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martes, 17 de enero de 2017

Purita Pasión y el Misterio de las preposiciones de Atenas

    A partir de aquel momento sabía que no había vuelta atrás. Purita Pasión nos  había arrastrado hasta Atenas en busca del próximo misterio, adictos a la necesidad de una nueva aventura. Nos había envuelto en el amable papel de regalo de un puente vacacional dedicado a la ociosa, burguesa y noble ocupación de sumergirnos, desde la protección de la distancia temporal y erudita, en una visita a la noble ciudad de Atenas, aplastada en su realidad mundana y presente por las vicisitudes políticas y económicas del incomprensible y turbulento siglo XXI. Y como en estos tiempos todo se posterga y se procrastina, Atenas, en apariencia, y quizá también en la realidad, proseguía viva, cual corazón de mamífero en hibernación.
    Ante la Acrópolis, el Partenón, las Cariátides, el templo de Atenea Nike,
  Bajo aquel límpido cielo azul de una mañana fresca de diciembre, nuestros corazones se expandieron y creció su esperanza en lo más excelso de la naturaleza humana, pero esto lo escribe un iletrado como yo, Wilfred Johnson, nacido en Soria, influido por cuatro o cinco libros que he podido leer en mis pocos ratos libres al servicio de Purita Pasión, labor por la que me encuentro profundamente agradecido y saciado de la vida.
    Cabe la posibilidad de encontrarse relajado y confiado en su amable y bella compañía – es bellísima –, incluso, y sin dudarlo por un momento, en la del Dr. Babitas y la Sra. Lipstin. Una sensación placentera que poco a poco te rellena, sentado en la terraza de un diminuto café junto a unas ruinas olvidadas, restos ignorados en una capital que sufre y que nos recuerda lo mejor de nuestra civilización. El sol calienta a pesar de la proximidad del invierno y sentimos su calor concentrado en nuestras mejillas mientras comemos mousaka y bebemos un refresco, reunidos en torno a una mesa metálica laqueada de color blanco, depositada junta a tantas otras en un lateral de un pasaje peatonal en pronunciada cuesta, que asciende esforzado hasta las faldas de la omnipresente Acrópolis.
    Con toda aquella placidez acunando nuestros confiados cerebros, Purita Pasión nos expuso, precedido de un ¿sabeis qué?, sus verdaderas motivaciones frente a aquel viaje en apariencia inofensivo. Estábamos allí con la única finalidad de desentrañar un nuevo misterio, con el único objeto de poner nuestra pobre inteligencia colectiva al servicio de un  insondable galimatías sin sentido aparente.
    Contra toda lógica, un mensaje escrito en el envoltorio de un minibabibel había llegado a las manos de Purita, que había leído con entrega pasional mientras mordisqueaba la pequeña bola de queso. En él se le impelía a viajar sin demora a la capital Helena en busca de las preposiciones perdidas del siglo de Pericles. Sin tan siquiera plantearse el significado ni el origen de tan absurdo mensaje, ideó una pequeña escapada turística acompañada de sus seres queridos.
    De tal forma que allí estábamos, disfrutando de un refresco bajo un cálido sol de diciembre y su inseparable cielo azul. El Dr. Babitas observaba sereno las ruinas y nos regalaba sus bromitas, mientras la Sra. Lipstin, impregnada de su natural belleza, comentaba conmigo las maravillas del Ágora y su delicioso museo de cerámicas.
    Desde que llegamos a aquel rincón de Atenas, sentí una presencia. Unos ojos, muchos, nos observaban. Tenía la sensación de que eran conocidos, me asaltaba la intuición de haber sido mirado antes de esa forma.
    En cuanto decidí girarme con brusquedad me encontré frente a aquellos ojos verticales de color amarillo... y aquellos bigotes largos y poco poblados, ese pelaje sin embargo abundante, blanco y marrón claro, como un café con leche sin mezclar.
    Entre los barrotes de la verja que nos separaba de las ruinas pude adivinar orejas puntiagudas y colas inquietas. Incluso pezuñas de garras afiladas y algún que otro maullido impaciente.
    Hacia nuestra mesa, surgiendo tras de cada piedra milenaria, se dirigieron numerosos gatos de las más variopintas formas y colores, atraídos por el brillo de ilusión en los ojos de Purita, aunque quizá tuviera algo que ver el hecho de que les lanzaba trocitos de un pan delicioso. A mis ojos parecía una maga que creaba esponjosas nubes de miga blanca con sus manitas. El Doctor Babitas se levantó de su silla metálica verdosa y correteó junto a mi extravagante jefa, cantando palabritas con su voz tan bonita, mientras la Sra. Lipstin también se unía a la fiesta.
