eso sí, que había tenido fama de libertino, y que incluso había tenido el mal gusto de frecuentar, toda su vida, a artistas y escritores sin ni una sola idea política. Que había viajado por todo el mundo, habiendo desaparecido en varias ocasiones sin dejar rastro. De sus viajes tan sólo traía puñados de tierra y extraños instrumentos musicales. Es decir, una persona, ahora que lo pensaba bien, nada normal, y por tanto, muy poco de fiar.
    Mientras pensaba en todas estas cosas, ahora que podía, habiendo quedado mi cerebro totalmente vacío de esa idea para mí tan maravillosa de ser una persona normal, el fantasma de mi bisabuelo estiró su tísico brazo de maratoniano, todo sudado y brillante y, con la punta de su varita negra de extremos morados, enganchó mi idea, la enrolló en el mágico instrumento, y tiró de ella hasta arrancarla de mis dedos. Sin darme tiempo a reaccionar, absorto como estaba en imaginar a mi abuelo lloriqueando mientras su progenitor le echaba arena por la cabeza y le obligaba a tocar el sitar o un tambor africano, hizo una bola con las palabras de mi idea, la aplastó fuerte con ambas manos, y consiguió que todas las letras se entremezclaran, incluso aplastándose unas contra otras, y formando extraños símbolos y caracteres que a veces recordaban a las olas del mar, que se convertían en estilizados símbolos árabes, que se transformaban en dunas, de las que el viento arrancaba arena, que se arremolinaba formando notas musicales, que se convertían en pinceladas de ideogramas chinos y en otros extraños símbolos que casi me pareció entender, escuchar, como si Sherezade me susurrara mil historias que huelen a zoco, a rubíes, esmeraldas, y a alfanje ensangrentado.
¡Nooooo!¡Quiero ser normal!¡Noooooo!
    Abrí tanto la boca para gritar. Fue mi gran error, el cual aprovechó el fantasma para, en una ágil quebrada, colar la esfera de palabras y letras en mi garganta y, de paso, meterse él también dentro. La varita se le escapó de la mano y me acertó en todo el ojo, y todavía me sabe la boca a sudor de maratoniano y a tierra. Sentí un fuerte golpe, el de mis antepasados, en el corazón, y la cabeza me explotó en tal caleidoscopio de ideas alucinantes, mágicas y completamente inútiles para gobernar un país, que caí desmallado entre restos de carne picada, kiwi y tortilla de lentejas.
 
Esta mañana he despertado como si hubiera dormido mil y una noches. He abierto las ventanas y se han quedado así para siempre. Me he sentado frente a un papel y he comenzado a escribir:
"Anoche me entregué de nuevo a mi secreto ritual cotidiano...

sábado, 6 de diciembre de 2014

Peligrosa mente

    Reconozco sin tapujos que soy un completo desequilibrado. A estas alturas de la vida puedo hacerlo abiertamente. De hecho, ha llegado a gustarme y disfruto con cierto placer de mi síndrome. Porque sí, estoy diagnosticado. Sin ningún género de duda padezco el extraño y complejo Síndrome de Korben Dallas. Mi dolencia mental fue descubierta por la peluquera de mi madre. Esa mujer era una especie de Leonardo da Vinci del siglo XXI. Igual de bien se le daba hacerte unas mechas, que pintarte las uñas, que te quitaba las arruguitas con un botox muy baratito o te rellenaba los labios mientras te bronceabas en una cabina. Llegó a ser capaz, a base de búsquedas de Google, de hacer liposucciones y arreglarle la boca a la gente del barrio, y todo en la misma salita, nada de grandes hospitales ni parafernalias de quirófanos, que todo eso se montaba para sacarte las perras, decía. Mi curioso caso lo diagnosticó tras leer un artículo de alto rigor científico en la revista Cuerpo y Mente. El único psiquiatra titulado de Burkina Faso se había desplazado a una remota y diminuta isla de Indonesia con la finalidad de estudiar el extraño comportamiento de sus habitantes indígenas. Estos, según sus crónicas, hasta hacía un par de lustros sólo habían mantenido contacto con el mundo exterior por medio de la llegada hace cientos de años de un solitario monje budista. Este les enseñó a meditar de forma que únicamente se concentraran en el momento presente, el aquí y el ahora. Trabajaron con tal intensidad esta idea generación tras generación que, según el Dr. Kalidou Sy, se había instalado en su información genética, lo cual, con el paso del tiempo, les había transformado en individuos incapaces de recordar prácticamente nada de su pasado y totalmente inhábiles para planificar el futuro. El eminente investigador regresó a su país impactado tras meses de convivencia con estas extrañas gentes. En el cuarto avión que tomó tras treinta horas de vuelo sin poder pegar ojo, sobreviviendo a tamaña experiencia aeroespacial a base de vodka con Red Bull, experimentó un intenso momento de lucidez al ver una película de Bruce Willis cuyo protagonista respondía al nombre de Corvent Dallas. En aquel incómodo asiento, aplastado por el presente en el que se encontraban permanentemente instalados los Alabulinés (los habitantes de la dichosa isla) y también por el obeso y sudoroso pasajero que viajaba a su lado, vislumbró con claridad que acababa de descubrir un extraño síndrome que, si quería dar a conocer al mundo con alguna posibilidad de éxito, no podia llamarse de Kalidou Sy. Y en ese preciso momento se fraguó el extraño padecimiento que sufro, el Síndrome de Corvent Dallas. La Toñi no nos cobró nada por un diagnóstico que tan poca gente en el mundo sería capaz de realizar desde la más absoluta genialidad, sin ninguna prueba diagnóstica, tan sólo con verme sentado ojeando una revista en silencio mientras le hacía la permanente a mi señora madre.
Con el paso de los años, es casi lo único que recuerdo, con vaguedad, entre brumas. Un extraño y para mí indescifrable mantra se ha instalado en mi cabeza y se repite sin cesar una y otra vez: 
Los seres humanos somos unos animales a los que alguien ha regalado un juguete muy complicado y lo ha colocado dentro de su cabeza. Como no sabemos utilizarlo, toqueteamos sin tino todos los botones y solemos causar dolor, sufrimiento y tristeza a nuestro alrededor, ya sea en el presente o en el futuro. ¿Qué significa?¿Alguien puede ayudarme a comprenderlo?

