Recibimos una señal rudimentaria e identificamos el origen. Para nuestra sorpresa, no estaba demasiado lejos. Provenía de un planeta muy pequeño, el tercero de un sistema coronado por una estrella insignificante, en el borde de una galaxia poco masiva que habíamos ignorado siempre, pese a estar relativamente cerca. Como en otras ocasiones, nuestra sociedad tenía miedo. Las malas experiencias anteriores aconsejaban una prudencia extrema. Invertimos décadas en observar aquel amago de civilización, formada por individuos que, básicamente, eran unos sacos de vísceras de los que erupcionaban cuatro tentáculos, coronado todo por una quinta prominencia que contenía un gran ganglio director, sin lugar a dudas defectuoso. Consideramos aquel órgano como una aberración evolutiva, que parecía generar una especie de imagen falsa y obsesiva de sí mismo en cada individuo, en diferentes grados, además de algún tipo de engaño colectivo que les hacía creer que pertenecían a grupos inexistentes enfrentados entre sí. Esta especie había conseguido una alta tasa de reproducción y había colonizado su diminuto planeta, aplastando a los demás seres vivos y parasitando toda la superficie seca. Su diferenciación evolutiva era muy reciente y nuestras proyecciones vaticinaban una pronta desaparición por autodestrucción, primero individual, en fase muy desarrollada en el momento de nuestra observación, y posteriormente colectiva. Decidimos ignorar la señal y evitar a toda costa una posible respuesta. Se intensificaron las medidas de camuflaje frente a sus dispositivos de búsqueda. Los hechos acontecidos recientemente en aquel planeta nos confirman lo acertado de nuestras conclusiones y reafirman nuestra política de extrema prudencia frente a especies de baja calidad evolutiva.
miércoles, 9 de mayo de 2018
La señal
Recibimos una señal rudimentaria e identificamos el origen. Para nuestra sorpresa, no estaba demasiado lejos. Provenía de un planeta muy pequeño, el tercero de un sistema coronado por una estrella insignificante, en el borde de una galaxia poco masiva que habíamos ignorado siempre, pese a estar relativamente cerca. Como en otras ocasiones, nuestra sociedad tenía miedo. Las malas experiencias anteriores aconsejaban una prudencia extrema. Invertimos décadas en observar aquel amago de civilización, formada por individuos que, básicamente, eran unos sacos de vísceras de los que erupcionaban cuatro tentáculos, coronado todo por una quinta prominencia que contenía un gran ganglio director, sin lugar a dudas defectuoso. Consideramos aquel órgano como una aberración evolutiva, que parecía generar una especie de imagen falsa y obsesiva de sí mismo en cada individuo, en diferentes grados, además de algún tipo de engaño colectivo que les hacía creer que pertenecían a grupos inexistentes enfrentados entre sí. Esta especie había conseguido una alta tasa de reproducción y había colonizado su diminuto planeta, aplastando a los demás seres vivos y parasitando toda la superficie seca. Su diferenciación evolutiva era muy reciente y nuestras proyecciones vaticinaban una pronta desaparición por autodestrucción, primero individual, en fase muy desarrollada en el momento de nuestra observación, y posteriormente colectiva. Decidimos ignorar la señal y evitar a toda costa una posible respuesta. Se intensificaron las medidas de camuflaje frente a sus dispositivos de búsqueda. Los hechos acontecidos recientemente en aquel planeta nos confirman lo acertado de nuestras conclusiones y reafirman nuestra política de extrema prudencia frente a especies de baja calidad evolutiva.
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Madrid, España
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miércoles, 28 de marzo de 2018
El aliento del primate
“...Qué es esto que llamamos vida sino una ilusión. Qué es esta
estructura, este andamiaje, este velo que hemos construido entre
todos, tanto los vivos como los muertos, que nos lleva a creer que lo
que pensamos y sentimos es cierto, verdadero, relevante y real,
cuando sabemos en el fondo que todo eso es morralla que devora el
tiempo, no los eones, sino el siguiente segundo, el próximo minuto,
la incipiente hora. Qué mecanismo estropeado nos confunde y nos hace
olvidar que somos simios insignificantes perdidos en el tiempo
pegajoso y en el espacio elástico e insondable, que no dejamos
huella alguna, que nada de lo que hacemos vale ni sirve ni
transforma, que nuestra irrelevante existencia no significa nada ni
lo significará. A qué tanta preocupación, tanto cuidar el cuerpo,
y el vestir, tanta obsesión por divertirse, tanta ofuscación por un
tono de voz o un mensaje en el contestador. Para qué tanto opinar y
decidir y contar lo que nos gusta o deja de gustar o lo que hemos
desayunado esta mañana. Para qué tanto Yo – o tanto Yo disfrazado
de No Yo – , cuando todos sabemos que éste es un cajón de sastre
que creemos controlar pero que cualquiera puede abrir y rellenar con
lo que le de la gana y decirnos lo que pensar y decir y hacer y
sentir, y además hacernos creer que ese sentir y hacer y decir y
pensar lo hemos decidido nosotros. Hacernos creer que somos el centro
del Universo y que somos únicos y que necesitamos esto y aquello
para seguir siéndolo o serlo aún más. Para qué tanto desperdicio
de saliva y de energía y de tiempo, para qué tanto irritarse y
enfadarse y ofenderse y tanto odiar y desear y decir amar. Para qué
tanto teatro desesperado, tanta escena efímera, tanto guión mil
veces oído y otras tantas repetido, recitado con inercia, condenado
a deshilacharse en el aire o a envenenar un alma… Para qué tanta
patraña y actuación y apariencia, para qué tantas grandes
palabras, para qué todos esos discursos barrocos e inflados, para
qué tantos aires de originalidad si todos sabemos que es copia sobre
copia y que ya todo ocurrió y que todo vuelve a ser vil y rastrero y
corrupto, se repite la ponzoña, la envidia, el odio, el robo, la
traición y el embuste, el egoísmo en definitiva, por los siglos de
los siglos que en el fondo son un parpadeo, en el cual nos ha dado
tiempo a millones y millones de humanos a comportarnos como basura y
desaparecer, a infligir daño y hacer sufrir y morir, y tanto da todo
el mal o el bien que hayamos causado porque las víctimas y los
beneficiados también se irán y también serán nada y pronto nadie
los recordará ni quedará rastro de su paso por el mundo y por tanto
jamás habrán existido.
Y sin embargo algunos no pueden evitar amar intensamente y sufrir por
el dañado. Algunos pocos aman y sienten como si fueran el otro y les
duele la inocencia derretida por el fuego del egoísmo, la envidia y
el odio descarnado. Algunos no pueden evitar ver la huella que deja
la maldad sobre las almas limpias y sufrir y bregar porque esos
espíritus blancos no sucumban, luchar con denuedo por borrar esa
marca humeante, tomar en sus manos el jabón de la escucha entregada
y la palabra sensata, y la esponja del abrazo y el beso y la mirada a
los ojos que da seguridad y arropa, que prende la llama cálida y
guía hasta el hogar, que no es otro que la paz. Porque saber que se
es y no se es puede ser otra ilusión más, o también puede ser una
respuesta elegante y bella a todos esos para qués. O no.
La mañana es gélida y sales a la calle. Inspiras el aire frío con
cierto placer y expiras por la boca. Sale el aire caliente y gastado
de tus pulmones. Te gusta poder ver, unas pocas veces al año, tu
aliento. Tan sólo dura un segundo, quizá menos. Y después ya no
está. Prosigues tu camino y lo olvidas por completo”.
Estracto
de Las huellas de Laetoli*, diario de campo de Mary Leakey
*
Las huellas de Laetoli, situadas
en el área de Olduvai, Tanzania, son unas líneas de pisadas de
varios individuos bípedos que caminaron sobre el barro hace unos 3,7
millones de años, justo antes de una erupción volcánica, cuyas
cenizas permitieron su conservación hasta su descubrimiento por Mary
Leakey en 1977.
El dentista ambulante
“
...Usted quizá no recuerde ni quizá sepa que un día me salvó la
vida. La postguerra fue terrible en el campo, más aún en nuestra
aislada y olvidada Siberia extremeña. Yo fui un niño sin zapatos y
labré la tierra desde que tengo memoria. Tuve una infancia de velas
derretidas, de calles polvorientas y de ir a por el agua al pozo; de
lavar la ropa en El Chorrero, caminata de media hora, lo mismo que
tardaba en ir a la escuela. El médico más cercano se encontraba a
cuarenta kilómetros y una vez al año aparecía un dentista
ambulante. Usted. Mis padres le recordaban como un joven enérgico y
luminoso, y me consta que ha seguido siendo así siempre después.