    Hasta ese preciso instante no comprendí las intenciones ocultas de mi amada Purita. Tan solo al verla acariciar a un precioso gato blanco, subírselo al regazo y susurrarle al oído recordé uno más de sus maravillosos dones: la capacidad de hablar con los felinos, hecho incontestable que manteníamos oculto al resto de los mortales para evitarla el engorroso trance de terminar sus días en un manicomio. Hace tiempo que el ser humano tomó la triste decisión de entregarse a la esclavitud de sus vísceras y sus pasiones y al engreimiento de un entendimiento racional implacable, dejando de lado todo lo que se escucha con el corazón; latidos de otros órganos sonrientes, susurros que surcan los vientos, silencios profundos rellenos de aire limpio y de luz. Pero Purita Pasión conocía toda la magia, esa que emana aún de algunos pocos niños. El Dr. Babitas y la Sra. Lipstin, también.
    Para mi sorpresa, otro gato, lanoso y sereno, se acurrucó a su vez entre los brazos de mi querido doctorcito, quien aún dejaba escapar un hilo de babitas mientras reía con toda la cara al escuchar las confidencias maulladas por el felino heleno.
    Por increíble que parezca, Purita había resuelto no pocos casos gracias a su don, adquirido, según una brumosa leyenda familiar, el día de San Antón, patrón de los animales, cuando, siendo aún un bebé, veía pasar un torrente de caballos montados por alegres jinetes en la noche de la Encamisá, en Navalvillar de Pela. Un gato la arañó en el preciso instante en el que las chispas de una hoguera flotaron en el gélido aire de aquella noche de enero y fueron a parar a su frente, dejándole una señal en forma de pequeño lunar entre ceja y ceja, y que quizá abrió su mente y le obsequió con la capacidad de comprender a los felinos.
    Según el Doctor Babitas, ella le enseñó inglés, matemáticas, lengua y dibujo, la capacidad de partirse de risa al escuchar la palabra caca y el don de comprender lo que dicen los gatos.
    Sin ningún género de dudas ambos, sostenidos por la Serena y dulce compañía de la Sra. Lipstin, se hayaban próximos a desentrañar el misterio oculto en aquel envoltorio de bolas de queso, tan apreciado por los gatos, y que habíamos perseguido en vano buceando de manera apasionada en la sociedad ateniense del siglo V a.c., en su cultura, su política, su arte y su arquitectura, sus leyes y sus personalidades. Buscábamos en el lugar equivocado, ya que la respuesta se encontraba en el siglo de Pericles, sí, entre sus ruinas, pero más bien acurrucado al sol, lamiéndose las patas o atusándose el pelo, vagando con pasos lentos y seguros entre aquellas ilustres piedras.
    So pena de parecer un desequilibrado, me dio la impresión de que todos me miraban a mí mientras compartían sus confidencias. Me lanzaban miradas furtivas tras escuchar los maullidos de aquellos gatos y acercaban poco a poco sus sillas a mi persona mientras sus ojos viajaban, incrédulos y suspicaces, desde mi cara a este cuaderno en el que escribo, observando con desconfianza el discurrir del lapicero con el que pintarrajeo estos relatos que tan rápido me apresto a borrar.
    Sobre la mesa, entre vasos y platos, deposité este cuaderno que ahora se escribe solo y lo dejé a su alcance. Purita Pasión leyó en voz alta mis garabatos al Doctor Babitas, quien me guiñaba un ojo divertido, como se hace con un buen colega, mientras escuchaba la traviesa voz de la fundadora del Salvajismo leer estas mismas frases, rodeada de gatos. Intuyendo el misterio, le entregaron el texto a la Sra. Lipstin, que lo leyó pausada y, tras mirar hacia la colina de la Acrópolis y deleitarse con el perfil del Partenón recortado contra el cielo azul, comprendió.