miércoles, 9 de octubre de 2013

El Doctor Babitas

   Al doctor le apasionan los dibujos animados. Todos. Sentado en el sofá, descalzo, con sus piececitos al fresco, observa embobado el televisor. Tiene manchas de comida en su polo azul, la barbilla húmeda por las babitas y el pelo alborotado. Con su mano izquierda abraza un muñeco sobado por el cariño, mientras murmura palabritas con su dulce voz y sonríe con la mirada. Suena su teléfono de plástico rosa, forrado de pegatinas desgastadas de colores.
- ¿Sí?
- ¿Doctor Babitas?
- ¿Sí?
- Estoy enfermo doctor.¿Puedo ir a verle?
- Sí.
    El doctor Babitas se levanta del sofá para ir a su dormitorio y buscar su maletín. Uno de sus lados es rojo intenso y el otro transparente. Contiene todo el instrumental y medicación que necesita. Lo sujeta por el asa y corretea descalzo y sonriente de vuelta al cómodo sofá. Al poco aparece el paciente que acaba de llamar.
- Buenas tardes doctor.
- Muy bien.
- Sí, esto...mire doctor, me encuentro muy mal. Necesito que me vea.
- Sí. Siéntate aquí.
- Gracias por atenderme tan rápido, doctor Babitas.
- Muy bien.
   El paciente toma asiento a su lado mientras el doctor abre el maletín de plástico. Primero toma un martillo amarillo y le da un golpecito en la rodilla. El paciente levanta la pierna en un rápido sube y baja, imitando un movimiento reflejo. Luego, le coloca el martillo delante de cada ojo, muy despacio.
-¿Te duelen los ojos?
- ...
- Ya está. Sí. Muy bien.
   Tranquilo y en silencio, devuelve el martillo a su sitio mientras una gotita de baba comienza a descolgarse de su barbilla. Coge ahora un instrumento con forma de embudo y un mango de color rojo y toca la punta con el dedo mientras murmura:
- La luz...
    Lo coloca en el oído del paciente y mira por el instrumento mientras hace suaves ruiditos con su boca, muy despacio. El paciente puede notar su olor a mantequilla templada. El instrumento amplifica el murmullo y cree entender:
- Miau. Soy el gatito cariñoso...
Haciendo caso omiso de tan extrañas palabras, le responde:
- Doctor, me noto muy caliente.
El doctor Babitas toma un termómetro grande y rojo. Mueve la escala hasta los cuarenta grados y le apoya la punta en la frente.
- Estás frio.
- Doctor, se coloca en la boca.
- Estás frío.
- ... Me duele la garganta también doctor.
El doctor Babitas devuelve el termómetro al maletín y saca un palo de madera plano.
- Esta punta no hace pupa.-dice.
    Lo mete en la boca del paciente de forma brusca y le golpea el fondo de la garganta. El paciente sufre una arcada.
- Muy bien.
  Saca ahora un fonendo de plástico amarillo y azul. Los extremos no le caben en los oídos y los deja apoyados en el cuello. Sujeta el otro extremo y lo coloca en el pecho del paciente.
- Le duele el estómago.
- Pero doctor, el estómago está más abajo y ese aparato no...
- Muy bien.
    Por último, saca una jeringa de colores sin aguja y cuyo émbolo no contiene líquido, sino una esponjita espumosa. Se la pone en la boca y presiona con suavidad.
- La medicina. Ya está.
- Doctor, sigo encontrándome muy mal.
    El doctor Babitas vuelve a mirar distraído el televisor. Todo el instrumental está desparramado sobre el sofá. Un hilo de baba le cuelga hasta casi alcanzar sus pantalones de pana gruesa. Cruza sereno sus piececitos desnudos y respira lento y suave. Su cuerpo está relajado mientras deja pasar unos segundos.
- Nos queremos mucho,¿eh? -dice con su dulce voz, mientras se gira y le da un abrazo.
    Por fin el doctor Babitas ha encontrado la medicina que su papá necesitaba. Una vez más,  el paciente está curado.


domingo, 22 de septiembre de 2013

Bárnabo el escribidor

    Esa mañana se despertó plenamente consciente de que se había vuelto loco y que al mismo tiempo se sentía mejor que nunca. Se levantó y dejó la cama sin hacer. Se duchó y dejo el baño patas arriba. Se vistió con lo primero que encontró, desayunó y dejó la cocina empantanada. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, su mujer se levantó de la cama y, viendo cómo había dejado la casa, le increpó:
- Bárnabo, cariño,¿has visto cómo has dejado la casa?¿Te crees que soy tu sirvienta?
Bárnabo la miró extrañado. Con su pelo alborotado y algunas migas de pan en la comisura de los labios. Pensó en el comportamiento de su mujer en los últimos meses por un fugaz instante, pero desechó esas ideas de inmediato y con una sonrisa desquiciada contestó:
- Es que estoy escribiendo.
Cerró la puerta tras de sí y se marchó. Ya en el ascensor un vecino se subió en el siguiente piso, de bajada. Era su vecino de abajo, un tipejo que no pagaba la comunidad y que subía a acosarles por nimiedades.
- Buenos días Bárnabo.-dijo con un deje de altanería y desprecio.
Bárnabo, haciendo un esfuerzo, correspondió con un gesto de cabeza.
- Pero bueno, ¿es que eres incapaz de dar siquiera los buenos días? Qué maleducado. Si ya se lo digo yo a mi mujer...
Bárnabo abrió la puerta del ascensor y dándole la espalda dijo:
- Es que estoy escribiendo.
En el portal le esperaba el portero. Se pasaba todo el día holgazaneando en la puerta, eso sí, de chaqueta y corbata, hecho un pincel, fumando y charlando con medio vecindario. A la hora en la que todos salían a trabajar se ponía a fregar el portal.
- Pero bueno, ¿no ve que estoy fregando? Podría pasar por un lateral como todo el mundo,¿no?.- le increpó.
- Es que estoy escribiendo. - contestó Bárnabo con una amplia sonrisa mientras se revolvía la melena y se limpiaba las migas de la boca, dejándolas caer al suelo.
Se dirigió a su coche y se encontró que un vigilante de tickets estaba a punto de multarle. El horario de multas comenzaba a las nueve y eran las nueve y dos minutos. Se acercó por detrás del individuo, que pasaba el día dando vueltas pensando en sus cosas y hablando por el móvil, asomó un brazo por encima de su hombro y pulsó el botón rojo de cancelar en la maquina de emitir multas.
- ¡Pero qué hace!¿Quién se ha creído usted que es? No puede hacer eso, sinvergüenza.
- Es que estoy escribiendo.- dijo mientras se montaba apresuradamente en el coche y salía pitando.
En la gasolinera, llenó el depósito a tope.
- Son ochenta y cinco euros, caballero.
Pagó con un billete de cien euros y recibió quince euros de vuelta. Este billete era falso. Se lo habían colocado en la farmacia la semana anterior. Se subió al coche y mientras arrancaba murmuró:
- Es que estoy escribiendo.
 Se incorporó al atasco matinal. Por el retrovisor pudo ver a un niñato conduciendo un deportivo barato, adelantando por la derecha, sin poner el intermitente y saltándose un semáforo en rojo, a punto de atropellar a unos niños. Justo cuando le iba a adelantar por la derecha, Bárnabo se cambió de carril y frenó en seco. El niñato estampó su deportivo contra la tartana de Bárnabo, un coche comprado hace veinte años. Vio al niñato salir de su coche con la cara roja, gritando:
