Nina
era una mujer admirable, una mujer corriente, una doctora, que
merecía sin duda – como todos – el derecho a ser personalmente
feliz. Miraba a su
marido, tumbada en las arenas de Playa Navagio, mientras éste le
daba la espalda y – el agua azul turquesa cubriéndole hasta las
rodillas – observaba la quietud del mar y el cielo. Tras ella
reposaba un pecio abandonado, más
bien su esqueleto oxidado,
y Nina no podía dejar de pensar en el recorrido del
significado de la
palabra ilusión sobre sus vidas. Desde una esperanza cuyo
cumplimiento parece especialmente atractivo hasta la consciencia de
haber interpretado erróneamente un estímulo externo real. La
desidia disfrazada de serenidad. Encerrada en aquella playa hasta el
atardecer, cuando el ferry regresara a puerto, fantaseaba con la
posibilidad de asesinar a su esposo: empujarle por la borda,
envenenarle en el hotel o golpearle con un pesado cenicero. Él
se giró un instante y levantó la mano a modo de saludo. Nina le
devolvió un gesto con la barbilla y una sonrisa helada, sin quitarse
las gafas de sol. Después observó por unos instantes el
viejo cascarón varado, de cuyos hierros oxidados emanaban efluvios
de muerte y abandono. Tomó una piedra gris perla de suaves formas
redondeadas y la lanzó a las aguas cristalinas, muy cerca de su
marido. Éste se asustó y se giró. Ambos compartieron absortos la
observación del corto viaje que emprendió la piedra a través del
agua, mecida en un suave vaivén en caída hasta, por fin,
depositarse serena sobre las arenas blancas del fondo.
martes, 27 de junio de 2017
Playa Navagio
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Relato
Madrid, España
Madrid, España
domingo, 25 de junio de 2017
Alemania
“Él también
seguirá viviendo, como las ratas entre las ruinas. Pero vivirá. Y
mientras se está vivo siempre puede ocurrir algo”.
El viajero bajo el
resplandor de la luna (1937)
Antal Szerb
Los domingos el universo se toma un respiro, hastiado de sí mismo.
Esta poderosa ley que impera sobre la materia, la de transformar su
energía en un periplo infinito, sufre una excepción a la hora de la
siesta. Sin embargo mi mente, hoy, parece no aceptar ese descanso. La
luz cegadora del verano se filtra por las rendijas de la persiana e
imprime un misterioso código de barras horizontal contra la pared.
David duerme a mi lado, en calzoncillos, acurrucado, la almohada
empapada por la saliva densa, junto a su boca. Me levanto de la cama
y abandono el dormitorio. Camino descalza hasta la habitación de
Noah. Empujo con suavidad la puerta y la miro en
silencio. Reposa boca arriba, los brazos sobre la cabeza y los puños
cerrados, las piernas estiradas y los pies inertes, serena la
expresión del rostro, la boca pequeña entreabierta. Huele a bebé
sudado, aún siendo ya una niña bien crecida.
Me preparo un té y me lo llevo a la terraza. Me siento en la silla
de jardín y noto sus barras metálicas bajo el cojín plano y sin relleno. Dejo
la taza sobre la mesita a juego. El reloj de la plaza marca cuarenta y dos
grados. Para mí está siendo una edad abrasadora, sí. Mamá se fue
al asilo de la montaña y no regresó jamás. Soy una huérfana. Sola
en el mundo. La siguiente. Nadie me arropará ya nunca. Nadie fingirá
creer que estoy dormida cuando finja estar dormida. Nadie me
acariciará la cabeza desde arriba. Nadie me hará leche con galletas
para merendar. Nadie me acogerá en silencio, sin preguntas. Nadie me
mirará y comprenderá de veras. Alemania. Tenerlo todo y
despreciarlo por una ensoñación. A mí no se me ha perdido nada en
Alemania. Y a mi hija tampoco. Mi viaje, mi aventura en la vida,
ocurre por dentro. Todo el tiempo. Yo ya tengo mi Alemania. Todos la
tenemos, si queremos verla. Pero si miras el mundo con ojos prestados
te quieres marchar a Alemania. Tumbar de un manotazo nuestro precioso
castillo de naipes. Como si construirlo hubiera sido un pasatiempo.
Lo que pasa es que Noah y yo vivimos dentro de él, y nos gusta
mucho. Cuando la gente se marcha a Alemania, o a un asilo en las
montañas, nunca regresa. Y eso es porque se han ido antes de
emprender el viaje. Y yo me quedo sola. Un pajarito oscuro se posa
sobre la barandilla del balcón y gira su cabeza nerviosa en todas
direcciones. Canta unos segundos y desaparece, en busca de un nuevo
reposo. Recuerdo la primera vez que mi madre vio el mar. Sesenta años
dentro de ella, el mar. Una imagen en la televisión, una descripción
en un libro, un sueño de verano. Aquel agosto me la llevé, una
semana las dos solas. Noah aún no existía. Era también una imagen,
una descripción, un sueño. Mi madre caminó hasta la arena en
silencio, se sentó, lloró y no dijo nada. Después, comimos los
sandwiches que ella había preparado. Una ráfaga de aire caliente
–arde la piel– trae un envoltorio de plástico. Lo recojo del
suelo. Es rojo y brilla y es de un chupachups, y lo sujeto entre mis
dedos, y noto su tacto rugoso, y lo froto y hace frufrú y es una
música la que oigo, al menos para mí lo es, efímera, sencilla y
muy real. Lo dejo sobre la mesa, junto a la taza, pero al poco viene
otra ráfaga –ésta me resulta extrañamente gélida– y se lo
lleva.
Siento frío por dentro y regreso a mi cama. Me tumbo junto a David.
En Alemania hace mucho frío y llueve, la gente habla como enfadada;
estoy segura de que allí no hay pájaros y de que mi madre tampoco
está. La casa se me cae encima, tan en silencio, tan caliente. Yo
respiro y parpadeo, aunque ya no puedo ver el código de barras en
las manchitas de luz. Se han vuelto borrosas. Un camión de la basura
se detiene bajo nuestra ventana. Escucho el ruido del motor y el
trajín de los cubos. Un olor a gato muerto se adueña de la
habitación. Miro a David mientras duerme. Él también seguirá
viviendo, como las ratas entre las ruinas. Pero vivirá. Y mientras
se está vivo siempre puede ocurrir algo.
Propuesta de final previo, Hotel Kafka.
Propuesta de final previo, Hotel Kafka.
martes, 20 de junio de 2017
[LA IRA]
[Exploto y soy llamativa pero no existo por mí misma, soy tan sólo
una consecuencia, las glándulas suprarrenales bombeando adrenalina y
cortisol a mansalva que se incorporan a la sangre y viajan a los
músculos, al cerebro, a todas partes, tomando el control del cuerpo
y los pensamientos que se ciegan, que se anulan y se reducen a uno
solo...
Aparto la vista del libro y puedo ver a mi hijo, recién cumplidos
los seis años, jugando al fútbol contra dos chicos mucho mayores
que él. Le chulean, le torean, se ríen y marcan un gol tras otro,
despreocupados, disfrutando de su ridículo e infantil abuso. El
calor es asfixiante y el sol me da de lleno en la cabeza.
Me levanto y anuncio que me incorporo al partido. Le pido la pelota a
mi chico y chuleo, toreo y río, y cada vez que tengo ocasión chuto
con todas mis fuerzas y marco gol. Puedo ver las caras de los niños
teñidas de rencor, noto cómo se sienten víctimas, se saben
atropellados, y mi corazón late desbocado por el esfuerzo, no paro
hasta darle la vuelta al marcador y machacarlos. Son capaces de
quejarse, de relatar que se sienten abusados, un padre aplastándolos,
pero yo no los veo a ellos sino a su naturaleza, instalada en todos
nosotros desde pequeños. Les recuerdo que hace tan sólo unos
minutos ellos hacían lo mismo contra mi hijo, niño noble y sereno,
y agachan la cabeza y tragan, impotentes y rabiosos, sin
querer comprender.
...que
soy yo, activada por palabras y actos descontrolados y las más de
las veces abusivos, cuyo origen es a su vez el de otros pensamientos,
otros sentimientos, quizá otros complejos o creencias, instalados
entre la masa de neuronas y sus dendritas, ese órgano tan alabado
que es el cerebro...
Justo antes de comenzar la clase decidí que había llegado el día
en el que iba a dejarme vencer por la Señora Díaz, una
anciana poco dotada para el ajedrez pero que se había empeñado en
aprender, a estas alturas de la vida. Tras varios meses de paciente
enseñanza pensé que era el momento de
darle una pequeña alegría. Abandoné mi flanco
izquierdo, me dejé comer dos peones y un alfil y pasé por alto
varias ocasiones de acabar con sus caballos, o de comerle la reina.
Al principio disfruté de la alegría y el desenfado de sus
comentarios, pero poco a poco su tono se fue volviendo algo hiriente,
o más bien en seguida, pasó a lucir una sonrisa ladeada y en exceso
confiada, sus ojos brillantes y decididos, definitivamente
rejuvenecida, lo cual dio paso, al verme acorralado, a poner en duda
mi profesionalidad y a jactarse de estar venciéndome con excesiva
facilidad. Eres un inútil, profirió la vieja, y herví
por dentro, golpeé la mesa con la palma abierta,
apreté los dientes y no la miré más.
La di jaque mate en tres movimientos, cogí su
rey y lo estampé contra la pared. Me levanté
de la mesa sin mediar palabra, mientras escuchaba sus
insultos e improperios e imaginé cómo crujiría
su cuerpo al chocar violentamente contra el muro.
...pero que la mayor parte del tiempo es una máquina sin control que
funciona por acción-reacción y que no mide ni criba ni discierne,
permite que los pensamientos surjan, que las emociones, de origen tan
oscuro y primario, gobiernen, y que se emitan las palabras y los
actos que me activan…
Perdí mis dos piernas de crío, amputadas justo por
debajo de la rodilla. El dolor físico no fue nada comparado con el
calvario mental que hube de atravesar. Lo superé gracias a mis
zancos de titanio y al atletismo, el hombre lisiado más rápido del
mundo. Domé mis complejos y mis miedos y conseguí
dinero, fama y mujeres. Algo impensable que no estaba escrito para
alguien como yo. Hoy es San Valentín y tengo que soportar los gritos
de Sasha, una niñata consentida que juega a ser modelo
y que, ahora lo sé porque me lo ha dicho a gritos, sale conmigo tan
sólo por mi fama. Soy su trampolín, sí, quién lo iba a
imaginar, yo precisamente un trampolín, un puto
lisiado ha dicho, que se mueve en la cama como un saltimbanqui y al
que no se le empina, un engreído que no sabe valerse por sí
mismo, me grita, un mierda, mientras coge mis piernas de titanio y
las lanza al pasillo, desnuda, transformada su cara por el odio
gratuito, torrente de palabras descontroladas que buscan el
punto débil, lo atraviesan y aciertan donde más duele, porque es
allí y sólo allí hacia donde se dirigen. Se encierra
en el baño y sigo escuchando sus palabras tras la puerta, más bien
son insultos a voz en grito, y no aguanto más, no lo soporto, tan
sólo quiero que se calle y así se lo pido, también yo a gritos,
también mi cara enrojecida y mis palabras acompañadas de saliva que
se escapa violenta entre los dientes. Pero Sasha no
calla y entonces yo, el saltimbanqui, el mono de feria, me tiro al
suelo y me arrastro, ayudado de mis poderosos brazos, hasta la cómoda
y de allí saco el revólver que guardo entre la ropa interior,
introduzco las balas, lo lanzo a la cama, me arrastro de nuevo y me
aúpo, me siento a los pies que yo no tengo, amartillo y descargo
contra la puerta todas las balas mientras le grito que
se calle y detenga sus dardos, que se calle de una vez, que se calle
para siempre.
...a
mí, ese guerrero despiadado y ciego, sanguinario ejecutor de espada
de doble filo, esa dama furiosa de ojos inyectados en sangre que sólo
piensa en humillar o herir o aniquilar para que toda palabra se
silencie y todo acto cese].
Propuesta
de conflicto, Hotel Kafka.
lunes, 12 de junio de 2017
Everest
A
Roberto García Plaza y Gonzalo Crooke
“ –
¿Por qué subir montañas?
–
Porque están ahí.”
George
Mallory, 1923.
Raúl abre la cremallera de la tienda principal y entra en ella.
Afuera la ventisca es salvaje. Su cara está cubierta de nieve a
pesar de llevar la capucha puesta y cerrada. Tan sólo ha tenido que
realizar un trayecto de unos diez metros de una tienda a otra. Mira a
su alrededor y siente la derrota en los corazones de sus compañeros.
Rafa está tumbado en el suelo, sobre su saco sin abrir, hecho un
ovillo y con la mirada perdida. Benito limpia sus botas con un
cepillo de dientes, el entrecejo contraído, con cara de estar a
punto de echarse a llorar. Juan se fuma un porro mientras mira fotos
de chicas desnudas en su portátil, sentado a la mesa. Sabe que no
pueden ponerse en marcha hasta las dos de la mañana y que nadie va a
dormir hasta entonces. Sabe que el tiempo seguirá siendo infernal.
Sabe que los italianos están dispuestos a ayudarles. Las cuerdas
fijas y las escaleras en el glaciar puede que aguanten, pero más
arriba… No sabe cómo encontrarán los campos intermedios, ni si
subir servirá de algo. Mira a sus amigos y sólo ve sus debilidades
y el poderoso miedo a la muerte instalado en ellos. Nadie ha
levantado la cabeza cuando él ha entrado.
Raúl camina despacio por la tienda hasta la alacena. Sabe
perfectamente dónde está el whisky. También coge cuatro vasos de
cristal pequeños. Con el hielo no hay problema allí. Lo coloca todo
sobre la mesa mientras dedica una mirada fugaz a la chica que Juan
mira en internet y se deja envolver por el olor dulzón de su porro.
Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y saca una baraja
española.
–
¿Un mus?
Rafa y Benito no se inmutan. Juan le dedica una mirada esquiva, gesto
serio, y regresa a la pantalla.
–
Digo que si echamos un mus.
–
¿Ahora? Se te va la olla –responde Juan a través del humo azulado
que desprende su cigarro.
–
¿Y por qué no? Aquí nadie va a pegar ojo en toda la noche. Lo
sabemos todos. Prefiero echar una partida a pasármela rumiando.
Anda, apaga eso y vamos a jugar. Yo voy con Rafa. ¿Qué dices
Rafa?¿Te apuntas?
Rafa estira las piernas y los brazos y levanta la cabeza para mirar a
Raúl. Le sostiene la mirada, inexpresivo. Por fin, muy despacio, se
incorpora y, sin mediar palabra, toma asiento junto a la mesa, frente
a Raúl.
–
Vamos Benito, deja eso y vente para acá. Vas con Juan.
–
Pero es que Roberto… –responde Benito en tono lloroso.
–
Benito, deja el puto cepillo de dientes ahora mismo si no quieres que
te lo meta por el culo, y vamos a echar una partida de mus.
–
Vale hombre, vale. No hace falta que te pongas así. Si yo ya lo
había pensado antes, sinceramente–responde Benito airado mientras
se levanta y se incorpora a la mesa.
Raúl toma la baraja en sus manos, mezcla las cartas y reparte.
–
Corrido y sin señas. A ver quién es mano. De momento jugamos a una
vaca, gana el que llegue a tres juegos, ¿vale?