    Tras aquel misterio me encontraba yo, por primera vez, haciendo uso de mi propio don, que se escribía solo en aquella hoja en blanco ante sus ojos y les situaba en un bucle que podía transformarse en eterno, sino fuera porque mi único deseo era jugar junto a ellos y con las palabras mientras cumplía mi sueño de viajar a Atenas y descubrir sus tesoros en su compañía. Escuchar las voces de las raíces de nuestra civilización y las de las víctimas de sus desvíos. Tratar de adquirir el don de hablar con los gatos o sino, al menos, escribir juntos en las páginas de nuestra memoria con un lenguaje secreto y compartido, hecho de esas cosas que se escuchan con el corazón, y en el que no utilizamos ni una sola palabra, y menos aún preposiciones.


viernes, 30 de diciembre de 2016

Purita Pasión

    Qué bella es. Bellísima. No guapa, que también, sino bella. Su carita limpita, su piel lisa y joven, su bandita recogiendo el pelo, el brillo de sus ojos y todos sus gestos traviesos, sus caritas divertidas, su pasión por la vida... Es bella. Su carota, siempre dan ganas de cogerla la carota y estamparla un sonoro beso en la mejilla, o acercar mis ojos a los suyos para ver lo que ella ve mientras yo también puedo verla un poquito. O acariciarla con el anverso de la mano mientras habla de sus secretitos mágicos o de alguna cosa que le ha pasado en el colegio. ¿Sabes qué?, dice. Mueve sus manitas pequeñas y un poco regordetas mientras explica algo con pasión. Tiene un lunarcito en el centro de la frente, un poquito por encima de las cejas, cual bindi natural, como si el que la pensó quisiera dejar esa señal, como diciendo, eh chicos, os conocisteis en la India, no os olvidéis nunca de que este es el primer bello fruto del árbol de vuestro amor. Ella tiene más lunares y una nariz preciosa. Siempre tiene la carita calentita. Yo la cubro de besos y ella a mí sólo me da uno al día, cuando la animo a dármelo a modo de buenas noches, justo antes de que se sepulte bajo su sábana y su manta y se envuelva hasta la cabeza. Una o dos veces me ha dado un beso espontáneo en el último mes, yo sé que me quiere mucho. También ha comenzado a guardarme cosas de comer o a tener algún detalle conmigo. Sigue siendo salvaje y bella, Purita Pasión. Un día, en verano, comenzó a confeccionar unas revistas con dibujos y textos hechos por ella en medios folios doblados, que fue poniendo uno encima de otro y después grapó. La llamó Puri Cuchita y, desde entonces, yo también la llamo así. Cuchita, mi lechón bello y salvaje. Baila, hace gimnasia rítmica, inventa juegos, se imagina mil historias, construye tiendas y hoteles laberínticos, recorta, pega, dibuja, colorea y crea cuentos, miles de bromas donde aparece la caca, el pis, el pedo y el culo, para que su hermanito se parta de risa. Adora a sus gatitos. Los abraza, los aplasta, los acaricia... Sus ojos son enormes, de mirada limpia, vivos, expresivos. A veces no te mira mientras habla y de repente te mira mucho, pero de una forma que no intranquiliza. Tiene una voz preciosa y esto no quiere decir que sea dulce y femenina, que también, sino que la utiliza de mil maneras; voz de miedo, de sueño, de enfado ~ ahí es cuando hincha los mofletones ~, de rabia, de ilusión, de contento, silencio ~ situación casi inexistente mientras está despierta. A veces queda embobadita mirando la tele un poco de lado, de reojo, concentrada en lo que dicen los personajes de los dibujos animados ~. Habla muy buen inglés y es genial con las matemáticas y con las palabras. Adora a sus amigas y sabe elegirlas bien. Todas la quieren y ella tiene sus normas, respeta las existentes y le disgusta que otros no lo hagan. De esos ha aprendido a apartarse sin aspavientos. Cómo nada, qué fuerte está, y qué estilazo. Me saluda desde el agua con el gorrito de colores y las gafas de nadar, que le hacen aún más carota bella. La amo. Se despide mil veces desde lejos cuando te separas de ella; me tira muchos besos al aire. Todo lo bello y divertido le ilusiona. Le encanta la clase de música, y hacer gimnasia. Espera con pasión la clase de ajedrez, cada dos semanas. Quiere mucho a su hermanito, el único al que besa cada día de forma espontánea. Lleva coleta, trenzas, moño, coletas, moños, pinzas, bandita, gomas de colores. Por fin se desenreda el pelo con un cepillo rosa enorme. Se pinta cosas a boli en las manitas. Es bellísima y la amo con locura, pasión y desenfreno. Ahora todo se le cae, se le resbala, lo tira; manitas de mantequilla, se le pasará. Lo pasamos muy bien juntos. La ayudo a estudiar y a hacer los deberes, igual que su mami. Nos queremos mucho. Le encanta aprender, le apasiona conocer el mundo. Es inteligente y divertida. Traviesa, en plan diver. Le gustan las cosquillas y saltar sobre la cama, y también gritar mientras juega. Canturrea por las mañanas, mientras se viste y juega con su hermano, tras un lento desayuno. Es linda y feliz y la amo. Es pura magia, un bebé precioso que todavía corretea. Algunas cosas le preocupan, o le dan miedo, pero luego se le pasa, cuando viene a que la abraces. Es salvajista, sin término medio, lo cual la hace más bella aún. Hay que educarla y regañarla a veces, pero lo entiende. Es buena, sin maldad ninguna. Preciosa, Puricuchita, Purita Pasión.

