lunes, 31 de julio de 2017

Éter



AIRE

    El tren transita lento sobre sus raíles. Por la ventana desfila suave un paisaje que se me antoja bello. Hace tiempo que nos hemos librado de la ciudad y nos acompañan escenas de campo y labranza, idealizadas desde el asiento y el aire acondicionado. Jugueteo con un aureus de Marco Aurelio, una moneda falsa fabricada en China. Baila entre mis dedos en un desesperado intento por hacerla desaparecer. Brilla como el oro auténtico mientras salta de un nudillo a otro y se me escapa en el último momento. Suspiro mientras mi mirada se entretiene con las imágenes de un país siempre en ruinas, siempre de fiesta. Observo por fin el interior del vagón, ocupado por una docena de personas. La mayoría miran en silencio la pantalla de su teléfono móvil. Otras conversan, si se puede llamar así, a gritos. Nada nuevo.
    Mi repulsa por el género humano se va creando huecos cada vez más grandes y eso debería preocuparme. Pero no me preocupa. No puedo evitar imaginar los cuerpos arrellanados en los asientos, ocultos tras los consabidos trucos visuales de la ropa. Puedo ver las piernas delgadas y peludas, sin fuerza. Los culos enormes y las fajas de grasa. Los brazos enclenques y los hombros redondos o huesudos, débiles y feos en cualquier caso. Las arrugas y los pliegues. Las cicatrices y las manchas de la piel, que es demasiado blanca, sin vida. Veo el pelo aceitoso y la calvicie. Veo lo que hay bajo el maquillaje. Veo las bocas podridas y las uñas sucias. Las vísceras gastadas y enfermas. Los fluídos corporales, su hedor. Veo la vida sedentaria, acomodada y opulenta que degrada la especie. Veo la vejez, la presente y la latente, veo la descomposición y el olvido. Leo las mentes obsesivas, y las simples, las que están dominadas por la envidia, o por el ego, o por la codicia. Puedo sentir la ignorancia y la frialdad. La soberbia que nace de ellas. Lo superficial y lo ambiguo. Lo mundano. El dominio del placer sobre la razón, en sus más diversas formas, tan simples o tan complejas. Escucho conversaciones que despellejan a los ausentes con la alegría dominante de la juventud agresiva. Qué poco conscientes somos de lo corta e intrascendente que es nuestra vida y la de los demás. Se canta a las virtudes desde tiempo inmemorial, por ausentes. Es una llamada. Un deseo desesperado. Un clamor del género humano por librarse de sí mismo. Somos un cúmulo de capas de ropa, maquillaje, objetos y palabras que tratan de ocultar nuestra lenta muerte y nuestro vacío. La condena de la consciencia. No sabemos qué hacer con ella. Es terrible. Quizá por ello cada homo elige algo con lo que entretenerse hasta la muerte. Cualquier cuento o mentira nos vale. El amor romántico, la religión o la política, la codicia, la venganza, la bondad, el altruismo, el miedo… Atemoriza no saber, en el fondo, qué hacer con esta maldita consciencia. La vida se hace larga, muy larga, sin mentiras. Somos todos unos narradores geniales. Y nuestro mejor público. Esa voz que cuenta cada historia personal, ¿de quién será? Ese batiburrillo insufrible e inútil que llamamos, de forma tan atrevida, pensamiento, ¿quién o qué es? Se apagará, junto con nosotros, cuando nos convirtamos en una sombra, primero, y después, en nada.
    Sigo jugueteando con el aureus. No consigo hacerlo desaparecer. Decido, por fin, levantarme y depositarlo sobre mi asiento. Abro la parte alta de la ventana y saco la mano que lo sostenía. Puedo sentir el aire veloz entre mis dedos, tocarlo con mis yemas. Veo ahora cómo las lineas de mis huellas se despegan y se desmenuzan en el aire hasta que desaparecen. Lo mismo les ocurre a mis dedos, y después a mi mano entera. Voy asomando el brazo, y después el hombro, la cabeza, y el resto del cuerpo, que se fue, desapareció, y con él, también, el pensamiento. Diluido en el aire.


FUEGO

    Una cocina cualquiera. Personas alrededor de una mesa, frente a sus platos llenos de comida, sus vasos de agua y vino, sus cubiertos, sus servilletas. Una conversación plana, insulsa, repleta de lugares comunes, de formalismos, de frases mecánicas, encadenadas a sus correspondientes pensamientos simples, como casi todas las conversaciones. Vacío. Ojos nublados. El cuerpo pesa. No hay energía. Después, como un resorte, los cerebros sin estímulo se aburren. Faltos de imaginación, inventan lo de siempre. Una discusión estúpida. Lo más ridículo e intrascendente. Tan sólo es una escusa. Gritos. Lloros. Aspavientos. Palabras airadas. Insultos. Drama. Ya está. Ya están entretenidos.
    Me levanto de la mesa. Nadie hace caso. Arrastro los pies. Los gritos aumentan pero yo los oigo lejos. Abro la puerta que da al jardín. Salgo al exterior. Siento el calor del sol, que hoy está hecho de fuego y hiere. Pero a alguien le sirve. Puedo verlo. El viejo árbol. Me siento con la espalda apoyada contra su tronco, de cara al sol. Puedo notar su corteza rugosa a través de mi camiseta. También siento el fuego. Sudo. No quiero que me queme. Sé lo que tengo que hacer. Subo mis brazos, giro las muñecas y apoyo mis palmas y mis dedos sobre la corteza del árbol. Poco a poco, me fundo. Me convierto en madera. El árbol me va tragando. Desaparecen los brazos, la espalda, mi cabeza… Ya no quema el sol. Ya vuelve a ser el fuego de la vida. Ya soy el árbol.


TIERRA

    Caminamos junto al yacimiento arqueológico. Un grupo nutrido. Mucha gente baja, gorda, calva y mal vestida. Lo de siempre. La ignorancia dibujada en sus caras. La inercia del turista les ha traído hasta aquí. Lo importante es la comilona y el vino. Y la cerveza. Cualquier rollo sirve, como éste.
    Ella habla de los orígenes de nuestra especie. El de la tierra, cinco mil cuatrocientos millones de años. El del homo, dos millones y medio. El sapiens, unos cien mil años. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas. Hemos tocado techo. El final de la subida ha sido meteórico. La caída también ha comenzado a serlo. Nos volvemos imbéciles de nuevo a una velocidad pasmosa. Nuestras habilidades se esfuman día a día, minuto a minuto, al mismo ritmo que entregamos la relación física y mental con el mundo a las máquinas y al cerebro virtual colectivo. Ese que nos esquilma a través de sus terminales. Ha sido bonito estar por aquí hasta hace bien pocos años. En un momento álgido de la sinfonía.
    Puedo ver la tierra escavada. Los estratos, sus miles y miles de años. Los andamios que los enjaulan, los arqueólogos, sus herramientas. Salto la valla. Ha sido fácil. Esto todavía puedo hacerlo. Nadie se ha dado cuenta. Sé que en la parte baja de la cueva han encontrado a nuestro ancestro. Bajo hasta allí en silencio, procurando no tirar nada, no hacer ruido, no molestar, no llamar la atención. He llegado. Observo la tierra roja de la pared. Cojo una espátula y rasco alrededor de un objeto pequeño. Paso el pincel. Un diente. Me emociono. Lo dejo sobre el suelo de madera del andamio. Apoyo mis uñas, las manos en gesto de garra, sobre la tierra. Como si fuera a escarbar. Estoy hecho de minerales. Mis dedos se funden con la tierra. Desaparecen, despacio, mis manos. Las muñecas, los codos, los hombros, la cara… Yo soy la tierra. Sin cuerpo y sin mente. Sólo tierra.


AGUA

    Partimos desde el valle. Buscamos el origen. Subimos la pendiente. Primero, las vacas pacen en prados fluorescentes. Los caballos vuelan en grupo sobre la tierra, crines y pezuñas de piel brillante. Después, las cabras mordisquean las paredes verticales, colgadas de su estupor. El oso humillado se esconde en los restos del bosque moribundo. Monos deprimidos tras el cristal del zoo, indios alcohólicos en la reserva. Los ratones muertos cruzan el camino. Y las hormigas. Seguimos el curso del río, hacia arriba. Se asoma tímido entre la foresta. Cada vez se deja ver más. Ahora ya fluye sobre praderas altas. Luego, entre los canchales. Emana el agua de la roca. El nacimiento. Pero nosotros sabemos que no es así. Seguimos subiendo. El camino sobrevuela el abismo y los confines del mundo. Alcanzamos praderas secretas desde las que se tocan las estrellas. Podemos sentir el agua horadando la roca milenaria. Fluye por las entrañas de la tierra. Antes de eso, llovió. No sabemos volar. El origen no existe. El círculo es cerrado pero no nos permite seguir.
    Regresamos. ¿Quizá en el otro extremo? Bajamos siempre juntos. Qué alegría, vuestra compañía. Sois mi pasado, mi presente y mi futuro. Y mi única eternidad. Volvemos junto al río. Escuchamos su murmullo, en silencio, quietos. Exploramos la cascada y sus aguas cristalinas. Una laguna que es un paraíso. Regresamos junto a ti, la vida, cada vez más ancha y caudalosa. Entramos en ti. Con canoas de colores que patinan sobre tu lámina brillante y límpida. Reflejos plateados de una magia atávica, piedras nítidas, mosaico hiperrealista. La vida nada en tu seno con forma de pez o vuela en mariposas pintadas de añil. Nos dejamos llevar por tu corriente. Somos felices juntos. Cuánta belleza y cuánta paz. Eres alegre porque nosotros también lo somos. Eres silencio de pájaros, eres la serenidad de tu verdad eterna. Te entregas al mar. Lo nutres. Lo haces más grande y un poco dulce. Por un rato al menos. En un pequeño lugar del mundo, sin importancia.
    Allí dejamos las canoas, en la playa. Corremos por la arena pulida y brillante. Refleja el cielo y las nubes, y nuestra efímera belleza. Nuestras huellas laten hasta que las borre la marea. Muy pronto. Corremos y estamos vivos, y todo es aire salado y olas que rompen suaves en nuestros oídos. Y vuestra risa, vuestra alegría. Cuánto os quiero. Sois una eternidad fugaz, a cada instante. El mar os acaricia los pies y estalláis en mil colores. Ya no hay quien os pare. Las olas son el trampolín de vuestra luz. Os teñís de azul turquesa, de verde jaspeado, de espuma nacarada. Sois todo risa y ensueño. Me voy con vosotros. Hemos llegado al otro extremo. En busca del origen. Ese que no existe. Sois vosotros el agua de vida y yo la bebo.

domingo, 30 de julio de 2017

La inocencia. Katmandú.