- ¡Imbécil¿De qué vas, sin poner el intermitente? Te voy a matar, cabrón...
Bárnabo asomó su cabezota por la ventanilla, junto las manos alrededor de la boca y le grito:
- ¡Es que estoy escribiendo!.- exclamó mientras arrancaba su coche y dejaba al niñato con el deportivo humeando y el morro aplastado.
Por fin llegó al banco. El director le hizo pasar a su oficina.
-Por favor Bárnabo, toma asiento. Iré al grano. No nos ha gustado nada que canceles tu hipoteca de golpe y que te lleves tus ahorros a un banco de esos que no cobran comisiones. Nos sentimos estafados, con todo lo que hemos hecho por tí.
Bárnabo le miró a los ojos en silencio durante unos segundos que se hicieron eternos. Pensó en el interés de usura que había estado pagando, en la cláusula suelo, en las acciones preferentes que le habían intentado vender, en los cientos de euros que pagaba en comisiones. Respiró hondo, cogió una montaña de papeles que reposaba sobre la mesa del director, se levantó y, lentamente, fue tirando uno a uno sobre la moqueta del despacho, dejándolos volar. Abrió la puerta y, haciendo girar sus pupilas cantó:
- Es que estoy escribiendo.
Por fin llegó a la farmacia de la que era propietario. Saludó a Fermín, su ayudante, y pasó a su despacho. Colgó la chaqueta y encendió el ordenador. Entró en un foro profesional,  donde había vertido opiniones moderadas y constructivas, y se encontró con que un compañero de facultad, un vago redomado que había conseguido el título por ser hijode, le insultaba sin ton ni son. Se rascó la cabeza y procedió a denunciarle para que le bloquearan la cuenta. Y con mano temblorosa, no de miedo sino de extrema emoción,  le contestó:
- Es que estoy escribiendo.
Al poco recibió una llamada del propietario del local en el que tenía ubicada su farmacia. Después de quince años de pagar religiosamente el alquiler, pretendía venderle el local pidiéndole el doble de su valor de mercado.
-O eso ó nada Bárnabo, ya lo sabes.
Bárnabo acababa de comprar un local cercano aprovechando el pinchazo de la burbuja inmobiliaria y tenía casi terminada la reforma. Se carcajeó como un desequilibrado y le hizo una prolongada y sonora pedorreta al auricular del teléfono, hasta ponerse rojo.
- Es que estoy escribiendo.- Y colgó.
Fermín entró en su despacho muy ofendido, argumentando que llevaba muchos años en la empresa y que merecía un aumento sustancial de salario. Que la gente acudía a la farmacia gracias a su simpatía y buen hacer y que, sin que se lo tomara como una amenaza, podía montar una farmacia enfrente y dejarle sin clientes.
Bárnabo tenía a Fermín grabado en vídeo robando dinero de la caja, llevándose medicinas para revenderlas, hablando por el móvil durante horas, atendiendo a los clientes con grosería y desgana...Sacó de su cajón una carta de despido, la firmo delante de Fermín, la dobló con cuidado en cuatro, sacando la lengua mientras ajustaba las esquinas del doblez a la perfección, con el cuerpo pegado a la mesa, se levantó, se la introdujo en el bolsillo de la camisa, le cogió del cuello de la misma, con dos dedos, y le llevó casi en volandas hasta la calle. Dejó que las puertas de cristal se cerraran y mirando a Fermín a los ojos vocalizó, muy despacio, marcando el movimiento de sus labios:
- Es    que     estoy    escri    biendo.
Se colocó detrás del mostrador y al poco apareció la Sra. Ladrillo. Desde hoy había decidido llamarla así. Una ricachona de herencia que se permitía el lujo de instalarse en la farmacia y despotricar de todo el mundo, incluido él, porque le compraba una caja de analgésicos y se gastaba el dinero allí, un dineral por cierto, decía. Siempre le formaba una larga cola, por lo que algunos clientes terminaban por marcharse y los perdía. Mientras la señora Ladrillo parloteaba en voz alta para que todos la oyeran, Bárnabo sacó los analgésicos y los metió en una bolsita. Dio un fuerte golpe sobre el mostrador con la mano abierta, mirando a la señora con los ojos muy abiertos, enrojecidos, apretando los dientes y respirando rápido y profundo. Le arrebató el billete de las manos y lanzó la bolsita contra la puerta acristalada de la farmacia. La sra. Ladrillo dio un respingo y le miró espantada, retrocediendo. Bárnabo relajó bruscamente sus facciones y con la voz aflautada le espetó silbeante:
- Es que estoy escribiendo. 
La sra. Ladrillo recogió la cajita del suelo, temblorosa y puso pies en polvorosa.
Terminó su jornada laboral, cerró la farmacia y de camino al coche le asaltó un joven con una camiseta, una banderita y un montón de panfletos, perteneciente a un partido político. Comenzó a soltarle un mitín acerca de todas las maravillas que iban a hacer por su país en cuanto llegaran al gobierno. Bárnabo recordó el desastre en el que estaba sumido su país, en gran parte debido a los errores, inacción y corrupción de los políticos. Sin mediar palabra le arrebató el montoncito de panfletos y comenzó a comérselos uno a uno, muy despacio. Le quitó el banderín, se sonó los mocos con él y se lo devolvió.
- Pero, pero, ¡se arrepentirá!
-Es que estoy escribiendo.
Se metió en el coche y encendió la radio. Un tertuliano gritaba por encima de otro, tratando de ser mediático con sus huecas invectivas y poder así continuar su ronda de tertulias a mil euros cada una. Llamó al programa, se hizo el cuerdo con la persona que le atendió y le pusieron en antena para participar.
- Buenas noches caballero, ¿su nombre por favor?.-le preguntó el moderador.
Bárnabo inspiró tan fuerte como pudo, retuvo el aire y gritó a pleno pulmón:
- ¡¡¡Es que estoy escribiendooooooo!!!
Condujo hasta su casa y al llegar se encerró en su despacho sin saludar a su mujer. Se sentó en su mesa, cogió un folio en blanco y una pluma con su mano derecha. Se miró la mano y decidió que a partir de hoy escribiría con la izquierda. Escribió su nombre en el papel, pero lo emborronó con el lateral de su mano. Inconvenientes de escribir con la zurda. Bárnabo se convirtió en una mancha de tinta sobre un papel en blanco. Había pasado todo el día escribiendo historias en su mente, incluso había escrito una con sus acciones, pero ahora se sentía incapaz de ponerlo en un papel. Decidió que mañana subiría a la sierra, a caminar sobre el blanco manto de nieve. Allí será Bárnabo de las Montañas y, a su paso, no emborronará nada. Y piensa escribir con una rama, sobre el níveo manto, y dejar que el viento, por la noche, borre su cuerdo rastro de letras.