Nadie dice nada. Benito coge sus cuatro cartas y las mira nervioso
mientras las cambia de sitio. Juan las levanta de la mesa, les echa
un vistazo y las vuelve a dejar. Rafa ni siquiera las mira. Raúl
deja las cartas sobrantes a un lado. Pone un pedazo de hielo en cada
vaso y los llena de whisky.
–
No me apetece beber –dice Benito.
–
Sí, sí te apetece –responde Raúl.
–
Bueno, sólo una ronda, la verdad es que antes estaba pensando que un
copazo no me vendría mal.
–
Pues eso. Bebe y juega. Hablas tú.
–
Paso a grande.
Rafa
hace un gesto lateral y largo con la cabeza.
–
Y yo –dice Juan.
–
Se fue –cierra Raúl.
–
Y a chica –dice Benito.
Otro
gesto de Rafa.
–
Hala.
–
Se fue.
–
Pares no.
Rafa
niega con la cabeza.
–
No.
–
No.
–
Juego sí.
Rafa
niega de nuevo.
–
No.
–
No.
–
Creo que tengo la una… –dice Benito.
–
¿Cómo que crees? Eso no se cree. ¿La tienes o no? –responde su
compañero, irritado y sudoroso, mientras le da una calada rápida y
profunda al porro, que le hace hablar algo ahogado y nasal.
–
Tengo la una, sinceramente.
–
Vale, pues ya está. Eres mano. Reparto yo de nuevo –dice Raúl.
Raúl recoge todas las cartas y las junta con las del resto de la
baraja. Mientras mezcla, Juan le dice:
–
¿Qué vas a hacer?
–
¿Cómo que qué voy a hacer? Será qué vamos a hacer, ¿no? Pues lo
único que se puede, Juan. Subir. Hablamos de Roberto. Nuestro
Roberto. El mismo que os ha enseñado todo lo que sabéis… Anda,
corta.
Raúl deposita el mazo sobre la mesa y Juan le da un toque con su
dedo índice mientras le dedica una mirada de desdén. Raúl recupera
las cartas y empieza a repartir.
–
Rafa. Estás muy callado. Así es muy difícil ganar al mus –dice
Raúl.
Rafa
se encoge de hombros sin levantar la vista, fija en las cartas que
van cayendo frente a él.
–
Te pongo pares y juego –dice Benito.
–
¿Cómo que me pones? En todo caso te los pondré yo a ti, que soy
postre. Pareces nuevo, joder. Tú dirás, tío –responde Juan.
–
Puede que esté mintiendo… –dice Benito.
–
¿Y a quién le importa? ¿Quieres hablar de una vez? ¿Hay mus o no
hay mus? – responde Juan.
–
Bueno pues nos ponemos. Paso, hasta mi compañero.
Rafa
hace otro gesto lateral con la cabeza.
–
Dos –dice Juan.
–
Y dos más –contesta Raúl.
–
Se ven –cierra Juan con sonrisa taimada, como si calculara
habérselo llevado todo.
–
Paso a chica.
Gesto
de Rafa.
–
Y yo.
–
Se fue.
–
Pares no –dice Benito.
–
¿Cómo que pares no?¿Te cortas tu propia mano sin pares? Menuda
pareja me he echado… –dice Juan mientras niega con la cabeza
agachada.
–
Sinceramente, creía que les ibas a echar todas a grande y a chica…
–responde Benito.
–
Anda, cállate. Cállate y juega –dice Juan.
Rafa
hace rato que ha hecho un gesto de afirmación visiblemente marcado
para todos.
–
Pares sí –dice Juan.
–
Sí –responde Raúl mientras le mira sereno a los ojos.
Juan
le sostiene la mirada mientras echa cálculos. Piensa en cuánto debe
arriesgar y qué gana él con ello.
–
Cuatro –dice.
–
Todas –responde Raúl al momento.
Juan
parpadea fuerte e inclina levemente la cabeza hacia atrás, le da
otra calada a su porro y mira a Benito un segundo. Este lo toma por
una invitación a opinar.
–
Llevará dos seises. O dos sietes. Va de farol. Le ves el órdago,
Juan. O quizá no. A lo mejor va cargado de cerdos, unas medias, o
un duplex. Sinceramente, tú decides por los dos, tío.
–
Puffff –responde Juan mientras agacha la mirada en un gesto de
desprecio, hartazgo o condescendencia.
–
Todas –repite Raúl con firmeza–. Ya sabes que yo siempre voy
preparado y apuesto fuerte, chaval.
–
No siempre tío, no siempre… Mira hoy… –responde Juan con una
sonrisa irónica.
–
El pasado ya no cuenta, Juan. Lo que importa es lo que hacemos aquí
y ahora, en cada momento. O lo que pensamos hacer en el futuro. Lo
que pasa es que a veces no hay cojones para afrontar la realidad.
Todas, he dicho. Todas.
–
Está bien, Raúl. Se ven. Medias de pitos de primera mano. ¿Qué me
dices ahora, eh? –dice Juan con el cigarro colgado de sus labios,
sin vocalizar, sonriente –enseña ya lo que tienes, anda.
Juan pone la mano sobre las cartas de Raúl y las baja hasta la mesa.
–
¡Ja! Dos cincos. ¡Lo sabía! ¡Sabía que ibas de farol!
Raúl le deja que se carcajee unos segundos. Juan inclina su silla
hacia atrás y se lleva las manos a la tripa mientras se ríe y apoya
una bota sobre el borde de la mesa.
–
Medias de reyes – habla por fin Rafa mientras deja sus cartas sobre
la mesa.
–
¿Qué…? –deja de reír Juan, se inclina para ver las cartas, las
separa incrédulo para verlas bien – Pero…
–
Lo sabía… –dice Benito– yo ya lo sabía.
–
Una simple seña, Juan –dice Raúl –. Ese mordisquito lateral que
te has perdido. Demasiados trócalos, demasiado fanfarrón…
–
Eso mismo estaba pensando yo antes de que tú lo dijeras –dice
Benito.
–
¡Cállate! –le responden sus tres amigos, al unísono.
Se quedan todos en silencio por un segundo, mirándose sin pestañear,
y después estallan en carcajadas. Raúl toma su vaso y lo levanta.
–
¡Por Roberto!
–
¡¡¡Por Roberto!!!
–
Anda, id preparando las cosas. Ya queda poco para empezar a subir.
miércoles, 7 de junio de 2017
Nada
Comencé a nadar en la piscina poco después de su inauguración con
motivo de los mundiales de natación de 1986. Yo tenía diez años.
Llevo, por tanto, más de treinta años entrenando aquí, aunque
durante algunos períodos lo haya dejado un poco de lado. En esta
piscina aprendí a nadar y a tirarme de cabeza, después del colegio.
No hice ningún amigo ni recuerdo casi nada de aquellos primeros
años, excepto quizá un sentimiento. La angustia que me producía el
hecho de ir encajado entre otros dos nadadores, uno delante y otro
detrás haciendo espuma con sus patadas y brazadas, a un ritmo
frenético que me impedía respirar, recuperar el resuello. También
recuerdo que salía agotado del agua, me dolían los huesos. Padecí
reuma infantil. Llegaba a casa muerto de hambre y deseoso de meterme
en la cama. No sé cuántos años aguanté. Para mí aquello era una
tortura. Después, ya adulto, en algún momento, volví. No recuerdo
cuándo.
La
rutina siempre es la misma.
Traspaso las puertas automáticas de cristal y penetro en un ambiente
de calor húmedo sea cual sea la estación del año. Dejo atrás mi
vida y el mundo por un rato, pase lo que pase en ellos. Saco mi
carnet y lo paso por la ranura. Empujo el torniquete metálico y bajo
por las escaleras. Algunas veces hay competiciones de natación, de
water polo, de sincronizada o de saltos. En esos momentos detesto
estar allí. No soporto las aglomeraciones de gente, los gritos, los
empujones, el sudor, la tensión latente en cada mirada, en cada
cuerpo… La mayor parte de los días está más o menos tranquilo.
Una vez abajo, camino por un pasillo amplio con espejos y secadores
de pelo. Estos hacen mucho ruido cuando alguien los utiliza y eso me
molesta, me irrita. Siempre me cambio en el mismo vestuario. Sus
paredes están formadas por paneles de tarima blanca que no llegan al
suelo ni al techo. Por las mañanas me cruzo con multitud de
jubilados, algunos malhumorados, los más de ellos dicharacheros o
algo ausentes. Siempre hablan de lo mismo, como todo el mundo.
Política, fútbol. Completamente desnudos. A gritos. Las mismas
conversaciones huecas, o mejor dicho, que rellenan el hueco de la
vida, en la que realmente casi no hay nada que merezca la pena ser
dicho. Palabras repetidas, tópicos, frases hechas, bromas manidas,
lugares comunes… nada con sustancia, ni inteligencia, nada
personal, ni original. Ningún esfuerzo mental por parte de nadie.
Aunque quizá no sea el lugar para hacerlo. Me pregunto cuál lo es.
La
rueda gira, la vida continúa.
Me desnudo y me pongo el bañador, ajustado a cintura y muslos, por
encima de la rodilla, para que no haga resistencia al nadar. Saco de
mi mochila las chanclas y me las calzo, ya se sabe, por los hongos.
Me paso las gafas por la cabeza y las dejo reposar alrededor del
cuello. Llevo el gorro de tela en la mano y una toalla pequeña y
amarilla sobre los hombros. También una funda transparente, la de
las gafas, donde guardo los tapones para los oídos, un bote pequeño
que contiene gel de ducha y el candado de la taquilla con su
correspondiente llave. Guardo mi ropa y mi calzado en la mochila y
abandono el vestuario. El pasillo que da acceso a las piscinas, a los
baños y a las duchas se encuentra forrado por cientos de taquillas,
todas iguales y numeradas. Escojo una libre, guardo mi mochila y le
pongo el candado. Casi siempre me cruzo con un anciano calvo, gordito
y bajo que canta opera a voz en grito, garganta engolada y colocada,
como si estuviera él solo, sin importarle lo más mínimo si eso
puede molestar a los demás, si pensamos que lo mejor es permanecer
callados, si echamos de menos y ansiamos el silencio.
El recinto de las piscinas es enorme. A mi espalda y sobre mí se
encuentran las gradas, con sus asientos de plástico amarillo. A la
izquierda, y tras una pared de cristal, la piscina infantil. A la
derecha, al fondo, la piscina de saltos. Recuerdo cuando salté desde
el trampolín de hormigón, siendo un niño, y tuve miedo. Frente a
mí, la piscina de natación. Cincuenta metros separados por un
murete móvil para aprovechar mejor el espacio y que se puedan
impartir más clases. Las corcheras, rojas en los extremos y
amarillas en el centro, dividen once calles, frente a las ocho
oficiales. La pared que se encuentra frente a mí está compuesta por
cristales de unos tres pisos de altura por los que entra la luz
natural y a través de los cuales se ven las copas de los árboles
del parque y el cielo. Camino por el suelo húmedo y resbaladizo y me
cruzo con los mismos monitores año tras año. Nos miramos sin decir
nada. Siempre las mismas caras inexpresivas. La mayoría están
gordos y no durarían ni diez minutos en el agua pero son capaces de
enseñar a otros a nadar y de dirigir una clase con cierta autoridad,
la cual reside tan sólo en su tono de voz. A veces se juntan y
escucho sin querer sus cuitas laborales y no digo nada. Los ancianos,
en el agua, reciben su clase. Tienen las piernas finas e inflexibles.
Los brazos delgados y la piel flácida y moteada. Su tronco es grueso
y nadan muy despacio.
Deposito mi toalla y mi funda sobre el asiento de una pequeña grada.
Siempre es la misma. Me aproximo al borde de la piscina y me
descalzo. Camino hasta mi calle, una de las de nado libre. Me sitúo
frente a ella y miro el reloj digital de la pared, allí en lo alto,
para tener una referencia de cuánto tiempo voy a estar nadando.
Después, me pongo el gorro de tela con la cara del Joker en la
cabeza y los tapones naranjas de silicona en los oídos. También las
gafas con cristal de espejo. A veces se me salta el gorro al apoyar
su goma en el cogote y tengo que volver a ponérmelo todo. Me
fastidia mucho. Miro el agua, de ese color azul caribeño que no deja
de atraerme. Dejo pasar un nadador y espero hasta que se aleja.
Entonces me lanzo al agua, de cabeza. Siempre lo mismo, desde hace
décadas. Salto lo más lejos que puedo sin hacer esfuerzo. Me
zambullo y buceo con los brazos estirados y las manos de lado, una
sobre la otra. Es la forma en la que se crea menos resistencia frente
al agua. Junto las piernas y doy patadas de sirena. Miro al fondo de
la piscina y siento como si volara. Pienso que es así como deben
sentirse los pájaros cuando planean en el aire. Haciendo un leve
esfuerzo, aprovechando el impulso del viento. Aguanto todo lo que
puedo. Por fin, asomo la cabeza y me pongo a nadar a crawl.
Patada continua y leve. Estiro los brazos como si quisiera alcanzar
algo que está lejos y respiro siempre por el lado derecho. Tengo una
contractura permanente en esa parte del cuello. Los brazos hacen
palanca bajo el agua, la palma de la mano abierta y los dedos tensos
y juntos para no disipar la fuerza.
Veinticinco
metros y vuelta. Veinticinco metros y vuelta. Veinticinco metros y
vuelta.
Apoyo mis pies contra el muro para darme impulso y recorrer toda la
parte roja del corchete, estirado. Respiro diez veces por largo. A
veces voy deprisa. Otras no. No me interesan las marcas, ni mejorar.
Solo nado. Hubo un tiempo en el que nadaba y pensaba. Nadaba y
creaba. Nadaba y planificaba. En otra época nadaba y recordaba, o
nadaba y urdía contra los que me hacían daño. En otro tiempo,
nadaba y meditaba. Las Cuatro Nobles Verdades, la Vacuidad, la
Ayoidad. También he nadado y me he concentrado en la técnica, en la
posición del cuerpo, los gestos, la fuerza, la respiración. Ahora,
nada.
Nada.
Me digo, nada. Y nado. Si alcanzo al de delante, le supero. Si
molesto, me paro en la pared y dejo pasar. Si otro nadador me increpa
por cualquier cuita imaginaria, le ignoro. Llevo tapones y casi no
oigo. Las gafas se empañan pronto y casi no veo. Cuento
respiraciones, brazadas, metros. 10, 12, 25. Y vuelta a empezar. A
veces me equivoco en el conteo pero me da igual. Veo la luz y sólo
la veo. Siento el agua y sólo la siento. Mi cuerpo se cansa y paro.
Mi respiración se agita y me detengo. No pienso ni siento ni percibo
nada.
Nada.
Me digo, nada. Y luego ya no. Es la hora y me tengo que ir. Buceo un
poco bajo cada corchera, invadiendo las otras calles hasta que
alcanzo el borde de la piscina, con cuidado de no molestar a nadie. A
mí no me gusta que se me crucen cuando nado. Subo las escaleras, me
quito las gafas y el gorro y me calzo las chanclas. Miro alrededor.
La misma imagen metódica y aséptica, el mismo lugar, desde hace
treinta años. Nada se fija en mi memoria, nada pienso, nada siento.
Recojo mi toalla y mi funda y camino hacia las duchas mientras me
seco un poco. No mucho, para qué, si me voy a duchar. Es un gesto
inconsciente y mecánico. Entro en la ducha, una sala amplia forrada
de pequeños cuadrados de azulejo con doce grifos. Cuelgo la toalla
en una percha y saco el gel de la funda. Me ducho con el bañador
puesto. Me da pereza quitármelo y volvérmelo a poner.