 20 de julio de 2007, viernes, 8:18 a.m.

    Escribo estas primeras líneas sentado en una mesa del Burger king del aeropuerto de Bangkok. Acabo de engullir uno de los desayunos más extraños de mi vida: un menú whooper con patatas y coca-cola. Y es que después de doce horas metido en un avión tiene uno todos los apetitos descolocados. He comido a las cuatro, me han dado un sándwich a las ocho y he desayunado a las doce de la noche. Entre medias, continuo aporte de bebida que, aunque se agradece, te impide conciliar el sueño. Ha sido agradable volver a ver El velo pintado y he devorado las páginas de Brooklyn follies de Paul Auster. Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que le dediqué tanto tiempo a la lectura y ha sido un auténtico placer. Y aquí estoy, esperando para coger el avión que me lleve a Katmandú. En tránsito. De hecho, llevo un año y medio así, en tránsito, ahora que lo pienso. Siempre de camino a algún lugar, no sé a cuál, siempre en movimiento, con agitación, casi sin descanso. La mayoría de las veces resulta estimulante y lleno de energía, pero en ocasiones me invade el agotamiento, el desasosiego, la incomprensión de esta agitada existencia que me devora. Creo que la falta de sueño favorece el surgimiento de extraños pensamientos que he de desterrar de inmediato.  No puedo más que mirar al futuro próximo lleno de ilusión. En unas pocas horas me encontraré en el lugar soñado, el Himalaya, en muy buena compañía. Será la primera vez que pise un país en el que se practica el Budismo de forma mayoritaria y estoy ansioso por ver cómo viven estas gentes, penetrar en sus templos, sentir una sociedad que sigue los preceptos del Buda. Siempre pienso que Jesús fue una guía en la adolescencia y Buda lo fue como adulto joven. Ahora, con treinta y un años y sin tiempo para la espiritualidad, ni para nada, los añoro. A ellos, a sus enseñanzas no practicadas, y a todas las personas y vivencias de las que disfruté gracias a ellos.
    Nos esperan además otras grandes maestras: las montañas. No tengo ni la más remota idea de lo que nos van a enseñar esta vez, pero siempre se aprende algo de ellas. En ocasiones la lección es muy dura y nos desagrada, pero con el tiempo le sacas su jugo a las penalidades sufridas en sus paredes. Nos espera lo desconocido. Las montañas más grandes del mundo en pleno monzón, cargados con veinte kilos de mochila. Se mezclan en mi interior la intensa emoción de la aventura y el desasosiego por las posibles penalidades que se adivinan en el horizonte. Pero siempre merece la pena, sino no estaría aquí. De hecho, según pasan los años cada vez merece más la pena sentir latir el corazón ante la vivencia futura, la exploración del mundo y del ser humano, que es al fin y al cabo encuentro desesperado con uno mismo. El individuo, que se libera del trabajo, el dinero, el futuro, las ataduras, y se enfrenta al mundo ya transformado en persona, limpio de todo, centrado en el aquí y el ahora, siendo. Con lo ojos bien abiertos y la mente concentrada en lo cotidiano, en lo inmediato, que es continuamente nuevo y nos deslumbra a cada paso, captando nuestra atención y asombrándonos. Sueño con patear los caminos que rodean el Annapurna, primer ochomil que ascendió con éxito el ser humano. Caminar por los mismos senderos donde, cincuenta años atrás, intrépidos montañeros franceses, hombres valientes a los que nada arredraba, gente noble de espíritu aventurero, aguerridos exploradores guiados por el intenso deseo de ver más lejos, de conocer un poco más, de conquistar lo nunca visto, de dejar su huella más allá de los límites, nos abrieron camino y nos impulsan a seguir sus pasos con tremenda humildad. Deseo con toda mi alma poder ver esas cumbres, sentir su enormidad, su fuerza...
    Vuelvo a la realidad al percatarme de la hora. He de abandonar mis maravillosas ensoñaciones para embarcar en el avión que me llevará al país de mis deseos. ¡Por nada del mundo me lo perdería!



    Son las dos del mediodía en Katmandú. Aún no consigo hacerme a la idea de que estoy aquí. El avión tomó tierra hace una hora en este aeropuerto desvencijado, antiguo, de ladrillo rojo, que recuerda más a un mercado o una estación de trenes que a un aeropuerto internacional. El aterrizaje nos ha ofrecido una panorámica de la ciudad y del valle de Katmandú, enmarcados por multitud de montañas al norte y al sur. Infinidad de nubes bajas se enganchan a las cimas y filtran la luz, regalándonos una visión hiperrealista de los perfiles de esta urbe. Hemos sobrevolado grandes barrios de casas de tres o cuatro alturas apelotonadas unas contra otras. Aviones abandonados de todos los tamaños, colores y antigüedad circundan la pista de aterrizaje. Mi compañero de butaca, un nepalí que pasa temporadas en California, se despide amablemente. Me ha quitado el miedo a la época de lluvias: dice que no está siempre jarreando, que sólo cabe la posibilidad de que ocurra.  La bofetada de calor al salir por la puerta del avión es digna de mención. No me esperaba esta fuerte sensación de humedad, me parece que el monzón anda suelto por aquí. Los trámites del visado quedan solventados en un abrir y cerrar de ojos y me hago con la mochila en menos que canta un gallo.¡Así da gusto! Nuestra relación con la parte jodida de los países - es decir, la maldita burocracia - comienza a las mil maravillas. Unos cinco mil millones de nepalíes me asedian a la salida del aeropuerto para ofrecerme taxi, hotel y la madre que los parió, chillando y arremolinándose en derredor, así que doy media vuelta y me refugio en el aeropuerto, que se convierte en un remanso de paz en el que esperar apaciblemente a mis intrépidas compañeras de viaje. 
    Judit y Mariana aterrizan cerca ya de las cuatro de la tarde. Me produce una enorme ilusión verlas, especialmente a Judit. Vienen con la mochila en la mano, así que directamente cogemos un taxi que nos lleva al hotel por cincuenta rupias nepalíes. Durante el trayecto, Judit me va poniendo al día de toda la gente que conocí en Anantapur. Blanca, Currás, María José, Javi, Elsa, Miriam... La verdad es que pasamos un rato muy divertido cotilleando un poquito.  El hotel se encuentra en la zona comercial de Katmandú y tiene bastante encanto. Se lo han recomendado a Judit una pareja de españoles que pasó una larga temporada en Nepal y que le han dado un montón de información que nos va a facilitar mucho la vida durante este viaje. Al traspasar la puerta penetramos en un jardín con mesas y una pequeña barra alrededor de un árbol. Lo primero que nos pide el cuerpo es darnos una buena ducha. Las habitaciones son muy modestas pero limpias. Mientras “mis chicas” bajan, me tomo un té con un empleado del hotel que tiene una pequeña agencia de viajes y que nos va haciendo algunas recomendaciones, que prosiguen ya con Mariana y Judit acompañándonos. El camarero cae perdidamente enamorado ante la dulce sonrisa de Judit y no puede parar de reírse y de tontear con ella como un crío de diez años.¡Divertidísimo! La “coordineitor” nos presenta un plan de ataque para los próximos días que suena la mar de bien: visita a Katmandú, traslado a Pokara y disfrute de los lagos, trekking de los Annapurnas y vuelta a Katmandú para visitar una ciudad cercana patrimonio de la Humanidad, Baktapur, y un par de ONGs. Estamos encantados con la propuesta y se aprueba por unanimidad. 
    Salimos a la calle a dar un paseo cuando cae la noche. Mariana se siente deslumbrada por las tiendas y todo lo que hay en ellas y al poco Judit también se va entregando al disfrute del “shopping”. Paseamos de tienda en tienda charlando y riendo, esquivando ricksaws de bicicleta y vendedores ambulantes de todo tipo de abalorios, mientras una lluvia cada vez más intensa cae sobre nosotros. Me encandilan las máscaras coloridas y de expresión amenazante que cubren la fachada de una de las tiendas. Mariana compra unos adornos y Judit se hace con unos pendientes. Un muchacho nos guía hasta el New Orleáns, un restaurante decorado con maderas y con un ambiente muy agradable. Allí echamos el resto de la noche; probamos las cervezas locales, Everest y Gorkha. Nos apretamos unos momos vegetales y un pollo al gusto local mientras nos hacemos unas risas muy sanas. Me doy cuenta de que formamos un equipo estupendo y que lo vamos a pasar en grande. A las once el cansancio del viaje puede con nosotros y nos retiramos camino del hotel. Llueve como si se fuera a terminar el mundo pero nosotros no nos enteramos. Seguimos riendo a carcajadas, e incluso el recepcionista del hotel nos pide en reiteradas ocasiones que nos vayamos a chillar a otro lado. Me da mucha pena irme a dormir, pero me alienta pensar en el maravilloso día que nos espera, deseando que sea como mínimo tan feliz como este.