martes, 20 de agosto de 2013

Purita Pasión y el misterio del niño que lloraba sin lágrimas

    Tras décadas observando las miserias del ser humano,  incluidas las mías,  sostengo la opinión,  que se acrecenta cuando me encuentro rodeado de mucha gente, de que el ser humano sólo es un animal que ha caído en la desgracia de tener consciencia de su yo, de una manera incompleta, por supuesto, y en base a ello es capaz de sostener las más peregrinas ideas y llevar a cabo complejas acciones con el único fin de cubrir sus necesidades básicas,  a saber, alimento, descanso y reproducción,  aderezado con las máximas dosis de placer. Como cualquier otro animal salvaje. Todo lo demás es cuento, adorno, floritura. Se me podrán mencionar los grandes logros de la humanidad, pero yo no conozco a las personas que los realizaron, y en el fondo no hacen más que tomar tortuosos caminos para llegar a los mismos fines que la gran masa humana informe que pulula por este planeta entre el nacimiento y la muerte, como una hormiguita más. A esa masa, por desgracia, la conozco demasiado bien. Y podría pensarse que este modo de ver la vida lleva indefectiblemente a la depresión, y por un tiempo, en mi caso, así fue. Pero pasado el primer golpe, estas ideas me han llevado a una especie de manso fluir por el río de la vida. "Be water my friend", dijo Bruce Lee, aunque estoy seguro de que ambos llegamos a la misma conclusión por caminos bien distintos. Esta es la razón principal por la que trabajo para Purita Pasión. A pesar de lo que pueda hacer pensar un nombre impostado, Purita Pasión es la única persona que conozco que es consciente de ser sólo un animalito más,  y vive la vida de cara, sin máscaras ni circunloquios de ninguna clase. Nadie en la ciudad conoce su verdadero nombre, pero también diré que a ninguno nos interesa descubrirlo. Su nombre es perfecto, la define sin ambajes, en su totalidad, de golpe. Descubrir que se llama Pepa ó María sería una fatalidad. Yo poseo un nombre vulgar, y adoro los nombres compuestos. Mis preferidos son Luisfer y Juanfran, pero no son apropiados para un detective. Así que cuando comencé a trabajar en esta agencia me hice llamar Wilfred Johnson, cuya fonética, güilfred yonson, camufla a la perfección a Luisfer Juanfran. Esto es una absoluta estupidez, pero es que yo soy feliz con estas chorradas. Así que este nombre americano que me he dado acompaña a la perfección nuestra actividad y pienso yo que le da un toque de glamour a la agencia, por más que a alguno se le escape una sonrisita al contarles que nací en un pueblo de Soria. Podría dedicar una vida a hablar de Purita Pasión. Es una mujer arrolladora, en un sentido literal. Su personalidad y su presencia física se imponen en todas las circunstancias. De hecho, ella es la fundadora de una corriente de pensamiento, no, más bien de un modo de ser y afrontar la vida: el Salvajismo. Ser salvaje es ser total en todo lo que uno hace, pero también en lo que deja de hacer ó en lo que los demás hacen en relación a tí. Si Purita duerme, lo hace durante catorce horas, y ni siquiera una bomba atómica sería capaz de despertarla. Pero si no duerme, no lo hace nadie. Si estás agotado ó somnoliento,  no te da ni un minuto de tregua, hablando sin parar, tirando de tu brazo para hacer algo ó proponiendo mil actividades. Porque Purita Pasión tiene millones de ideas, todas a la vez, y es capaz de hablar durante horas en un monólogo abrumador que exige que la escuches como si fuera lo único importante en el universo. Si se te ocurre hacer algún comentario,  te dirá que no la dejas hablar...¡Que no la dejas hablar! Se enfada de forma radical, como un miura enloquecido. Creo que están pensando en ponerle su nombre a un huracán. Pero cuando te sonríe y te besa en la mejilla, y te habla con cariño, puede ser la mujer más dulce que existe. Ni se te ocurra decirla que coma algo, cuando está metida en algo alimentarse no va con ella, pero sin venir a cuento puede devorar una bolsa de patatas en un santiamén,  o beberse un vaso de leche de un solo trago, y andar por ahí hablando con la gente con un bigotito blanco bajo la nariz. Ella no habla, grita, a cada momento, y puede llegar a hacerte daño físico en los tímpanos. Adora a su familia y amigos por encima de todos y es el ser más maravilloso de la tierra. Lo dicho, podría hablar sobre Purita Pasión una eternidad.
    Pensaba en todas estas cosas tras haber recibido un nuevo encargo por teléfono, sentado en mi oficina, mientras Purita afrontaba su enésima entrevista para la televisión en su despacho. Una mujer de paso por la ciudad requería nuestros servicios de forma urgente y nos pidió que nos acercaramos a su hotel. Purita Pasión terminó la entrevista y me escuchó intrigada, deseando afrontar un nuevo caso a la mañana siguiente. "¿Está sola con su hijito, dices? Me encanta trabajar para las mujeres. Pero ahora vas a bajar a traer algo de cena Wilfred, tráeme unas patatas fritas y un cartón de leche, y un helado...ah, y un paquete de chicles, no tengo mucha hambre. Tú pedirás tu hamburguesa grasienta con patatas, ¿no?". Cualquiera le lleva la contraria. Bajé a la calle y compré todo lo que me había pedido, sin saber muy bien si compraba la hamburguesa porque me apetecía ó porque me lo había ordenado ella. Cuando volví, nos sentamos frente a la tele de la oficina y vimos la entrevista que le habían hecho hacía un rato en las noticias de las nueve. Purita mojó las patatas en la leche, chupó una vez el helado y lo dejó derritiéndose sobre la mesa y masticó un chicle por la eternidad. Mientras, en pantalla, la cámara hacía un travelling hacia una mujer deslumbrante con la melena agitada por el viento (encendieron un ventilador cochambroso que encontraron en la oficina), mientras una banda sonora arrolladora precedía la voz del locutor. "Purita Pasión,  la mujer del momento". La entrevista y el reportaje versaba sobre la apasionante vida de mi jefa y su estilazo, remarco, estilazo, afrontando el día a día, sus peligros y los misterios por resolver. "No por nada promuevo el Salvajismo - decía Purita en un momento de la entrevista -. No estamos en el mundo para andarnos con zarandajas ni remilgos, sino para vivir intensamente cada segundo, pese a quien pese". Me impactaba oirla decir eso en la tele, porque yo podía dar fe de que no era una pose, nuestra vida era un torbellino arrollador sin descanso. A veces recordaba el título de la película,  y me decía que la nuestra se titula "No habrá paz para los empleados"...de Purita Pasión. 