Algunas
duchas no funcionan y nunca nadie las arregla.
El agua sale fría, templada y caliente, por ese orden. Me mojo y me
quito el cloro, me enjabono y me aclaro. Recojo mi toalla y mi funda,
me seco todo el cuerpo y salgo al pasillo. Abro la taquilla y
recupero la mochila. Entro en el vestuario y busco un hueco libre.
El
banco corrido está suelto y nunca nadie lo arregla.
Me quito el bañador y me seco de nuevo con la toalla. Regresan las
conversaciones sobre política y fútbol. El hombre que canta ópera
ya se ha ido y sólo escucho voces quebradas y sin fuerza. Ahora lo
hago todo despacio. Antes, desde pequeño y hasta hace bien poco,
tenía mucha prisa. Nadaba y corría por dentro. Ahora no. Ya no
siento angustia. No siento nada.
Nada.
Pero ya no estoy nadando. Me visto y saco el peine. Uno de plástico
blanco que me llevé de algún hotel hará un millón de años. Me
calzo, cierro la mochila y salgo al pasillo exterior. Me detengo
frente al espejo y dibujo una raya perfecta en mi cabello, la misma
desde hace tres décadas. Peino mi pelo mojado. Alguien utiliza el
secador. Detesto ese ruido. Recuerdo cuando mi madre me subía a un
altillo y pegaba mi cabeza a su chorro de aire caliente. Presionaba
el botón grande y plateado y frotaba mi pelo para que se secara y no
me constipara al salir. Ahora no me seco y nunca me constipo. También
me baño en la playa después de comer y nunca se me corta la
digestión. Me asomo a las ventanas y no me caigo. Camino por el
pasillo y me siento ligero. Pero cuando subo las escaleras las
piernas me pesan, como si volviera a tener reuma. Ya estoy sudando y
miro la calle a través de las puertas de cristal. Empujo el
torniquete en dirección contraria, camino unos pasos y salgo a la
calle. Hace frío. El cielo es azul. No hay nadie fuera. Todo está
quieto y no pasa nada.
Propuesta
de correlato objetivo, Hotel Kafka.
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Relato
viernes, 26 de mayo de 2017
Pasión
A
Jimena y Darío
“Crear
un personaje es reconstruir la biografía de alguien que todavía no
existe”
Andrés
Neuman
El
equilibrista
DÓnde están mi pasión
y tu serenidad, querida hermana. Mi pasión anida toda en ti y en mí
tu serenidad, bien lo sabemos los dos. Porque es cierto que soy un
hombre sereno, como tú dices, y satisfecho, ya sé que a veces hasta
te molesta. Hablo poco y escucho, voy a lo mío, que es sano,
predecible y pausado. Tú tienes toda mi pasión y está bien que así
sea. Siempre me has hecho reír y has inventado la vida para mí.
Nunca me has cuidado, no se trata de eso, de proteger al hermano
pequeño, sino que más bien me has regalado intensidad, sobresaltos,
algarabía. Porque contigo nadie se aburre. Tu mente es brillante, tu
imaginación poderosa, tu carácter rotundo. Tu mirada se ilumina
siempre que te aparece en la cabeza una nueva ocurrencia. Has tirado
de mí hacia tus casas encantadas hechas con cojines o me has
convertido en el cliente de tus hoteles de ensueño. Me has escondido
bajo las mantas y me has pedido el silencio que ya te había dado, o
tras una cortina blanca y traslúcida que no oculta sino que más
bien atrae al que busca para que tú escapes. Siempre has tirado de
mi camiseta, ordenándome a gritos, y si alguna vez me he quejado, ha
sido con la boca pequeña; después, me he dejado hacer.
REconozco en ti el
fuego que otros no ven, porque no a cualquiera lo ofreces. Mujer
laboriosa, trabajadora y esforzada, metódica sin exceso, algo
desordenada por contra. Sabes ser seria, hasta te gusta, así
mantienes a raya a los indeseables. Recuerdo cuando nuestro padre te
enseñó a no apartarte en las aceras, a mantener la espalda recta y
la mirada firme y confiada, sabedor de que un carácter fuerte sigue
siendo el mejor arma que una mujer ha de poseer para afrontar el
mundo. También sé que temes al Mal y eres prudente a causa de ello.
MI papel en tu vida de
fuego siempre ha sido el de atemperarte y ser ejemplo de serenidad
con mi mera presencia. Creo que a veces me consideras un simple pero
a mí me da igual, yo te quiero tal como eres, incluso cuando me
llamas tonto o me zarandeas. Porque sé que sencillamente eres así y
se te pasará. Tan sólo es otro arranque de pasión. Porque sí, tu
pasión es tu luz y tu condena. Tu energía arrolladora, tu ilusión
determinada y sin control son tu faro y tus esposas. No existe ya
nadie como tú, querida hermana, y por eso brillas y atraes a hombres
y mujeres por igual, a causa de esa mirada luminosa y creativa y esa
manera de utilizar el lenguaje que a todos contagia de tus sueños.
FÁcil es seguirte,
inevitable diría yo, pero menos lo es permanecer a tu lado. Naciste
en un mundo de polillas atraídas por la luz, que pronto mueren por
su llama. La gente hoy en día no es como yo, hermana – cocinado
por ti a fuego lento –, ni tampoco han sido moldeados desde
pequeños. Las personas son de mentira, de usar y tirar, todo lo que
dicen, o hacen, sienten o piensan, dura muy poco. Ahora todos son
personajes, son de cartón, nacidos en la abundancia y la
complacencia. Ya nadie acompaña en viajes y sueños que conlleven
esfuerzo y rechinar de dientes, sino que se dejan llevar mientras
alguien pilote el timón durante la tormenta.
SOLa te sientes
entonces, porque yo sé que tú ansías compañeros de viaje, no
deseas ni te conformas ni te apañas con seguidores ni dueños, sino
que anhelas compartir la vida junto a gente apasionada. Crees que
necesitan una ayuda para encender su fuego, y piensas que cuando la
llama prenda, vendrán a tu lado y serán a su vez tu calor, tu
sueño, tu escudo y tu lanza. No sabes que en el corazón humano
anidan la pasividad y la desidia y que ya ningún sueño arde si no
lo prenden y avivan otros.
LA
verdad de ti está en tus manos. Tus dos manos hermosas que
han guiado mi vida durante estos cuarenta años. Las regordetas de la
niñez, inconclusas en la pubertad, estilizadas en la madurez. Esas
manos y esos dedos que buscan tocar el mundo y transformarlo, siempre
ocupadas, que son el instrumento hábil de tu inteligencia y de tu
imaginación. Esas manos que demuestran su cariño y su amor no con
caricias y abrazos, nada dada eres a ellos, sino curando a los
enfermos o creando la risa y la ilusión y la sorpresa con tus
trucos de magia – desaparece la moneda, la carta, el anillo, el
ego, y de pronto está en la oreja que cuelga de la sorpresa y el
desconcierto, o de tu ilusión que es la suya –, o acariciando las
teclas de un piano mientras alumbras un escalofrío de placer en la
espalda del que escucha. Esas manos que son fuertes y femeninas al
mismo tiempo, y que se acorchan sobre tu cabeza cuando sueñas
confiada y segura de ti tendida en la cama o descansas bajo el sol en la
piscina y ahorras latidos y sangre para tus momentos salvajes.
SI me das la mano yo te
sigo, y nunca me la das pero te sigo igual. Porque sé que muchas
veces te derrumbas ya que nadie es como tú y siempre te decepcionas
y te entristeces y enfadas, y entonces es también grande tu pasión
destructiva. Te apagas y se te va la vida y te hundes y me necesitas
y me buscas y me encuentras. Porque tu hermano pequeño, recuerdas,
guarda como un tesoro toda tu serenidad y la protege en una cajita
que es para ti sola, toda para ti, tu mi luz y mi fuego que me dan la
vida y yo tu sostén y tu muleta y tu paz cuando la necesitas. Yo tu
escudo y tu mi lanza. Ese contento sereno que poseo y que tanto te
enfada y que es tu guarida secreta cuando descubres de nuevo que
nadie ha puesto su mano junto a la tuya sobre el timón. Sólo a mí
no quema tu fuego y sólo a mí perdonas mi ausencia de pasión,
porque sabes que la tienes tú toda.
DOnde bailan siempre
tus manos es sobre las teclas del piano, fluye tu pasión por esos
dedos finos y alocados y penetra en el instrumento, le arranca
melodías que siempre han hablado de ti aunque las escribieran otros,
y ahí callas, sólo ahí calla tu lenguaje que ilusiona y atrae e
hipnotiza pero que no retiene, es sólo entonces cuando conectas con
el corazón de las personas que están sentadas y escuchan, cada uno
en su papel, tú activa y ellos pasivos, único momento en el que eso
no te decepciona sino que permite que mi serenidad entre en ti y yo
me destroce las manos a aplaudir, loco de pasión.
viernes, 19 de mayo de 2017
Paciente
Cómo iba nadie a prever semejante desgracia ni ninguna otra que nos
sobrevenga. Nuestra vida pende del hilo del azar pero vivimos como si
fuéramos inmortales y como si nuestros más allegados poseyeran a su
vez semejante don. Pero ahora nada puede remediar que Roberto está
muerto. Lloro todo lo que acumulé en nuestros cinco años de
matrimonio, en mi dormitorio, oculta a los ojos de las niñas - siempre niñas -, que
ven una película en la televisión del salón. Me derrumbo por
fin a solas en esta lujosa habitación, en esta casa de tres plantas
con jardín, en esta exclusiva urbanización que habremos de
abandonar porque siempre nos quedó grande.
Repaso de manera obsesiva los acontecimientos de aquel día aciago.
Roberto apareció empapado bajo el umbral de la puerta, asediado por
una lluvia torrencial. Había venido en taxi y sin paraguas. Estaba
calado hasta los huesos, la camisa blanca ahora transparente pegada a
su cuerpo, y parecía derrotado, hundido por los acontecimientos. Le
permití pasar y le ofrecí una toalla y un secador de pelo en un
vano y educado intento de evitarle un resfriado o algo mucho peor. Le
invité a sentarse en el sofá, uno de esos objetos compartidos que
perduran a través de los años de ausencia por mera utilidad.
También por la pereza que él mismo acoge cada atardecer, tras una
dura jornada. Roberto había dormido allí muchas noches, cuando
regresaba de madrugada completamente borracho. Ahora se sentaba en él
para utilizarlo a modo de confesionario improvisado.
Éramos muy jóvenes cuando Roberto convirtió mi vida en un
infierno. Llegaba todos los días bebido y drogado a casa y me
pegaba. Nuestras hijas son fruto de dos violaciones. Me convertí en
una sombra de mí misma, una pelele en sus manos y en las de sus
desprecios. Me convenció de que yo era basura y de que merecía ser
tratada como tal. No soportaba estar ni un minuto con sus hijas y
pronto comenzó a golpearlas y a gritarlas también. Se lamentaba de
su suerte, rodeado de mujeres inútiles y estúpidas. Sin embargo, un
día cualquiera ya no volvió más. Había conocido a una chica
preciosa y salvaje que imponía su ritmo desenfrenado por encima del
de Roberto. Desaparecieron él y su dinero, y tuve que apañármelas
como buenamente pude. Fueron años muy duros, de trabajo y soledad.
Soy una mujer paciente. Poseo la virtud de resistir y saber
esperar. Nunca tuve una mala palabra hacia él delante de las niñas.
A veces pienso que sería mejor no pensar ni decir ni hacer nunca
nada, cuando se piensa o dice o hace – siempre – cobran vida las
palabras y los actos y ya no nos pertenecen, vuelan solos para ser
tamizados por otros y, las más de las veces, regresan a nosotros
transformados en interpretaciones que nos interpelan o requieren, que
nos refutan o critican, que nos ponen en duda o insultan o pretenden
de nosotros atención y escucha y cariño cuando no deseamos darlos.
Al cabo de muchos años Roberto reapareció en nuestras vidas. Más
bien en la mía, ya que comenzó a visitarme cuando las niñas no
estaban – facultad, novios, viajes, fiestas, nunca estaban – El
tiempo le había convertido en un hombre maduro y aún más adinerado
y exitoso y arrogante que había dejado la bebida y la cocaína atrás
en un centro de rehabilitación y había superado sus traumas gracias
a un buen psiquiatra y a una pastilla diaria. Débil de carácter,
acepté su regreso y mi nuevo papel de confidente, de vieja amiga,
como si todos los golpes e insultos, la rabia, el desprecio, la
humillación, no hubieran existido jamás.
Aquel fue otro día más de los muchos en los que buscaba refugio
cuando las cosas se le torcían. Había descubierto una infidelidad
de su nueva y flamante esposa, veinte años más joven que él, con
un compañero del trabajo. Me pidió que le sirviera un güisqui
entre sollozos y le recordé que no debía beber. Entonces se levantó
repentino y brusco, agarró mi muñeca con fuerza y me gritó que le
pusiera un güisqui, coño. Tuve miedo, regresaron a mi mente los
fantasmas del pasado, se lo serví. Elegí el vaso más grande, lo
llené hasta el borde con ese líquido ambarino, veneno para los
impulsos que transmiten las neuronas. Después Roberto contó y yo
escuché. Explicó y consolé. Se lamentó y le apoyé. Bebía y
hablaba, y volvía a beber, y yo, autómata que asiente y regala su
oído y rellena la copa. Cada vez que él dedicaba una mirada fugaz a
su vaso vacío yo rellenaba la copa, como antaño, pobre de mí. Su
cara crispada y embotada, sus gestos agresivos, sus palabras
hirientes, ese anillo que tantas heridas había infligido en mi cara
y en mi cuerpo agitándose frente a mis ojos en su dedo, ese que se
levanta y dicta cómo ha de ser el mundo. El olor del alcohol y el
sudor mezclados, tan familiar el efluvio del pasado doloroso, el
ambiente se carga, y dentro de mí crece el miedo a lo que va a
pasar… Relleno la copa, avivo la llama, incendio el cerebro que es
ya maduro y aún más torpe, emborracho un cuerpo compuesto ahora de
músculos flacos y débiles, de fajas de grasa amarilla y
persistente, de vísceras gastadas y carcomidas por los excesos.
Roberto dijo que se marchaba y yo no se lo impedí. Aún me daba
miedo. Me pidió mi coche, no vivía lejos, me lo traería al día
siguiente. Le entregué las llaves y él salió tambaleándose a la
noche torrencial y desapareció conduciendo calle abajo.
Yo fui al baño y tomé mi antidepresivo. Esa pastilla que me
mantiene viva y ausente desde hace veinte años. La que consigue que
exista como si mi vida le pasara a otra, que embota el pensamiento y
el habla y la misma acción que ellos conllevan y me libra de decidir
si vivo o muero, o de hacerme responsable de lo que yo piense, diga o
haga, incluso de darme por enterada de las voluntades, palabras y
actos de los otros. Los recuerdos y el dolor fueron desapareciendo
poco a poco, se diluyeron en ese placentero vaivén que acuna y
acurruca el cuerpo sobre la cama sin abrir. Reconozco que lo mezclo
todo, que ya no distingo. Mis dos matrimonios fallidos son para mí
una única masa de sufrimiento. Olvidé decirle que las luces del
coche estaban rotas y que no somos inmortales.
Hoy tomo también mi pastilla como cada día y lloro porque la vida
siempre ha dolido y duele también la muerte. Aunque ya me he
acostumbrado. Soy una mujer paciente.
Propuesta de narrador tendencioso, Hotel Kafka.
Propuesta de narrador tendencioso, Hotel Kafka.