Yo contaba siete años cuando se me pudrió una muela. Desayunaba y
cenaba cubos de azúcar de racionamiento y jamás tuve cepillo de
dientes. La cara se me hinchó, después el ojo y la garganta. Todo
aquello endureció como roca y las fiebres me postraron en cama a la
espera de la muerte. Dios quiso que usted apareciera una mañana y me
operara. Abrió el bulto como si fuera el estómago de un carnero y
brotó el pus. Tomé las medicinas que usted se negó a cobrar a mis
padres y reviví.
Fui después un muchacho espabilado y progresé en el negocio
agrícola y ganadero. La vida me ha tratado bien y doy gracias a Dios
por ello. Sin que usted supiera, he sido devoto y secreto seguidor,
deudor agradecido y hombre que admira su trabajo con los necesitados,
siempre desinteresado, cálido y generoso. Y por fin ha llegado el
momento que por mí era ansiado y temido a partes iguales. Porque
sepa, doctor, que el mejor regalo que podría habernos hecho la vida
es que yo no encontrara forma alguna de agradecimiento. Que usted
disfrutara de una existencia apacible y segura, libre de todo
percance o indisposición. Sin embargo, todo hombre nace marcado con
el sello del sufrimiento propio, pero, y es el más doloroso, puede
verse asediado por el oscuro Caballero de la Muerte, no en carne
propia sino en la sangre de su sangre.
Ha llegado a mis oídos que su primogénito sufre una enfermedad
terrible, que le mengua poco a poco. Un mal que sólo se cura en
América y cuyo tratamiento no puede afrontar. Puede que se sienta
usted arrepentido de haber dado tanto y haber pedido tan poco a
cambio, y que sufra lo indecible por ello. No pene más, buen doctor,
querido sacamuelas que una vez salvó mi vida, porque por suerte o
desgracia llegó el momento de devolver dichoso mi impagable deuda.
Mi vida ha sido plena y deseo que la de su hijo también lo sea...”
El doctor Gutiérrez plegó de nuevo la carta y sacó del sobre un
papel rectangular cruzado en diagonal por dos rayas paralelas. Lo
miró incrédulo mientras se llevaba una mano a la boca y rompía a
llorar de emoción.
martes, 20 de marzo de 2018
El Ojo de Alah, nueva novela corta
El Ojo de Alah, nueva novela corta. LEE EL COMIENZO GRATIS PINCHANDO AQUÍ
Os presento mi nueva novela, El Ojo de Alah. Una historia que transcurre en el mismo lugar, Marruecos, pero en dos tiempos distintos. Sergio es un joven médico recién licenciado que intenta huir de su doloroso pasado viajando a Marruecos para encontrarse con su padre, el Embajador. Tánger, el Café Hafa, Asilah, Alcazarquivir... Le acompañan el deseo de escribir y una vieja novela: El Ojo de Alah, que le transportará a los tiempos gloriosos del Reino de Marruecos. Pero un hecho inesperado lo cambiará todo...
Esta historia se ha escrito a lo largo de veinte años y quizá refleje también el viaje personal y literario del autor. Espero que os guste.
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Madrid, España
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jueves, 1 de marzo de 2018
Tres Tristes Tigres y la Puerta Mágica
"Roth ve caer la nieve sobre la hierba y las flores. Imagina que es diminuto y que vuela entre copos que son estrellas plateadas y blancas, de alma gélida y envenenada al contacto, belleza pura para unos ojos aún vírgenes.
Roth ve caer la nieve sobre la hierba y las flores. Imagina que es diminuto y que se posa volando junto a la vida que tanto ama, toda esa explosión de clorofila fluorescente y de pétalos de arco iris, y pistilos y polen y tallos con sus raíces, toda esa vida que se nutre de la tierra y del sol y del agua, y que siempre ha conseguido que vuelva a ver nítido por unos instantes, que el mundo sea verdad y real durante todo ese segundo que sostiene una vida entera. Se posa para sufrir junta a ella, sí, junto a esa vida que recibe el veneno blanco del cielo con júbilo inocente, y que despierta a la dolorosa realidad cuando la manta que abrasa lo ha sepultado todo.
Roth ve caer la nieve sobre la hierba y las flores. Imagina que él siempre ha sido hierba y flores y que poseen un sentimiento que es el núcleo de algo enorme y poderoso, el germen de esa energía de amor indestructible que siente cuando les mira, y que ahora sabe que nació en la oscuridad y el frío, en cientos de noches al borde de la muerte, pero tejidos, enlazados, sostenidos por la vida que fluye, por conocer el envés de la esperanza, por mojarse los labios con el primer rayo de sol, allá lejos, en primavera, todos juntos.
Roth ve caer la nieve sobre la hierba y las flores. Imagina, por fin, que ya no tiene miedo porque ya lo tuvo, que ya no duele porque ya dolió, que ya trataron de matar un amor que se probó eterno. Y que la bella nieve asesina fue un estado del agua que quería destruir con su fuego su amor verdadero mientras, muy al contrario, lo fortalecía y lo nutría y lo unía frente a su adversidad.
Roth ve caer la nieve sobre la hierba y las flores y la sonríe, se abandona a su mortal abrazo porque sabe que cuando le mata le da la vida, cuando le abrasa le regala el amor, cuando trata de aplastarlos les está uniendo para siempre. Recuerda los inviernos en que ocurrió e imagina risueño todos los que vendrán."
Tres Tristes Tigres y la Puerta Mágica
Solomon LaBlanca
miércoles, 4 de octubre de 2017
La Fortaleza
El doctor sentía transcurrir los días, cada uno igual que el
anterior, como una especie de cadena perpetua. Vivía su periplo por
el mundo bajo la condena de la consciencia, al igual que en su lejana
juventud había disfrutado del transcurrir del tiempo bajo el
paraguas de la inconsciencia. Leía envuelto en un silencio denso,
profundo, y era de esas personas capaces de valorar este
extraordinario hecho con deleite. Disfrutaba arrellanado en su butaca
mientras daba ocasionales caladas a una vieja pipa de ébano de cuyo
interior emergía lento un humo claro, cargado de un olor especiado y
varonil. Apartó el libro y lo depositó sobre la mesilla, abierto
contra la superficie de madera. Dio un par de caladas más a su pipa
mientras miraba hacia un lugar indefinido, con aire pensativo, aunque
en el fondo tan sólo estuviera dejando divagar la mente, como si
ésta fuera una barca a la deriva, perdida en el mar de las cosas
superfluas. Abandonó su pipa en el cenicero, un fuego controlado que
se apaga solo. Se levantó despacio, en un ademán que era mezcla de
pequeños achaques y de un deseo voluntario –más decidido que
natural– de desenvolverse lento, con cierta parsimonia, como
estirando los actos para que ocuparan más el tiempo denso y
abotargado de unas jornadas parecidas a las muñecas rusas, todas
iguales, y cada una la cárcel de la anterior. Se aproximó a la
ventana, toda ella madera carcomida y vidrio fino, una presencia
testimonial por cuyas fallas se colaban el frío y el aullido del
viento, y la abrió de par en par, con el deseo autómata de ventilar
la estancia y dejar salir el humo de su pipa, esencia que arropa y
mata despacio, cuya presencia anhelaba y disfrutaba y con cuya
ausencia se sentía momentáneamente liberado.
El doctor permaneció frente a la ventana, observando el exterior.