    A la mañana siguiente acudimos a la cita con la forastera, en su hotel. La encontramos en una tumbona sobre el césped,  junto a una piscina circular para niños,  en la que chapoteaba un precioso bebé con manguitos. Se levantó y nos apartó un poco, diciendo que no quería que el niño nos viera. Era una bella mujer de unos treinta y cinco años que dijo llamarse Ruth. Poseía una expresión y una forma de hablar dulces y serenos, las antípodas de mi jefa, que comenzó a impacientarse nada más ver el estilo de la posible clienta, y a cortarla cuando hablaba y a increparla para que fuera al grano. La conclusión fue que el niño de Ruth, Daniel, lloraba sin lágrimas, y ella no lo podía soportar. No aceptaba emocionalmente dicho comportamiento, y sabía que un psicólogo no iba a ser capaz de dar solución a tan extraño fenómeno. Las glándulas lacrimales funcionaban porque expelían unas gotitas cuando el bebé bostezaba, pero llorar, lo que es llorar, lo hacía en dique seco. Así que había decidido contratar a la mejor, Purita Pasión,  no le importaba el dinero. Purita aceptaba todos los casos, incluso antes de saber de qué se trataba, como un maquinista con los ojos vendados conduciendo un tren sin frenos hacia una vía que muere en un desfiladero. No se hable más, dijo, y no se preocupe, esta tarde volveremos preparados y resolveremos su problema. Le brillaban los ojos de pura ilusión mientras el niño chapoteaba con un cochecito de juguete en las cálidas aguas menores de decenas de bebés.
    Volvimos por la tarde. Purita me hizo sentarme en una tumbona y parapetarme tras Los detectives salvajes, de Bolaño, su libro preferido, aunque sólo por el título. Jamás lo había leído. Ella no lee nada que no lleve ilustraciones. Se quitó la ropa y me sorprendió con un bañador de cuerpo entero de ¡Hello Kitty!, rosa chicle, con volandas en la cintura. Se acercó al bebé y se metió en la piscina de meados como si tal cosa. Se puso a jugar con Daniel toda la tarde. Comprobamos que era un bebé adorable, tranquilo, emanaba serenidad, transmitía paz, su piel dorada por el sol, su sonrisa, sus palabritas y juegos, absolutamente encantador. Comía y dormía de maravilla y jamás hacía pucheros, no podía ser esa la causa de la sequedad de su llanto, unos continuos y desmesurados pucheros, tan habituales en niños mimados de esta edad. Comprobamos que en las contadas ocasiones que lloraba, efectivamente lo hacía sin lágrimas. Hasta su llanto deshidratado era suave, sereno, se acurrucaba con gesto tranquilo en los brazos de su madre, por un resbalón ó un golpecito. Purita Pasión se entregó en cuerpo y alma al caso, como hacía siempre, con una feroz determinación por desentrañar el misterio, atenta a cada gesto, a cada palabra, del chiquitín, infiltrada en su vida, de incógnito,  con su bañador Kitty rosa chicle, durante varios días. Cuando me acercaba a la página seiscientos de la novela, y sobre el caso planeaba la sombra del fracaso por primera vez en la dilatada carrera de Purita Pasión,  la intrépida fundadora del Salvajismo, ocurrió algo. En la mente de mi jefa sonó clic, se encendió la bombilla, lo vio todo claro. Se levantó de los cinco dedos de agua turbia que la cubrían de golpe, salió de la piscina y caminó hacia nosotros dando pasitos. Su carita estaba limpita, con el pelo mojado hacia atrás,  y nos sonrió. "He solucionado el misterio, Ruth, ahí, empapada en pis. Su hijo llora sin lágrimas porque probablemente sea el bebé más feliz de la tierra y hasta cuando llora es incapaz de sentir tristeza. Llora sin lágrimas de pura felicidad, total y absoluta. Es también un Salvajista, pero a su manera". Ruth se quedó embobada, incrédula al principio, pero después, poco a poco, una sonrisa iluminó su rostro y ella sí, comenzó a llorar de pura felicidad. Evidentemente no era una Salvajista. Purita Pasión me cerró el libro en las narices, haciendo que el marcapáginas se callera, no sabéis lo que me fastidia eso, y comenzó a tirar de mí decidida hacia la salida del hotel.
   Fue en ese preciso momento cuando escuchamos una voz femenina, casi igual a la de Ruth, que decía: "¡Alicia, se acabó el juego, a merendaaar! Y deja a tu padre tranquilo,  que le tienes de acá para allá toda la tarde, no le dejas ni leer un ratito en paz...¡Ven para acá!". Y ahí volví a ser Víctor Gómez Tulio, un nombre vulgar, de un vulgar oculista de la Siberia, provincia de Badajoz. Por la noche, en la oscuridad, metido en la cama, pensé que estaba harto de la realidad, producida por dos o tres agencias de noticias, esa realidad de armas químicas que luego no existen, de crisis que no existen pero luego arrasan nuestro mundo, de religiosos pederastas, de corruptos que no pisan la cárcel, esa realidad obtusa e inventada, que nos apretuja y nos hace sentir cucarachas, como Kafka, y pensaba en los miles de buenas noticias que deben producir los millones de seres humanos que pueblan la tierra, cada día,  y que nadie nos cuenta, y que son más reales que las que nos cuentan, y desde luego, más verdaderas y alegres. Deseé que existiera un periódico ó una cadena de televisión,  ó una radio, que se dedicará a dar buenas noticias, reales ó inventadas, como las que nos cuentan ahora. Así que decidí que a la mañana siguiente, si Purita Pasión quería, volvería a ser Wilfred Johnson, y sería su fiel escudero afrontando otro curioso misterio por resolver, hipnotizado y feliz, radical, entregado por completo al Salvajismo.