21 de julio de 2007, sábado

    Hemos comenzado el día juntos con un opíparo desayuno en el jardín del hotel. Café, huevos con patatas y salchichas y como dios. Mariana ha pedido un te de masala muy rico. El camarero enamorado ha venido a hacerle la corte a Judit y nos hemos reído un montón. Sobre las diez y media salimos caminando con tranquilidad hacia Durbar Square. Nos detenemos en cada templo y plaza porque todo rezuma belleza. En la plaza nos perdemos cada uno por su lado disfrutando de cada templo, estatua y rincón. Pasado un rato Judit y yo buscamos a Mariana por todas partes, desaparecida en los vericuetos de los mandalas. Cogemos un ricsaw tirado por bicicleta, conducido por un risueño nepalí llamado Ram. El pobre hombre no puede con los tres y en diversas ocasiones nos bajamos y empujamos el ricsaw mientras la lluvia nos empapa; ¡hasta nos turnamos un rato para ir corriendo junto al ricsaw!  
    Bouddha Stupa es un lugar mágico donde los halla, encuadrada en una bella plaza peatonal, rodeada de casas de cuatro alturas y adornada por las vistas de las montañas de tupidos bosques que rodean Katmandú, donde van a engancharse los cogollos de nubes. Hacemos girar la rueda del Darma para tener suerte durante nuestro viaje por el Annapurna. Subimos a la estupa y la rodeamos en sentido horario acompañados de monjes y peregrinos. Corre una brisa fresca y suenan las campanas. Nos sentimos relajados y en armonía. Comemos en una terraza que asoma a la plaza, solos, disfrutando de las vistas, la conversación y la deliciosa comida nepalí. Arroz, verduras, salsas, patatas, pollo, todo regado con buena cerveza Ghorka. Nos acercamos a un supermercado para que Mariana le compre un cartón de leche a una mamá para su bebé. 
    Cogemos un taxi que nos lleva al barrio de Patan y su enorme plaza repleta de bellos templos. Cae la tarde y la conversación con Judit me abstrae de todo lo que nos rodea, pasan las horas hablando y recorriendo las calles como si el mundo no existiera. Nos dejamos guiar por Mariana y su nuevo amigo, un chaval muy espabilado que nos enseña varios templos perdidos por las calles del barrio. De vuelta a la plaza, tomamos otro taxi que nos lleva al hotel a ritmo de los beatles Mariana y Héctor a pleno pulmón. Duchazo y a la calle. Tratamos de comprar una botas de montaña para Mariana, pero el vendedor es un cruzado de narices y no hay manera; pero no pasa nada, shanti shanti. Nos largamos a cenar a una terracita en el tejado de un edificio que se esta rebién. Lasaña para la “coordineitor”, pizza para Mariana y unos macarrones para el nene. Hablamos de la
fundación y de Vicente, de nuestra labor, con pasión y respeto. A las once y media volvemos al hotel y al sobre, mañana a las cinco y cuarto en pie. ¡Aaaaa sobar!


22 de julio de 2007, domingo


    El despertador ha sonado a la hora prevista. A las seis hemos salido camino de la estación de autobuses. Ya ha amanecido hace rato. Nos cruzamos con niños en uniforme que van al cole en domingo. Varios autobuses esperan en línea frente a la estación. Nos suben las mochilas al techo y nos sentamos. Partimos puntualmente a las siete. Dejamos Katmandú atrás y nos sumergimos en un paisaje selvático. La carretera serpentea ladera abajo para depositarnos en un valle boscoso, tupido e impenetrable. Las colinas que nos rodean rebosan verdor. Numerosas cascadas emergen de entre el follaje en saltos imposibles. Varios puentes nos permiten salvar anchos ríos de fuerte caudal que se pierden en la espesura. Dormitamos luchando contra el traqueteo y los baches. Nuestra cabeza bambolea y damos saltos. Hacemos una parada junto a la rivera de un ancho río de fuerte caudal. Las nubes envuelven los bosques y las colinas en un halo de misterio. Engullimos un sándwich y bebemos nuestro thai apresuradamente para que nuestra tartana de bus con macarrilla incluido no nos abandone. Tras varias horas de traqueteo, nueva parada para recuperar fuerzas. A partir de aquí surgen los arrozales junto a la carretera, encharcados de abundante agua, que refleja el verde paisaje. Los agricultores hieren la tierra con sus arados tirados por bueyes. ¡Cuánto disfrutamos de estos bellos paisajes de Asia tan nuevos para nosotros! Judit entabla conversación con su “papá nepalí”, que la introduce en el maravilloso mundo de la meditación, le cuenta su vida como militar meditante retirado, le habla de su familia, del país... Más de siete horas de viaje que pasan en un suspiro de felicidad. 
    Pokhara nos recibe con un fuerte aguacero y una nube de lugareños que pugnan por atraernos a su hostal chillando a nuestro alrededor en inglés y en español. La lluvia nos cala hasta los huesos y empapa nuestros macutos. Por fin cogemos un taxi hacia un hostal recomendado, pero acabamos en otro más céntrico, propiedad del hombre que nos guía. Un lugar muy limpio y agradable, con jardín y habitaciones amplias, por cien rupias la noche (¡¡¡1.20 euros!!!). nos instalamos cómodamente y salimos en busca de un restaurante italiano cercano, protegidos de la lluvia por nuestros chubasqueros, pero metiendo las sandalias en charcos hasta los tobillos. El restaurante es excelente, con un camarero muy agradable y sonriente. Escogemos una mesa en la terraza cubierta, con vistas al lago. Nos damos el lujo de disfrutar de una buena botella de vino australiano que nos alegra la tarde y acompaña pizza, lasaña y gñocci. Judit y yo nos endulzamos la vida con una copa de helado de chocolate con menta. La conversación es una vez más apasionante y divertida. La lluvia deja paso a las nubes bajas que serpentean entre los árboles que alfombran las colinas cercanas. Somos las tres personas más felices del mundo. Elegimos los personajes vivos y muertos que nos gustaría conocer: Jesucristo, Buda, Dalai Lama, Brad Pitt, Andie Mcdowell, Bono...
    Tras apoquinar tres mil rupias muy bien empleadas salimos en busca de una botas para Mariana. Enseguida encontramos una tienda de la que ya no podemos salir. Calcetines, forros polares, gorros... Y, por supuesto, las ansiadas botas. Sesión de compras muy divertida en la que Judit vence al consumismo y consigue salir sin comprar nada. En una tienda cercana nos hacemos con un mapa de la zona de trekking de Ghorepani. Mariana mira su correo y Judit llama a casa mientras yo exploro en el mapa la maravillosa ruta de cuatro días que nos espera, con punto culminante en Poon Hill, a 3210 metros, con vistas al Dhaulagiri y al Annapurna. Deseamos con todas nuestras fuerzas que el tiempo acompañe un poco y nos permita vislumbrar estos dos ochomiles. Volvemos al hotel por caminos encharcados y preparamos los detalles del día siguiente con el dueño: nos guarda lo que queramos dejar en su propia casa. El desayuno, a las seis y media y el coche a Nayapul a las siete por novecientas rupias. No sabemos lo que nos espera ni cuánto influirá en nuestras vidas. Una cosa es cierta: La ilusión nos desborda...¡el Himalaya es nuestro!


viernes, 7 de julio de 2017

Adiós indolente, adiós desidia

    Los días más importantes de una vida, los momentos clave de verdad, suelen pasar inadvertidos, los ignoramos, camuflados como están entre las demás jornadas rutinarias. No son fechas en las que se celebre nada; nadie cumple una cantidad significativa de años, no ha venido al mundo un precioso vástago, no nos ha tocado la lotería. A veces es algo tan sencillo como librarnos de una pesada carga, de un peso muerto que nos succiona la vida poco a poco. Y tanto es así que amanece una vez más la inercia del mundo y llueve, anoche ya se cernían nubes negras como piedras de carbón que hubieran techado el cielo de Madrid en pleno mes de julio. Darío observa el cielo y sonríe. Ha decidido que en esta ocasión no va a vivir algo importante de manera inconsciente. No caerá en la rutina que deja pasar la vida con ojos nublados. Tampoco encharcará su júbilo en celebraciones alcohólicas. Esta vez, por fortuna, no hay olla a presión a punto de estallar. En su momento decidió mimetizarse con sus enemigos –esos tan cercanos, los más peligrosos, camuflados en la foresta de las emociones de juventud, parásitos de los sentimientos y los recuerdos–, adoptar sus tácticas, darles a probar la pócima con la que envenenan la vida de los que rebosan pasión y energía. Y ha resultado que no estaban preparados para eso. Tampoco lo esperaban ni lo comprenden. Ver cómo Darío abandonaba su papel principal y se convertía en un figurante más les ha generado una zozobra que les quita el sueño. Darío se ha puesto el último en la fila de la pasividad y les ha cedido el papel protagonista. Ese que él ha sostenido durante dos décadas y que a ellos les aterroriza. Pesa en el alma, requiere esfuerzo y concentración, se asume una enorme responsabilidad para con los demás, se trabaja bajo el sol y la luna, despierto o dormido o insomne. Toneladas de carbón llueven del cielo a cualquier hora y el protagonista ha de esquivarlo, o detenerlo para que no dañe a otros, o apartarlo de un manotazo. Y sólo se comprende la carga de un papel así cuando su guión cae en tus manos. Pero esas nuevas manos tiemblan, y no saben, ignoran, por desconocimiento pero también por deseo de ignorar, no quieren saber. La personalidad es difusa, un nombre escrito a lápiz difuminado por el dorso de la mano, el carácter es quebradizo, como esa capa de hielo sumamente fina sobre la que se camina y que nos protege tan poco del abismo helado y oscuro que tan bellamente oculta. El sustituto forzado siente pánico de sí mismo y de la vida real, y abandona. No llueven piedras – Darío sostiene firme el escudo desde las sombras–, pero la mera posibilidad de que caigan es suficiente para hacer temblar el pulso de un espíritu hueco. Huye el cobarde con la espalda agachada y tapándose la cabeza con las manos y los brazos, no vaya a ser que una de esas rocas negras que caen del cielo le parta el cráneo con un golpe seco y desvele el secreto: que dentro no hay más que ensoñaciones, embustes y circunloquios, un mundo ficticio paralelo que versiona la adversidad y las faltas y que camufla la desidia y sus daños entre palabras y frases contradictorias y sin sentido –sinceramente–, y que existen vidas que se asemejan a telas de araña fabricadas con la seda de las mentiras, tejidas en la certeza de que alguien se ha dejado la vida en construir debajo una red de seguridad. Pero viene un día en el que esa red ya no está, la han retirado, y la misma mano que lo ha hecho –la que la puso– también deshace la tela de araña, sin fuerza ni brutalidad ni violencia, tan sólo acarician cuatro dedos delicados, despistados, y apartan la seda y se la sacuden, mientras la araña cae al abismo y se transforma en un trapecista cuya cara seca y de afiladas sombras refleja el espanto al ver aproximarse el suelo a una velocidad pasmosa.
    Así que Darío observa el cielo turbio y le gusta. Días de un calor seco y extremo le han precedido. Días que se hacen duros, de esos en los que el clima te amarga la existencia y se suda y el cuerpo está muy caliente, como si el sol se hubiera instalado en el estómago y ardiéramos por dentro. Días en los que Darío siempre está nervioso y el mundo se le echa encima, parece que todo tuviera que ser ya, y el calor aprieta y pone de mal humor, pero hay que seguir, aunque por la noche el dormitorio se asemeje a un horno sin fuego y el aire sea denso y pese y pose su peso sobre la piel del que es incapaz de dormir. Hoy explota por fin la calima y todas esas piedras negras que se han ido acumulando en el cielo descargan su fuerza en una tormenta impropia, fuera de lugar, salvaje y liberadora, explota toda la energía en forma de agua que absorberá la tierra y será la pócima que no envenene y que sí alumbre un nuevo ciclo, una infinidad de historias y de chispas de vida. Nota Darío que el aire acompaña, sopla fresco y huele a infancia de parques y jardines hechos de columpios de ilusión, huele a veranos en el norte y a playas desiertas, huele al bosque del atardecer, cuando el viento agita las copas de los árboles y la tormenta pide permiso para inundar de vida el valle, al regresar a casa, tras haber dejado atrás la cima. Huele a paz, y a tiempo, y a silencio.
    Darío desea vivir un día tan especial de forma intensa, y piensa que la mejor forma de hacerlo es que no haya intensidad ninguna. Se ha dejado mecer por las imágenes que flotan en la mente que ya no duerme pero que aún no ha despertado. Se ha duchado con agua templada mientras escuchaba el sonido que hace al caer contra la loza blanca y brillante y se acariciaba la piel enjabonada. La verruga que ha crecido en su cuello durante estos años ha sangrado al secarse con la toalla. Ha desayunado lo de siempre –café naranja, zumo humeante y galletas partidas–, tranquilo y despreocupado, disfrutando de cada bocado y de cada sorbo. Ha atendido algunos recados sin salir del barrio, paraguas en mano, respirando hondo y caminando tranquilo, abandonado a ese estado maravilloso que es tener la mente en blanco, no por decisión propia, sino porque ésta se encuentra acunada por una modorra placentera, inconsciente y satisfecha. Siempre bebe agua en las comidas pero hoy cae del cielo generosa y a destiempo, así que ha acompañado el solomillo tierno y jugoso de la Siberia con una copa de vino Camino Soria, néctar de la uva negra y tostada que eclosiona en las orillas del Duero, elaborado por un hombre que también se cansó de las lluvias de piedras y de vivir con el alma en vilo, pendiente de que los críos que juegan a ser trapecistas no se abran la crisma. Darío duerme luego una siesta sin sueños ni pesadillas, que comienza acunada por la televisión y las risas de los niños y termina con un tango, dos horas negras y tostadas en las que ha dejado de ser él aunque siga siendo él mismo. Después se viste y se peina frente al espejo y recuerda cuando su padre le hacía una raya perfecta y le dibujaba un tupé, que dejaba su frente de niño despejada, con un peine verde y largo de púas mojadas en agua generosa, y le daba un suave beso en la mejilla que significaba que el momento mágico había terminado pero que todavía no venía la vida a destiempo. Se toca el cuello, palpa la yugular, en un gesto reflejo que busca la verruga, pero ya no está. Se acerca al espejo, se mira y entorna los ojos en su busca y no la encuentra. La raya le ha quedado muy despejada.
    Darío sale a las calles, húmedas de esperanza. Pisa el suelo con tiento, como si fuera hielo quebradizo, pero en seguida nota que es duro y firme y que debajo no hay simas ni abismos. Las nubes negras se han ido y el cielo es azul, el sol está oculto tras los perfiles de edificios eternos. La brisa fresca silba una melodía que fluye como los sueños de los niños. Huele a futuro y a musgo. Sujeta con firmeza los papeles con su mano izquierda. La derecha la lleva en el bolsillo, donde sus dedos distinguen el tacto del bolígrafo con el que piensa firmar. Junto a él baila un lápiz, de esos que escribe palabras que después emborrona el dorso de la mano, y que piensa regalarle, si es que aparece.