martes, 20 de agosto de 2013

Purita Pasión y el misterio del niño que lloraba sin lágrimas

    Tras décadas observando las miserias del ser humano,  incluidas las mías,  sostengo la opinión,  que se acrecenta cuando me encuentro rodeado de mucha gente, de que el ser humano sólo es un animal que ha caído en la desgracia de tener consciencia de su yo, de una manera incompleta, por supuesto, y en base a ello es capaz de sostener las más peregrinas ideas y llevar a cabo complejas acciones con el único fin de cubrir sus necesidades básicas,  a saber, alimento, descanso y reproducción,  aderezado con las máximas dosis de placer. Como cualquier otro animal salvaje. Todo lo demás es cuento, adorno, floritura. Se me podrán mencionar los grandes logros de la humanidad, pero yo no conozco a las personas que los realizaron, y en el fondo no hacen más que tomar tortuosos caminos para llegar a los mismos fines que la gran masa humana informe que pulula por este planeta entre el nacimiento y la muerte, como una hormiguita más. A esa masa, por desgracia, la conozco demasiado bien. Y podría pensarse que este modo de ver la vida lleva indefectiblemente a la depresión, y por un tiempo, en mi caso, así fue. Pero pasado el primer golpe, estas ideas me han llevado a una especie de manso fluir por el río de la vida. "Be water my friend", dijo Bruce Lee, aunque estoy seguro de que ambos llegamos a la misma conclusión por caminos bien distintos. Esta es la razón principal por la que trabajo para Purita Pasión. A pesar de lo que pueda hacer pensar un nombre impostado, Purita Pasión es la única persona que conozco que es consciente de ser sólo un animalito más,  y vive la vida de cara, sin máscaras ni circunloquios de ninguna clase. Nadie en la ciudad conoce su verdadero nombre, pero también diré que a ninguno nos interesa descubrirlo. Su nombre es perfecto, la define sin ambajes, en su totalidad, de golpe. Descubrir que se llama Pepa ó María sería una fatalidad. Yo poseo un nombre vulgar, y adoro los nombres compuestos. Mis preferidos son Luisfer y Juanfran, pero no son apropiados para un detective. Así que cuando comencé a trabajar en esta agencia me hice llamar Wilfred Johnson, cuya fonética, güilfred yonson, camufla a la perfección a Luisfer Juanfran. Esto es una absoluta estupidez, pero es que yo soy feliz con estas chorradas. Así que este nombre americano que me he dado acompaña a la perfección nuestra actividad y pienso yo que le da un toque de glamour a la agencia, por más que a alguno se le escape una sonrisita al contarles que nací en un pueblo de Soria. Podría dedicar una vida a hablar de Purita Pasión. Es una mujer arrolladora, en un sentido literal. Su personalidad y su presencia física se imponen en todas las circunstancias. De hecho, ella es la fundadora de una corriente de pensamiento, no, más bien de un modo de ser y afrontar la vida: el Salvajismo. Ser salvaje es ser total en todo lo que uno hace, pero también en lo que deja de hacer ó en lo que los demás hacen en relación a tí. Si Purita duerme, lo hace durante catorce horas, y ni siquiera una bomba atómica sería capaz de despertarla. Pero si no duerme, no lo hace nadie. Si estás agotado ó somnoliento,  no te da ni un minuto de tregua, hablando sin parar, tirando de tu brazo para hacer algo ó proponiendo mil actividades. Porque Purita Pasión tiene millones de ideas, todas a la vez, y es capaz de hablar durante horas en un monólogo abrumador que exige que la escuches como si fuera lo único importante en el universo. Si se te ocurre hacer algún comentario,  te dirá que no la dejas hablar...¡Que no la dejas hablar! Se enfada de forma radical, como un miura enloquecido. Creo que están pensando en ponerle su nombre a un huracán. Pero cuando te sonríe y te besa en la mejilla, y te habla con cariño, puede ser la mujer más dulce que existe. Ni se te ocurra decirla que coma algo, cuando está metida en algo alimentarse no va con ella, pero sin venir a cuento puede devorar una bolsa de patatas en un santiamén,  o beberse un vaso de leche de un solo trago, y andar por ahí hablando con la gente con un bigotito blanco bajo la nariz. Ella no habla, grita, a cada momento, y puede llegar a hacerte daño físico en los tímpanos. Adora a su familia y amigos por encima de todos y es el ser más maravilloso de la tierra. Lo dicho, podría hablar sobre Purita Pasión una eternidad.