Desde su modesta habitación –un privilegio – podía ver el patio
interior cuadrado y de suelo adoquinado, ahora desierto, y los altos
muros de piedra negra que lo conformaban. Las almenas, moles oscuras
separadas por ranuras estrechas, impedían una visión del entorno,
excepto en su cara este, donde los espacios entre ellas eran algo
mayores, con el fin de permitir la vigilancia. Un par de soldados
hacían una ronda inútil y obligada, los usos y costumbres propios
de quien está entrenado para imaginar enemigos en todo momento,
adversarios cuya existencia se había convertido en mito con el
transcurrir de los años. El doctor hizo crujir el suelo de madera
bajo sus botas militares y abrió la puerta con extraña
concentración, plenamente consciente de cada movimiento de su
cuerpo. La mano firme que abraza el pomo dorado y gastado, la
sensación de la garra que se amolda a la perfección a la forma y
tamaño ideal de su presa, el giro leve y medido de la muñeca, el
pestillo que obedece y se introduce en la madera, la puerta que gira
sobre su batiente ligera, sin peso, y cuyo extremo pasa muy cerca de
la punta del pie derecho, colocado a la distancia exacta para que no
golpee, gesto tantas veces realizado, el aire fresco que se siente en
la cara pero también en las muñecas, se cuela por la manga hasta
donde permite la tela, que no es mucho, y por fin, el hombre que sale
al exterior y mira de nuevo hacia un lugar indeterminado con
expresión evocativa, aunque realmente no esté pensando en nada
concreto, el barco del yo aún mecido por el mar del tiempo vacío y
del pasado olvidado, sueltas las amarras, inmerso en una travesía
infinita y anodina sin final atisbado ni conocido, a la espera de
cruzar la brecha antigua de la tierra plana, esa por la cual cae el
mar en infinita cascada al vacío y con él nuestro barco, que puede
que prosiga su viaje, puede que caiga y caiga en el vacío negro y
silente, en la ausencia de aire pero también de los sentidos, puede
que desaparezca ese yo que lo gobierna y el barco siga cayendo sin
que nadie esté allí para presenciarlo y que, en cierto modo, no
exista aquello que este pasando.
Amanece y el doctor, en un gesto instintivo, inspira con fuerza el
aire fresco del alba mientras un escalofrío recorre su espalda y le
hace sentir, a pesar de todo, vivo. Camina hacia las almenas del
este, bordeando el patio desde la altura, con gesto natural. Nada
militar en cualquier caso, tampoco triste, ni decidido, ni altivo ni
humillado, ni enérgico ni dejado, ni libre ni subyugado ni
dubitativo ni indiferente ni débil ni tampoco arrogante. Tan sólo
es un hombre que camina y no nos ofrece ninguna pista al hacerlo, no
nos dice nada acerca de quién es con su porte, aunque puede que eso
lo diga todo. Alcanza por fin el muro del este y se detiene frente al
espacio entre dos almenas. El sol despunta sobre un horizonte yermo y
rectilíneo, no calienta a pesar de ser puro fuego rojo y naranja y
amarillo. Todavía no deslumbra, aún estando enfrente, y el doctor
puede observar con nitidez la infinita llanura que se extiende hasta
donde se pierde la vista. Un desierto sin dunas, ni piedras, ni
plantas ni seres vivos. Un desierto sin color y sin alma, un espacio
tan vacío que ningún hombre es capaz de mirar por mucho tiempo, un
adversario fiero y sin vida que amedrenta al más bravo y le hace
bajar la mirada, preso del pánico que precede a la proximidad de la
locura. El doctor también aparta los ojos, tiembla su alma bajo un
pánico indefinido y latente que crece poco a poco y provoca un nudo
en la garganta y que tiene que ver con el vacío y la soledad, con el
abismo y la ausencia de sentido de la existencia. Es insoportable
saberlo y la mente lo aparta de inmediato y huye despavorida hacia la
protección del bosque de lo banal y lo cotidiano. Así, el doctor se
aproxima al muro bajo, entre las almenas, y asoma la cabeza. La
muralla de piedra negra, pulida y brillante, cae hasta fundirse con
la roca de la que está hecha, construida sobre una montaña de final
abrupto, casi como si el enorme cuchillo de un dios coloso asomado
entre las nubes la hubiera cortado en un único gesto perfecto y se
hubiera llevado la porción ausente a la boca, dejando en su lugar el
vacío escalofriante que se extendía ante sus ojos cansados. El
doctor sintió vértigo, asomado desde tamaña altura, pero por
alguna extraña razón sentía aún más miedo mirando hacia el cielo
en aquella posición y circunstancia, gesto que aún así no pudo
evitar hacer, por unos instantes, poseído por una extraña e
inevitable atracción hacia aquello que más nos desespera. Se retiró
en un acto reflejo hasta su posición erguida, la espalda recta y las
manos detrás de ella, una agarrando con suavidad la muñeca de la
otra. Después no pudo evitar mirar a ambos lados en busca de los
ojos indiscretos que ven lo que no se desea que otros vean, el miedo
irracional o la debilidad furtiva y latente, el instinto de
supervivencia mundano, ese que tácitamente está prohibido en los
ambientes de armas, y la búsqueda de esos ojos también fue huidiza,
delatando el deseo de no cruzarse con ellos si es que existieran, de
mirar de cara a la vergüenza que experimenta el que ha quedado
expuesto al juicio negativo del otro, ese otro que quizá no juzgue
porque comparta pesadillas y vacíos innombrables, ese otro que se
vería retratado en el gesto del doctor y que habría visto pero
hubiera fingido que no habría visto, mientras desviaba la mirada
hacia el horizonte y se obligaba a pensar en riquezas inalcanzables o
en diosas idealizadas que tan sólo existen en la imaginación de los
hombres solitarios y abandonados a su suerte.
El doctor recuperó su habitual mirada ausente y pensó en la
frontera. Una línea imaginaria pero muy real que partía la tierra
durante cientos de kilómetros en dirección norte-sur. Allá lejos,
arriba, conformada por montañas de unos tres mil metros, a ambos
lados. Después, el cauce del río Rar. Por fin, el desierto frente
al que se encontraba. Más al sur, la cordillera que comenzaba
alrededor de su atalaya y que disminuía en altura de forma
progresiva hasta alcanzar el mar. Era tan antigua que nadie sabía
cuando surgió, y tan sólo las leyendas hablaban de ella. Dieciocho
años confinado en la Fortaleza, protegiendo una frontera que se
asomaba al vacío, frente a un enemigo jamás divisado. Todo el
territorio colindante, perteneciente al adversario, se encontraba
despoblado hasta donde alcanzaba la vista. Su generación jamás
había visto un Latacan. La población, tan dada a los rumores y las
fantasías estrambóticas, los imaginaba como monstruos deformes o
como héroes mitológicos. Otros aseguraban que todo era un invento
del gobierno para mantenerlos sojuzgados y bajo un permanente estado
de excepción. Los más risueños y despreocupados decían que no
entendían el nombre de aquel pueblo, los Latacan, porque ni daban la
lata ni atacaban jamás. El doctor había dilapidado su madurez
defendiendo una frontera que los separaba de la nada. Sus años de
familia y colegio, sus días en la Facultad de Medicina, su
especialización en antropología legal y forense, le parecían la
vida de otro, un resumen de momentos clave que alguien te cuenta
acerca de un conocido largamente desaparecido y encontrado por
casualidad en una cafetería o en una fiesta. Su vida comenzaba con
su entrada en el ejército, auspiciado por un padre militar. Nació
el día en el que, tras abandonar la academia, recibió orden de
trasladarse a la Fortaleza. Se veía a sí mismo abandonando la
ciudad y dirigiéndose hacia las montañas del este, sin saber muy
bien dónde se encontraba su destino final. Recordaba la impresión
que le produjo el camino que serpenteaba por los valles secos y que
ascendía poco a poco hacía mesetas en altura y hacia otras cuencas,
rodeado de colinas y después de montañas y por fin de picos
afilados y oscuros, de amenazantes escarpaduras y barrancos
insondables. Recordaba a aquel capitán al que se unió en la parte
final del trayecto como a un fantasma, incapaz de vislumbrar su
rostro o rememorar sus palabras, y comenzaba a valorar seriamente la
posibilidad de que hubiera sido un producto de su imaginación, o
quizá una proyección mental de sí mismo hacia el pasado, ya que se
había encontrado en esa situación –unirse en el camino al
atemorizado deambular de un joven soldado– en las escasas ocasiones
en las que disfrutaba de un permiso de fin de semana para bajar a la
ciudad. Allí, en la urbe, ya no había cabida para un hombre como
él. La sociedad burguesa, superficial y despreocupada despreciaba a
los que la hacían posible, a esos que desgranaban sus días iguales
en permanente estado de alerta y tensión, a esos que por causa de
ello sufrían enfermedades como el estrés, la ansiedad o la
depresión, y cuyos problemas se negaban a escuchar. Tampoco la
situación del doctor era mejor entre sus compañeros de armas, donde
era visto como un intruso civil, debido a su condición de médico
sin nadie a quien curar, un ciudadano acomodado que juega a los
soldaditos sin exponerse y que aún así se permite criticar lo que
desconoce desde el sentido común y la racionalidad. El doctor estaba
solo en el mundo pero, en el fondo, quién no lo está. Aunque ni
siquiera disfrutaba de la ilusión de la compañía con la que los
demás se arropan.