                                              Pereza al sol(el indolente), Benjamín Lobo

sábado, 1 de julio de 2017

El actor secundario

    Qué compone los días de una miserable vida humana sino las palabras y los hechos –éstos cada vez menos– que provienen de ideas y sentimientos descontrolados y prestados. Porque sí, todos esos seres vivos que pueblan la tierra y que están compuestos de brazos y piernas, de torso y cabeza, rellenos todos ellos de músculos, huesos, arterias y vísceras, de humores y moco y saliva, coordinados, lo justo, por el órgano rector imperfecto que es el cerebro, están hechos en realidad de la sucesión de una palabra tras otra, que provienen a su vez de ideas muy poco tamizadas por el córtex, esa capa externa y gris de neuronas que se supone nos convierte en inteligentes pero que es vaga, trabaja muy poco, casi nada, mientras en el fondo permite que gobiernen los sótanos, donde anidan los sentimientos y los instintos más primitivos y, por tanto, más egoístas y salvajes, aunque sí que es capaz, el córtex, de dotar a esos atavismos de un barniz de civilización y educación cuando le apetece y está de buenas. Por desgracia últimamente tampoco es capaz de eso, y hemos de convivir tan a menudo con masas de células más o menos ordenadas que hacen gala, y hasta muestran orgullo, de un comportamiento muy parecido al de un hipopótamo. Y sus palabras son desprovistas de adornos, hirientes, desdeñosas, exigentes, producto de una especie de tirano infantil que ha tomado las riendas de su existencia y que son ellos mismos, pero ya sin tapujos, sin papel de envolver, y que en las ocasiones en las que no ven cumplidos sus deseos pasan a la acción y arremeten, agreden, pisotean, humillan, vilipendian y después sonríen satisfechos de su trabajo.
    Uno se considera un imbécil que acaba de descubrir todo esto, a edad tan tardía, de ahí lo de imbécil, ya que he pasado mis días siendo amable y conciliador, comprensivo, generoso y humilde. Buen amigo, buen esposo, buen compañero, buen padre, buen ciudadano. Pero es mentira eso de que la vida te devuelve lo que la entregas, no al menos en estos tiempos, en los que todo lo que otro humano recibe lo da por supuesto y merecido, lo considera ya suyo antes de que le venga, lo tiene por su derecho natural y por lo tanto no cree que haya de existir correspondencia, el río siempre fluye en una dirección que es la suya, y uno espera y piensa que la generosidad llama a la generosidad pero que ésta a veces tarda un poco en regresar y da otra oportunidad, y después otra, y otra más. Y puede uno al fin esperar sentado por toda la eternidad que el río seguirá fluyendo siempre en la misma dirección, es ley de la física y uno aún no lo sabía, o mejor dicho no lo quería saber, prefería vivir y dejar pasar mis días en una bella ensoñación, a la espera del retorno de lo más hermoso del ser humano, de sus más excelsas cualidades, hasta que comprende que se exaltan y entronizan y alaban precisamente por escasas, por ser un bien extraño y escurridizo que se obstina en no manifestarse, y que desconocemos en qué parte de nuestro cuerpo reside.
    Ayer, sin ir más lejos, conducía tan tranquilo cuando arremetió contra mí un vehículo marcha atrás que ocupaba los dos carriles, y que me obligó a dar un frenazo, y al que increpé con un toque de claxon, a la espera de una disculpa. Pero no sólo no encontré excusas sino que recibí improperios y gestos airados y miradas de odio y chulería, dos cabezas, la de la conductora y su acompañante, levemente inclinadas hacia delante y provistas de ojos desdeñosos, tal y como se mira a un actor secundario que ha equivocado su papel y que molesta. Pero el actor secundario ya no es amable y no calla y lo que recibe es uno de esos pues lo siento que tanto se estilan ahora, cargados de un tono agresivo y despectivo, propios del hidalgo que despacha al lacayo cuando no le queda más remedio, pero lo hace con desprecio y como despidiendo, y lo que hice en ese preciso instante y sin pensar –al menos no con el córtex– fue empotrar mi coche contra el suyo y después, sin solución de continuidad, bajarme del mismo y aproximarme a la puerta de la conductora y meter mi puño cerrado a través del hueco que dejaba la ventanilla algo bajada y ponerme a propinar puñetazos a ciegas a la señora mayor que ya no era altanera ni hidalga ni noble sino una hipopótama con pareja que gritaba muerta de miedo y que recibió su merecido, un buen par de guantadas inofensivas en su cara fofa y arrugada.
    Y aún después fui a nadar a la piscina donde entreno desde hace más de treinta años y, en el cambio de turno, tuve que soportar, como siempre, a una manada de los mencionados hipopótamos que se cruzaban por mi calle sin ton ni son y me obligaban a detener mi nado alegre y disfrutón a cada momento, hecho que siempre he soportado con estoicismo, de un tipo que produce úlceras, y en ese momento también decidí que no quería soportarlo más y le hice notar a una señorona que a duras penas flotaba que su comportamiento era impropio y maleducado y no recibí, de nuevo, una disculpa, sino más bien primero una buena sarta de improperios y después ya sí, un pues lo siento de esos desdeñosos y tirados a la cara como si fuera un guante de duelo, como diciendo te voy a ofender hasta cuando me disculpo, y no me quedó más remedio que colocar mi mano con la palma abierta sobre la cabeza de la señora, más bien sobre su ridículo gorro de nadar de caucho, tan parecido al mío, y hacer fuerza hacia abajo y sumergir a la hidalga de turno bajo las aguas cloradas y dejarla allí un rato mientras la veía hacer aspavientos con manos y pies y veía también emerger de su boca la correspondiente columna de burbujas que iría sin duda acompañada de gritos e improperios que ni yo ni nadie estábamos escuchando. Después nadé todo lo rápido que pude y me largué del agua dejando tras de mí a la señora maleducada aturdida y desconcertada, sin saber muy bien lo que había ocurrido, pues una vez más su actor secundario, el que hace de servil lacayo o de figurante o de doble en su película personal, se había saltado el guión, y eso desconcierta porque revierte el orden de las cosas y cuando ese orden es revertido la mayor parte de los paquetes de células con envoltorio de piel no saben cómo seguir, se han caído y desparramado por el suelo las hojas que contienen su papel principal, y quedan sin voz y sin pensamientos, por un momento, gracias a dios.
    Y sin más tardar me fui a duchar y me encontré con un niño huesudo y blanquecino, un enclenque, bajo uno de los chorros de agua de la ducha común, acompañado, detrás de la puerta, por una madre que le iba dictando cada paso que compone la simple acción de ducharse, que si te remojes, que si te enjabones, que si detrás de las orejas, que si date prisa, y todo esto lo hacía asomando su cabeza, coronada por un cabello negro y rizado y presidida por ojos determinados y poseedores de la verdad, por un ojo de buey –que no de hipopótamo – sin cristal, recortado a la altura de un ser humano, o de un hipopótamo bajito, sobre la madera de la puerta giratoria, sin tener en cuenta el hecho de que en aquella sala amplia y vacía y azul que es la ducha de la piscina se encontraban también otros seres, de esos a los que les cuelga un pene y dos testículos de entre las piernas, y que resulta que andaban por allí muy ufanos y desnudos, duchándose. Y harto de semejante comportamiento le hago notar a la madre poderosa que se encuentra asomada a una ducha de hombres y que no puede hacer tal cosa, y me encuentro con un leve retraimiento que me sorprende por inesperado, pero que dura muy poco, tan sólo es esta vez una búfala tomando carrerilla para insultarme y decirme que no es para tanto y no sé cuántas cosas más. Y ya digo que antaño me habría contenido pero ahora, mi bañador aún puesto, salgo y sin ningún miramiento la agarro de ese pelo negro y rizado que ahora me recuerda a un estropajo viejo y la llevo a tirones hasta la ducha de las mujeres y la retengo bien pillada mientras meto la cabeza por su correspondiente ojo de buey –que no de hipopótamo– sin cristal y miro bien mirados los cuerpos desnudos de mujeres y niñas y le pregunto si le parece apropiado y también si sabe cuántos minutos o segundos tardarán todas aquellas señoras en avisar al guardia de seguridad de que pulula por la piscina un pervertido, o quizá incluso algo peor, un pederasta, sí, un hombre blanco de mediana edad muy sospechoso, si ya decía yo que tenía algo raro ese tío. Y después la suelto y la dejo allí, mientras me marcho y me giro y la veo sollozar ahora, ahora sí que solloza, y me mira con espanto y algo de odio, no por el susto sino, en el fondo, porque he destruido su papel protagonista y preponderante, su natural disposición de supremacía en su pequeño mundo, yo, ese secundario que bien podía haber sido una figura de cartón piedra que aparece de refilón en un plano general y rápido de su película, esa en la cual una madre abnegada y muy esforzada vela para que su pobre hijo, un inútil que no sabe hacer nada por sí mismo, se duche.
