sábado, 29 de octubre de 2016

Stoner, de John Williams

    Al leer Stoner uno se siente como si estuviera contemplando un retrato. El de un hombre común, sencillo, neutro. Asistimos a la sencilla narración de la vida de otro occidental burgués. Su infancia, juventud, madurez y muerte. Una simple existencia más, con sus sinsabores y sus pequeñas alegrías; una vida que transcurre en la primera mitad del siglo XX, afectada por dos guerras mundiales, vistas desde la seguridad física de una universidad americana. Acompañamos a Stoner en una niñez dura y fría en una granja. Vivimos su entrada en la mencionada universidad y su súbito enamoramiento por la literatura. Asistimos a su fracaso matrimonial y a su incapacidad como padre. Sus vicisitudes profesionales como profesor con alumnos y compañeros. Su pasión amorosa y su defenestración. Y por fin, su muerte, acompañado de lo que más quería, abrazado a su identidad. Sus dos leves amistades nos llevan de la mano: Finch, cuya compañía se acerca y se aleja de Stoner y de su vida personal y profesional, pero que siempre constituye un fuerte asidero para él. Y Másters, tempranamente fallecido en acto de guerra, quien se convertirá en una especie de referencia moral y lazo de unión entre los dos amigos vivos. Su esposa Edith, una mujer marcada por fuertes complejos sexuales y emocionales, convierte la existencia de Stoner en un tormento de maldad y retorcimiento sibilinos. El profesor Lomax jugará el mismo papel en el ámbito universitario.
    Los problemas de Stoner podrían ser los de cualquiera de nosotros. Sin embargo, él muestra una manera muy personal de afrontarlos. Stoner encarna ese descomunal salto sobre el abismo que ha de dar toda sociedad rural que se transforma súbitamente en urbana e intelectual. Stoner conserva durante toda su vida la emotividad de un duro y frío campesino, de un ser humilde acostumbrado a apretar los dientes y sufrir. Un hombre de gran talla intelectual lastrado por una educación emocional pobre, incapaz de afrontar las vicisitudes de la vida con algo que no sea la pasividad y el silencio, la mirada anodina, el sufrimiento interior del que quizá se encuentra fuera de su lugar natural. Pero Stoner siente, aunque calla y se está quieto. Siente un profundo amor por su hija, y desnudar ese sentimiento le cuesta perderla. Siente amor verdadero por Katherine, que trata de proteger en un dique secreto, pero por cuyas grietas se escapan hilos de agua que se transformarán en una ola que les ahogará. Siente amor por la literatura, por esa universidad que, según Másters, cobija a los discapacitados, y será precisamente el complejo supurante de dos de ellos el que arrase con su intensa relación con las letras. Stoner afrontará los ataques a sus tímidos y tenues sentimientos como lo haría un granjero americano: encerrándose en sí mismo, encorvándose, aguantando el pedrisco, aceptando la agresión y la calumnia como algo con lo que simplemente hay que vivir. Presenciamos una emoción intensa y oculta, que nos aborda en pasillos, despachos y salones, que se ofrece atesorada detrás de cada sencilla línea, que nos asalta en cada capítulo.
 
John Williams maneja el pincel con maestría. Tan sólo acercándonos mucho al cuadro, sintiéndolo, descubrimos los trazos de un retrato maestro, de una intensidad emocional incapaz de labrar otro camino que no sea el que le habían marcado sus ancestros. El estilo de Williams se mantiene neutro, narrativo, algo distante. Con lo cual nos regala la oportunidad de incorporar nuestros sentimientos a la vida de Stoner, nos ofrece la ocasión única de vivir su vida y opinarla a nuestro gusto, de juzgar a Stoner, sí, juzgarle, como alguien digno de elogio y empatía o denostarle sin piedad. John Williams logra que sintamos algo muy intenso, sea lo que sea, por un hombre normal, por una vida normal. Quizá por nosotros mismos. Y eso le convierte en un maestro. Y su novela se alza en una de esas con las que nosotros, o Stoner, quizá, quisieramos morir entre las manos.