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sábado, 13 de mayo de 2017
ANTÁRTIDA 2666
Para el Bestiario de Hotel Kafka.
No se conoce la angustia hasta haber estado bajo una masa de hielo de
dos mil metros, una fila de hombres armados enclaustrados en un
angosto pasillo de paredes azul fluorescente a la luz de los
frontales – excavado por potentes tuneladoras sobre escalinatas
antiguas –, sudorosos bajo sus uniformes en un mundo seco de piedra
hecha de agua, ojos desmesurados y fijos tras el vaho que se acumula
en la máscara que les permite respirar de sus bombonas de aire, la
adrenalina fluyendo hasta los dedos crispados sobre la superficie del
fusil láser.
No se conoce un corazón desbocado hasta haber hallado la primera
pared de roca y encontrar sobre ella una puerta blindada que se funde
con un cañón Magmax y que habla de seres que no desean ser
visitados, alerta ante la llegada sabida, rumiando tu futura muerte
por su mano en rincones oscuros en los que el tiempo se detuvo.
No se conoce el espanto hasta haber sentido una garra palmípeda y
peluda de tendones poderosos que estrangula tu cuello desprotegido
emergiendo desde las sombras, y cuya fuerza no cesa hasta que no
hundes tu Knlive en su pierna y la atraviesas con facilidad y
percibes su forma plana, aplastada y fibrosa.
No se conoce el asco, la repulsa y la náusea hasta reducir a ese ser
que tiene algo de humano y se le inspecciona con detenimiento, la
intención metódica y militar de conocer al enemigo. La luz de las
linternas dibuja una faz que desconoce los espejos, la frente y las
mejillas ausentes bajo masas de pelo sucio, del cual emergen dos
orejas desmesuradas con las que parece ver, que guían sus gestos
ante el más mínimo ruido, una tos, una respiración profunda,
alguien que se rasca la barba. Porque se adivinan dos bultos donde
debieran estar los ojos, ocultos por párpados que se han sellado,
ojos que aún así sienten dolor ante las ráfagas de luz artificial
que hacen que la bestia se retuerza y gima, sufra a causa del
estímulo abrasador de un nervio inútil pero todavía no cribado por
la selección natural, como si se mantuviera alerta ante una
expectativa latente, como si la esperanza fuera el último
sentimiento humano, esa señal de supervivencia que emiten los genes.
La nariz grande, provista de un único orificio – adaptada para
capturar el oxígeno mínimo, escondido en una atmósfera viciada –,
se satura con nuevos olores intensos, lo reflejan las contracciones
de su cara deforme, y esa boca disminuida y abultada, succionadora,
de la que asoma compulsiva una lengua fina y larga que busca la roca,
ansiosa por lamerla y conseguir alimento, minerales y agua y
microbios. Y de ahí quizá provenga el cuerpo famélico, es posible
que por la fuerza de la gravedad aquí tan intensa ese cuerpo sea
aplanado y reptiliano, si le soltáramos se marcharía eléctrico,
reptando, ayudado por unas extremidades que se han acortado y
transformado a tal fin.
No se conoce el poder de la Naturaleza que deforma la carne y los
sentidos de lo poco humano que sobrevive, y que se manifiesta porque
ese monstruo habla en una lengua atávica, diluida como todas en el
idioma global, una lengua agresiva y feroz que perdura en imágenes
ya casi olvidadas y que representa el odio y la muerte, que emana de
una boca sin dientes y que no entendemos pero que sentimos cargada de
resentimiento y locura.
No se conoce el virus destructivo de las ideas hasta haber penetrado
en una caverna sepultada por kilómetros de hielo y hallarla
habitada por mutaciones deformes que sobreviven bajo una enorme tela
roja, la esvástica que nadie ve presidiendo un mundo fétido e
irreal, una colonia de seres infectos que se disponen para la
batalla.
No se conoce la maldición que encierran los sueños salvajes hasta
haber encontrado a la raza aria de un Reich que ha perdurado casi mil
años.
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lunes, 17 de abril de 2017
El triste caso de Luz y el Universo que conspira. Detective Marco.
I
No conseguía sacarme aquella soberana soplapollez de la cabeza, y el
caso es que tampoco entendía el por qué. “Cuando quieres
realmente una cosa todo el Universo conspira a tu favor”. Universo,
así, con mayúscula, como se escribe Dios, o España, o Virtud.
Elevado a categoría de nuevo credo del siglo XXI. Hordas de
consumidores adquirían montañas de libros ensuciados con semejante tipo de ideas.
Sus ojos brillaban de ilusión y, por un tiempo – corto – se
creían poseedores de una verdad iluminadora y consideraban al resto
de la Humanidad – también con mayúscula – unos tristes y unos
ignorantes. El maldito Universo dotado de capacidad, como la de un
ser humano, o más bien la de un dios con características humanas –
el único tipo de dios que existe, el único que nuestra mente es
capaz de concebir –, por medio de la acción de un verbo, conspirar. Sí,
conspirar. En un alarde de imaginación buenista el autor de la frase
despojaba a ese vocablo de su significado y le transfería una
sensación de acogimiento, como si tuvieras de tu lado al Gran
Mafioso Universo, entregado en toda su infinitud a que ocurriera lo
que el puto niñato o niñata mimados y débiles de turno desearan
desde su cálido dormitorio de paredes azul clarito y pósters de
colores. Tampoco conseguía deshacerme del tufo a pasividad. No te
preocupes, no muevas un dedo, sonríe y sé amable, que ya está aquí
el Universo para satisfacer todos tus deseos.
El atardecer caía a plomo sobre la ciudad y la verdad es que mis
pensamientos eran tan oscuros como las alargadas sombras que
proyectaban los edificios viejos y descoloridos del otro lado de la
calle. Llevaba todo el día encerrado en casa, apagado y aplastado
como una colilla que solo se ha fumado hasta la mitad. Sin vida en el cuerpo,
sin claridad en la mente, sin fuerza en el alma. Reposaba sobre las sábanas arrugadas como lo
haría una lata de conserva usada en el fondo de un cubo de basura,
soportando el insufrible rugido del tráfico de esta inmunda ciudad
en su perenne hora punta, mientras las ambulancias aullaban
desgarrando el aire con su alarma, estridente ángel anunciador de la
tenebrosa cercanía de la guadaña . Encendí otro cigarro y lo fumé
como el que desea que sea el último, uno de esos que en vez de
asesinarte lentamente lo hiciera por medio de un golpe de veneno
letal. Lo aplasté contra el borde del cenicero y su cuerpo magullado
se sumó a la montaña de colillas que ocupaban su oquedad como si
fueran un montón de cadáveres apilados. Tomé el marcapáginas y lo
dejé caer entre dos hojas de La ley del silencio. Me puse los
pantalones y arrastré los pies hasta situarme frente al espejo. Una
masa de pelo y barba alborotados enmarcaban un rostro triste,
invadido por enormes ojeras y un rictus de desprecio por la vida
dibujado en los labios.
Pobre muchacha. Algunos recuerdos brumosos de la infancia acudían a
mi cabeza embotada. Podía verla corriendo por toda la casa en las
escasas reuniones familiares. Adultos serios, suspicaces, pequeños,
reunidos en torno a una mesa repleta de comida, preparada de mala
gana, mientras los niños jugábamos despreocupados y felices. Ella
siempre fue atolondrada y soñadora. Sus padres eran una masa de
derrota y resentimiento frente al mundo y ella creció elaborando un
desesperado discurso antagónico frente a esa tristeza de vivir. O
al menos eso creo yo. Se convirtió en una de esas crías que creen
que el Universo conspira a su favor. Todo le hacía ilusión,
cualquier cosa le parecía una aventura. No veía el peligro; no
percibía el engaño, las hábiles sutilezas que impregnan las mentes
del alud de seres egoístas que pueblan este maldito Universo, que,
de hecho, lo conforman. Son el único Universo real que conocerá la
insignificante existencia de otra personita más. Mi prima Luz. No
medía. Vivía a pecho descubierto, y le atraía lo diferente, lo
excitante, porque era tan simple que veía en ello la intensidad de
la vida, otra aventura en la que el Universo conspiraría en su
mierda de favor infantil y ñoño.
Su cuerpo apareció flotando en el río un amanecer que a mí se me
antojó lluvioso y frío, aunque creo que lucía un sol espléndido –
quizá el viento helado y la tormenta se habían instalado en mi
corazón –. Era una masa deforme, hinchada y violácea. No terminé
de reconocerla hasta que tuve en mis manos el collar con el símbolo
del Om y su nombre escrito en el anverso. Luz. Se lo devolví al
inspector, un viejo conocido, y me fui a casa caminando junto a
ese río putrefacto que cruza la ciudad, escondido tras un parque
fluvial que hace las veces de envoltorio de un regalo que apesta a
carne podrida. Lloré con la cabeza baja, apretando los dientes,
sintiéndome mucho menos solo de lo que en realidad estaba. Luz me
había telefoneado la noche anterior. Me despertó de madrugada y yo
no presté atención a una chica enloquecida y llorosa, temerosa por
su vida. Sabía que Luz vivía de noche, bañada en alcohol y
patinando sobre rayas de cocaína, rodeada de música y lujos pagados
por hombres ricos que ella idealizaba a lo Cincuenta sombras de
Grey. Cuánto daño hace la literatura barata. La mandé a tomar
por culo y le dije que se fuera a la cama de una puta vez y que me
dejara dormir en paz, si es que eso existe. Era la primera vez que me
llamaba en años. A la mañana siguiente un veterano telefoneó para
darme la noticia antes de que la tuvieran los medios, por si quería
acercarme a echar un vistazo. Nadie me lo impediría, por los viejos
tiempos.
Observé de nuevo mi cara en el espejo y me sentí como un anciano de
tan solo cuarenta y cinco años. Soportaba sobre mis hombros
encogidos la sensación de que mi vida había transcurrido como la de un
alpinista malogrado. Ascender empujado por la ilusión y la energía
de la juventud, por la pasión de vivir y de hacer algo bello y
bueno. Luchar contra la montaña y las inclemencias del tiempo con
el fin de alcanzar una cima gloriosa, en la que tan solo se puede
permanecer unos minutos, ya que allí arriba no hay casi oxígeno y
debemos reservar fuerzas para el regreso. Pero lo que uno desconoce
de la vida real es que no se desciende, sino que se cae. Golpes,
trompicones, granizo, ventisca. Sin compañía, abandonado por el
equipo al que has ayudado a llegar a lo más alto.
Por mi mente aturdida desfilaron fogonazos de los días de gloria, en los que yo era un joven policía con una carrera universitaria y un par de másters bajo el brazo, ilusionado por ponerme al servicio de la comunidad y protegerla de los rufianes y malhechores con corbata y gemelos que habían hecho de nuestra ciudad su cortijo particular. Sin saberlo, yo era un producto de esta sociedad que fabrica héroes para que den la vida por la causa, que no es otra que mantener al resto bien cómodo en el sofá de sus casas, sedentarios y grises, empecinados en vivir cien años, como hacen las tortugas: arrastrándose muy despacio y ocultándose en su coraza cuando vienen mal dadas. Ascendí rápido, útil marioneta, hasta que el fuego cruzado me despedazó. Masas de policías resignados y pedigüeños, centrados en sus pagas, sus horarios y sus derechos. La mitad corruptos y la otra mitad desentendidos, llevando el uniforme igual que lo haría una señora de la limpieza. Mis superiores componían una masa de tecnócratas y políticos, obsesionados con sus carreras profesionales, con el poder y la influencia, el dinero y las prebendas. Sus coches oficiales, sus fiestas, sus regalos, sus contactos… Y por fin, esa sociedad a la que se me había formado para proteger y servir, denostando de manera sistemática nuestra profesión. En los periódicos, en los bares, en la radio… Podías sentir la distancia que tomaban los amigos, los vecinos, los familiares lejanos, cuando se enteraban de que eras un madero. Había entregado quince años de mi vida a una ilusión, a un vil engaño. Me había matado a trabajar para convertirme en esclavo de una cadena de intereses y de una sociedad que me despreciaba y minusvaloraba. Me vine abajo, pero fue casi sin darme cuenta. No caí de golpe. Me fui apagando, haciendo aguas, hundiéndome muy despacio en las fétidas arenas pantanosas de la vida real, de su desidia, de su resignación, de su apatía y su egoísmo colectivo. A mi manera, yo también había creído en ese Universo que conspira. Y claro, una creencia tan estúpida tan solo puede llevar a una mente por fin despierta a la más desesperante de las decepciones.
Por mi mente aturdida desfilaron fogonazos de los días de gloria, en los que yo era un joven policía con una carrera universitaria y un par de másters bajo el brazo, ilusionado por ponerme al servicio de la comunidad y protegerla de los rufianes y malhechores con corbata y gemelos que habían hecho de nuestra ciudad su cortijo particular. Sin saberlo, yo era un producto de esta sociedad que fabrica héroes para que den la vida por la causa, que no es otra que mantener al resto bien cómodo en el sofá de sus casas, sedentarios y grises, empecinados en vivir cien años, como hacen las tortugas: arrastrándose muy despacio y ocultándose en su coraza cuando vienen mal dadas. Ascendí rápido, útil marioneta, hasta que el fuego cruzado me despedazó. Masas de policías resignados y pedigüeños, centrados en sus pagas, sus horarios y sus derechos. La mitad corruptos y la otra mitad desentendidos, llevando el uniforme igual que lo haría una señora de la limpieza. Mis superiores componían una masa de tecnócratas y políticos, obsesionados con sus carreras profesionales, con el poder y la influencia, el dinero y las prebendas. Sus coches oficiales, sus fiestas, sus regalos, sus contactos… Y por fin, esa sociedad a la que se me había formado para proteger y servir, denostando de manera sistemática nuestra profesión. En los periódicos, en los bares, en la radio… Podías sentir la distancia que tomaban los amigos, los vecinos, los familiares lejanos, cuando se enteraban de que eras un madero. Había entregado quince años de mi vida a una ilusión, a un vil engaño. Me había matado a trabajar para convertirme en esclavo de una cadena de intereses y de una sociedad que me despreciaba y minusvaloraba. Me vine abajo, pero fue casi sin darme cuenta. No caí de golpe. Me fui apagando, haciendo aguas, hundiéndome muy despacio en las fétidas arenas pantanosas de la vida real, de su desidia, de su resignación, de su apatía y su egoísmo colectivo. A mi manera, yo también había creído en ese Universo que conspira. Y claro, una creencia tan estúpida tan solo puede llevar a una mente por fin despierta a la más desesperante de las decepciones.
Me levanté como pude. Al final me espabiló algo tan mundano como la
necesidad de ganarme el pan. Fundé mi propia agencia de detectives
y, por un tiempo, prendió en mí la ilusión de construir algo por mí
mismo, de sacar adelante un proyecto personal. También creía que
podría hacer algo bueno desde fuera, liberado de las cadenas de la
jerarquía y la obediencia al mando, de las quejas y el lastre de la
masa de conformistas de uniforme azul. Mis conocimientos de economía
e informática y mi experiencia y contactos en la policía atrajeron
hacia mí los casos más jugosos de la ciudad, que se había
convertido en una especie de Monopoly salvaje. El motor explosivo de
las constructoras, las promotoras inmobiliarias y los bancos había
puesto en marcha la locomotora desbocada de la codicia colectiva.