Y el caso es que en la Fortaleza, y en toda la frontera, sabían que
sí existía algún tipo de amenaza. Débil, imprecisa, pero al fin
y al cabo, real. Todos los que defendían las lindes del país habían
visto aparecer algún proyectil desde más allá del horizonte e
impactar sobre la superficie desolada frente a las murallas. Todos
habían observado extrañas luces en el cielo, que parecían
disfrutar de voluntad propia o de la de otros. Aparecían, al
amanecer, objetos plagados de sensores –depositados en la llanura
por seres que imaginaban silenciosos y sombríos, etéreos–,
retirados por algún pelotón que abandonaba la Fortaleza y realizaba
una pequeña incursión en terreno enemigo a tal efecto. No era
extraño –tampoco común– el día en que llovían octavillas del
cielo, precedidas de un sonido ronco, bien conocido, que va in
crescendo y después se difumina hasta desaparecer, acompañado
por el traqueteo de las baterías antiaéreas. Papeluchos plagados de
insultos o conminaciones a la rendición, o propaganda falsaria
contra nuestros dirigentes, o rumores sobre derrotas o hambrunas o
terribles plagas en remotos lugares de nuestra tierra.
Todos estos asuntos rondaban por la cabeza del doctor, día y noche,
como si esas ideas fueran un poderoso imán que todo lo atraen y que
obligan a ese todo a fundirse con él y ser parte del propio imán, y
que se hacían más patentes e insoportables cuando se asomaba al
muro, cada mañana, desde hacía dieciocho años. Decidió que ya
tenía suficiente por esta vez y giró sobre sus pasos, con la idea
de regresar a la habitación y proseguir su lectura. Sin nadie a
quien atender, sin herida que curar, sin soldado al que tratar de
salvar, pasaba los días releyendo sus libros de medicina y
antropología o disfrutando de las pocas novelas que adquiría en sus
infrecuentes visitas a la ciudad. Sin embargo, pudo ver cómo un
soldado se interponía entre su persona y su tan ansiado refugio y
caminaba con paso firme hacia él con un papel en la mano.
–
Doctor, un comunicado urgente para usted. He de asegurarme de que lo
lee y me da instrucciones, en su caso –dijo el soldado en un tono
firme y mecánico mientras le entregaba el documento y adoptaba una
posición de espera imperante.
Hacía tiempo que nadie utilizaba su rango de capitán para dirigirse
a él, en una clara muestra de desprecio que no había hecho el más
mínimo intento de frenar, como si les dijera con ello que,
efectivamente, él tampoco se consideraba enteramente uno de los
suyos y que, de pertenecer a un grupo, se decantaba orgulloso por el
de la ciencia y el conocimiento. Tomó el sobre en sus manos, lacrado
y con el sello de alto secreto estampado en el anverso, lo abrió,
desplegó el documento y lo leyó con avidez. Lo que allí había
escrito le provocó una mezcla de miedo y de ilusión, un cóctel de
sentimientos encontrados, como cuando se sabe que uno va a
encontrarse con una antigua novia con la que no se acabó bien, a la
espera, tras tantos años, de su perdón y su cariño, o de su
animadversión y su rencor enquistado. Levantó, tras unos segundos
eternos de cavilación acelerada, la vista hacia el soldado y le miró
a los ojos, mientras emitía la esperada orden:
–
Preparen el quirófano inmediatamente. Movilicen a las enfermeras.
Nos envían un herido.
–
¿Cómo dice, doc…capitán? ¿Un herido?¿Qué ha ocurrido?
–
Ya lo ha oído. No estoy autorizado a contarle nada más. Obedezca la
orden de inmediato. Puede llegar en cualquier momento.
–
Sí, señor.–respondió el bisoño soldado –una mueca de espanto
infantil dibujada en su rostro– mientras se cuadraba, marcaba el
saludo militar y se dirigía sin más dilación a dar cumplimiento de
las órdenes recibidas.
Acudieron a la mente del doctor los mitos y leyendas sobre terribles
carnicerías y millones de muertos de un pasado remoto. Las guerras
irracionales y sanguinarias entre hermanos; los Zanis, los Niosbos,
los Rocatas, los Durandas, los Rudunbis, los Sulunames; Nekoranos,
Naceriamos, Risios… historias envueltas en bruma que se contaban al
calor del fuego, asediados por las sombras de la vigilia helada. Se
hablaba de tribus y pueblos y naciones legendarias, ejércitos de
iletrados estúpidos manipulados por líderes inhumanos y podridos
por el odio y la ignorancia, lanzados contra sus hermanos, otros
seres humanos, para matar, descuartizar y violar o para ser
descuartizados, muertos o violados, en una espiral de odio que
siempre terminaba en la aniquilación total y absoluta de todas las
partes, todas sus banderas, himnos, tradiciones, idiomas y genes
perdidos en la noche de los tiempos, como así ha sido siempre y
siempre será. Estos cuentos de terror, que circulaban en ambos
bandos, eran los que, por fortuna, mantenían la situación
enquistada, circunscrita a pequeños gestos, que recordaban a los
ridículos movimientos que hacen dos hombres cobardes cuando no se
quieren pegar pero se han visto obligados a hacerlo.
El doctor regresó por fin a su habitación, poseído todo él por su
yo más profesional. Lo primero que hizo, en un gesto casi
inconsciente, y que habría de repetir después en el quirófano, fue
lavarse las manos. No lo hace el médico como Poncio Pilato, acto que
simboliza la cobardía y la pasividad, sino, muy al contrario,
desinfecta sus manos como el primer paso de la acción emprendida, de
la valentía que reside en poner su conocimiento y habilidad al
servicio de la ciencia y la humanidad, concretados en el esfuerzo por
salvar una vida. Después se detuvo frente a sus libros de medicina,
como si deseara que emanara de ellos todo el saber que atesoraban,
casi como si fueran un objeto de culto al que se suplica que no te
abandone, tras tantos años de inactividad, conjurando de este modo
un asomo de inseguridad. Sonrió levemente y por fin abandonó la
estancia, esta vez sí, con paso firme y gesto seguro. Recorrió los
pasillos y las escaleras que llevaban hasta el quirófano y todo el
que se cruzó con él supo que se encontraba ante un médico y un
capitán.
El doctor tenía ante sí a un soldado uniformado reglamentariamente.
Su cara estaba sucia, impregnada de pegotes de arena en algunas
partes, con rasguños y erosiones en otras. Su mirada era firme,
incluso agresiva, retadora. La sostenía a cualquiera que enfrentara,
tras unas gafas de pasta negra de diseño. Lucía, eso sí, un corte
de pelo elaborado, impropio de un militar. Una raya muy marcada,
vaciada, dividía el cráneo en dos partes: una lateral, cortada a
cepillo, y otra en lo alto y hasta el otro lado, cubierta de pelo
algo más largo, teñido de un blanco casi fluorescente, peinado con
escrúpulo y sostenido por algún tipo de sustancia que lo mantenía
fijo, a pesar de los envites que parecía haber sufrido. De su cuerpo
emanaban efluvios de miedo y odio, una mezcla que para un hombre como
el doctor, apestaba a catástrofe. Sus manos permanecían esposadas
por delante del tronco, embadurnadas en una repugnante y conocida
mezcla de mugre y sudor, apretadas una contra la otra y entrelazados
los dedos, creando un circuito cerrado de tensión y agresividad mal
disimulada y contenida por obligación. En contra de la norma, sus
pies no portaban grilletes, y es que en realidad no hacían falta:
una herida terrible asomaba entre los jirones de su pernera teñida
de sangre, lo cual le obligaba a caminar cojo y con un rictus de
profundo dolor cuando lo hacía, impidiéndole cualquier deseo de
huida o rebelión. Venía al quirófano custodiado por dos soldados
de las fuerzas especiales, que formaban parte del grupo que le había
trasladado hasta la Fortaleza. Le empujaron con firmeza, sin
violencia, hasta la camilla, y le ayudaron a tumbarse.