    Y no se detiene ahí la cosa, porque resulta que salgo escopetado del edificio, quizá ya perseguido por monitores y guardias y nadadores en tropel y alegre comandilla que comparte un objetivo noble y común, y me dirijo al colegio de mis hijos a dar cumplimiento gustoso de estas nuevas leyes que nos permiten a los padres ahorrar cientos de euros en libros gracias a la concesión, con permiso del ilustre e ilustrado gremio editorial, de dejarnos intercambiarlos con los de otros niños que los han utilizado en el curso anterior, y lo hago acompañado de mi esposa y mis hijos, a los que he recogido en un fugaz paso por mi casa, y me encuentro con que uno ha de dejar sus libros y rezar por que los demás hagan lo mismo, cosa la cual según la oronda señora que aposenta parte de su trasero en una silla giratoria –el resto del culo rebosa por ambos lados–, no está pasando y no se sabe si va a pasar, probablemente no. Y me dirijo a mi esposa, ya dispuesta a entregar nuestros libros sin reflexión ni miramiento, exhortándola a que nos lo pensemos un poco, cuando me encuentro que no es mi señora la que responde a mis frases, sino otra hipopótama de las palabras, otro saco de huesos y grasa y vísceras envasados en piel lustrosa y brillante, la que da cumplido reproche a mis líneas, en tono vehemente y seguro y plagado de órdenes y decisiones que ya ha tomado por mí, dando cumplimiento quizá al papel protagonista y cargado de razones y moral que ejerce en su cotidiana vida. Y me doy cuenta de que con anterioridad habría entablado una paciente conversación con ella, e incluso habría sido tan imbécil de tener sus opiniones no solicitadas en cuenta, pero también percibo ya ese comportamiento como del pasado, y más bien me apresto a responderla con firmeza y sequedad que no estoy hablando con ella sino con mi señora esposa. La hidalga, la estrella de su meca del cine particular se ofende y aumenta el tono de su voz y sus desdenes, y es entonces cuando no me queda más remedio, muy a mi pesar, que apoyar todo lo largo de mi brazo contra el lateral de una enorme pila de libros de texto, repletos de erudición y de palabras, y de conocimiento y sabiduría destinada a nuestros bellos, inocentes, dulces y amorosos hijos todos, una enorme montaña de libros de texto digo, que reposa sobre su mesa destartalada y vieja, a la vera de la noble señora, y hacer toda la fuerza de la que soy capaz, acompañada de bastante rabia, y lanzarla, desmoronarla, derribarla más bien sobre el cuerpo que contiene a ese hipopótamo de las palabras que tan poco utiliza esa zona del cerebro que llamamos córtex.
    Y quizá no sea esto lo peor que yo haya hecho en el colegio de mis hijos, al fin y al cabo parece que la señora con opinión no solicitada debió quedar impresionada o muda por mi vandálico acto, por mi salida fuera de tono que arruinó su bella obra de teatro en la cual ella era la protagonista, una amable señora repleta de consejos para padres y niños que trabaja haciendo el bien y educando a las futuras generaciones en una institución de prestigio. No es lo peor, no, porque al día siguiente, sin ir más lejos, llegué unos minutos tarde a recoger a mi hijo pequeño al mediodía, quizá fuera el tráfico o quizá un retraso por exceso de trabajo o por una reunión que se alarga, el caso es que llegué tarde cuando nunca lo hago, y cuando además he notado que soy el único padre que acude a por su niño a esas horas, a costa de grandes esfuerzos y no pocos nervios, mientras que los demás son atendidos por cuidadoras de los más diversos orígenes, que trabajan para padres y madres que pasean distraídos y ociosos por el barrio o dedican dos o tres horas a comer tan tranquilos en el trabajo, acompañados de personas que no son sus hijos. Y hete aquí que recibo un llamamiento y una especie de apercibimiento o amonestación por parte de la profesora de mi hijo, en presencia de este, por parte, sí, de una señora que jamás saca a los niños de clase a la hora, sino más bien diez minutos después, decisión que toma unilateralmente y por su cuenta y riesgo y de manera totalmente arbitraria teniendo en cuenta que tan sólo ha de mirar el reloj y poner a los niños en pie y sacarlos en fila a caminar diez metros y descender un corto tramo de escaleras, en cumplimiento del horario de salida estipulado por el centro escolar. Y como, quizá afectado por desaires y ofensas mucho más hirientes, dolorosas y profundas que estas que ahora tanto me enervan, ya no soy ese que se disculpa y comprende a los demás sin ser comprendido, ya no soy ese que concilia y atempera y modula, ya no soy el que da pie con sus dos frases al protagonista, sino que me he convertido en esto que soy ahora, una especie de actor maldito sin guión ni papeles ni narración, sin escenario, sin trama y sin final feliz, éste que ahora responde una frase que el otro no encuentra por más que la busque, y que es que trabajo y cruzo la ciudad en hora punta y atasco, y no tengo cuidadora y hago lo que puedo mientras que mi hijo nunca sale a su hora y no digo nada. Y la hidalga o noble o estrella del cine tiene aún respuesta y es ya airada y además la da sin esperar su correspondiente réplica mientras camina decidida lejos de mí, muy convencida de haber hecho el papel de su vida frente a un padre de estos de ahora, sin público eso sí, una pena, un desperdicio, y me da la espalda mientras supone satisfecha que ese es el colofón de la escena y por tanto su punto álgido y su final apoteósico, pero no lo es para mí, soy imaginativo y espontáneo y muy artista, creativo a más no poder diría yo, y me da por inventarme otro final, que es interponerme en su camino y frenarla en seco y cogerla por los codos, oh sí, acto sin duda violento y desmedido, terriblemente inapropiado y con visos de ser delictivo y, mi cara pegada a la suya, la punta de mi nariz en contacto con la punta de su nariz, reventar en un alarido terrible, la cara roja y las venas de la cara hinchadas, los dientes cuadrados y agresivos, la saliva que salta de mi boca e impacta en su cara, esa que trata de apartarse pero no lo consigue, retenida por mis manos agarrando con fuerza sus codos, y que se retira a un lado muerta de miedo, ofreciéndome su oreja que a su vez contiene su oído, ese que probablemente quedó destrozado y que desde entonces padecerá sordera o acúfenos, y que por tanto vera dificultada su capacidad de escucha, muy mermada ya de por sí, aunque con toda probabilidad lo que más le duela sea el hecho de no poder escucharse a sí misma, sus frases y su voz modulada y el bello papel que ha estado leyendo toda la vida sin que nadie la molestara hasta ahora, o al menos emborronada por pitidos que aparecen de la nada y que van en aumento y permanecen un tiempo, cada vez más, y que aturden y hacen perder el hilo de lo que se estaba diciendo, seguramente palabras nada originales, mil veces dichas y escuchadas, palabras que no se han pensado bien o que provienen de ideas poco elaboradas o simples o de sentimientos básicos y egoístas, o de inercias aprendidas y repetidas sin tino ni discernimiento, sin duda poco o nada tamizadas, cada vez menos desde luego, por ese córtex capaz de producir lo más bello y excelso de la especie humana pero tan vago, tan perezoso, indolente como un sabio desdeñoso, dominado por la desidia, que cada vez interviene menos, quizá derrotado por el mundo, por todos esos hipopótamos de las palabras en los que nos vamos convirtiendo los unos a los otros, esos sacos de piel rellenos de carne y humores que estamos hechos de vocablos que son como un virus que todo lo contagia y todo lo infecta y de todo se adueña, y que crea guiones muy acordes a su existencia y propagación, guiones perfectos que uno nunca ha de saltarse porque entonces puede que lo reviente todo y se quede sin papel.


martes, 27 de junio de 2017

Playa Navagio

    Nina era una mujer admirable, una mujer corriente, una doctora, que merecía sin duda – como todos – el derecho a ser personalmente feliz. Miraba a su marido, tumbada en las arenas de Playa Navagio, mientras éste le daba la espalda y – el agua azul turquesa cubriéndole hasta las rodillas – observaba la quietud del mar y el cielo. Tras ella reposaba un pecio abandonado, más bien su esqueleto oxidado, y Nina no podía dejar de pensar en el recorrido del significado de la palabra ilusión sobre sus vidas. Desde una esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo hasta la consciencia de haber interpretado erróneamente un estímulo externo real. La desidia disfrazada de serenidad. Encerrada en aquella playa hasta el atardecer, cuando el ferry regresara a puerto, fantaseaba con la posibilidad de asesinar a su esposo: empujarle por la borda, envenenarle en el hotel o golpearle con un pesado cenicero. Él se giró un instante y levantó la mano a modo de saludo. Nina le devolvió un gesto con la barbilla y una sonrisa helada, sin quitarse las gafas de sol. Después observó por unos instantes el viejo cascarón varado, de cuyos hierros oxidados emanaban efluvios de muerte y abandono. Tomó una piedra gris perla de suaves formas redondeadas y la lanzó a las aguas cristalinas, muy cerca de su marido. Éste se asustó y se giró. Ambos compartieron absortos la observación del corto viaje que emprendió la piedra a través del agua, mecida en un suave vaivén en caída hasta, por fin, depositarse serena sobre las arenas blancas del fondo.