Cualquier mierda con un traje ajustado y pose de listillo
iletrado que no tenía donde caerse muerto sostenía dos o tres
hipotecas sobre el brillo que fulguraba en la promesa del dinero
fácil, a la caza de ignorantes a los que endosar las propiedades a
un precio desorbitado, mientras gastaban el dinero que no tenían en
cochazos, alcohol y ropa cara. Un caldo de cultivo para el soborno y
el comisionismo. Para el abuso en contratos e hipotecas. Para la
coacción empresarial y la explotación laboral. Un entorno de orgía
descontrolada, libre de cualquier regla, de toda ley. Un ambiente en el
que un detective privado no daba a basto y prosperaba destapando
todas los actos miserables que un ser humano es capaz de perpetrar sobre otro, o
colaborando en ellos, en tiempos en los que todo valía y los seres
más despreciables se sentían liberados de toda norma o conducta
moral hacia el prójimo.
Pero todo eso termina por ensuciar el alma; ésta se apaga despacio,
se enfría, y su lugar lo termina ocupando un atormentador vacío.
Trabajas sobre un enorme tablero resbaladizo y hediondo en el que
transcurre una partida amañada, triste peón al servicio del poder
corrupto. Te das cuenta de que aquella vorágine no tiene fin. Forma
parte de la naturaleza humana. Puede que una ola rompa, y algún
inocente crea que fue la última, pero nada más darle la espalda al
mar te sepulta con un nuevo tsunami. Agotado, vacío, descreído,
vendí la agencia al parásito de mi ayudante, un tipo mortecino y
viscoso, un amigo de juventud que protegí bajo mi ala y que resultó
ser otro lastre que me impidió volar.
Aún así, conservaba mi licencia en un cajón, vieja y arrugada,
perdida entre montañas de papeles. Rebusqué ansioso y la encontré
al fin. Me aseé un poco, me puse cualquier cosa y salí a la calle,
arrastrándome por la acera como imaginaba que lo haría Gregor Samsa
tras despertar transformado en un insecto gigante. Por mera inercia
profesional, me dispuse a llevar a cabo una pequeña ronda de charlas
informales siguiendo el rastro de las caras que había podido
encontrarme en el entierro de Luz. Ella se relacionaba con toda la
élite económica de la ciudad: banqueros, constructores, promotores,
incluso gente de la música y la televisión. En torno a ellos
merodeaba toda la chusma dispuesta a arrastrarse por las miguitas que
los prebostes iban dejando a su paso a cambio de hacer el trabajo
sucio o divertir sus codiciosas mentes como lo haría un buen y fiel
saltimbanqui. Conocía a la perfección las cloacas de los palacios y
era allí donde debía comenzar a buscar si quería averiguar quién
había asesinado a mi prima.
Así que conduje mi vieja tartana hasta donde sabía que podría
encontrar a Jonny el Cortés. Mientras aparcaba frente a la terraza
del Club de Tenis pude observarle allí sentado, bebiendo un refresco
y mordisqueando un sandwich mixto. Su tentempié de media mañana.
Satisfecho de sí mismo, era uno de esos hombres que van por ahí
obligando a todo el mundo a reírle una sarta continua de gracias
egocéntricas, impregnadas de un untuoso pitorreo hacia quien las
recibía. Pude ver cómo la camarera congelaba su sonrisa a espaldas
de El Cortés, tras haber sostenido éste su coqueteo
autocomplaciente habitual. Él tomó su teléfono y se hizo una foto
disfrutando y después se dedicó a toquetear la pantalla durante unos
segundos, dedicados con toda probabilidad a compartir su imagen de
permanente estado de éxito en las redes sociales.
Eso me recordaba que no hacía tanto tiempo que Juan, su verdadero y simple nombre, se arrastraba por los parques y bares de esta ciudad con los ojos inyectados en sangre a causa del cannabis, borracho como una cuba. Por aquel entonces solía recibir un buen puñetazo a cambio de sus gracias de listillo engreído. Dios sabe cómo engatusó a la hija de un constructor de cierto renombre y, por un tiempo, desapareció de la escena, para regresar transformado en una persona respetable dedicada a la compraventa de inmuebles en el extrarradio. Dejar a la chica, establecerse por su cuenta y dar el salto a la gran urbe fue el último escalón de su ascensión fulgurante. Ahora era Jonny el Cortés, empecinado en cultivar una imagen de ganador, contra la que atentaban viejos amigos como yo, que le habíamos visto no hacía tanto tiempo abrazado a un árbol, borracho y fumado gracias a las monedas que se dedicaba a gorronear entre sus colegas. Si necesitaba algo me llamaba pero evitaba mezclarme con sus nuevos amigos, una especie de lacayos aduladores y envidiosos a partes iguales, a los que mantenía a raya con una poderosa red de favores que devolver. Le acompañaba un sujeto apodado el Kike, a quien Jonny trataba de Socio. Mientras me aproximaba a su mesa pude escuchar parte de la conversación.
Eso me recordaba que no hacía tanto tiempo que Juan, su verdadero y simple nombre, se arrastraba por los parques y bares de esta ciudad con los ojos inyectados en sangre a causa del cannabis, borracho como una cuba. Por aquel entonces solía recibir un buen puñetazo a cambio de sus gracias de listillo engreído. Dios sabe cómo engatusó a la hija de un constructor de cierto renombre y, por un tiempo, desapareció de la escena, para regresar transformado en una persona respetable dedicada a la compraventa de inmuebles en el extrarradio. Dejar a la chica, establecerse por su cuenta y dar el salto a la gran urbe fue el último escalón de su ascensión fulgurante. Ahora era Jonny el Cortés, empecinado en cultivar una imagen de ganador, contra la que atentaban viejos amigos como yo, que le habíamos visto no hacía tanto tiempo abrazado a un árbol, borracho y fumado gracias a las monedas que se dedicaba a gorronear entre sus colegas. Si necesitaba algo me llamaba pero evitaba mezclarme con sus nuevos amigos, una especie de lacayos aduladores y envidiosos a partes iguales, a los que mantenía a raya con una poderosa red de favores que devolver. Le acompañaba un sujeto apodado el Kike, a quien Jonny trataba de Socio. Mientras me aproximaba a su mesa pude escuchar parte de la conversación.
–
¿No puedes venir a la cena? Bueno, no te preocupes Kike. Alguien
ocupará tu lugar…
–
Joder Jonny, ya sabes que el puto Gui está de baja por una mierda de
esguince y no me queda más remedio que hacer su trabajo esta semana.
No hago nada solo; estoy jodido, ponte en mi lugar.
–
No te preocupes Socio. Te perdono. Compra los billetes de avión a
Barcelona como contraprestación.
–
Pero Jonny, ¿no te toca a ti pagarlos?
–
Yo creo que no, la verdad.
–
Bueno, pero no seas tan perro, ¿eh?
–
Ja, ja, ja. Mira quién habla. Anda, tú cómpralos. – dijo
mientras le daba unos cachetitos en la mejilla, algo subidos de
fuerza.
–
Está bien Jonny, está bien...
–
¡Hombre! Mira quién aparece por aquí. Un fantasma.
–
Hola Juan. – respondí mirando hacia el horizonte mientras encendía
un cigarrillo.
–
Jonny, amigo, no lo olvides. Ese tal Juan no existe. Bueno Socio, ya
te marchabas, ¿no?
–
Sí Jonny. Hablamos. Hacía mucho que no te veía, Marco. A ver si
nos tomamos algo un día de estos… – dijo Kike mientras se
levantaba de la mesa.
–
Eso está hecho. Cuando paséis por el barrio dadme un toque. –
respondí evasivo.
–
Bueno, Marco… El muerto ha desplazado el sello de la tumba y
resucita. Dichosos los ojos – dijo Jonny con retintín –. Aunque
la verdad es que no esperaba encontrarte precisamente en este lugar
tan respetable. Ya sabes que no me gusta mezclar las cosas, amigo.
¿Qué te trae por aquí? – dijo Jonny sin tan siquiera invitarme a
tomar asiento.
–
Querido Juan, me llamaste la semana pasada. Tengo una perdida tuya,
de esas de dos tonos… – respondí mientras me sentaba a su lado.
–
Ah, sí – contestó Jonny ignorando mis dardos, que aún así se
clavaban en su cara de fastidio –. Te llamé. Ya sabes, para saber
cómo estabas. Me han contado que andabas un tanto… decaído.
–
¿Y qué más?
–
Ya que lo mencionas, también quería pedirte un favor. Por los
viejos tiempos. Cierto material que necesito para un… trabajito, y
que tú podrías prestarme. Ya sabes que ando sin un duro y…
–
Ya. Sin un duro.
–
Bueno, bueno, no te pongas así. Ya me he buscado la vida por otro
lado. ¿Es que uno no puede llamar para interesarse por un viejo
amigo? – respondió airado.
–
Sí, claro que sí, Jonny. Vamos a dejarnos de rodeos. Ya sabes por
qué estoy aquí. Luz…
–
Cuánto lo siento, Marco. Era tu prima, ¿no? Debes de estar muy
dolido… Aunque tengo entendido que no es que fuerais precisamente
uña y carne, ¿no? No se puede ir por ahí juzgando a la gente con
tu historial, y menos aún cuando son de tu propia sangre. Es un
consejo que te doy desde el respeto y el cariño, Marco. Pero sí, la
verdad es que tu primita anduvo siempre jugando a la ruleta rusa y al
final se encontró con la bala que llevaba su nombre escrito. Pobre
niñita alocada… Entre nosotros, Jonny, era una fiera en la cama.
Si no fuera tu prima...¿eh?
Tiré mi colilla dentro de su mierda de refresco y le metí el
sandwich en la boca mientras le sujetaba de la solapa con una mano y
levantaba el otro puño en alto, dispuesto a reventarle la cara allí
mismo.
–
¡Dime qué sabes, maldito yonqui hijo de la gran puta! O te juro que
te machaco aquí mismo esa sonrisa de gilipollas engreído…
Jonnny levantó las palmas de las manos hacia mí y me hizo señas
para indicarme que me calmara y le permitiera hablar. Volví a
sentarme en mi silla con un ademán nervioso mientras toda la terraza
nos observaba en silencio. Jonny se sacó el sandwich aplastado de la
boca, se limpió la cara con la servilleta y recompuso su ropa
deportiva de marca. Después se giró hacia mí y me dijo:
–
Mira Marco, comprendo tu nerviosismo, por esta vez. Voy a hacer como
que esto no ha ocurrido. Por los viejos tiempos.
–
A ti lo que te interesa de los viejos tiempos es que no te alcancen
jamás, pedazo de mierda embreada…
–
Puede ser, Marco, puede ser. No me importa admitirlo aquí, entre tú
y yo. Mira tío, yo no sé quién ha matado a tu prima. Andaba
mezclada con mucha gente, tú ya me entiendes… Puede que estuviera
en el lugar incorrecto en el momento equivocado. O que se enterara de
algo que no debía saber. O que terciara una esposa celosa, ya sabes
cómo se las gastan las señoronas en este país… Yo qué sé. Algo
le rondaba por la cabeza, eso es seguro… ¿No te han contado nada
tus padres?
–
¿Mis padres?¿Qué tienen ellos que ver con todo esto?
–
Ah, suponía que lo sabías. Me dijeron que habían visto a Luz
entrando en la casa de tus padres. Mi gente del barrio, ya sabes…
Me levanté bruscamente de la silla y me dirigí al coche. A mi
espalda pude escuchar una voz que me decía:
–
¡No te preocupes! ¡Te perdono! Pero me debes una, ¿eh, chaval?
II
Sumergido en la masa de chatarra embotellada de la ciudad, fumé uno
tras otro cigarro mientras ignoraba las sandeces que la plétora de
tertulianos a sueldo escupía por la radio. ¿Qué narices hacía Luz
yendo a visitar a mis padres? Yo no tenía noticia de que jamás lo
hubiera hecho. Desconocía por completo esa relación. ¿Qué tenía
que ver mi maldita familia con todo esto? Cuando me hube
tranquilizado, empecé a comprender que el mierda de Jonny no sabía
nada. Él era un maldito cobarde de relumbrón, un trepa incapaz de
matar a una mosca. Uno de esos amigos que sería mejor no tener,
cierto, pero no un asesino ni alguien tan bien situado como para
saber quién podía haber hecho una cosa así. Erré el tiro pero el
muy canalla me había proporcionado otro lugar a donde ir a disparar.
Mi propia familia.
Aparqué el coche en la puerta de la vivienda unifamiliar, situada en
un barrio de profesionales de segunda categoría, plagado de gente
insulsa, sin aspiraciones ni sueños más allá de adquirir un coche
cada vez un poco más caro o comprar una tele de muchas pulgadas,
mientras rezaban para que sus niños mimados no se enfarloparan
demasiado y fueran a la universidad. Mi barrio. Llamé al timbre y me
retiré dos pasos mientras me secaba el sudor de las palmas de las
manos en un gesto nervioso.
–
¿Cariño? Hola hijo, pasa – me recibió mi madre mientras
arrastraba las palabras y me cubría la cara de sonoros besos –.
¿Cómo estás cariño? – repitió –. Hecho un asco, la verdad.
Pareces un crío recién salido de un reformatorio – apuñaló –.
Cuánto tiempo hace que no venías a vernos, hijo – volvió a
apuñalar –. Estábamos muy preocupados por ti, cariño. No nos
coges el teléfono – reprochó – y no nos atrevemos a ir a tu
casa, por si molestamos – comentó con falsa humildad, ocultando el
hecho de que jamás se desplazaban a ver a nadie por nada –. Qué
preocupada me tienes hijo. No duermo por las noches – ahí venía
la montaña de ego y reproches –. Me tienes muy nerviosa hijo, muy
preocupada – era su estado natural –. Sufro mucho por tu culpa
hijo. No sabes lo que le estás haciendo pasar a tu madre… Pero
pasa cariño, pasa…
–
¿Está papá?
–
Sí hijo, anda por ahí detrás, como siempre. Te habrá oído, seguro.
Ahora saldrá… ¿Por qué no te quedas a comer? Puedes darte una
ducha y dormir aquí si quieres – dijo la araña comenzando a tejer
su tela –. Lo que tú quieras hijo. Pero anda, no me mires así,
¿por qué no te sientas?
–
Hola que hay. – dijo mi padre desde el fondo del pasillo, vestido
aún con el pijama.
–
Hola.
–
¿Cómo vas, Marquete? – preguntó en un tono desenfadado y
distante, tal y como se hace con un vecino adolescente, del cual no
interesa nada, para rellenar la conversación en el ascensor.
–
Bien. Todo bien.
–
Muy bien, hombre. – respondió a modo de despedida, mientras giraba
sobre sus talones y regresaba a aquello que estuviera haciendo.
–
No tengo tiempo de quedarme, mamá. Tan solo he venido a preguntaros
una cosa. Me han dicho que Luz ha estado visitándoos últimamente.
¿Es eso cierto?
–
Sí hijo, sí. Tu prima estaba muy sola. Ninguno de vosotros la
habéis hecho el menor caso – enésima puñalada y proyección de
la personalidad –. Y claro, yo la llamaba de vez en cuando. Ella me
escuchaba el tiempo que hiciera falta – no pude evitar pensar que
quizá esa fuera la razón por la que mi prima bebía –. Luego
comenzó a pasarse por aquí de vez en cuando. Se tomaba un café
conmigo y me hacía compañía; ya sabes que tu padre, ahora que no
nos oye, está siempre a lo suyo. Yo le hablaba de mis cosas, de mi
sufrimiento. Alguna vez le di alguna propinilla para libros. Decía
que las lineas eran como una droga para ella… Y ahora esto. ¿Qué
más me puede pasar en la vida? Luz, asesinada… No te imaginas lo
que estoy sufriendo hijo. Anda, pasa y te lo cuento…
–
No mamá, ya te he dicho que tengo prisa. ¿Te dijo algo… extraño?