martes, 6 de agosto de 2013

Beckett. La búsqueda de la identidad ó perder la sombra

NOTAS PREVIAS

Huído a un pueblito de la costa azul porque su unidad ha sido descubierta por los nazis.1942. Se hace pasar por campesino junto a su mujer Suzanne. Almacena material en su casa y ayuda a los maquis en las montañas.
Escribe para entretenerse. Es consciente de que está a la sombra de Joyce, su maestro, al que respeta. Recuerda su enorme enfado con Hemingway por criticarlo, y sospecha que detrás de ese excesivo enfado hay algo. Joyce es erudito, complejo y culto, mientras que Hemingway es mundano y seco en sus temas y lenguaje. Busca su propio camino, su identidad. Su dura vida y su contacto con gentes pobres acerca sus experiencias vitales actuales a H. Pero le chirría que en el fondo H. tiene una experiencia vital de rico y temática de rico. Le interesa su lenguaje desprovisto de florituras pero no sus frases cortas y descriptivas de acciones externas. Él quiere describir acciones internas, con frases más largas, y ser escatológicamente mundano y de humor agrio.


                               LA BÚSQUEDA DE LA IDENTIDAD Ó PERDER LA SOMBRA


ACTO ÚNICO

(Otoño de 1942. Pueblo de Roussillon, en la comarca de Vancluse, al sur de Francia. Samuel Beckett, miembro de la resistencia francesa frente a los nazis, ha tenido que huir junto a su mujer, Suzanne, ya que su célula ha sido descubierta. Se hacen pasar por campesinos. Samuel ara el campo a pleno sol)

No me gusta nada esa camioneta, nunca la he visto por aquí y es la tercera vez que pasa, me encuentro muy nervioso, así es imposible concentrarse en este trabajo, que por lo demás es nuevo para mí, un intelectual irlandés de ciudad, siempre he agradecido mi afición por los deportes cuando era joven, me curtieron y endurecieron el cuerpo y gracias a ello he podido soportar tantas penurias durante estos años, la pobreza en Londres, las privaciones de la guerra, los trabajos de la tierra ahora. Tengo fuerte gana de cagar, toda la mañana tirándome pedos debido a esas malditas alubias del desayuno, y ahora me cago ya sin más,  no puedo aguantar ni un minuto, pero sobre todo me cago en esa camioneta, quizá no sea nada, ó sí, no sé, no sé, pero por si acaso me cago en ella, en medio del cristal y en la cara del que va dentro, alomejor exagero, veo enemigos donde no los hay, quizá sólo sea un perito ó un topógrafo de la ciudad, pero puede ser las dos cosas, perito y espía, un cerdo colaboracionista, un vendido a estos malditos nazis, qué le habrán prometido, pues qué va a ser, dinero, montañas de dinero, y algún puesto con gente a quien mandar, no quiero pensar lo que nos harán si nos descubren, pobre Suzanne, la cortarán los dedos, pero antes la arrancarán las uñas, cosas terribles, terribles. Yo me cago, me voy a esconder tras esos matojos, ahí no me verá nadie, y si me ven pues que vean, ellos también tienen culo, ese fisgón de Pierre y su familia, tantas bienvenidas y preguntas, dedícate a arar tus tierras y dar de comer a tus hijos y no preguntes tanto, que si mi acento es extraño, preguntándome a bocajarro mi nacionalidad,  por mi pasado, haciendo comentarios sobre mis errores en la labranza, descarado, con esa cara embrutecida, una oreja más alta que la otra unidas por una única y selvática ceja. Otro colaboracionista, otro vendido a esos cerdos asesinos, tiranos que no me dejan ni cagar en paz. Le dije a mi madre, en aquella monumental bronca, que prefería la Francia en guerra que la Irlanda en paz, y entonces lo creía, creo que lo creía, sí, lo creía, no sé, pero ya no lo creo, aunque no se lo reconocería nunca, nunca, pero ya no pienso así, después de tanto miedo y sufrimiento, tanta hambre e insomnio, aunque mirándolo bien, me desdigo, no cambiaría mi vida por nada, por nada, bueno, por un paseo por los verdes prados de Irlanda sí, y por una buena pinta, pero por nada más, bueno sí, por otra pinta, ya sale, qué alivio, mis principios no los cambio por una cómoda vida, por mucho que haya sufrido, tanta gente buena que he conocido, pobres como ratas, algunos malditos locos, desquiciados por la guerra, enfermos y moribundos, la muerte recorriendo la vida, la vida real, la de verdad, sí, la de verdad, no esa vidorra que llevan en Dublín, contra los nazis mientras tomas el té en tu delicado salón, escuchando música, oh dios, cómo extraño la música,  un rato de paz escuchando a Mozart, respirando tranquilo, con ropa limpia, pero no, no, no me dejaré llevar por ensoñaciones, aunque me ha venido a la memoria una tarde en casa de James, con su hija, pobre loquita, me quería, pero yo era incapaz de amar, escuchando esa música, hablando de literatura, de su Ulises, de cómo construir la siguiente novela, de todo lo que me pedía investigar para levantarla, ayudarle en sus detalles, que son importantes. Ya está, qué bien me siento, me limpiaré con estas hojas, es suficiente, más que suficiente, la camioneta ya se ha ido, qué bien se está bajo este arbusto, a su sombra, la sombra de Joyce, siempre James me dio sombra, pero Joyce me hace sombra, demasiada sombra, me llena el cerebro de sombra, no sé cómo puedo estar siempre pensando en estas cosas en plena guerra, y el caso es que yo le quiero, a mi gran amigo, pero su sombra, ay su sombra, esa me da ya frío a estas alturas, me bloquea, y yo a él le aprecio, qué digo, le quiero sinceramente, pero ya me rodea su sombra, y la sombra ensombrece, y yo hace tiempo que no busco protección ni sombra, labro a pleno sol, todos estos años, desde que marché a París, cuanta vida, cuanta vida, sin nada de sombra, como aquel día en París,  ahora que lo pienso, sí, pienso, quizá demasiado, o no, demasiado poco, pero pienso en aquel día, sí, ese fatídico día en que mi editora me presentó a Hemingway,  Ernest, que no earnest, aquel juego de Wilde, ilustre alumno precursor en mi escuela, nada de earnest, ese hombre grande y seguro de sí, tan pagado, pero a mi no me engañó, era como un niño,  con sus cazas, su fanfarronería, sus mujeres, sus historias, tan bebido como yo, bueno no, tanto como yo no, pero muy bebido, y hablando mal de James, llamándole viejo, con cariño sí, decía él, con cariño, pero viejo al fin y al cabo, agotado debió acabar el viejo después de escribir Ulises, decía, y no se le puede pedir mucho después de eso, decía, y yo no decía nada, al principio no, efervescía primero, luego acumulaba lava, sentía roja mi cara y azules las venas de mi sién, me temblaban las gafas, sí, temblores como de terremoto, volvería a ponerme a cagar sobre él, maldito engreído, con ese aire de hombre de mundo, y ahora lo sé, sí que lo sé, demasiado bien, que no es hombre de mundo, no sabe nada de este horrible mundo, del sufrimiento humano, sólo sabe del suyo, ese sufrimiento burgués de niña escondida bajo ese corpachón mimado, lo que no entiendo es por qué me irritó tanto, bueno, sí lo sé, claro que lo sé, vaya si lo se. Es esa sombra, la de Joyce, en la que me he integrado, tan culto, tan erudito, tan trabajado, los temas, el lenguaje, los detalles, los significados ocultos, y ahí estaba él, el gran Hemingway,  con sus frases cortas, sin adjetivos, todo verbo, todo acción,  tan viril, tan experimentado, tan de vuelta de todo, tan sombra a su manera, a su manera, pero con cierta razón,  por eso me enfadé tanto, porque tenía razón, porque Joyce estaba agotado, me había agotado, era yo su sombra, no él la mía, yo no era yo, no existía un yo que fuera yo, tenía razón el muy cerdo, por entonces no lo entendía, mi tremendo enfado, pero ahora sí, ahora sí. Tengo que volver a casa, con Suzanne, tan sola, pobre, aguantando mi gusto por la soledad, necesito estar solo, solo pero con ella, que me acompaña siempre, y yo la rehuyo, le digo que necesito estar solo, pero con ella, con ella, pero solo, mucho rato solo, la mayor parte del tiempo, de hecho quiero volver a casa con ella, pero que me deje en paz, en paz, que se ocupe con algo, que se ocupe de lo de las armas, vendrán a recogerlas al atardecer, cómo nos seguimos arriesgando, por la libertad, guardando esas armas en el garaje, sí, vienen hoy, que se ocupe ella, yo he de estar solo, y escribir, para evadirme, de todo esto, esta cagada, otra más y no mía, esta mierda de vida, escribir, además,  para responder a todos, para renacer, no, renacer no, nacer, nacer como escritor, después de tanto escrito ya, ahora voy a nacer, salir de la sombra, escribirle a Joyce, no a James, y escribirle a Hemingway,  y a mi madre, todos tan earnest, escribir sobre cómo se caga y así cagarme en ellos y salir de la sombra, a pleno sol, como ahora. Por eso tengo a Watt, ha nacido Watt que se pregunta, que me pregunta, Qué, What, Watt, se pregunta y le pregunta, a Mr. Knot, el Señor No, a quién dice no, pues a mí, a quién va a ser, a ese vagabundo irlandés que le hace de mayordomo, a Mr. Joyce, a Mr. Hemingway,  al señor no, le pregunta, qué desea, qué necesita, y le complace, Watt, tan diligente y aplicado, les complace a todos, pero también les observa y les comenta, a su manera, sí, a su manera, desde su triste experiencia, se ríe de todo, ácido y negro, se ríe de todo, aunque la verdad es que no tiene ninguna gracia, pero busca su camino, ya lo va encontrando, su propio camino, y el mío, que esta noche me llevará a salir con los maquis, al monte, a hacerles de enlace, y mientras Watt seguirá con su humor agrio, mundano, de largas frases, no cortas, largas, describiendo, pero no las acciones del mundo, sino las de su mente, tosco, iletrado, hombre de mundo este Watt, de mundo de verdad, del duro, buscando su propio camino mientras yo subo al monte por el mío.