El doctor, ataviado con su pijama verde claro y provisto de gorro,
mascarilla y guantes estériles, se situó frente a la extremidad del
soldado y la observó. Solicitó unas tijeras y recortó la pernera a
la altura de la parte alta del muslo para despejar el campo. La
enfermera, diligente, limpió y desinfectó la pierna entera, antes
de cubrirla con paños estériles y enmarcar la herida. El doctor
aplicó un gel de anestesia en sus bordes y, tras un minuto, procedió
a inyectar el anestésico local. Aún sabiendo la respuesta,
preguntó:
–
¿Quién te ha hecho esto? – preguntó sin mirar al soldado, sus
ojos y su atención puestos en el acto quirúrgico.
–
Una hiena.
La mordedura había arrancado parte de la musculatura de la pierna,
la piel por supuesto, y dejaba a la vista la superficie del hueso, en
el cual se podía observar una marca producida sin duda por un
colmillo, cuando la enfermera aspiraba la sangre. Dio orden de que se
le administrara la vacuna contra la rabia y así se hizo. El paciente
se resistió, al tiempo que profería gritos y amenazas en un idioma
extraño pero claramente inteligible. La enfermera miró al doctor
sin comprender.
–
No se preocupe. Probablemente se haya golpeado la cabeza y le haya
afectado al habla. Prosiga.– la tranquilizó.
El doctor desbridó la herida, la desinfectó y la cosió mientras
los soldados de las fuerzas especiales sujetaban al prisionero, por
medio de unas bandas para tal efecto, a la camilla. El soldado herido
dejó de resistirse y, una vez dada por concluida la intervención,
cayó exhausto y se durmió. El doctor dio las gracias a sus
enfermeras y les concedió permiso para recoger, limpiar y marcharse.
Los dos Especiales se retiraron hasta la única y lejana puerta –el
quirófano era espacioso– , no sin antes colocar grilletes, ahora
sí, en los pies del preso, sin quitarle las bandas que lo fusionaban
con la camilla.
El doctor tomó asiento junto al ventanal, muy cerca del herido.
Desde allí podía ver con claridad, a través del cristal, la nada
entre las almenas, pasado, presente y futuro de su inexplicable
existencia. ¿Su futuro? Quizá su porvenir, y el de todos, estuviera
tumbado tras de sí, sobre aquella camilla. Le observó mientras
dormía. Su piel cetrina, enfermiza, amarillenta, delataba
desnutrición. Las pústulas y escaraciones, ausencia de higiene. Sus
músculos eran flácidos, impropios de un soldado en forma y, al
levantarle el faldón de la camisa, pudo comprobar cómo se marcaban
sus costillas a través de la piel. Entonces, el soldado herido
recuperó la consciencia, muy despacio, los ojos entreabiertos, la
lengua que recorre la boca seca y chasquea, la tez brillante y
sudorosa. El doctor se aproximó a él, hizo desplazarse la silla
sobre sus ruedas con un leve golpe de cadera y apoyó su mano contra
el borde de la camilla para detener el movimiento. Aproximó su cara
a la del soldado y le preguntó:
–
¿Se encuentra usted bien?¿Necesita algo?
–
Agua… – masculló el soldado.
El doctor se acercó a la pila, tomó un vaso metálico, abrió el
grifo y permitió que el líquido lo rellenara hasta el borde.
Después lo aproximó a la boca del preso, quien dio buena cuenta de
él sin disimular su ansia.
–
¿Mejor?
El soldado herido y ya curado respondió con un gesto afirmativo de
la cabeza. Apoyó de nuevo su nuca sobre la camilla y permaneció con
la mirada fija en el doctor. Éste no pudo o no supo o no quiso
contenerse más. Acercó su cara de nuevo al prisionero, al espía
disfrazado, al intruso precario y tan débil que había sido
considerado carroña por las hienas, y le preguntó:
–
¿Cómo están las cosas en vuestro país? ¿Están todos tan
desnutridos y enfermos como tú? Dime, soldado, ¿a qué os dedicáis?
El soldado apretó los dientes, crepitaron las cúspides
fracturándose en su boca, latieron sus maseteros. Sus ojos se
abrieron de forma desmesurada, fijos, inyectados en sangre. Tensó
todo su cuerpo y se desbocó su corazón. Levantó la cabeza hasta
donde le permitían sus ataduras y le espetó:
–
A odiaros.
El doctor le miró espantado y comprendió. Se levantó y, abatido,
se dirigió a su habitación, como un autómata, sin ser consciente
de su rango ni de las personas con las que se cruzaba ni de los
objetos, ni de nada en absoluto. Abrió la puerta, cruzó el umbral y
no cerró. Se sentó en su butaca, prendió la pipa y retomó el
libro que había dejado abierto, boca abajo, contra la madera de la
mesilla. Antes de comenzar a leer, sintió nostalgia por sus
dieciocho años de aburrimiento. Los percibió, por primera vez, como
tiempos felices que habían tocado a su fin. Las historias sobre los
pueblos antiguos se agitaron en su cabeza y se expandieron en escenas
atávicas de odio y destrucción. Después, por fin, continuó
leyendo. Y se esforzó por prestar más atención que nunca.
domingo, 1 de octubre de 2017
La sonrisa de la hiena
Podría
estar ocurriendo que nuestra sociedad se hubiera vuelto tan infantil
o púver o estúpida que sonreír se estuviera convirtiendo en una
cuestión moral. Podría estar sucediendo que comenzáramos el siglo
desorientados y nos ofrecieran, a modo de asidero –más bien de
espejismo–, el talante, y que, comprobada su vacuidad – o
nuestra insaciabilidad o nuestra falta de conformismo o nuestra total
ausencia de verdadero talante –, nos propusieran, como segundo
plato y a modo de trágala, la sonrisa. Mira que es bonito sonreír,
y hasta reír y carcajear, llorar de risa, doblarse en espasmos ante
una ocurrencia genial, un buen chiste o un amigo con chispa. Pero
desde que la sonrisa se ha convertido en un arma arrojadiza, y casi
en una imposición, se le van quitando a uno las ganas de dibujarla
en sus labios. Al igual que ocurre con la palabra amor, la sonrisa,
de tanto utilizarla, se nos gasta y pierde todo su valor. Uno
comienza a sentirse bajo la tiranía de la sonrisa, y basta que un
prócer desee imponerme algo para que me niegue a obedecerle –las
órdenes modernas son subliminales, puede que mucho más impositivas
que las directas–. Desde lo público se anima a los compañeros o a
la gente a hacer las cosas “con una sonrisa”, como si el mero
hecho de sonreír tuviera valor en sí mismo. La sonrisa va unida a
una palabra, pensamiento, acción o actitud que la desencadena de
forma natural. Pero ahora, en una nueva vuelta de tuerca de la
tiranía de los pensamientos únicos –van habiendo un par por lo
menos, pero siguen siendo únicos por su exclusiva capacidad para lo
imbécil y borreguil y por su voluntad excluyente–, se nos impele a
sonreír como un instrumento social que divide a las masas entre los
que sonríen y los que no. Y claro, la vida se nos llena de sonrisas
apestosas, falsas, forzadas. Personas que cometen una ilegalidad y
sonríen. Que asesinan y sonríen. Que sonríen cuando están siendo
vencidos, como si creyeran que nos pueden hacer dudar así de su
estrepitosa derrota, o como queriéndonos crear las sensación de que
son muy listos y de que las cosas no terminan ahí. Se anima también
a sonreír en las empresas, espacios pitirifláuticos donde los haya,
todo sonrisas y positividad, alegría, amor y fraternidad. Sonríe en
la convivencia decepcionante el monstruo larvado. Sonríe el vendedor
de humo que nos cruje a comisiones. Sonríe al Universo con la mente
el orador o el meditabundo. Sonríen las masas mientras dividen el
mundo y actúan como robots o clones o zombis o marionetas que otros
ladrones bastardos sonrientes manipulan. Sonrían, amigos. Traten de
agredir con su alegría impostada. Lancen contra los ojos de los
demás su podrida dentadura y sus labios descoloridos y prosigan
haciendo el ridículo y mostrándonos su vacío. La sonrisa se ha
devaluado tanto que se ha convertido en una señal de alerta. Cuidado
si nos sonríen, porque las probabilidades de que nos quieran
engañar, manipular o agredir aumentan de manera exponencial. Así
que hay que andar vigilante y precavido frente a la sonrisa. La de la
amante sibilina, la del amigo sutil y traicionero, la del vendedor
avaricioso, la del político ególatra.