¿Mencionó a alguien, algún nombre importante? ¿O quizá había
algo que la preocupaba?
–
No sé hijo. Más bien hablaba yo cuando venía. Necesito tanto
consuelo. Yo…
–
Mamá, por favor, intenta hacer memoria. ¿Te habló de alguien? ¿Te
contó algún secreto?
–
No sé, hijo – respondió mi madre entre sollozos –. No sé.
Últimamente creo que salía a divertirse con esa chica que trabajó
contigo… No… No…
–
¿¿Noelia??
–
Sí, eso es. Noelia. Noelia. Fue tu secretaria hasta que la echaste
el año pasado, ¿no hijo?. No puedes ir haciendo daño así a la
gente, cariño. Seguro que era buena chica…
–
¿Buena chica Noelia? Una hija de la gran puta, eso es lo que era.
–
¡No hables así! Pobre muchacha. La dejarías sin trabajo; eso no se
hace cariño…
–
Sí, claro, sin trabajo. Una empleada que intentó extorsionarme y a
la que tuve que indemnizar con una buena pasta, para colmo. Anda,
deja de hablar de lo que no sabes…
–
¿Por qué me tratas así hijo? Nosotros lo hemos dado todo por ti y…
–
Por favor mamá, no me sueltes el rollo de siempre. ¿Así que dices
que salían juntas, Luz y Noelia?
–
Sí, eso me contó. Que era buena gente, muy divertida, y que no te
guardaba rencor aunque la hubieras destrozado la vida…
–
¿Destro…? Pero si la muy zorra… Anda, por favor, déjalo ya. Me
tengo que marchar, me has ayudado mucho. Pasad por casa cuando
queráis…
–
Sí hijo, sí. Lo haremos. Somos muy mayores ya pero haremos el
esfuerzo de ir a visitarte. Ven, anda, dame un beso.
Acerqué mi cara a la de ella y la ladeé sabiendo lo que iba a
ocurrir. Me sujetó fuerte por el cuello y me dio tres besos
nerviosos y sonoros mientras me decía entre lágrimas:
–
Anda hijo, ve a arreglarte un poco que vas hecho un cerdo. Te
queremos.
Abandoné el jardín en silencio, a grandes zancadas, completamente
vaciado de energía, mientras notaba como si una nube triste y negra
se hubiera instalado, de nuevo, en mi corazón. Estaba seguro de que
así debía sentirse alguien tras haber sido sometido a tortura
psicológica. Nunca conseguía acostumbrarme del todo aunque esta
vez, al menos, había conseguido sacar algo en claro de toda esa
maraña de ego, soledad y ponzoña silente.
Así que mi primita salía de juerga con la zorra de Noelia y se
pagaba las rayas con el dinero que le sacaba a mi madre haciendo como
que la escuchaba… Rumiaba estas ideas en mi cabeza mientras
conducía hacia el centro de la ciudad. Sentía que me estaba
acercando a algo pero no alcanzaba a comprender qué pintaba mi
antigua empleada en todo esto, aunque era consciente de que lo que le
había sucedido a mi prima bien podía tener que ver con esa
serpiente con tacones. Así que me dirigí, a la velocidad que me
permitía el maldito tráfico de esta capital de la codicia, hacia mi
antigua agencia de detectives, en busca del historial de Noelia. Una
gruesa carpeta con todos los documentos que había generado aquella
arpía en su vomitiva batalla por extorsionarnos y sacarnos cuatro
perras. Corría el más que probable riesgo de encontrarme con Bic,
pero albergaba la fútil esperanza de que, por una vez en su vida,
anduviera trabajando, para variar.
Mi agencia de detectives, puedo decir con orgullo y sin temor a
equivocarme, era una de las mejores de la ciudad. Bueno, claro, ya no
era mía. No se parecía en nada a los sucios cuchitriles a los que
nos tienen acostumbrados en las películas americanas. Acero y cristal,
luz natural, obras de arte colgando de las paredes, un bonito
logotipo, profesionales de primer nivel, secretarias laboriosas y
diligentes… Una empresa dirigida a ganarse la confianza de las
personas más ricas y retorcidas de la ciudad. Un espacio que más
bien parecía el piso de un notario, pensado para dotar de una pátina de
higiene, limpieza y respetabilidad a los tejemanejes de las clases
adineradas y siniestras de aquella cloaca de corrupción, sobornos y
extorsión en que se había convertido la capital de un estado
pestilente y malsano.
Confiaba en que todos hubieran salido a comer, tal y como hacían
siempre. Mi antigua llave penetró en la cerradura de la puerta
principal y la hizo girar sin oposición. Bic no se había tomado ni
tan siquiera la molestia de cambiarla. Menudo detective. Nada había
cambiado; todo se encontraba en el lugar de siempre. Me dirigí
directo a mi antiguo despacho, ahora el de Bic. Allí se guardaba
toda la documentación relativa a la dirección de la empresa, el
historial de Noelia entre ella. Abrí la puerta con un cierto ímpetu
urgente y me di de bruces con… Bic.
El maldito Bic. Siempre fuera de lugar. Todo el mundo le llamaba así
porque paseaba por el mundo el mismo boli Bic desde hacía años,
bien resguardado en el bolsillo de su americana, con su capucha azul
con forma de bala asomando por la pechera. Jamás se le había visto
darle uso. Corrían rumores de que había creado costra y ya no era
capaz de sacarlo de allí a no ser que fuera por medio de un
furibundo tirón, de esos que te dejan con el bolsillo en la mano y
cara de gilipollas. El puñetero Bic. Ya nadie recordaba su verdadero
nombre.
–
¡Hombre, Marco, qué alegría! – dijo Bic sin mucho entusiasmo –.
¿Has venido a hacernos una visita? Pasa, hombre, pasa y siéntate.
–
Hola Bic. – respondí en tono seco y desabrido mientras me sentaba en el lado de la
mesa en el que solían aposentar su grueso culo mis clientes.
Bic había sido la gota que había colmado mi vaso. Un amigo de la
infancia al que tuve que dar trabajo cuando no tenía dónde caerse
muerto y que utilizó la vieja estratagema de la amistad para
ablandarme e ir subiendo escalones en la agencia. Hasta que un día,
sin saber bien cómo, me vi aceptando una oferta suya por una pequeña
parte del negocio. Quizá necesitaba dinero, quizá compañía,
alguien que me ayudara a sobrellevar la carga. No sé. El caso es que
el parásito se instaló en el despacho adyacente al mío y jamás se
le volvió a ver dar ni golpe.
Eso sí, era un mago para la mentira. Al principio pensábamos que su fin era evitar cualquier tipo de esfuerzo, pero con el tiempo todos nos dimos cuenta de que estábamos ante un verdadero enfermo, un mentiroso compulsivo que te ametrallaba con sus embustes sin venir a cuento. Su especialidad consistía en decir lo mismo y lo contrario dentro de la misma frase con la mayor naturalidad del mundo. También disfrutaba sosteniendo una opinión delante de un compañero y la contraria, con la misma vehemencia, delante de otro.
Era cualquier cosa menos un detective. Perdimos unos cuantos buenos clientes a causa de su ineptitud y su desidia. Nos costaba tanto esfuerzo tapar sus desaguisados que decidimos, de una forma sutil y progresiva, irle sacando de la actividad diaria. Quizá fuera eso lo que buscaba. Si se sentaba un rato contigo en la misma habitación y te untaba con un buen par de embustes y de frases hechas, de lugares comunes destinados a rellenar el vacío que creaba a su alrededor, sentías un irrefrenable deseo de tirarte por el balcón. Corrían rumores de que en su juventud se había planteado la posibilidad de hacerse cura o suicidarse como dos opciones de vida con igual peso. Por desgracia Dios no lo acogió en su seno de ninguna de las dos formas y decidió arrastrar su mísera, triste y anodina existencia, dejándolo todo perdido de babas a su paso. Daba la impresión de vivir en una especie de suicidio en diferido, como si su espíritu hubiera abandonado aquel cuerpo hacía tiempo y tan solo estuviera dejando pasar la existencia para reunirlos de nuevo en el purgatorio. Porque Bic era de esas personas que jamás conocerían lo que es el cielo ni el infierno. Y pudo conmigo. Sí, el peso de arrastrar su carga se sumó a toda la mierda que yo había acumulado durante años de esfuerzos y tensiones agotadoras. Y como no despegaba su culo de vago de la silla ni con agua caliente, decidí cederle la mía, incluyendo mi querida agencia, mi primer hijo, el proyecto en el que había depositado todas mis ilusiones y mi deseo de vivir, a cambio de una bonita suma que me permitiera tomarme la vida con más calma. Empezar de cero. Escribir un nuevo libro sobre páginas inmaculadas. Airear la habitación y reformar el hogar. Tratar de que regresara el ser humano inocente, bueno y apacible que creía recordar que un día fui. Justo cuando comenzaba a pasar algunos minutos al día sin pensar en crímenes ni golpes bajos, ocurría esta desgracia. Luz, mi prima, apagada violentamente por la misma gentuza de la que deseaba separarme con todas mis fuerzas.
Eso sí, era un mago para la mentira. Al principio pensábamos que su fin era evitar cualquier tipo de esfuerzo, pero con el tiempo todos nos dimos cuenta de que estábamos ante un verdadero enfermo, un mentiroso compulsivo que te ametrallaba con sus embustes sin venir a cuento. Su especialidad consistía en decir lo mismo y lo contrario dentro de la misma frase con la mayor naturalidad del mundo. También disfrutaba sosteniendo una opinión delante de un compañero y la contraria, con la misma vehemencia, delante de otro.
Era cualquier cosa menos un detective. Perdimos unos cuantos buenos clientes a causa de su ineptitud y su desidia. Nos costaba tanto esfuerzo tapar sus desaguisados que decidimos, de una forma sutil y progresiva, irle sacando de la actividad diaria. Quizá fuera eso lo que buscaba. Si se sentaba un rato contigo en la misma habitación y te untaba con un buen par de embustes y de frases hechas, de lugares comunes destinados a rellenar el vacío que creaba a su alrededor, sentías un irrefrenable deseo de tirarte por el balcón. Corrían rumores de que en su juventud se había planteado la posibilidad de hacerse cura o suicidarse como dos opciones de vida con igual peso. Por desgracia Dios no lo acogió en su seno de ninguna de las dos formas y decidió arrastrar su mísera, triste y anodina existencia, dejándolo todo perdido de babas a su paso. Daba la impresión de vivir en una especie de suicidio en diferido, como si su espíritu hubiera abandonado aquel cuerpo hacía tiempo y tan solo estuviera dejando pasar la existencia para reunirlos de nuevo en el purgatorio. Porque Bic era de esas personas que jamás conocerían lo que es el cielo ni el infierno. Y pudo conmigo. Sí, el peso de arrastrar su carga se sumó a toda la mierda que yo había acumulado durante años de esfuerzos y tensiones agotadoras. Y como no despegaba su culo de vago de la silla ni con agua caliente, decidí cederle la mía, incluyendo mi querida agencia, mi primer hijo, el proyecto en el que había depositado todas mis ilusiones y mi deseo de vivir, a cambio de una bonita suma que me permitiera tomarme la vida con más calma. Empezar de cero. Escribir un nuevo libro sobre páginas inmaculadas. Airear la habitación y reformar el hogar. Tratar de que regresara el ser humano inocente, bueno y apacible que creía recordar que un día fui. Justo cuando comenzaba a pasar algunos minutos al día sin pensar en crímenes ni golpes bajos, ocurría esta desgracia. Luz, mi prima, apagada violentamente por la misma gentuza de la que deseaba separarme con todas mis fuerzas.
–
¿Y qué, amigo? ¿Cómo te va?
–
¿Por qué todo el mundo está empeñado en llamarme amigo? Déjate
de rollos Bic. Tú y yo hace mucho tiempo que no somos amigos.
–
Me duele que digas eso Marco – respondió Bic con un gesto lloroso
–. Sinceramente. Yo te considero mi amigo.
–
Ya. He sido una buena fuente de alegrías, ¿no Bic?. Mira, amigo, la
verdad es que no tengo tiempo para tonterías. Ahorrémonos toda esa
monserga de qué tal tu familia y cómo va la agencia y cuánto me
echas de menos. Me importa una mierda. Supongo que ya sabes lo de mi
prima y…
–
¡Qué horror! Vi las fotos en el periódico y lloré por ella Marco.
Sinceramente, lo siento mucho.
–
¿Pero qué coño estás diciendo? Si te vi en el entierro. Estuvimos
hablando de…
–
Eso es imposible. Me confundirías con otro. Bueno, estuve pero me
tuve que marchar a llevar a mi mujer al hospital porque…
–
Pero en qué quedamos…¿estuviste o no?. Lou me dijo que te fuiste
pronto porque tenías una reunión con un cliente importante, un caso
que habías decidido llevar por tu cuenta, fuera de la agencia.
–
Noooo. Sinceramente, llevé a mi mujer al hospital, tenía vómitos,
y diarrea... y estreñimiento. Y dio la casualidad de que me encontré
a aquel cliente en la sala de espera…
–
¡Basta, Bic, basta! Me importa un carajo, qué coño. Pero si yo ya
no trabajo aquí. Haz lo que te salga de los cojones pero calla esa
bocaza ahora mismo. Oye mira, perdona, anda, vamos a dejarlo… Y
qué, ¿ahora comes aquí solo? ¿No bajas con los demás?
–
Sinceramente, hoy he decidido quedarme aquí a repasar unos casos, a
estudiármelos bien…
–
Mira Bic, tú no has hecho eso ni un solo día de los quince años
que llevas en esta empresa… La verdad es que me importa un carajo
qué haces aquí. Eres un maldito chalado. Yo solo he venido a consultar
el historial de Noelia un momentito y me marcho, ¿vale?
–
¿El historial de Noelia? Sin problema. ¿Y a qué se debe tu
repentino interés por esa rata, si puede saberse?
–
He estado investigando un poco por mi cuenta y me he enterado de que
Luz salía con ella últimamente. La noche fabrica amistades que la
luz del día no tolera. Aunque bajo el cielo azul florecen amigos que
asesinarías en sueños. El caso es que me gustaría averiguar dónde
vive y pasarme por allí a hacerle un par de preguntas…
–
Entiendo. No hay ningún problema. Debo tener su expediente por aquí.
Déjame un segundo...¡Aquí está! Su contrato, los papeles del
pleito, su teléfono... ¡Su dirección!
–
Perfecto. Déjame que lo apunte. Bueno Bic, pues muchas gracias por
todo y que te vaya bien…
–
Espera un momento Marco. Me pongo la chaqueta y voy contigo.
–
¿Qué? De ninguna manera. Tú no vas a ninguna parte Bic. Te he
visto destrozar un interrogatorio con tan solo una mirada de cordero
degollado.
–
Pero Marco… Es que ella y yo… una vez… sinceramente, ya sabes.
–
¿Qué sé? Hombre, por favor. Mi prima no se hubiera acercado a ti
ni aunque te hubieras forrado el cuerpo de Bin Ladens. ¿Pero es que
no puedes parar de fabular ni un segundo?
–
Mira Marco, a mí jamás nadie en la vida me ha llamado embustero,
excepto aquellas veces. La dirección te la he dado yo y voy a ir
contigo te guste o no. Lo que hubo entre Luz y yo es asunto nuestro y
de nadie más…
–
Desde luego no es asunto de tu mujer…
–
Una vez soñé que me acostaba con ella y quizá lo hice o quizá no.