viernes, 19 de julio de 2013

El ambidiestro

    Soy un hombre zurdo. A los zurdos, desde fuera, se nos ve raros. Parece que somos gente patosa y que nos cuesta hacer las cosas, pero la verdad es que yo siempre me he apañado de maravilla con todo. Somos pocos y cuando alguien se da cuenta, hace algún comentario. Entre zurdos, existe la sensación de pertenecer a una pequeña comunidad secreta. Ah, eres zurdo, yo también...Hay reconocimiento y complicidad entre zurdos, como si perteneciéramos a un club selecto que conoce misterios de la mente vedados al resto de los mortales. Yo sólo sé que agradezco que de un tiempo a esta parte las latas de conserva lleven abrefácil.
    Cuando me enseñaron a escribir en la escuela, trataron de que lo hiciera con la derecha. Mis padres atajaron pronto este amago de anular mi natural tendencia y aprendí a escribir con la mano izquierda. Mis bonitos cuadernos de caligrafía. Una letra tan linda, tan correcta y limpia. Nunca he sido de esos que giran la muñeca por encima de la línea de escritura y la mano adquiere una deformeforma de pato. Siempre he preferido girar la hoja de papel hasta prácticamente tumbarla y escribir desde abajo hacia arriba, casi vertical. Claro, así se me han ido achinando los ojos con los años. También soy la única persona que conozco, y mira que conozco por lo menos a dos ó tres, que firma en sentido contrario, aunque no sé si al contrario del sentido, ó con un sentido contrariado, ó con un contrario muy sentido ó sintrario y consentido...Y, además, mi firma siempre se sale de esos pequeños recuadros a los que debemos ceñirnos en los documentos. Si escribo con estilográfica, emborrono toda la hoja. Cuando era niño, me regalaban con frecuencia plumas. Son objetos que se regalaban los adultos, unos a otros, creando una gran cadena, hasta que el último eslabón era un jovencito como yo. Qué bien sienta coger una y apoyar la punta de bola sobre la hoja de papel. Pero el zurdo se ve privado del bello discurrir de este instrumento. Al utilizar lápiz, la letra y el papel adquieren un sospechoso tono grisáceo. Debido a ello, tus textos resultan también sospechosos y el lateral de tu mano y tu meñique se ennegre-zen. Para librar de toda duda de veracidad a lo que escribía, de chaval, apprrrretaba mucho. Y por ello tengo duro el corazón, digo, una dureza en el dedo corazón. Y también un callo en el dedo.
    Comer conmigo puede ser una desgracia, por norma capitán(por general). Pero si además has de hacerlo junto a mí, nuestros codos se van a hacer muy amigos. Nosotros, no. Ninguno de los dos va a comer a gusto por mucha gracia que nos haga; aga, agá. Ahora todo esto de ser zocatto importa muy pocco: escribimos presionando con las yemas de los dedos el teclado de un ordenador. O de una tableta. O de un teléfono móvil. En este último caso, nos hemos vuelto todos zurdos. Se nos ve raros desde fuera cuando escribimos, y más aún cuando otro lee lo que hemos escrito.
    Yo, además de zurdo, soy géminis. No sé qué significa ser géminis, pero lo soy. La gente dice que tenemos doble personalidad, etiqueta que me irrita mucho por limitante. Dos personalidades son muy pocas; siempre me he esforzado en tratar de desarrollar unas cuantas más. Eso sí, casi todas vacías de contenido, excepto una donde lo meto todo. Tengo una marca de nacimiento como géminis: Dos-dedos-de           los pies geminados, compartiendo una sola raíz. Lo géminis es por tanto para mí un camino de dos direcciones. El desdoblamiento y la raíz. los senderos y el origen. Las opciones y el arraigo. Lo importante es que el punto central sea elástico para que no se rompa.
    Todas estas cosas no han tenido en mi vida la más mínima importancia hasta hace bien poco. Un extraño hecho me ha acá-hecido. Una auxiliar de la clínica afirma a menudo que se fija mucho en las manos de las personas porque dicen mucho de ellas. Yo nunca he oído hablar a mis manos y siempre he intentado decir lo menos posible de mí, eso sí, siempre por la boca. Tampoco sé si decir mucho es algo intrín-seca-mente bueno. Mi compañera tiene las manos muy cuidadas. Las hidrata a menudo, se pinta las uñas y se las arregla, gesticulando con feminidad. Mis manos están secas, mis uñas son cortas y rodeadas de padastros y pieles muertas. Así que, suponiendo que mi compañera no iba a echar piedras contra su propio tejado, deduje que sus lucidas manos decían muchas cosas buenas de ella y las mías todo lo contrario. Y como ando yo últimamente muy dado a pasar por el aro y dejarme llevar con docilidad por algunas opiniones de los demás, sin ninguna resistencia, crítica o criba, decidí acudir a que me hicieran la manicura, a ver si conseguía engañar a la gente que oye hablar a las manos, como hace mi compañera.
    Acudí a perpetrar tamaña fechoría a un centro de estética. Entré y enseguida una trabajadora, una bella mujer de pelo rizado y azabache. recogido en lo alto de la cabeza, me miró a los ojos durante mucho tiempo. De hecho, llevaba mirándome muchos años antes de haberla conocido. Su olor me hizo pensar que ya nunca más sería capaz de separarme de ella. Cogió mis manos y sentí un mareo que me aceleró el corazón. Te voy a sacar el grafito de la mano izquierda, dijo. Te voy a separar los dedos del pie derecho. Sentí mucho miedo, pero algunos mechones de pelo le caían sobre los hombros, tenía una piel tersa con lunares y le brillaban los ojos, así que me distraje y me dejé hacer la manicura. Conseguí escapar del dulce embrujo de los sentidos y salir de allí con dificultad.
    Las manos arregladas siempre me ha parecido algo muy poco masculino. No me sentí nada contento de cómo hablaban de mí mis manos. Cuando llegué a mi casa la mujer me seguía mirando, como siempre. Ya no era yo el mismo. El mareo se me había metido en las manos. Las sumergí en un barreño repleto de polvos de talco y me las lijé hasta el enrojecimiento, tratando con desesperación de recuperar su rudeza. Lo conseguí a duras penas, pero mis manos continuaron mareadas. Sentí cómo el mareo se me subía a la cabeza y algo estable y correcto se desconectaba en mi lóbulo frontal(noté con extrema claridad que fue justo allí) y otro algo conectaba, enraizaba, por primera vez, en algún olvidado rincón de mis infrautilizadas circunvoluciones del cortex, como si alguna de esas múltiples personalidades vacías que yo apreciaba tanto se pusiera a funcionar.
    Me dirigí a mi despacho y rebusqué entre mis recuerdos de infancia; allí estaba: una de mis antiguas estilográficas sin usar. Me senté delante de una hoja en blanco, la saqué de su estuche y comencé a escribir. No cargué cartucho de tinta y la empuñé con la mano derecha, y todo me pareció lo más normal del mundo. Escribí:
    "En el lado derecho de mi chaqueta está el bolsillo de las bellotas, pero últimamente lo llevo repleto de polvos mágicos, finos, dorados y brillantes, que no pienso contaros de dónde he sacado.. Me dedico a poner un puñadito a escondidas en la comida de la gente que quiero. De esta forma ellos sueñan lo mismo que yo, sueñan lo que yo sueño. Tumbado en mi cama, a oscuras y en silencio, repaso mi menú mental de sueños y escojo uno. Hoy soñaremos todos con un gran tren de juguete lleno de muñecos, con infinidad de flores asomando por las ventanas, que recorre con lentitud una verde llanura. El tren tiene cara y sonríe."
    Mi mano derecha se detuvo. Sentí un placer instintivo, adorando lo escrito pero a la vez abominando ciertos trazos de cursilería. Y continuó escribiendo sin control:
    "Extensa llanura ibérica repleta de rudos hombres que beben botellas de güisqui de un litro y todavía fuman en los bares, ávidos de bellas mujeres, tras largas jornadas de trabajo hiriendo la tierra, a merced de los caprichos del sol y la lluvia, en espera de una recompensa que ilumine la obscura senda del futuro de sus genes, aislados y recelosos del arrollador discurrir de los pueblos de este mundo, mientras gozan de la ténue luz y el fresco aire del amanecer que ha acompañado a muchas de sus generaciones."
    Me encuentro desconcertado ante tan extraños hechos- la pluma sin tinta que escribe, el ser yo capaz de escribir con la diestra - y tan enigmáticas palabras. Desconozco de qué remoto lugar de mi cerebro han emergido. Quizá esté muy cansado y confuso. Es tarde. Abro la ventana y asomo la cabeza; ya nadie lo hace en la ciudad. Respiro el aire fresco de la noche de primavera. La luna, muy próxima a nuestro planeta hoy, reina grande sobre los tejados y acaricia con su suave luz mi entendimiento y quizá confunde mi realidad. Me tumbo en la cama, me arropo y sueño, sueño, sueño...
     El sueño del pozo
   Camino sobre tierra mojada. Frente a mí, una gran vasija romana y detrás de ella, un pozo. Sólo levanta dos hileras de ladrillos del suelo, sobre las que apoya una tabla de madera. Chirría una puerta a merced del viento. Me asomo a las aguas del pozo, oscilantes y oscuras y veo mi cara antigua, la de un niño, reflejada. Me aparto y siento frío. Vuelvo a mirar y ahora veo la cara de mi hija y después, la de mi hijo, cuando eran niños. Sonríen y ahora son mis padres, que soy yo. me arrodillo y clavo mis uñas en la tierra. Arranco una profunda raíz y la lanzo al pozo. Siento el calor del sol y el viento ya no está...
    El sueño de las escaleras mecánicas
   Sólo veo los ojos de mi mujer y mis hijos. Se alejan con lentitud y ya veo también sus caras y ya al poco toda su figura. Se alejan de mí, quietos y con tristeza en la mirada, sobre una cinta transportadora, como la de los aeropuertos. Yo tengo los pies anclados en el suelo, son parte del forjado y el cemento los cubre. Me arrancan mi ser y se me desgarran los músculos y la piel. Ya no soy...
    Despierto con el sabor de los sueños en mi cabeza, arrastrando sus nebulosas imágenes, con finos hilos, hacia la realidad. Abro mis ojos y veo la luz de la luna entrar por los pequeños huecos de las persianas. Nunca recuerdo mis sueños pero hoy los retengo con claridad...