    Pensaba en todas estas cosas tras haber recibido un nuevo encargo por teléfono, sentado en mi oficina, mientras Purita afrontaba su enésima entrevista para la televisión en su despacho. Una mujer de paso por la ciudad requería nuestros servicios de forma urgente y nos pidió que nos acercaramos a su hotel. Purita Pasión terminó la entrevista y me escuchó intrigada, deseando afrontar un nuevo caso a la mañana siguiente. "¿Está sola con su hijito, dices? Me encanta trabajar para las mujeres. Pero ahora vas a bajar a traer algo de cena Wilfred, tráeme unas patatas fritas y un cartón de leche, y un helado...ah, y un paquete de chicles, no tengo mucha hambre. Tú pedirás tu hamburguesa grasienta con patatas, ¿no?". Cualquiera le lleva la contraria. Bajé a la calle y compré todo lo que me había pedido, sin saber muy bien si compraba la hamburguesa porque me apetecía ó porque me lo había ordenado ella. Cuando volví, nos sentamos frente a la tele de la oficina y vimos la entrevista que le habían hecho hacía un rato en las noticias de las nueve. Purita mojó las patatas en la leche, chupó una vez el helado y lo dejó derritiéndose sobre la mesa y masticó un chicle por la eternidad. Mientras, en pantalla, la cámara hacía un travelling hacia una mujer deslumbrante con la melena agitada por el viento (encendieron un ventilador cochambroso que encontraron en la oficina), mientras una banda sonora arrolladora precedía la voz del locutor. "Purita Pasión,  la mujer del momento". La entrevista y el reportaje versaba sobre la apasionante vida de mi jefa y su estilazo, remarco, estilazo, afrontando el día a día, sus peligros y los misterios por resolver. "No por nada promuevo el Salvajismo - decía Purita en un momento de la entrevista -. No estamos en el mundo para andarnos con zarandajas ni remilgos, sino para vivir intensamente cada segundo, pese a quien pese". Me impactaba oirla decir eso en la tele, porque yo podía dar fe de que no era una pose, nuestra vida era un torbellino arrollador sin descanso. A veces recordaba el título de la película,  y me decía que la nuestra se titula "No habrá paz para los empleados"...de Purita Pasión. 
    A la mañana siguiente acudimos a la cita con la forastera, en su hotel. La encontramos en una tumbona sobre el césped,  junto a una piscina circular para niños,  en la que chapoteaba un precioso bebé con manguitos. Se levantó y nos apartó un poco, diciendo que no quería que el niño nos viera. Era una bella mujer de unos treinta y cinco años que dijo llamarse Ruth. Poseía una expresión y una forma de hablar dulces y serenos, las antípodas de mi jefa, que comenzó a impacientarse nada más ver el estilo de la posible clienta, y a cortarla cuando hablaba y a increparla para que fuera al grano. La conclusión fue que el niño de Ruth, Daniel, lloraba sin lágrimas, y ella no lo podía soportar. No aceptaba emocionalmente dicho comportamiento, y sabía que un psicólogo no iba a ser capaz de dar solución a tan extraño fenómeno. Las glándulas lacrimales funcionaban porque expelían unas gotitas cuando el bebé bostezaba, pero llorar, lo que es llorar, lo hacía en dique seco. Así que había decidido contratar a la mejor, Purita Pasión,  no le importaba el dinero. Purita aceptaba todos los casos, incluso antes de saber de qué se trataba, como un maquinista con los ojos vendados conduciendo un tren sin frenos hacia una vía que muere en un desfiladero. No se hable más, dijo, y no se preocupe, esta tarde volveremos preparados y resolveremos su problema. Le brillaban los ojos de pura ilusión mientras el niño chapoteaba con un cochecito de juguete en las cálidas aguas menores de decenas de bebés.