Para mi mujer no lo hice y para los muchachos sí. Sinceramente, yo
estoy casi seguro de que sí lo hice aunque fuera en sueños…
–
No te soporto Bic. Te dejo que me acompañes con la condición de que
no vuelvas a dirigirme la palabra en toda tu triste existencia.
–
Eso está hecho Marco. Sinceramente…- respondió Bic mientras se
ponía su chaqueta, me cedía el paso para que abandonara la oficina
y me taladraba la cabeza con su cháchara banal y sus incongruencias
hasta la casa de Noelia.
III
El GPS del móvil nos guió hasta la calle Don Juan Infante de
Castilla, que formaba parte de lo que podríamos denominar como la
zona noble de un barrio popular, formada por un conjunto de bloques de pisos agrupados en torno a un par de calles privadas. Un lugar que encajaba a la
perfección con las ínfulas que se daba la poligonera de Noelia en
su desesperado y permanente intento de dejar atrás lo que uno es,
una práctica tremendamente habitual en esta ciudad de advenedizos y
de nuevos ricos, de vidas sostenidas por un plástico que otorga de
una pasada todo el crédito que a las personas les falta. Un pequeño
inconveniente nos separaba de mi enésima amiga del día: la cabina
de un guardia de seguridad con su correspondiente barrera de franjas
blancas y rojas. Había que pensar en algo.
–
Solo se me ocurre el número de los técnicos de la tele de pago.
Está muy manido pero nunca falla – dije.
–
Me parece bien – respondió Bic.
–
La llamaré primero para avisarla de que vamos, por si el guardia lo
comprueba…
–
Es justo lo que yo estaba pensando…
–
En el maletero llevo todo lo necesario. Las viejas costumbres aún no
las he perdido. Ve a echar un vistazo a ver qué encuentras.
–
Eso ya lo había pensado yo justo antes de que tú lo dijeras.
–
¿Vas a ayudarme o no, Bic? Ya no soy tu jefe, no hace falta que me
andes lamiendo el culo o trates de impresionarme todo el rato. Ve a
mirar mientras yo llamo, coño.
Marqué el número de Noelia y me tapé la boca con la mano para
distorsionar la voz.
–
¿Diga?
–
¿Noelia Dimarco Feito?
–
Sí, soy yo.
–
Buenas tardes. Le llamo de la compañía de teléfono. Estamos
llevando a cabo una campaña de fidelización de nuestros clientes
por la cual le doblamos los gigas y le regalamos todo el cine y el
fútbol de pago durante los seis próximos meses, de forma sencilla
y, por supuesto, completamente gratuita. Llamo para confirmar la cita
que tenemos dentro de quince minutos. Hemos terminado aquí al lado
con otro cliente y nos gustaría poder pasarnos por su domicilio.
Será solo un momento…
–
Ah. Yo no sabía nada de ninguna cita. La habrá concertado Ernesto,
mi marido. Déjeme ver… Las niñas están con sus abuelos y… ¿van
a tardar mucho?
–
En diez minutos lo tiene listo, señora.
–
Eso significa una hora. Está bien. Pásense ahora mismo.
–
Muchas gracias señora. Estaremos por ahí en un momento.
Colgué el teléfono satisfecho. Bic regresó al asiento del copiloto
y se dejó caer con languidez.
–
Está todo Marco. Oye, yo no sé si voy a caber en ese mono de
trabajo. He cogido unos kilos, y eso que me mato en el gimnasio –
dijo.
–
Tú no has corrido ni para coger el autobús…
–
Nadie ha dicho eso. Me ponen un traje con electrodos, está muy de
moda. Pero de momento yo no noto ningún efecto. Hablando de efectos…
Mira lo que he traído.
Bic sacó de su bandolera el expediente de Noelia.
–
Sí, ya lo sé. Pero ahora ya no nos hace ninguna falta.
–
No, hombre. Después de que esa zorra nos amenazara y nos obligara a
despedirla, decidí hacerle un pequeño seguimiento. A ver qué podía
rascar. Y ¡bingo! Mira lo que encontré…
Bic me pasó unas fotos en las que se podía ver a Noelia tonteando
con quien parecía ser su monitor de gimnasio o su entrenador
personal. Las instantáneas iban subiendo de tono hasta que las manos
del joven musculoso se perdían en la entrepierna de Noelia y su
lengua le hacía cosquillas en la campanilla.
–
Hay más, mucho más. Todo. Pero creo que con esto es suficiente. Me
parece que al tal Ernesto lo tiene dando vueltas por el mundo
consiguiendo pasta mientras ella se divierte con muchachitos jóvenes.
Es lo que siempre le ha ido, ¿no?
–
Joder Bic. Me dejas de piedra. A ver si ahora que ya no trabajas para
mí te vas a convertir en un detective de verdad. Esto es una bomba.
–
Gracias Marco. Sinceramente, soy uno de los mejores de la ciudad.
–
Sinceramente… Anda, vamos a cambiarnos de ropa y a terminar con
esto.
IV
–
Buenas tardes jefe. Venimos al 44, 1º A. Domicilio de Noelia
Dimarco. Somos de la compañía telefónica.
–
Un momento…
El guardia de seguridad, por llamar de alguna forma a aquel anciano
arrugado y triste, descolgó el teléfono y llamó a Noelia mientras
Bic y yo fumábamos un cigarrillo, algo apartados. La verdad es que
nuestro aspecto no debía ser mucho mejor que el suyo.
–
Está bien, pueden pasar. Es aquel portal de allí.
–
Muchas gracias jefe.
Presioné el botón del telefonillo y pedí permiso para que nos
abriera con la mano sobre mis labios. Subimos las escaleras a toda
prisa y encontramos a Noelia con la puerta entornada. Me abalancé
sobre ella sin darla tiempo a reaccionar y Bic le puso la mano en la
boca y la apoyó contra la pared del recibidor.
–
Ahora vas a ser una niña buena y vas a estar calladita.
Sinceramente, llevo un revólver en el bolsillo y no quisiera tener
que utilizarlo.
–
Bic, joder, que te conoce – dije yo, resignado, mientras cerraba la
puerta de la vivienda –. No hay pistola, Noelia. Pero tenemos algo
mucho mejor. Échale un vistazo a esto…
Le puse las fotografías delante de la cara y pude disfrutar de ver
cómo casi se le salían los ojos de las órbitas. Dejó de agitarse
poco a poco, según yo iba haciendo circular las instantáneas
subidas de tono con su amiguito. Levantó las palmas de las manos
hacia arriba en un gesto de rendición y sometimiento mientras nos
miraba alternativamente a uno y a otro. Creo que no salía de su
asombro pero, como buena rata manipuladora que era, sabía cuándo
tenía la mano perdida y era hora de descubrir sus cartas y tratar de
negociar con lo que la fuera cayendo en suerte. Le hice una seña a
Bic para que la soltara y se retirara. Noelia recompuso poco a poco
su habitual postura altanera mientras estiraba su blusa blanca y se
alisaba los pantalones vaqueros. No fuera la mona a deslucir sus
sedas.
–
Está bien, Marco, tú ganas esta vez… ¿De dónde coño habéis
sacado eso? Os voy a denunciar de nuevo, cabrones. Lo estoy grabando
todo. – vomitó entre dientes, el dedo índice señalándonos con
furia en un gesto de amenaza y reconvección.
–
Tú no estás grabando una mierda, bonita. No esta vez. Lo que sí se
te va a quedar grabada a fuego es la cara de tu maniquí, ese lerdo
al que tú llamas marido, cuando vea estas fotos. Tengo entendido que
su familia es capaz de hundir la vida de cualquiera en esta ciudad…
– respondí taimado.
–
¿Qué queréis? ¿Las cuatro perras que os saqué? ¿Es eso?. Pues
jodeos, se las quedaron los abogados y los peritos. También
pagasteis una de estas dos tetas de plástico. ¿Queréis llevárosla
y atragantaros con ella? – contestó altiva y barriobajera,
satisfecha de no arredrarse ante nadie.
–
No bonita, te las puedes quedar. Buena falta te van a hacer cuando te
den la patada. Los años no pasan en balde para nadie, rica. Y a
falta de cerebro, buenas son un par de tetas para continuar trepando –
respondí –. No te preocupes Noelia. Tan solo hemos venido a hablar
contigo sobre tu buena amiga Luz…
–
¿Luz? Tu primita, claro. Ya nadie puede hacer nada por ella. Lo
hemos pasado bien juntas un par de noches y ya está. No tengo nada
que ver con lo que le ha ocurrido. Lo siento por ella pero espero que
a ti te haya dolido todo lo que puede dolerle el alma a un
desgraciado.
–
Mira, hija de la gran puta – le dije mientras la cogía del cuello
y la apoyaba contra la pared, aproximando mi cara rebosante de ira a la
suya hasta que nuestras narices se rozaron, tan cerca que podía
entrever un espeso y oscuro bello facial, disimulado infructuosamente
a base de capas de maquillaje –. Nos vas a contar todo lo que
sabes o tu querido suegro y tu maridito de postín van a recibir el
resto de las fotos. Ya hemos visto lo bien que sabes montar a un
potro joven. Estoy seguro de que ellos también disfrutarán sabiendo
cuanto aprovechas tus clases de equitación.
–
Es cosa de Machete, joder. Machete, sí. Es vuestro abogado, ¿no? Él
me pagó para que me pegara a vuestra prima como una lapa. Para que
tratara de averiguar todo lo que pudiera sobre ella y sobre cierta
conversación que podía haber escuchado. Luz estaba paranoica y yo
fui la pértiga en la que se apoyó para saltar aún más al abismo
de la noche. Querían que la tuviera todo el día borracha y fumada.
Pero yo no he hecho nada y no puedo contaros nada más. Y ahora salid
de mi casa. Si esas fotos llegan a manos de mi esposo os juro que no
volveréis a dormir tranquilos en lo poco que os queda de vida. Sí,
gilipollas. Id a hablar con Machete. Es el mejor favor que podéis
hacerme. Vosotros husmead en el vertedero y no faltará mucho para
que los pedazos de vuestros cuerpos sean utilizados como argamasa de
los ladrillos de la próxima promoción salvaje de esta ciudad de
mierda. ¡Salid de mi casa cabrones y que se os lleve el diablo!
Dejamos a Noelia tirada en el suelo, llorando a moco tendido, la
cabeza encajada entre las rodillas. No mostró ni el más mínimo
sentimiento de culpa hacia lo que le había ocurrido a Luz o frente a
su flamante marido. Lloraba de pura rabia, poseída por el demonio del
egoísmo y la manipulación. Gemía como una niña malcriada que no
se ha salido con la suya. Noelia era una de esas personas que te
hacía valorar a un espíritu puro, ese mito que se susurraba en las
escuelas de la ciudad. Las buenas personas.
V
Machete. Aún no podía creérmelo. Mi gran amigo. Ese chico amable,
educado, caballeroso, atento, muy amigo de sus amigos. Ferviente
católico, hombre familiar hasta la médula, un padrazo. Y el caso es
que la forma en la que Noelia le había mencionado parecía una
confesión sincera. No existe mentira que no tumben unas buenas
fotografías. Machete. Mi compañero de la escuela, mi abogado. Me
había sacado de un buen par de líos durante estos años y yo
siempre estaba dispuesto a ayudarle con mis pesquisas cuando algún
caso lo requería. Era socio de un prestigioso y discreto
despacho de abogados junto a sus tres hermanos mayores. Yo sabía que
asesoraban a varios ayuntamientos de la sierra y a algunos políticos
regionales, además de haberle sacado las castañas del fuego a más
de un constructor. De ahí a que mi amigo, este sí de verdad,
estuviera involucrado de forma tan directa en el asesinato de Luz
terciaba un abismo que a mí se me antojaba infranqueable. Me sentía
completamente hundido, perdido en un marasmo de pensamientos
contradictorios mientras fumaba distraído el enésimo cigarrillo del
día, sentado en mi coche, frente al volante.
–
Machete… No puedo creerlo. – dijo Bic, cabizbajo.
–
Ni yo. No puede ser… – respondí, ausente.
–
No, si lo que no puedo creer es que no se me hubiera ocurrido antes
– respondió Bic, mirándome sin pestañear, con los ojos muy
abiertos y un rictus de pánico y perplejidad instalado en su cara.
–
¿Cómo dices? Machete es un hombre intachable y no puedo concebir…
–
¿Intachable? Machete es un arma de doble filo, Marco. ¿Por qué te
crees que le llaman así?
–
Pues porque es un hacha con las mujeres. Joder, ese mote se lo puse
yo.
–
Mira Marco, no sé por qué le pusiste el mote, pero te aseguro que
ha evolucionado él solito. Se nota que andas bastante desconectado.
Todos esos libros te están secando la mollera. Tu amigo es
peligroso. Muy peligroso. Trabaja para toda esa maraña de políticos,
empresarios, constructores y banqueros corruptos. Todo el mundo en el
negocio lo sabe. El que se interponga en el camino de Machete es
hombre muerto. Oh, sí, no notarás nada. Te tratará como si fueras
su hermano del alma. Regalos, entradas en primera fila, invitaciones a lujosas
fiestas… Cuanto más cerca notes su aliento, cuanto más te sonría
y te ponga la mano en el hombro, más cerca estarás de rellenar el
hoyo que el destino nos tiene reservado a todos. Por lo tanto, como
buen cobarde que soy, aquí termina mi viaje. Probablemente la zorra
de nuestra amiguita ya le habrá dado aviso, así que me iré a casa a
rezar para que se olvide de que existo. Yo en tu lugar haría lo
mismo, por muy íntimos que seáis. Déjalo Marco, cómprate otro
libro y disfruta de tu jubilación anticipada. Nadie puede hacer ya
nada por tu prima, así que dejémoslo descansar todo en paz.
–
Bic… No has dicho sinceramente ni una sola vez. – respondí,
mirándole preso del espanto que provoca confrontar la pura y simple
verdad.
VI
–
¡Marco, campeón! Pasa hombre, pasa, no te quedes ahí. Tengo una
reunión dentro de media hora con un cliente y aprovecho para ordenar
papeles. Pero eso puede esperar. ¿Nos tomamos un café?
–
Qué pasa Machete…
–
Ven aquí, anda. Hace mucho que no nos veíamos. Dame un abrazo. Con
eso de que te has prejubilado ya no quieres saber nada de nadie.
¿Cómo va esa vidorra que te estarás pegando?
–
Todo bien. Tranquilo. Eso es lo importante, ¿no?
–
Sí, claro que sí. Y la familia. Tus niños, eso es lo único que
merece la pena, amigo.
–
Paso mucho tiempo con ellos, y con mis libros. Me va bien, no me
quejo.
–
Maravilloso, león. Maravilloso. Ya sabes que yo tengo que soportar a
la retorcida de mi ex, pero por fortuna veo a mis hijos bastante a
menudo. No me ha tocado las narices demasiado con eso. No fuera a ser
que me diera por cortarla el cuello, ¿eh? Ja, ja, ja.
–
Sí, muy gracioso Machete.
–
Bueno, ¿y ese café?
–
Preferiría que habláramos aquí – respondí.
–
¿Trabajo? Pero bueno, si tú ya estás retirado, Marco. ¿O es que
eres otro de esos yonquis de la adrenalina? Ja, ja, ja.
–
Luz.
Machete se me quedó mirando desde detrás de su mesa con la sonrisa
congelada. Agachó los ojos, sobrevoló con la mirada sus papeles y
levantó de nuevo la vista hacia mí, alerta como solo una hiena lo
está cuando ronda a un cervatillo herido.