La Razón, la inteligencia y el conocimiento, las más excelsas
capacidades del ser humano, han sido las poderosas armas que la
Humanidad ha utilizado para ir arrinconando la enfermedad, la
ignorancia y la injusticia. La alegría es la salsa que las sazona.
Vamos, con gran esfuerzo y algunos retrocesos, abandonando nuestras
vísceras, que es donde residen de verdad la mayoría de las
emociones. Pero han alcanzado el trono del mundo nuevas fuerzas que
introducen su zarpa en esas tripas y las remueven, y gritan día y
noche las mismas frases, apisonadoras monocordes, para impedirnos
pensar. Todas dicen más o menos lo mismo. Siente, no pienses, sonríe
y compra. Siente, no pienses, sonríe, y obedece. Siente, no pienses,
sonríe, y firma aquí. Siente, no pienses, sonríe, y vótame… Lo
serio es malo, lo largo es malo, lo intelectual es malo, el esfuerzo
es malo, los valores son malos, la ley es mala. Túmbalo todo con tu
sonrisa. Sonríe y cambiarás el mundo, que se postrará a tus pies.
Arco iris, unicornios, hierba fluorescente, aguas caribeñas, paz,
amor, amistad y fraternidad eternas. Sonríe.
Sonríe la hiena, esa especie de perro gigante que recuerda a un
muerto viviente que acaba de abandonar su tumba. Su cabeza es grande
en relación al resto del cuerpo. Poderoso su cuello, temibles sus
colmillos. Espera, serena tan sólo en apariencia, a que otros
ataquen y luchen y venzan, o corran y se agoten y sucumban. Se
aproxima a animales heridos y desechados por los grandes carnívoros
en busca de una presa mejor, o a los restos de un festín, en natural
puja con los buitres. Sonríe cuando camina despacio con la cabeza
gacha, mientras otras hienas se aproximan y conforman un grupo
sonriente que huele a muerte y a putrefacción. Ríe la hiena y su
voz parece humana y el que la escucha sabe por qué dan tanto miedo
los payasos. Aunque es posible que le hayamos robado su risa a las
hienas. Hunde su hocico en la carroña y revuelve las vísceras y su
hedor se pega a su cara y toda esa sangre caliente le cubre el resto
hasta los ojos. Sonríe satisfecha mientras se alimenta de los
despojos que otros no valoraron. Cada vez son más, y sonríen, lo
hacen siempre.
sábado, 23 de septiembre de 2017
El olor del ruido
No
es nada común ser consciente de la complejidad de cada hecho que nos
acaece ni de las consecuencias de nuestras propias acciones. Por
tanto, no es nada corriente encontrar a una persona que sea
consciente de lo complejo que resultan nuestros órganos de los
sentidos aunque, como casi siempre, los que se dedican a ganar dinero
manipulando nuestro comportamiento, sí que lo sean. Y es que
tendemos a creer, con cierta ingenuidad y simpleza, que nuestros
sentidos se identifican con el órgano de captación – ojo, oído,
nariz, boca y piel –, olvidándonos de las vías de transmisión y
de su área cerebral correspondiente, a su vez imbricada de manera
compleja en una red caleidoscópica de axones y tumultuosas
conexiones. Bien lo saben, digo, los que profundizan en los detalles
del comportamiento humano, tomando la dirección contraria a la
mayoría. Se olvidan del órgano captador y se centran en el estudio
y manipulación de sus áreas correspondientes.
Y es que quiso la fortuna, los dioses o el mero azar que, en un
terrible accidente de moto que pudo haber dado fin a mi discreto
periplo por el mundo, perdiese yo el sentido del olfato y quedara
prácticamente sordo. Me recuperé de múltiples fracturas y superé
un año en cama y la depresión que me produjo el hecho de tener que
digerir que a partir de aquel momento nada sería de nuevo igual. Sin
embargo, con el tiempo y debido a una natural tendencia humana a
seguir adelante, me di cuenta de la obviedad de que podía haber sido
peor y de que, quizá, se me abrían nuevas puertas. Regresé a mi
natural ignorancia de dios, el que sea – tras pasar, postrado en
cama y sin nada mejor que hacer, por fases de odio y amor, y amor y
odio, otra vivencia religiosa más, tan manida y antigua y simplona
que no merece la pena hablar de ella –, y volví a interesarme por
el mundo.
Siempre me he considerado persona observadora para el comportamiento
y reflexiva con el origen de sus acciones. Cuando te quedas sordo el
lenguaje no verbal se convierte en una especie de supernova de
información, y además te das cuenta de que aquella opinión que
tenías, sí, aquella que dice que noventa y nueve de cada cien palabras que
brotan por la boca de un ser humano común carecen por completo de
interés, o directamente son dañinas o anodinas o meros sonidos o
tics o repeticiones cansinas o inercias o patadas al lenguaje o
simplezas o basura, era cierta. Porque todo lo interesante y valioso,
toda la información y la emoción que un ser humano comunica, quiera
o no quiera, no está en las palabras. Por eso la literatura es arte
y pensamiento puro y diversión. Porque es el único espacio en el
que el lenguaje lo abarca todo y lo transmite todo, el único barco
que supera el escollo de los órganos de captación y activa, como
por arte de magia, las áreas cerebrales de todos los sentidos. Sin
embargo, en la calle y para un sordo, las personas terminan
componiéndose de gestos, de movimientos corporales, de actitudes. Ya
no se necesita discernir lo verdadero de lo falso porque está todo
ahí, entregado sin pudor a ti, como un libro abierto, en cada
movimiento de su cuerpo. Y sabes quién miente, sí, pero también
quién tiene miedo, o es soberbio o tímido o cruel o ladino o pura
luz. Quién es noble o mundano o rastrero o pulcro y aseado. Quién
ama o quién odia o quién regala su alegría. Quién no movería un
músculo por ti, pese al adorno de sus palabras, y quién estará a
tu lado cuando vienen mal dadas. El hecho de no poder escucharles se
convierte en una liberación, y abre las puertas a un campo de
relación con las personas más real, por medio de una sinceridad no
pedida y que es dada sin consciencia. Las personas quedan desnudas
ante tus ojos y esa experiencia puede ser descorazonadora y
decepcionante, pero también puede ser la oportunidad de convertirte
en un explorador único en busca de tesoros ocultos – las menos de
las veces, para qué engañarnos –. También te vuelves plenamente
consciente – ya lo sabías antes, en el fondo lo sabemos todos –
de que la gente no escucha, ya están todos sordos, y que lo único
que les obliga a escuchar es el propio interés y que, por tanto, las
pocas veces que escuchan se están escuchando a sí mismos. Escuchan
su odio o sus miedos o su avaricia o su vacío – el eco que
reverbera en las paredes de la nada, uno de nuestros mayores secretos
– o su deseo, cuando se encuentran contenidos en las palabras de
otros. Así que prosigues en igualdad de condiciones o, bajo cierto
punto de vista, has mejorado. Has perdido la capacidad de escuchar el
ruido, sí, ese que está vacío de contenido o que activa los peores
comportamientos o sentimientos o complejos de cada simplona alma
humana.
Pero es que además sufro de anosmia. Cuando me lo escribieron en un
papel, me llevé la mano al culo, de forma instintiva. Seguía ahí y
ahí continua, parte musculosa y grasienta del cuerpo humano, ideal
para ser pateada sin que duela demasiado y casi ni te enteres,
perfecta para ser penetrada e incluso desgarrada cuando el agresor
desea dar noticia de su voluntad de herir. Pero no era eso, no. Lo
que me ocurría es que había perdido la capacidad de oler. He de
confesar que no resultó para mí ni mucho menos una gran pérdida
por dos razones: mi capacidad olfativa era ya de por sí baja y,
además, era extremadamente sensible cuando funcionaba. Determinados
olores ostentaban sobre mi persona el poder de expulsarme de una
habitación o impedirme el paso a ella. Otros me provocaban la arcada
compulsiva, descontrolada, arcaica y defensiva. La mayoría de los
perfumes de mujer me generaban un rechazo mayúsculo hacia la persona
disfrazada con sus efluvios, ya fuera por su agresividad impositiva,
por su vacío o por su manifiesta voluntad de manipulación, apelando
a mis más básicos y primitivos instintos. Así que, tras la
correspondiente y ya mencionada fase depresiva, comencé a valorar mi
capacidad – que no incapacidad – de no oler como una bendición.