domingo, 25 de junio de 2017

Alemania

“Él también seguirá viviendo, como las ratas entre las ruinas. Pero vivirá. Y mientras se está vivo siempre puede ocurrir algo”.
El viajero bajo el resplandor de la luna (1937)
Antal Szerb


    Los domingos el universo se toma un respiro, hastiado de sí mismo. Esta poderosa ley que impera sobre la materia, la de transformar su energía en un periplo infinito, sufre una excepción a la hora de la siesta. Sin embargo mi mente, hoy, parece no aceptar ese descanso. La luz cegadora del verano se filtra por las rendijas de la persiana e imprime un misterioso código de barras horizontal contra la pared. David duerme a mi lado, en calzoncillos, acurrucado, la almohada empapada por la saliva densa, junto a su boca. Me levanto de la cama y abandono el dormitorio. Camino descalza hasta la habitación de Noah. Empujo con suavidad la puerta y la miro en silencio. Reposa boca arriba, los brazos sobre la cabeza y los puños cerrados, las piernas estiradas y los pies inertes, serena la expresión del rostro, la boca pequeña entreabierta. Huele a bebé sudado, aún siendo ya una niña bien crecida.
    Me preparo un té y me lo llevo a la terraza. Me siento en la silla de jardín y noto sus barras metálicas bajo el cojín plano y sin relleno. Dejo la taza sobre la mesita a juego. El reloj de la plaza marca cuarenta y dos grados. Para mí está siendo una edad abrasadora, sí. Mamá se fue al asilo de la montaña y no regresó jamás. Soy una huérfana. Sola en el mundo. La siguiente. Nadie me arropará ya nunca. Nadie fingirá creer que estoy dormida cuando finja estar dormida. Nadie me acariciará la cabeza desde arriba. Nadie me hará leche con galletas para merendar. Nadie me acogerá en silencio, sin preguntas. Nadie me mirará y comprenderá de veras. Alemania. Tenerlo todo y despreciarlo por una ensoñación. A mí no se me ha perdido nada en Alemania. Y a mi hija tampoco. Mi viaje, mi aventura en la vida, ocurre por dentro. Todo el tiempo. Yo ya tengo mi Alemania. Todos la tenemos, si queremos verla. Pero si miras el mundo con ojos prestados te quieres marchar a Alemania. Tumbar de un manotazo nuestro precioso castillo de naipes. Como si construirlo hubiera sido un pasatiempo. Lo que pasa es que Noah y yo vivimos dentro de él, y nos gusta mucho. Cuando la gente se marcha a Alemania, o a un asilo en las montañas, nunca regresa. Y eso es porque se han ido antes de emprender el viaje. Y yo me quedo sola. Un pajarito oscuro se posa sobre la barandilla del balcón y gira su cabeza nerviosa en todas direcciones. Canta unos segundos y desaparece, en busca de un nuevo reposo. Recuerdo la primera vez que mi madre vio el mar. Sesenta años dentro de ella, el mar. Una imagen en la televisión, una descripción en un libro, un sueño de verano. Aquel agosto me la llevé, una semana las dos solas. Noah aún no existía. Era también una imagen, una descripción, un sueño. Mi madre caminó hasta la arena en silencio, se sentó, lloró y no dijo nada. Después, comimos los sandwiches que ella había preparado. Una ráfaga de aire caliente –arde la piel– trae un envoltorio de plástico. Lo recojo del suelo. Es rojo y brilla y es de un chupachups, y lo sujeto entre mis dedos, y noto su tacto rugoso, y lo froto y hace frufrú y es una música la que oigo, al menos para mí lo es, efímera, sencilla y muy real. Lo dejo sobre la mesa, junto a la taza, pero al poco viene otra ráfaga –ésta me resulta extrañamente gélida– y se lo lleva.
    Siento frío por dentro y regreso a mi cama. Me tumbo junto a David. En Alemania hace mucho frío y llueve, la gente habla como enfadada; estoy segura de que allí no hay pájaros y de que mi madre tampoco está. La casa se me cae encima, tan en silencio, tan caliente. Yo respiro y parpadeo, aunque ya no puedo ver el código de barras en las manchitas de luz. Se han vuelto borrosas. Un camión de la basura se detiene bajo nuestra ventana. Escucho el ruido del motor y el trajín de los cubos. Un olor a gato muerto se adueña de la habitación. Miro a David mientras duerme. Él también seguirá viviendo, como las ratas entre las ruinas. Pero vivirá. Y mientras se está vivo siempre puede ocurrir algo.

Propuesta de final previo, Hotel Kafka.


martes, 20 de junio de 2017

[LA IRA]

[Exploto y soy llamativa pero no existo por mí misma, soy tan sólo una consecuencia, las glándulas suprarrenales bombeando adrenalina y cortisol a mansalva que se incorporan a la sangre y viajan a los músculos, al cerebro, a todas partes, tomando el control del cuerpo y los pensamientos que se ciegan, que se anulan y se reducen a uno solo...

    Aparto la vista del libro y puedo ver a mi hijo, recién cumplidos los seis años, jugando al fútbol contra dos chicos mucho mayores que él. Le chulean, le torean, se ríen y marcan un gol tras otro, despreocupados, disfrutando de su ridículo e infantil abuso. El calor es asfixiante y el sol me da de lleno en la cabeza. Me levanto y anuncio que me incorporo al partido. Le pido la pelota a mi chico y chuleo, toreo y río, y cada vez que tengo ocasión chuto con todas mis fuerzas y marco gol. Puedo ver las caras de los niños teñidas de rencor, noto cómo se sienten víctimas, se saben atropellados, y mi corazón late desbocado por el esfuerzo, no paro hasta darle la vuelta al marcador y machacarlos. Son capaces de quejarse, de relatar que se sienten abusados, un padre aplastándolos, pero yo no los veo a ellos sino a su naturaleza, instalada en todos nosotros desde pequeños. Les recuerdo que hace tan sólo unos minutos ellos hacían lo mismo contra mi hijo, niño noble y sereno, y agachan la cabeza y tragan, impotentes y rabiosos, sin querer comprender.

...que soy yo, activada por palabras y actos descontrolados y las más de las veces abusivos, cuyo origen es a su vez el de otros pensamientos, otros sentimientos, quizá otros complejos o creencias, instalados entre la masa de neuronas y sus dendritas, ese órgano tan alabado que es el cerebro...

    Justo antes de comenzar la clase decidí que había llegado el día en el que iba a dejarme vencer por la Señora Díaz, una anciana poco dotada para el ajedrez pero que se había empeñado en aprender, a estas alturas de la vida. Tras varios meses de paciente enseñanza pensé que era el momento de darle una pequeña alegría. Abandoné mi flanco izquierdo, me dejé comer dos peones y un alfil y pasé por alto varias ocasiones de acabar con sus caballos, o de comerle la reina. Al principio disfruté de la alegría y el desenfado de sus comentarios, pero poco a poco su tono se fue volviendo algo hiriente, o más bien en seguida, pasó a lucir una sonrisa ladeada y en exceso confiada, sus ojos brillantes y decididos, definitivamente rejuvenecida, lo cual dio paso, al verme acorralado, a poner en duda mi profesionalidad y a jactarse de estar venciéndome con excesiva facilidad. Eres un inútil, profirió la vieja, y herví por dentro, golpeé la mesa con la palma abierta, apreté los dientes y no la miré más. La di jaque mate en tres movimientos, cosu rey y lo estampé contra la pared. Me levanté de la mesa sin mediar palabra, mientras escuchaba sus insultos e improperios e imaginé cómo crujiría su cuerpo al chocar violentamente contra el muro.

...pero que la mayor parte del tiempo es una máquina sin control que funciona por acción-reacción y que no mide ni criba ni discierne, permite que los pensamientos surjan, que las emociones, de origen tan oscuro y primario, gobiernen, y que se emitan las palabras y los actos que me activan…

    Perdí mis dos piernas de crío, amputadas justo por debajo de la rodilla. El dolor físico no fue nada comparado con el calvario mental que hube de atravesar. Lo superé gracias a mis zancos de titanio y al atletismo, el hombre lisiado más rápido del mundo. Domé mis complejos y mis miedos y conseguí dinero, fama y mujeres. Algo impensable que no estaba escrito para alguien como yo. Hoy es San Valentín y tengo que soportar los gritos de Sasha, una niñata consentida que juega a ser modelo y que, ahora lo sé porque me lo ha dicho a gritos, sale conmigo tan sólo por mi fama. Soy su trampolín, sí, quién lo iba a imaginar, yo precisamente un trampolín, un puto lisiado ha dicho, que se mueve en la cama como un saltimbanqui y al que no se le empina, un engreído que no sabe valerse por sí mismo, me grita, un mierda, mientras coge mis piernas de titanio y las lanza al pasillo, desnuda, transformada su cara por el odio gratuito, torrente de palabras descontroladas que buscan el punto débil, lo atraviesan y aciertan donde más duele, porque es allí y sólo allí hacia donde se dirigen. Se encierra en el baño y sigo escuchando sus palabras tras la puerta, más bien son insultos a voz en grito, y no aguanto más, no lo soporto, tan sólo quiero que se calle y así se lo pido, también yo a gritos, también mi cara enrojecida y mis palabras acompañadas de saliva que se escapa violenta entre los dientes. Pero Sasha no calla y entonces yo, el saltimbanqui, el mono de feria, me tiro al suelo y me arrastro, ayudado de mis poderosos brazos, hasta la cómoda y de allí saco el revólver que guardo entre la ropa interior, introduzco las balas, lo lanzo a la cama, me arrastro de nuevo y me aúpo, me siento a los pies que yo no tengo, amartillo y descargo contra la puerta todas las balas mientras le grito que se calle y detenga sus dardos, que se calle de una vez, que se calle para siempre.