    Volvimos por la tarde. Purita me hizo sentarme en una tumbona y parapetarme tras Los detectives salvajes, de Bolaño, su libro preferido, aunque sólo por el título. Jamás lo había leído. Ella no lee nada que no lleve ilustraciones. Se quitó la ropa y me sorprendió con un bañador de cuerpo entero de ¡Hello Kitty!, rosa chicle, con volandas en la cintura. Se acercó al bebé y se metió en la piscina de meados como si tal cosa. Se puso a jugar con Daniel toda la tarde. Comprobamos que era un bebé adorable, tranquilo, emanaba serenidad, transmitía paz, su piel dorada por el sol, su sonrisa, sus palabritas y juegos, absolutamente encantador. Comía y dormía de maravilla y jamás hacía pucheros, no podía ser esa la causa de la sequedad de su llanto, unos continuos y desmesurados pucheros, tan habituales en niños mimados de esta edad. Comprobamos que en las contadas ocasiones que lloraba, efectivamente lo hacía sin lágrimas. Hasta su llanto deshidratado era suave, sereno, se acurrucaba con gesto tranquilo en los brazos de su madre, por un resbalón ó un golpecito. Purita Pasión se entregó en cuerpo y alma al caso, como hacía siempre, con una feroz determinación por desentrañar el misterio, atenta a cada gesto, a cada palabra, del chiquitín, infiltrada en su vida, de incógnito,  con su bañador Kitty rosa chicle, durante varios días. Cuando me acercaba a la página seiscientos de la novela, y sobre el caso planeaba la sombra del fracaso por primera vez en la dilatada carrera de Purita Pasión,  la intrépida fundadora del Salvajismo, ocurrió algo. En la mente de mi jefa sonó clic, se encendió la bombilla, lo vio todo claro. Se levantó de los cinco dedos de agua turbia que la cubrían de golpe, salió de la piscina y caminó hacia nosotros dando pasitos. Su carita estaba limpita, con el pelo mojado hacia atrás,  y nos sonrió. "He solucionado el misterio, Ruth, ahí, empapada en pis. Su hijo llora sin lágrimas porque probablemente sea el bebé más feliz de la tierra y hasta cuando llora es incapaz de sentir tristeza. Llora sin lágrimas de pura felicidad, total y absoluta. Es también un Salvajista, pero a su manera". Ruth se quedó embobada, incrédula al principio, pero después, poco a poco, una sonrisa iluminó su rostro y ella sí, comenzó a llorar de pura felicidad. Evidentemente no era una Salvajista. Purita Pasión me cerró el libro en las narices, haciendo que el marcapáginas se callera, no sabéis lo que me fastidia eso, y comenzó a tirar de mí decidida hacia la salida del hotel.
   Fue en ese preciso momento cuando escuchamos una voz femenina, casi igual a la de Ruth, que decía: "¡Alicia, se acabó el juego, a merendaaar! Y deja a tu padre tranquilo,  que le tienes de acá para allá toda la tarde, no le dejas ni leer un ratito en paz...¡Ven para acá!". Y ahí volví a ser Víctor Gómez Tulio, un nombre vulgar, de un vulgar oculista de la Siberia, provincia de Badajoz. Por la noche, en la oscuridad, metido en la cama, pensé que estaba harto de la realidad, producida por dos o tres agencias de noticias, esa realidad de armas químicas que luego no existen, de crisis que no existen pero luego arrasan nuestro mundo, de religiosos pederastas, de corruptos que no pisan la cárcel, esa realidad obtusa e inventada, que nos apretuja y nos hace sentir cucarachas, como Kafka, y pensaba en los miles de buenas noticias que deben producir los millones de seres humanos que pueblan la tierra, cada día,  y que nadie nos cuenta, y que son más reales que las que nos cuentan, y desde luego, más verdaderas y alegres. Deseé que existiera un periódico ó una cadena de televisión,  ó una radio, que se dedicará a dar buenas noticias, reales ó inventadas, como las que nos cuentan ahora. Así que decidí que a la mañana siguiente, si Purita Pasión quería, volvería a ser Wilfred Johnson, y sería su fiel escudero afrontando otro curioso misterio por resolver, hipnotizado y feliz, radical, entregado por completo al Salvajismo.