Y es que en una sociedad desarrollada y preventiva frente a los
peligros más básicos el sentido del olfato, como protector de la
vida, pierde casi toda su utilidad. Continúa sin embargo siendo una
puerta abierta al engaño y la tergiversación, acceso que se acababa
de cerrar para otros no en sus propias narices ni en las mías, sino
dentro de ellas. Pero hete aquí que quedó afectado mi órgano de
captación y sus correspondientes transmisores, pero permaneció
funcional su área de discernimiento. Y es posible que nuestro órgano
rector sea tan complejo y sabio – el órgano en sí, que no
nosotros, complejos en lo visceral pero poseedores de una natural
tendencia a la simpleza del intelecto y al orgullo por poseerla –
que sea capaz de redireccionar toda la experiencia y la información
acumulada en el discreto arte de oler, y ponerlo al servicio, por
medio de su espléndido sistema de comunicaciones libres de peaje,
del resto de áreas que lo componen. Y uno adquiere o resucita o
recupera o activa o potencia ese sentido tan animal y necesario y
perdido que es el instinto. Por extraño que parezca, comienzas a
oler comportamientos. Inseguridades. Pavores. Secretos inconfesables.
Traiciones larvadas, su latir ansioso, su espera hirviente. Envidias.
Falsedades. Enconos y odios con disfraz de sonrisa. Ladrones.
Asesinos. Manipuladores disfrazados de buenazos. Puedes oler a través
de los poros de la piel, hueles por los ojos, tu lengua saborea el
olor ajeno. Casi puedes tocar su hedor, están ahí, expuestos, todos
los secretos y todas las virtudes y todas las miserias, en ese olor
denso que no huele pero que te inunda a través de todos los sentidos
menos por el que has perdido.
Se abren nuevas puertas. Se trazan caminos en la espesura o en la
nada. Se corren las cortinas y se hace la luz. La ventana abierta
acoge una brisa fresca y renovadora. Se retira la venda de los ojos.
Se derriban murallas. Se envían naves sensibles hacia la nada, en
busca de los misterios del universo. Se sincera un corazón. Se deja
correr el agua de un grifo. Se canta, por fin, una canción. Se llora
por primera vez, al estrenar el silencio. Se salta al vacío, la vida
suspendida por una simple cuerda y lastrada por el ansia de emoción.
Hierve el café recién hecho, y rebosa a borbotones de la cafetera
olvidada. Se saluda con franca ilusión a la desconocida que brilla.
Se emprende una aventura alocada y condenada al fracaso. Sí, eso, se
canta, por fin, una canción. Esa puedo oírla. Vibra y puedo oírla.
Es la que me transforma y de la que bebo la vida.
Hay mucha gente que quiere cosas de ti y no lo sabes. Gente que no
sabes que existe y que quieren cosas de ti que no sabes que existen.
Puede que seas su carnaza y puede que yo trabaje para ellos. No sabes
si soy bueno o malo y yo tampoco lo sé. ¿Qué es eso? Un concepto tan simple como subjetivo y, por lo tanto, inválido, si se permanece en la gama de grises. Pero te veo y te escucho,
sí, te escucho, y te toco y te huelo, sí, hueles muy fuerte, y te
toco sin usar las manos y te saboreo con mi nariz que sólo capta
oxígeno y con el cartílago retorcido de mis orejas. Estamos juntos
en esta habitación. Estate alerta si lo que quieres es engañarme.
Puede que para hacerlo necesites dejar de engañarte a ti mismo. Y
eso es imposible. Porque yo lo oigo y lo huelo todo. Todo menos a mí
mismo. Y, en mi experiencia, es una gran ventaja. La ventaja de dejar
de oler el ruido.
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domingo, 17 de septiembre de 2017
EmocioAnal, Javier Marías
A veces uno se pregunta si resulta realmente necesario someterse a
determinadas torturas. Lo es para mí lo anodino. Toda esa inercia
clónica en la que se puede convertir una vida. Y no hablo tanto de
lo material, que también – la misma casa, las mismas cosas, los
mismos lugares –, como de la inercia a la que nos sometemos las
personas. La existencia se puede convertir con suma facilidad en una
obra de teatro en la cual todo el mundo lee su papel con parsimonia
intelectual, aún cuando las señales, el lenguaje corporal – las
sonrisas, los gestos, el tono de voz, incluso las palabras clave –
traten de transmitir cierta euforia, un mar de fondo de alegría por
vivir. Sin embargo, algunos actores son tan buenos que te pueden
hacer dudar. ¿Será posible que sea a mí al único que decepcione
toda esta desidia intelectual y emocional? ¿Puede ser que esta
persona se sienta satisfecha con toda esta mecanicidad, con toda esta
mediocridad del intelecto y la voluntad? ¿Con todos estos lugares
comunes, encadenados uno tras otro, así, al tuntún, para rellenar
el silencio? A mí se me derrumban todas las creencias a poco que me
paro a observarlas un poco. Sin embargo, para muchos, conforman sus
señas de identidad. Y justamente el ser humano es muy dado a no
ejercer en absoluto la autocrítica. Luego si incorporo determinados
credos a mi yo, no les dedicaré ni un segundo. Y por tanto, todo lo
que los ponga en duda es un ataque a mi persona.
A mí, sin embargo, no hay nada que me haga sentir más libre que
criticar mis supuestas creencias. Digo supuestas porque a poco que
uno abra la boca ya se le han adjudicado tres o cuatro etiquetas y se
le ha colocado en un determinado bando, credo o equipo. Si no eres
encasillable no eres de fiar. Al final uno opta por callar, con lo
que a mí me gusta hablar. Y es que además hay que contenerse, por
eso de que andar por ahí sacándole pegas o haciendo preguntas
embarazosas sobre todas las frases hechas con las que mucha gente va
tirando genera enormes suspicacias. Más en estos nuevos tiempos de
extremismos. Te conviertes en un pollavieja.
Me impresionan todos los mecanismos que nuestra sociedad está
desplegando para que recibamos información corta –que no
conocimiento –y muy teñida de emociones. Y toda esa presión que
ejerce para que nos posicionemos rápido ante cualquier asunto y
emitamos una o dos frases que nos sitúen en un bando. Ya te han
cazado. Te tienen donde quieren. Porque parece que desdecirse en
nuestros tiempos es humillante. Vivimos nuevos momentos oscuros para
la Razón. A mí me llegan a insultar por mi inteligencia, de lo más
normal por otro lado. El único problema es que me esfuerzo por
utilizarla. Nada más. El sentido común, la observación, el
análisis, la duda razonable, la escucha activa, la crítica. Todo
esto molesta soberanamente. El común ha abdicado de lo único que
les hace libres y que alguien se lo recuerde con sus propios actos
ofende. Vivimos en la Tiranía de la Emoción y del Culto al Ego
Infantil. Así, con mayúsculas, para llamar un poquito la atención.
Nos hemos convertido en una raza sojuzgada por el neuromarketing.
Disculpen el anglicismo, pero es que viene muy al caso. Todo es
emocional. Y eso nos convierte en seres simples, estúpidos, y hasta
diría que insoportables en las distancias cortas. Es fácil
encontrarse con extremistas exaltados, individuos comidos por las
dudas o zombies de la sonrisa, la paz y el amor. El mundo recuerda a
un barco a la deriva, sin capitán y sin timonel, sometido a las
tormentas, cuyas decisiones las toma la turba en base a sus emociones
más primarias. Y me refiero a las emociones negativas, por supuesto,
pero también a las positivas. Me da pánico pensar en los millones y
millones de personas que creen firmemente que manejando cuatro o
cinco emociones positivas se arregla el mundo. A mí todo esto me
parece cada vez más EmocioAnal, porque nos están dando
constantemente por el culo mientras nosotros mismos nos obligamos a
sonreír cuando nos sodomizan. No vaya a ser que haya una cámara de
fotos por ahí suelta y nos saque serios. Eso afea mucho. Y es que
cada vez más a menudo tengo la sensación, seguramente errónea, de
estar rodeado de personas que han pedido que les reingresen en Matrix
y poder así saborear un buen filete, aún sabiendo que este,
simplemente, no existe.