–
Luz. Ya. Lo sé, amigo. Ha sido duro. Todos lloramos su pérdida. Le
mandé un ramo de flores y dos billetes abiertos para un crucero por
el Mediterráneo a sus padres. Que les de el aire un poco cuando estén listos para
intentar superarlo. Era una buena chica. Alegre, llena de vida y de
ilusiones, algo alocada y revoltosa, sí, pero un ángel, un alma
cándida y vital que disfrutaba de la vida como nadie. Hemos de
quedarnos con eso, ¿no? Disfrutó muchísimo de esta vida tan perra
y complicada. Ella sabía cómo sacarle el jugo a todo.
–
¿Quién ha asesinado a mi prima, Machete?
–
¿Y cómo quieres que yo lo sepa? Suficiente tengo ya con no liquidar
a mi ex y sacar adelante esta mierda de casos de accidentes de
tráfico que me pasan mis hermanos. ¿Por qué me preguntas eso,
Marco, amigo?¿Es que crees que yo pudiera tener algo que ver en…?
–
Machete, por favor, déjate de cuentos. Sabes perfectamente que vengo
de hacerle una visita a Noelia. Imagino lo poco que habrá tardado en
descolgar el teléfono y cubrir el auricular de espumarajos rabiosos
con mi nombre envuelto en ellos.
–
Está bien, Marco. ¿Estás seguro de que deseas continuar con esta
conversación?
–
Muy seguro, amigo.
–
Perfecto. Antes he de pedirte que le entregues a Tordo tu teléfono y
tu chaqueta y que le dejes acariciarte un poco.
–
¿Tordo? ¿Quién…? – pregunté mientras me giraba y me encontraba
de bruces con un gorila trajeado. Me puse en pie y me deje hacer.
Tordo abandonó la habitación con mis pertenencias y tomé asiento
frente a Machete.
–
Bueno, vamos a ver. ¿Qué es lo que sabes exactamente? – dijo
Machete en actitud falsamente meliflua.
–
Sé lo que tú ya sabes que sé. Que le encargaste a Noelia que
sonsacara a Luz algún secreto que ella no debería haber escuchado y
que la tuviera todo el día de juerga. ¿Qué es eso tan peligroso
que sabía mi prima? ¿Quién cojones eres tú? ¿Qué puede haber
tan importante para que mates a un ser humano? ¿A mi prima, joder,
una chica inocente y alocada que no ha tenido mala intención en toda
su puta vida? – dije podrido por la rabia, mientras un mar de
lágrimas bañaba mis mejillas.
–
Mira capullo. Eres mi amigo y te quiero más que a nada en el mundo
pero existen ciertos límites que te aconsejo que no superes. Yo no
he matado a nadie. Cierta gente me pidió que le hiciéramos un
seguimiento a tu prima y les pasáramos información, pero nada más.
Siento tener que decir esto pero quizá tu prima se lo buscó, joder.
No se puede vivir drogada y borracha a todas horas, acostándote con
toda esa gentuza, y pretender que ellos confíen en ti cuando
escuchas conversaciones que les podrían costar la perpetua.
¿Entiendes? Por muy bebida y fumada que estuviera, no se pueden
correr riesgos. Todos esos tíos con trajes de mil euros, cochazos,
yates, mansiones y joyas son unos garrulos. Gente sin corazón, sin
inteligencia ni formación. Solo les interesa la pasta y el poder.
Es su puto juego de niñatos de barrio. Los gallitos se han hecho
mayores y ricos pero siguen siendo la misma mierda que cuando eran
los matones de la esquina. ¿O es que acaso crees que se llega tan
alto siendo inteligente, trabajador o bondadoso? Tú y yo no somos
así, Marco. Tenemos ideales. Toda la vida por delante para
disfrutar. Y familia. Niños maravillosos que aún nos miran como si
fuéramos unos héroes. Pero en este asunto no, Marco, por favor.
Aquí no te hagas el héroe, te lo suplico. Tú ya fuiste un gran
campeón. Ya luchaste por el bien de la Humanidad y todo eso, y mira
cómo te lo ha agradecido el mundo. No me gustaría nada tener que ir
a tu funeral, amigo.
–
¿Me estás amenazando Machete?
–
Tómatelo como quieras Marco. Yo solo te digo que estoy dispuesto,
por una vez en mi vida, a olvidar esta conversación. Y te aconsejo
que tú hagas lo mismo. Vete a tu casa y cuida de tus hijos. No
queremos que les ocurra nada en tu ausencia, no te lo perdonarías.
Relájate, lee un buen libro mientras saboreas una copa de vino y no
pienses más. Ya nos tomaremos ese café otro día.
Me quedé mirando a Machete preso de un sentimiento nuevo para mí.
Creo que era miedo. Pavor. Sí, creo que por primera vez en mi vida
supe lo que era el miedo de verdad. Las caritas de mis hijos flotaban
en mi mente, inocentes y despreocupadas. Sus risas, sus ojos de
ilusión, sus abrazos… Toda esa explosión de vida y todo el amor
que sentía por ellos despertaron en mí algo que el Marco soltero
desconocía por completo. Me di cuenta de que Machete, estuviera
mintiendo o no, tenía razón. Yo ya no deseaba ser ningún héroe.
La vida me había enseñado que las virtudes eran un cuento para
niños en el que algunos idiotas habíamos creído demasiado tiempo.
Como si nadie te avisara, en su debido momento, de que los Reyes Magos
no existen. Así que, sin mediar palabra, despegué el culo del
puñetero cuero negro donde más de un mafioso había arrellanado sus
posaderas y, con las rodillas temblando y la garganta tan seca como
la suela de un zapato viejo, me dirigí hacia la puerta.
–
Marco, espera…– dijo Machete mientras habría el cajón de su
mesa – No me guardes rencor. Tengo aquí dos entradas para…
De repente se detuvo, me miró fijamente, muy serio, y las volvió a
guardar, mientras decía:
–
Mejor olvídalo. Ya nos veremos.
VII
Aquel día decidí despedirme de mi vieja chatarra con ruedas. La
dejé tirada en pleno casco antiguo, acunada por edificios y
callejuelas tan vetustos como el mundo. Pensé que eso la haría
sentir joven por última vez. Sabía que la grúa no tardaría en
llevársela al depósito municipal de vehículos, un lugar que por
desgracia yo conocía demasiado bien. Al menos pasaría sus últimos
días en una mansión de lujo.
Caminé despacio, sin rumbo fijo, por las calles atestadas del centro
de la ciudad. Masas despreocupadas de turistas en pantalones cortos y
de compradores ansiosos cubrían el asfalto de las avenidas, rodeados
de teatros, cines y restaurantes de comida rápida. Deambulé
aturdido, preso de una mezcla de rabia y de parálisis, fruto de la
impotencia. De la consciencia de haberme convertido en un ciudadano
más, un simple padre de familia que debía velar por el bienestar de sus
hijos y agachar la cabeza ante la salvaje injusticia de los
poderosos.
Mis pasos me llevaron hasta la orilla del río. El inconsciente es un
discreto mago que nos sitúa al borde de su caldera, transformados en
el último ingrediente, indispensable para elaborar la pócima de
nuestra autodestrucción. El Palacio Real, símbolo de un poder
centenario y opresivo, trasladado ahora a la burguesía opulenta e
iletrada, señoreaba sobre las mansas y turbias aguas de una
corriente sombría, maquillada por un parque fluvial moderno e impersonal. Me
acodé sobre la barandilla metálica, justo en el lugar en el que
apareció el cuerpo de Luz. El sol se había ocultado tras el perfil
de la urbe pero sus últimos rayos pintaban las nubes y el cielo con
trazos naranjas, violetas y rosados.
Sabía que mi prima había muerto para proteger la faja de grasa que se acumulaba en la cintura de algún cerdo ávido de placeres sensuales. Hombres y mujeres que pasaban por su corta vida a toda prisa, poseídos por un ansia desmedida de acaparar posesiones y experiencias. Existencias aceleradas y voraces, dirigidas por la rapiña, esa actitud primitiva, propia de bárbaros e ilustrados por igual, cada uno a su manera. Nada vale una mísera vida frente al fétido aliento de la hiena que ha probado el sabor de la carroña. La de Luz se apagó bajo la oscuridad líquida que conforma la alcantarilla por la que fluye toda la basura de esta ciudad centenaria, nido de ratas de ojos ávidos y sanguinarios. La mía no la tenía yo en alta estima. Me sentía desgastado, demasiado vivido, impregnado de toda la mugre del género humano, de ese tipo de suciedad que ya no sale. La hubiera entregado si con ello hubiera sido capaz de llevarme por delante a unos cuantos hijos de puta. Pero conocía demasiado bien los entresijos de una sociedad centenaria, de sus inercias y sus códigos no escritos, para saber que un acto justo y desesperado acabaría siendo un desperdicio inútil, otra vida segada que no cambiaría absolutamente nada. Ganas de arrojarme al río no me faltaban. Un hombre poseído por la melancolía, la impotencia y la soledad debe desechar ideas que aparecen en su mente sin que nadie las haya invitado a pasar, pero que ejercen una poderosa atracción. Después pensé en mis hijos y la visión de su arrolladora pasión por vivir, de esa ilusión que a mí se me antojaba una especie de hechizo mágico que deseaba que no les abandonara jamás, disipó los negros nubarrones que empapaban mi mente de pensamientos funestos.
Sabía que mi prima había muerto para proteger la faja de grasa que se acumulaba en la cintura de algún cerdo ávido de placeres sensuales. Hombres y mujeres que pasaban por su corta vida a toda prisa, poseídos por un ansia desmedida de acaparar posesiones y experiencias. Existencias aceleradas y voraces, dirigidas por la rapiña, esa actitud primitiva, propia de bárbaros e ilustrados por igual, cada uno a su manera. Nada vale una mísera vida frente al fétido aliento de la hiena que ha probado el sabor de la carroña. La de Luz se apagó bajo la oscuridad líquida que conforma la alcantarilla por la que fluye toda la basura de esta ciudad centenaria, nido de ratas de ojos ávidos y sanguinarios. La mía no la tenía yo en alta estima. Me sentía desgastado, demasiado vivido, impregnado de toda la mugre del género humano, de ese tipo de suciedad que ya no sale. La hubiera entregado si con ello hubiera sido capaz de llevarme por delante a unos cuantos hijos de puta. Pero conocía demasiado bien los entresijos de una sociedad centenaria, de sus inercias y sus códigos no escritos, para saber que un acto justo y desesperado acabaría siendo un desperdicio inútil, otra vida segada que no cambiaría absolutamente nada. Ganas de arrojarme al río no me faltaban. Un hombre poseído por la melancolía, la impotencia y la soledad debe desechar ideas que aparecen en su mente sin que nadie las haya invitado a pasar, pero que ejercen una poderosa atracción. Después pensé en mis hijos y la visión de su arrolladora pasión por vivir, de esa ilusión que a mí se me antojaba una especie de hechizo mágico que deseaba que no les abandonara jamás, disipó los negros nubarrones que empapaban mi mente de pensamientos funestos.
Nada se podía hacer ya por Luz; quizá tan solo aprender de su
experiencia y de la mía propia y ser capaz de transmitir a mi
descendencia un cierto equilibrio en la vida. Tratar de que su estrella
brillara a la vez que se les enseñaba a defenderse de los que desean
apagarla. Ser capaz, en el momento oportuno y en dosis muy medidas,
de abrirles los ojos ante la pasividad y el egoísmo connaturales a
nuestra especie. Explicarles, qué cojones, que por aquí todo el
mundo va a lo suyo, y que se regalen la belleza de su interior a sí
mismos y dosifiquen la que entregan a los demás. Al repasar los
acontecimientos de esta jornada agria y desalentadora, las caras de
El Cortés, Bic, Noelia o Machete desfilaban ante mí como una
especie de baile de máscaras macabras que succionaban toda mi energía y me
dejaban tirado en el suelo como si fuera una mierda de perro
callejero. ¿Existirá en este mundo gente buena, inteligente,
equilibrada, empática y soñadora? ¿Serán capaces mis hijos de
entrelazar su camino con el de personas de fiar? ¿Hay en el mundo
seres junto a los que construir un lugar mejor, compartiendo no solo
las victorias y la bonanza sino también los esfuerzos y los actos
que nos impulsan hasta alcanzarlas? Quizá mis expectativas hubieran sido
siempre muy altas y llevara toda la vida embutido en mi ridícula
armadura de caballero andante, luchando contra molinos, en busca de
una Dulcinea que solo habita en la mente de un loco que ha leído
demasiados libros de caballería.
Así que este patético, arrugado y envejecido Quijote encendió otro
cigarrillo cuya lumbre brillaba como el último ascua de una vida
casi extinguida, que dirigía sus pasos hacia su humilde morada bajo
la luz cenicienta de las farolas que iluminaban a mordiscos la ribera
del río. Siempre me quedaba la esperanza de que aquel cigarro fuera
el que alberga la dosis que acaba con uno cual veneno rápido y
letal, que escondiera esa bocanada mortífera que nunca llega.
El barrio me acogió con su familiaridad mundana y despreocupada. Aún
seguía abierta la librería del callejón, faro que ilumina las
aceras de un mundo que da la espalda al conocimiento y la
imaginación. Paseé entre los expositores y acaricié las portadas
de los libros con las yemas de los dedos. Sabía muy bien qué estaba
buscando. Me detuve frente a una estantería que me ofrecía el
Universo; ese que no conspira a mi favor, ni en mi contra, sino que
explota en mi mente y me regala eones de vidas, momentos y aventuras.
Mi dedo índice recorrió los lomos hasta detenerse en el que
perseguía. Lo tomé por su borde superior y lo rescaté de entre sus
latientes congéneres hasta sostenerlo frente a mis ojos. ¿Por
qué corre Sammy?. Sí, ¿por
qué cojones corren todos los Sammys?¿De qué abismo absorbente
y podrido escapan? ¿Por qué aplastan la vida de otros seres mientras
se abandonan
en brazos de una atroz y
alocada carrera hacia la
muerte?¿Y por qué otros Sammys no corren nada? ¿Por qué le echan
la soga al cuello a pobres ilusos y caen sobre ellos como peso
muerto? ¿Es que no ven que su desidia es la cuerda que ahorca a
aquellos a los
que les
aman?
Allí mismo pensé: Leeré
al bueno de Budd en mañanas luminosas, tardes cálidas y noches de
insomnio y transitaré bajo su batuta sensible a través de vidas
enteras. Seré otro burgués más que cambie de coche y compre
televisores de plasma, haciendo todo lo posible por mantener vivo
este cuerpo durante cien años. Pero yo ya no estaré en este sucio
mundo, sino que habitaré en los personajes creados por otras mentes
y viviré con pasión dentro de ellos. Quizá sea yo algún día el
que llene de signos algunas hojas en blanco. Esos extraños símbolos
que la Humanidad dibuja sobre cualquier superficie desde hace
milenios, y que encierran un lenguaje secreto, destinado, todavía, a
unos pocos elegidos.
Me llevé
también un libro con ilustraciones,
para los niños.
Salí
a la noche cerrada y fría de esta ciudad que jamás descansa. Pude
sentir cómo las ratas
devoraban
sus cimientos mientras fumaba
otro cigarrillo. Su veneno entró
dentro de mí y después salió,
creando volutas de humo que se mezclaron
con un aire ya viciado. Tiré
la colilla al suelo y la pisé.
Quizá fuera
el último. Comprobé
que su luz se había
extinguido y me dirigí,
con paso tranquilo, hacia mi hogar.
FIN
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