...a mí, ese guerrero despiadado y ciego, sanguinario ejecutor de espada de doble filo, esa dama furiosa de ojos inyectados en sangre que sólo piensa en humillar o herir o aniquilar para que toda palabra se silencie y todo acto cese].

Propuesta de conflicto, Hotel Kafka.


lunes, 12 de junio de 2017

Everest





A Roberto García Plaza y Gonzalo Crooke


“ – ¿Por qué subir montañas?
Porque están ahí.”
George Mallory, 1923.



    Raúl abre la cremallera de la tienda principal y entra en ella. Afuera la ventisca es salvaje. Su cara está cubierta de nieve a pesar de llevar la capucha puesta y cerrada. Tan sólo ha tenido que realizar un trayecto de unos diez metros de una tienda a otra. Mira a su alrededor y siente la derrota en los corazones de sus compañeros. Rafa está tumbado en el suelo, sobre su saco sin abrir, hecho un ovillo y con la mirada perdida. Benito limpia sus botas con un cepillo de dientes, el entrecejo contraído, con cara de estar a punto de echarse a llorar. Juan se fuma un porro mientras mira fotos de chicas desnudas en su portátil, sentado a la mesa. Sabe que no pueden ponerse en marcha hasta las dos de la mañana y que nadie va a dormir hasta entonces. Sabe que el tiempo seguirá siendo infernal. Sabe que los italianos están dispuestos a ayudarles. Las cuerdas fijas y las escaleras en el glaciar puede que aguanten, pero más arriba… No sabe cómo encontrarán los campos intermedios, ni si subir servirá de algo. Mira a sus amigos y sólo ve sus debilidades y el poderoso miedo a la muerte instalado en ellos. Nadie ha levantado la cabeza cuando él ha entrado.
    Raúl camina despacio por la tienda hasta la alacena. Sabe perfectamente dónde está el whisky. También coge cuatro vasos de cristal pequeños. Con el hielo no hay problema allí. Lo coloca todo sobre la mesa mientras dedica una mirada fugaz a la chica que Juan mira en internet y se deja envolver por el olor dulzón de su porro. Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y saca una baraja española.
– ¿Un mus?
    Rafa y Benito no se inmutan. Juan le dedica una mirada esquiva, gesto serio, y regresa a la pantalla.
– Digo que si echamos un mus.
– ¿Ahora? Se te va la olla –responde Juan a través del humo azulado que desprende su cigarro.
– ¿Y por qué no? Aquí nadie va a pegar ojo en toda la noche. Lo sabemos todos. Prefiero echar una partida a pasármela rumiando. Anda, apaga eso y vamos a jugar. Yo voy con Rafa. ¿Qué dices Rafa?¿Te apuntas?
    Rafa estira las piernas y los brazos y levanta la cabeza para mirar a Raúl. Le sostiene la mirada, inexpresivo. Por fin, muy despacio, se incorpora y, sin mediar palabra, toma asiento junto a la mesa, frente a Raúl.
– Vamos Benito, deja eso y vente para acá. Vas con Juan.
– Pero es que Roberto… –responde Benito en tono lloroso.
– Benito, deja el puto cepillo de dientes ahora mismo si no quieres que te lo meta por el culo, y vamos a echar una partida de mus.
– Vale hombre, vale. No hace falta que te pongas así. Si yo ya lo había pensado antes, sinceramente–responde Benito airado mientras se levanta y se incorpora a la mesa.
    Raúl toma la baraja en sus manos, mezcla las cartas y reparte.
– Corrido y sin señas. A ver quién es mano. De momento jugamos a una vaca, gana el que llegue a tres juegos, ¿vale?
    Nadie dice nada. Benito coge sus cuatro cartas y las mira nervioso mientras las cambia de sitio. Juan las levanta de la mesa, les echa un vistazo y las vuelve a dejar. Rafa ni siquiera las mira. Raúl deja las cartas sobrantes a un lado. Pone un pedazo de hielo en cada vaso y los llena de whisky.
– No me apetece beber –dice Benito.
– Sí, sí te apetece –responde Raúl.
– Bueno, sólo una ronda, la verdad es que antes estaba pensando que un copazo no me vendría mal.
– Pues eso. Bebe y juega. Hablas tú.
– Paso a grande.
Rafa hace un gesto lateral y largo con la cabeza.
– Y yo –dice Juan.
– Se fue –cierra Raúl.
– Y a chica –dice Benito.
Otro gesto de Rafa.
– Hala.
– Se fue.
– Pares no.
Rafa niega con la cabeza.
– No.
– No.
– Juego sí.
Rafa niega de nuevo.
– No.
– No.
– Creo que tengo la una… –dice Benito.
– ¿Cómo que crees? Eso no se cree. ¿La tienes o no? –responde su compañero, irritado y sudoroso, mientras le da una calada rápida y profunda al porro, que le hace hablar algo ahogado y nasal.
– Tengo la una, sinceramente.
– Vale, pues ya está. Eres mano. Reparto yo de nuevo –dice Raúl.
    Raúl recoge todas las cartas y las junta con las del resto de la baraja. Mientras mezcla, Juan le dice:
– ¿Qué vas a hacer?
– ¿Cómo que qué voy a hacer? Será qué vamos a hacer, ¿no? Pues lo único que se puede, Juan. Subir. Hablamos de Roberto. Nuestro Roberto. El mismo que os ha enseñado todo lo que sabéis… Anda, corta.
    Raúl deposita el mazo sobre la mesa y Juan le da un toque con su dedo índice mientras le dedica una mirada de desdén. Raúl recupera las cartas y empieza a repartir.
– Rafa. Estás muy callado. Así es muy difícil ganar al mus –dice Raúl.
    Rafa se encoge de hombros sin levantar la vista, fija en las cartas que van cayendo frente a él.
– Te pongo pares y juego –dice Benito.
– ¿Cómo que me pones? En todo caso te los pondré yo a ti, que soy postre. Pareces nuevo, joder. Tú dirás, tío –responde Juan.
– Puede que esté mintiendo… –dice Benito.
– ¿Y a quién le importa? ¿Quieres hablar de una vez? ¿Hay mus o no hay mus? – responde Juan.
– Bueno pues nos ponemos. Paso, hasta mi compañero.
Rafa hace otro gesto lateral con la cabeza.
– Dos –dice Juan.
– Y dos más –contesta Raúl.
– Se ven –cierra Juan con sonrisa taimada, como si calculara habérselo llevado todo.
– Paso a chica.
Gesto de Rafa.
– Y yo.
– Se fue.
– Pares no –dice Benito.
– ¿Cómo que pares no?¿Te cortas tu propia mano sin pares? Menuda pareja me he echado… –dice Juan mientras niega con la cabeza agachada.
– Sinceramente, creía que les ibas a echar todas a grande y a chica… –responde Benito.
– Anda, cállate. Cállate y juega –dice Juan.
Rafa hace rato que ha hecho un gesto de afirmación visiblemente marcado para todos.
– Pares sí –dice Juan.
– Sí –responde Raúl mientras le mira sereno a los ojos.
    Juan le sostiene la mirada mientras echa cálculos. Piensa en cuánto debe arriesgar y qué gana él con ello.
– Cuatro –dice.
– Todas –responde Raúl al momento.
    Juan parpadea fuerte e inclina levemente la cabeza hacia atrás, le da otra calada a su porro y mira a Benito un segundo. Este lo toma por una invitación a opinar.
– Llevará dos seises. O dos sietes. Va de farol. Le ves el órdago, Juan. O quizá no. A lo mejor va cargado de cerdos, unas medias, o un duplex. Sinceramente, tú decides por los dos, tío.
– Puffff –responde Juan mientras agacha la mirada en un gesto de desprecio, hartazgo o condescendencia.
– Todas –repite Raúl con firmeza–. Ya sabes que yo siempre voy preparado y apuesto fuerte, chaval.
– No siempre tío, no siempre… Mira hoy… –responde Juan con una sonrisa irónica.
– El pasado ya no cuenta, Juan. Lo que importa es lo que hacemos aquí y ahora, en cada momento. O lo que pensamos hacer en el futuro. Lo que pasa es que a veces no hay cojones para afrontar la realidad. Todas, he dicho. Todas.
– Está bien, Raúl. Se ven. Medias de pitos de primera mano. ¿Qué me dices ahora, eh? –dice Juan con el cigarro colgado de sus labios, sin vocalizar, sonriente –enseña ya lo que tienes, anda.
    Juan pone la mano sobre las cartas de Raúl y las baja hasta la mesa.
– ¡Ja! Dos cincos. ¡Lo sabía! ¡Sabía que ibas de farol!
    Raúl le deja que se carcajee unos segundos. Juan inclina su silla hacia atrás y se lleva las manos a la tripa mientras se ríe y apoya una bota sobre el borde de la mesa.
– Medias de reyes – habla por fin Rafa mientras deja sus cartas sobre la mesa.
– ¿Qué…? –deja de reír Juan, se inclina para ver las cartas, las separa incrédulo para verlas bien – Pero…
– Lo sabía… –dice Benito– yo ya lo sabía.
– Una simple seña, Juan –dice Raúl –. Ese mordisquito lateral que te has perdido. Demasiados trócalos, demasiado fanfarrón…
– Eso mismo estaba pensando yo antes de que tú lo dijeras –dice Benito.
– ¡Cállate! –le responden sus tres amigos, al unísono.
    Se quedan todos en silencio por un segundo, mirándose sin pestañear, y después estallan en carcajadas. Raúl toma su vaso y lo levanta.
– ¡Por Roberto!
– ¡¡¡Por Roberto!!!
– Anda, id preparando las cosas. Ya queda poco para empezar a subir.


Propuesta de diálogo, Hotel Kafka.



miércoles, 7 de junio de 2017

Nada




    Comencé a nadar en la piscina poco después de su inauguración con motivo de los mundiales de natación de 1986. Yo tenía diez años. Llevo, por tanto, más de treinta años entrenando aquí, aunque durante algunos períodos lo haya dejado un poco de lado. En esta piscina aprendí a nadar y a tirarme de cabeza, después del colegio. No hice ningún amigo ni recuerdo casi nada de aquellos primeros años, excepto quizá un sentimiento. La angustia que me producía el hecho de ir encajado entre otros dos nadadores, uno delante y otro detrás haciendo espuma con sus patadas y brazadas, a un ritmo frenético que me impedía respirar, recuperar el resuello. También recuerdo que salía agotado del agua, me dolían los huesos. Padecí reuma infantil. Llegaba a casa muerto de hambre y deseoso de meterme en la cama. No sé cuántos años aguanté. Para mí aquello era una tortura. Después, ya adulto, en algún momento, volví. No recuerdo cuándo.