(Saber
si este texto es de Javier Marías o no lo es no tiene importancia.
Puede que sea una burda manipulación de las emociones. O no. Lo
importante es que reflexiones acerca de por qué te ha incomodado, si
es que lo ha hecho)
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sábado, 16 de septiembre de 2017
Ruido
En
el fondo de una caja antigua lo único que hay es ruido. La nuestra
lleva abierta mucho tiempo y su ruido nos ha convertido en sordos.
Incluso en la noche más oscura murmulla detrás una especie de mar
que no es tal, con sus picos como de rabieta o de actor cómico
imitando el sonido de una ambulancia, o una especie de tronar
levemente musicado que me hace pensar en el sonido de los pedos de un
hombre gordo y refinado. Dos toques rápidos y cortos, la misma nota
algo metálica: ese hombre tiene, además, forma de tuba. Y brilla y
es dorado. Flotan sonidos extraños, como si se aproximara un ovni
que corta el aire de un modo especial, o como si tal vez estuviera
hecho de un material desconocido que consigue transformar el oxígeno
en un instrumento inquietante, también él muy parco en notas. Tan
sólo son necesarias una o dos para poner a cualquiera los pelos de
punta. Deben estar pensadas para dar miedo, escritas en la partitura
para dar miedo, y tocadas para dar miedo. Una nota o dos bastan.
Reverbera un temblor casi imperceptible, siempre en nuestras vidas, y
que, como tal y durante lo cotidiano, no existe. Pero ahora toma
protagonismo, esa especie de melodía deslabazada, como de cabos
sueltos, de vetusta madera que se queja con el vaivén de las olas.
Siempre me ha hecho sentir como si mi casa fuera un barco a la deriva
sobre un mar en calma. Inquietante, y quizá engañoso. O la pura y
simple verdad cantada por el temblor de una persiana recogida en el
interior de su caja, mecida por la suave brisa del amanecer, que se
cuela por las juntas.
Y uno sabe entonces, por cómo suena de nuevo, que el mundo no
presagia nada bueno. Quizá tampoco nada malo. Tan sólo ese suave
runrún de siempre, inquietante como digo, vacío, descorazonador.
Esa llama que está siempre a punto de apagarse. Esa sensación que
produce la sonrisa que vende alegría pero que en realidad es un muro
frente a la intimidad. Sí, lo veo con claridad. El mundo, una
jornada más, presagia indiferencia. Así que no se me debiliten,
señoras y señores. Comienza el espectáculo. No se me vengan abajo,
amigos. No les de por pensar o sentir demasiado. No. Por favor, no
sean tímidos, incorpórense a la fiesta, a esta gran, magnífica y
reluciente rueda de la indiferencia. Deberíamos dedicarnos, para ir
entrando en calor, a cuidar de nosotros mismos para así, después,
poder cuidar bien de los demás. Es el nuevo código retorcido del egoísmo. Pero funciona. Cuela. Uno suelta una frase así por ahí y
la gente se la piensa. Ésta sí que se la piensan. Es más corta que
un tuit. Y además su contenido les conviene. Sí, claro, es
evidente, para poder cuidar de los demás yo tengo que estar bien.
Así que hala, a la tarea. Y ya entonces es un no parar. Y además
hay material a mansalva. Ideas y sentimientos también. Palabras
escritas. Incluso andamios filosóficos completos. Todo lo que
necesites para entregarte al cuidado de ti mismo con el único y
noble fin de, después, poder de esta forma cuidar bien de los demás.
Este enfoque tan evidente se lo ha perdido mucha gente durante
nuestro periplo por la tierra. Que se lo digan, por ejemplo, a la
Madre Teresa de Calcuta. Tenía la piel hecha un asco. Y menuda
chepa. Y vete tú a saber lo que había bajo el hábito. Esta señora
se perdió muchas cosas que le habrían ayudado a cuidar mejor de los
demás. Además, la pobre no sabía irradiar rayos cósmicos de
ayuda, bondad y transformación. Pobrecita. No sabía. Pero ahora hay
gente que sí. No precisan hacer absolutamente nada para ser buenos.
Simplemente lo son. Es lo que pone en los libros y revistas que leen.
Yo he visto a las palabras cobrar vida, corretear por el papel,
saltar al oído de una top model, y colarse por ahí dentro.
Dicen que esas ideas se instalan como un virus, en sótanos
profundos, abisales, y que se quedan para siempre. A partir de entonces
se entregan a la noble tarea de cuidarse, cuidarse y cuidarse
mientras irradian rayos cósmicos de bondad a todo el Universo, así,
como algo muy repartido y etéreo, el Universo. Y venga a irradiar.
Todo el día irradiando. A veces se sientan a irradiar
específicamente. Creo que, cuando lo hacen, también se están
cuidando la mayor parte del tiempo. Pero un ratito sí que irradian
rayos cósmicos, un regalo para todos nosotros. Alguna vez me ha dado
algo de miedo pensar que quizá estas ondas también aumentaran el
riesgo de padecer tumores. No creo. Con toda esa bondad y amor del
que van cargadas. Luego suele hacer falta alguien que haga cosas, que
afronte problemas y los resuelva. Por aquí, en el mundo real. Y que
sostenga el asunto, claro. Con esa cosa vil, repulsiva y plebeya. Eso
que ni siquiera se menciona por, por, por… no sé, por depravado,
no, quizá por mundano, por sucio. Cuando se utiliza tanto es de mala
educación, qué digo, inmoral, ni tan siquiera mencionarlo. Ahora
que estoy solo, ahora que nadie me escucha, lo voy a hacer. Voy a
pronunciar esa palabra. Di...di...ah, no puedo. A ver en inglés.
Mo...mo...mo… Imposible. Me puede el miedo a que me puedan oír.
Pronunciar semejante vulgaridad. Es que dicen que el mero acto de
nombrarlo es como invocar al diablo. Parece ser que te empiezan a
rondar cosas como la madurez, la responsabilidad, el futuro(qué
horror, pensar en el futuro, o sea, fíjate) y entonces estás
muerto. Bueno, da igual.
Sí, da igual. ¿O no? He cerrado la ventana y ya no escucho el
despertar de la ciudad. Puedo dedicarme en cuerpo y alma al sonido
del motorcillo del frigorífico. Otro de esos extraños que siempre
están ahí. Qué melodía, si se la puede llamar así (no, no se
puede)… Vale, vale. Pues que espanto de ruido. Me recuerda a una
electrocución perpetua mientras te obligan a masticar tornillos y te
colocan unas antenas en la cabeza para que emitas rayos cósmicos, de
esos sanadores, pero amplificados. Y también para captar las
tormentas. Para que te caigan todas a ti en la cabeza, vamos. Así es
exactamente como suena mi nevera. Y, no se, con eso, yo creo que ya
está dicho todo.
No, que va. Uno se toma un respiro para hacer lo que tiene que hacer,
pero después regresa junto a la nevera y el congelador. Frío el
uno, gélido el otro. Y eso me recuerda que ahora tenemos por todas
partes gente que sonríe y te obliga a sonreír, como si fuera una
cuestión moral (puede ser éste quizá un signo de puerilidad, de
infantilismo, que sonreír sea una cuestión moral. Hasta dónde será
capaz de derrumbarse el pensamiento humano), mientras reclaman
independencia, como si esta proviniera de otros y no se la
construyera uno mismo; la reclaman, sí, en base a sentimientos
difusos, etéreos, malenquistados en las lecciones de la historia que
nos negamos a escuchar. Reclaman independencia, los individuos y los
colectivos. Y, curioso, lo hacen al que paga la fiesta. Papi, no me
gusta estar contigo, yo molo mucho más que tú, ah, y necesito
gasolina para el coche que esta noche me voy de farra. Y también
necesito financiación para cuidarme para así poder cuidar del
universo y sonreír e iluminar el mundo con mi mera presencia e
irradiar esa bondad mía etérea que lo cambia todo sin que yo mueva
un músculo pero déjame en paz que me molestas y me agobias y me
impones y me recuerdas cosas trabajosas y plebeyas de las que no
quiero saber nada porque me distraen y desconcentran de mi noble
tarea irradiadora y presencial. Como dice el rap de Kaká y Benzemá: Y a cagar.
Etiquetas:
Relato
Madrid, España
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