                                                                           II

    Una compañera ha dejado hoy su trabajo. Es joven y bella. Muy arreglada, a la moda, llama la atención. El equipo se ha dejado la piel durante siete meses en enseñarla e integrarla en la actividad diaria. Grandes esfuerzos se han hecho. Marcha hablando mal de las compañeras y con mal disimulado disgusto hacia los jefes y pidiendo un despido, un favor para cobrar el paro. Siento muchas cosas negativas hacia este comportamiento, que se resumen en el terrible espanto que me produce relacionarme con jóvenes que sienten apasionadamente su egoísmo y que destruyen su entorno, repleto de gente generosa, centrando todo lo que ocurre en su inseguro yo...seres pusilánimes, huecos, con orgullo cobardes, inertes e insípidos, la nada en su bella carcasa de ropas y objetos, de mirada fría que representa una obra de teatro, la vida, con inercia, leyendo su papel con desgana y metálica voz, tan lejos...
    Cuando camino ó conduzco por la ciudad tras salir del trabajo, me encuentro con seres humanos que visten bien y conducen coches caros. propietarios también de semblantes serios, adustos, sin mirada y sin sonrisa, aislados, preocupados, inseguros, indefensos, mentes esclavas con síndrome de Estocolmo. Y me veo luchando por no ser uno de ellos, decidido a abandonar mi persistente presencia en mi propio futuro, sin prisas pero con determinación, y a desgajar de mi ser partes partes de mi pasado que amenazan con destruirme. Entregarme de nuevo, como hace años, al precioso momento presente, anclar mi conciencia en la luz, el fresco viento y los infinitos detalles, vacua la mente y llena de paz, vagando por los verdes valles y las montañas nevadas...
    Una tarde a la semana, al salir del trabajo, voy a cortarme el pelo. Es esa hora del día en la que todo es más real y nítido, la luz es cálida y la gente está en la calle. Me siento vivo y relajado. La primera vez fui sin motivo buscando, como en tantos otros sitios, un motivo para ir. Entro en la peluquería y la vuelvo a ver. Nunca me canso. Una gran emoción me llena. Ella se mueve ágil y concentrada, fluente. Nuestras miradas se cruzan y sus ojos sonríen. Otra sonrisa escapa por las comisuras de sus labios apretados. Tomo asiento en su puesto. Me rodea y se situa detrás de mí. Me siento muy vivo teniéndola tan cerca. Me da la sensación de que ella también quiere estar junto a mí un segundo más, para siempre. Hacemos por estar un poco más cerca que todo el mundo, lo cual crea minúsculos momentos infinitos. Me coloca un babero desechable posando sus manos de largos dedos sobre mi pecho con movimientos lentos y suaves. Su voz está llena de matices. Dulce, pero con cuerpo, rellena, cálida, alegre y sólida, que a veces te abraza y otras te contiene, como la música de una sinfonía con todos sus movimientos y bellas notas correteando por el pentagrama, que derrite mis oídos y funde mi cerebro...Su piel es morena y joven. Viste una camiseta negra de tirantes que deja a la vista los hombros y el cuello más bellos. Su pelo es muy negro y rizado, con volúmen, recogido en una coleta que da pequeños saltos. Le nace muy cerca de las sienes y eso me encanta, no sé por qué. Algún pequeño mechón se le escapa por delante de la oreja. Su mirada es intensa, incluso poderosa, y otras veces contenida, tratando de detener una explosión de brillos de alegría casi infantil, porque no es el momento ni el lugar. Sus labios, más el inferior, son carnosos y su sonrisa es deslumbrante. Cuando se relaja y se ríe, con todo el cuerpo, se detiene el mundo. Llena el aire con una fragancia propia, presente, olor de su cuerpo con un toque de perfume, que no agrede sino que atrae tu nariz hasta desear recorrer toda su piel. Mantiene el misterio de algo oculto, algo secreto para ti y también una gran emoción contenida y quizá prohibida.
    Hoy he sido su último cliente y he esperado a que cerrara la peluquería. Hemos charlado un rato en la calle, frente a la peluquería, de cosas sin importancia. Tiene que hacer unas compras. La he acompañado en otra ocasión y me gustó demasiado así que decido no hacerlo esta vez. Le ofrezco acercarse a tomar algo al bar de tapas del que soy parroquiano, cuando termine. Es esta sin duda mi perdición. Una puerta abierta. Emociones en espera. La veo marchar resuelta por la acera, fumando. Entro en Los Cosos. Ambiente taurino sin clientes. Siempre han respetado mi gusto por ese momento cotidiano, solitario y abstraído, brindado a un hombre como yo, tan dicharachero, simpático y jovial con los pacientes durante la jornada laboral, y a su vez tan necesitado y apasionado por la soledad y el recogimiento que permite al hombre inquieto encontrarse con sus pensamientos y, algunas pocas veces, con su corazón. La espero ansioso y emocionado como un chiquillo durante horas que se me hacen minutos. Por fin, me doy cuenta de que no va a venir y me marcho a casa con unas cervezas de más.
    Don´t wanna close my eyes, don´t wanna fall asleep ´cos I miss u baby and I don´t wanna miss a thing. ´cos even when I dream of u, the sweetest dream will never do, I still miss u baby and I don´t wanna miss a thing...Suena Aerosmith en mi cabeza mientras paseo de vuelta a casa.

                                                                              III

Arde el aire denso del comienzo del verano, incluso ya en las cálidas luces del atardecer, en la ciudad, esta ciudad arrodillada, como muchas otras veces, viviendo su particular resaca. Sudo y devoro un perrito picante en un viejo bar frente a la clínica mientras pienso, como tantos hombres antes que yo, en lo efímero de nuestra existencia, mientras veo pasar familias de camino a casa con lo justo para llegar a fin de mes, en ese difícil equilibrio entre los placeres propios y los de la gente que quieres, entre la satisfacción presente y la futura, en esa lucha interior del ser humano por vivir el momento actual a la vez que sembramos para disfrutar de los tiempos futuros y que siempre, tomemos la opción que tomemos,  el discurrir del tiempo nos hará perder tarde ó temprano.
    Vuelvo a la consulta para atender a la última paciente del día. Es una primera visita que no quiso dejar nombre ni teléfono, lo cual me fastidia mucho, porque es altamente probable que no aparezca. Saludo a mi auxiliar, la que oye hablar a las manos. Me dice que la paciente ya ha llegado y ha rellenado el formulario. Se encuentra esperándome en el gabinete. Paso a mi despacho, me pongo la bata y me dirijo a atenderla. Cuando entro en la sala, el corazón me da un vuelco: es ella. Sentada en el sillón dental con las piernas cruzadas y mirándome con un brillo pícaro en los ojos, feliz de haberme sorprendido y notarme tan descolocado.
    Ahora nuestros papeles han cambiado y soy yo el que se acerca por detrás de ella. Su bella melena azabache se desparrama por los lados del cabezal mientras presiono el botón para que el sillón se recline. Veo sus morenas manos de largos dedos apoyadas sobre sus muslos. Respira profundo y lento. Huele a sí misma, sin perfumes. Me mareo de nuevo al tocar su cara para que se coloque centrada.
    Me pide que le haga una carilla en un incisivo central que tiene levemente oscurecido. Le respondo que, muy a mi pesar, eso no va a ser posible, ya que soy ortodoncista y no estoy capacitado para realizar dicha intervención con la perfección que ella merece. Se gira un poco y me mira fijamente a los ojos. Prueba a hacerlo con la mano derecha, dice. Al principio no la entiendo bien, pero enseguida caigo. Ella, los mareos, mis extraños escritos con una pluma sin carga y con mi diestra... Me da miedo y me fascina y seduce al mismo tiempo. Sin más tardar, saco la caja de composites estéticos y el instrumental específico y esculpo la obra de arte más bella que se halla realizado en boca humana, utilizando mi mano derecha. No sé cómo lo he hecho. He estado sumido en un intenso trance creativo. Mi auxiliar me mira asombrada.
    La bella mujer se incorpora del sillón y observa su nueva sonrisa en el espejo de mano. Es incapaz de distinguir la carilla de sus blancos dientes y me pide que le diga cómo lo he hecho. Siento un escalofrío al ser consciente de que ella ya lo sabe, pero respondo: "Preferiría no hacerlo". "Ah, eres Baterbly, el escribiente", sonríe su voz. "¿Cómo?". "Sí, Baterbly, de Melville", responde divertida mientras se recoge un tirabuzón de pelo rizado tras la oreja. "¿Conoces esa novela?...Ahora me doy cuenta de que me encantaría conocer tu nombre,¿cómo te llamas?".-pregunto fascinado. "Depende. Tengo un nombre por el día y otro durante la noche...¿cuál prefieres?. Elige". "Preferiría no hacerlo", respondo de nuevo. "No voy a dejarte seguir siendo Baterbly, dentista. Tienes que elegir con el fuego de tu corazón. Por el día me llamo Constance y por la noche soy Milady."
    Miro a esta bella mujer que me embruja la mente y los sentidos. Que me emociona y me apasiona. Que me da miedo y me atrae por igual. A su espalda, cuelga de la pared el sable que perteneció a mi padre y que luce en la recepción de la consulta en su memoria y como muestra de hombría. Me acerco hasta él y sin pensarlo dos veces, desenvaino su acero con mi mano derecha tirando con fuerza de la empuñadura. Brilla el filo y relucen las piedras de la cazoleta mientras sonrío con confianza y la miro. "Elijo a Milady, sin duda". "Puede que te haga sufrir, joven D´Artagnan", responde. "¿Y no es eso sentir, Milady?Salgamos a la noche y sintamos." Nunca más volverán a saber de mí en la clínica dental.