La rutina siempre es la misma.

    Traspaso las puertas automáticas de cristal y penetro en un ambiente de calor húmedo sea cual sea la estación del año. Dejo atrás mi vida y el mundo por un rato, pase lo que pase en ellos. Saco mi carnet y lo paso por la ranura. Empujo el torniquete metálico y bajo por las escaleras. Algunas veces hay competiciones de natación, de water polo, de sincronizada o de saltos. En esos momentos detesto estar allí. No soporto las aglomeraciones de gente, los gritos, los empujones, el sudor, la tensión latente en cada mirada, en cada cuerpo… La mayor parte de los días está más o menos tranquilo. Una vez abajo, camino por un pasillo amplio con espejos y secadores de pelo. Estos hacen mucho ruido cuando alguien los utiliza y eso me molesta, me irrita. Siempre me cambio en el mismo vestuario. Sus paredes están formadas por paneles de tarima blanca que no llegan al suelo ni al techo. Por las mañanas me cruzo con multitud de jubilados, algunos malhumorados, los más de ellos dicharacheros o algo ausentes. Siempre hablan de lo mismo, como todo el mundo. Política, fútbol. Completamente desnudos. A gritos. Las mismas conversaciones huecas, o mejor dicho, que rellenan el hueco de la vida, en la que realmente casi no hay nada que merezca la pena ser dicho. Palabras repetidas, tópicos, frases hechas, bromas manidas, lugares comunes… nada con sustancia, ni inteligencia, nada personal, ni original. Ningún esfuerzo mental por parte de nadie. Aunque quizá no sea el lugar para hacerlo. Me pregunto cuál lo es.

La rueda gira, la vida continúa.

    Me desnudo y me pongo el bañador, ajustado a cintura y muslos, por encima de la rodilla, para que no haga resistencia al nadar. Saco de mi mochila las chanclas y me las calzo, ya se sabe, por los hongos. Me paso las gafas por la cabeza y las dejo reposar alrededor del cuello. Llevo el gorro de tela en la mano y una toalla pequeña y amarilla sobre los hombros. También una funda transparente, la de las gafas, donde guardo los tapones para los oídos, un bote pequeño que contiene gel de ducha y el candado de la taquilla con su correspondiente llave. Guardo mi ropa y mi calzado en la mochila y abandono el vestuario. El pasillo que da acceso a las piscinas, a los baños y a las duchas se encuentra forrado por cientos de taquillas, todas iguales y numeradas. Escojo una libre, guardo mi mochila y le pongo el candado. Casi siempre me cruzo con un anciano calvo, gordito y bajo que canta opera a voz en grito, garganta engolada y colocada, como si estuviera él solo, sin importarle lo más mínimo si eso puede molestar a los demás, si pensamos que lo mejor es permanecer callados, si echamos de menos y ansiamos el silencio.
    El recinto de las piscinas es enorme. A mi espalda y sobre mí se encuentran las gradas, con sus asientos de plástico amarillo. A la izquierda, y tras una pared de cristal, la piscina infantil. A la derecha, al fondo, la piscina de saltos. Recuerdo cuando salté desde el trampolín de hormigón, siendo un niño, y tuve miedo. Frente a mí, la piscina de natación. Cincuenta metros separados por un murete móvil para aprovechar mejor el espacio y que se puedan impartir más clases. Las corcheras, rojas en los extremos y amarillas en el centro, dividen once calles, frente a las ocho oficiales. La pared que se encuentra frente a mí está compuesta por cristales de unos tres pisos de altura por los que entra la luz natural y a través de los cuales se ven las copas de los árboles del parque y el cielo. Camino por el suelo húmedo y resbaladizo y me cruzo con los mismos monitores año tras año. Nos miramos sin decir nada. Siempre las mismas caras inexpresivas. La mayoría están gordos y no durarían ni diez minutos en el agua pero son capaces de enseñar a otros a nadar y de dirigir una clase con cierta autoridad, la cual reside tan sólo en su tono de voz. A veces se juntan y escucho sin querer sus cuitas laborales y no digo nada. Los ancianos, en el agua, reciben su clase. Tienen las piernas finas e inflexibles. Los brazos delgados y la piel flácida y moteada. Su tronco es grueso y nadan muy despacio.
    Deposito mi toalla y mi funda sobre el asiento de una pequeña grada. Siempre es la misma. Me aproximo al borde de la piscina y me descalzo. Camino hasta mi calle, una de las de nado libre. Me sitúo frente a ella y miro el reloj digital de la pared, allí en lo alto, para tener una referencia de cuánto tiempo voy a estar nadando. Después, me pongo el gorro de tela con la cara del Joker en la cabeza y los tapones naranjas de silicona en los oídos. También las gafas con cristal de espejo. A veces se me salta el gorro al apoyar su goma en el cogote y tengo que volver a ponérmelo todo. Me fastidia mucho. Miro el agua, de ese color azul caribeño que no deja de atraerme. Dejo pasar un nadador y espero hasta que se aleja. Entonces me lanzo al agua, de cabeza. Siempre lo mismo, desde hace décadas. Salto lo más lejos que puedo sin hacer esfuerzo. Me zambullo y buceo con los brazos estirados y las manos de lado, una sobre la otra. Es la forma en la que se crea menos resistencia frente al agua. Junto las piernas y doy patadas de sirena. Miro al fondo de la piscina y siento como si volara. Pienso que es así como deben sentirse los pájaros cuando planean en el aire. Haciendo un leve esfuerzo, aprovechando el impulso del viento. Aguanto todo lo que puedo. Por fin, asomo la cabeza y me pongo a nadar a crawl. Patada continua y leve. Estiro los brazos como si quisiera alcanzar algo que está lejos y respiro siempre por el lado derecho. Tengo una contractura permanente en esa parte del cuello. Los brazos hacen palanca bajo el agua, la palma de la mano abierta y los dedos tensos y juntos para no disipar la fuerza.

Veinticinco metros y vuelta. Veinticinco metros y vuelta. Veinticinco metros y vuelta.

    Apoyo mis pies contra el muro para darme impulso y recorrer toda la parte roja del corchete, estirado. Respiro diez veces por largo. A veces voy deprisa. Otras no. No me interesan las marcas, ni mejorar. Solo nado. Hubo un tiempo en el que nadaba y pensaba. Nadaba y creaba. Nadaba y planificaba. En otra época nadaba y recordaba, o nadaba y urdía contra los que me hacían daño. En otro tiempo, nadaba y meditaba. Las Cuatro Nobles Verdades, la Vacuidad, la Ayoidad. También he nadado y me he concentrado en la técnica, en la posición del cuerpo, los gestos, la fuerza, la respiración. Ahora, nada.

Nada.

    Me digo, nada. Y nado. Si alcanzo al de delante, le supero. Si molesto, me paro en la pared y dejo pasar. Si otro nadador me increpa por cualquier cuita imaginaria, le ignoro. Llevo tapones y casi no oigo. Las gafas se empañan pronto y casi no veo. Cuento respiraciones, brazadas, metros. 10, 12, 25. Y vuelta a empezar. A veces me equivoco en el conteo pero me da igual. Veo la luz y sólo la veo. Siento el agua y sólo la siento. Mi cuerpo se cansa y paro. Mi respiración se agita y me detengo. No pienso ni siento ni percibo nada.

Nada.

    Me digo, nada. Y luego ya no. Es la hora y me tengo que ir. Buceo un poco bajo cada corchera, invadiendo las otras calles hasta que alcanzo el borde de la piscina, con cuidado de no molestar a nadie. A mí no me gusta que se me crucen cuando nado. Subo las escaleras, me quito las gafas y el gorro y me calzo las chanclas. Miro alrededor. La misma imagen metódica y aséptica, el mismo lugar, desde hace treinta años. Nada se fija en mi memoria, nada pienso, nada siento. Recojo mi toalla y mi funda y camino hacia las duchas mientras me seco un poco. No mucho, para qué, si me voy a duchar. Es un gesto inconsciente y mecánico. Entro en la ducha, una sala amplia forrada de pequeños cuadrados de azulejo con doce grifos. Cuelgo la toalla en una percha y saco el gel de la funda. Me ducho con el bañador puesto. Me da pereza quitármelo y volvérmelo a poner.

Algunas duchas no funcionan y nunca nadie las arregla.

    El agua sale fría, templada y caliente, por ese orden. Me mojo y me quito el cloro, me enjabono y me aclaro. Recojo mi toalla y mi funda, me seco todo el cuerpo y salgo al pasillo. Abro la taquilla y recupero la mochila. Entro en el vestuario y busco un hueco libre.

El banco corrido está suelto y nunca nadie lo arregla.

    Me quito el bañador y me seco de nuevo con la toalla. Regresan las conversaciones sobre política y fútbol. El hombre que canta ópera ya se ha ido y sólo escucho voces quebradas y sin fuerza. Ahora lo hago todo despacio. Antes, desde pequeño y hasta hace bien poco, tenía mucha prisa. Nadaba y corría por dentro. Ahora no. Ya no siento angustia. No siento nada.

Nada.

    Pero ya no estoy nadando. Me visto y saco el peine. Uno de plástico blanco que me llevé de algún hotel hará un millón de años. Me calzo, cierro la mochila y salgo al pasillo exterior. Me detengo frente al espejo y dibujo una raya perfecta en mi cabello, la misma desde hace tres décadas. Peino mi pelo mojado. Alguien utiliza el secador. Detesto ese ruido. Recuerdo cuando mi madre me subía a un altillo y pegaba mi cabeza a su chorro de aire caliente. Presionaba el botón grande y plateado y frotaba mi pelo para que se secara y no me constipara al salir. Ahora no me seco y nunca me constipo. También me baño en la playa después de comer y nunca se me corta la digestión. Me asomo a las ventanas y no me caigo. Camino por el pasillo y me siento ligero. Pero cuando subo las escaleras las piernas me pesan, como si volviera a tener reuma. Ya estoy sudando y miro la calle a través de las puertas de cristal. Empujo el torniquete en dirección contraria, camino unos pasos y salgo a la calle. Hace frío. El cielo es azul. No hay nadie fuera. Todo está quieto y no pasa nada.



Propuesta de correlato objetivo, Hotel Kafka.