martes, 25 de octubre de 2016

El viajero bajo el resplandor de la luna. Antal Szerb

    Me encontraba sumido en una etapa de sopor literario, en la cual leía entregado, como siempre hago, autores o libros de renombre  que no conseguían hacerme vibrar, que no despertaban en mí ninguna de esas emociones o pensamientos que nos hacen apasionarnos por la literatura. Recordé la recomendación de un amigo: la librería Méndez, junto a la Puerta del Sol. Ya he ido y me ha hecho muy feliz, pero esa es otra historia. Antes, busqué referencias de tan noble establecimiento en la nube y me encontré con algunas gratas sorpresas, entre ellas la recomendación de El viajero bajo el resplandor de la luna, escrito por Antal Szerb y publicado en el año 1937.
    El período de entreguerras fue el escenario en el que este escritor húngaro de raíces judías, a causa de las cuales murió en un campo de concentración, escribió esta estupenda novela. Emplea un lenguaje claro y sencillo y presenta una estructura temporal lineal, pincelada con viajes al pasado en forma de recuerdos del personaje principal, Mihály, un burgués inadaptado que reside en Budapest y que cumple su sueño de viajar a Italia en su luna de miel. Le acompañaremos en un periplo interior en el que se enfrentará a sus contradicciones, sus miedos y sus fantasmas del pasado. Una juventud onírica como convidado en la casa de los Ulpius, hermano y hermana enfrascados en una relación pseudoartística y autodestructiva, marcará la existencia de un hombre en permanente búsqueda y huida de sí mismo. Viajaremos por la geografía transalpina acompañando a Mihály, separado fortuitamente - o no - de su mujer por un tren que se dirige al lugar equivocado, en un descenso a los abismos de la aniquilación del ser social adulto, enmarañados en una apasionante búsqueda de los orígenes deliberadamente olvidados de la psique de un ser humano en permanente contradicción. Un libro embellecido por el humor inteligente de su autor y su natural relación con el lenguaje, que creó hace ochenta años una historia sorprendentemente moderna, en la cual la esposa de Mihály, Erszy, emprende su propio camino en busca de sus raíces psicológicas y emocionales. La acompañaremos hasta París, donde una fémina valiente y segura de sí misma explora los límites de una mujer burguesa con una sinceridad propia de nuestros días. Los amigos de la infancia de Mihály se mueven por la novela en el espacio y en el tiempo, dictando con su presencia o con su recuerdo los pensamientos y debaneos de nuestro protagonista. Janos, Eva, Talmás... pero también nos acompañarán médicos, jóvenes americanas, taberneras, padres y hermanos; figuras surgidas de un mundo aún despreocupado y que tratan de sacar a Mihály de sus abismos con naturalidad y cariño. Personajes sólidamente construidos  que nos sitúan frente a la relación del ser humano con la religión, la amistad, el amor o la muerte.
    Una deliciosa locura transitoria, un paréntesis adolescente y apasionado en la ordenada vida de unos personajes burgueses y desorientados, envuelta en un levísimo romanticismo por la vida mediterránea. Un libro que cautiva por su sencilla belleza y su valentía serena a la hora de explorar el alma humana y que deseamos que no termine jamás.

sábado, 2 de julio de 2016

Página de autor

Página de autor en Amazon
Os presento mi rincón de autor aficionado, donde podréis encontrar enlaces a mis libros y relatos, así como una breve reseña biográfica. Espero que os guste.

Nuevo libro. Senegal: relatos de viajes y cooperación al desarrollo

Ir a Senegal: relatos de viajes y cooperación al desarrollo.
    Es un placer presentaros el primer libro de la ONGD Construye Mundo, titulado Senegal: Relatos de viajes y cooperación al desarrollo. En el podréis encontrar testimonios de periodistas, cooperantes, viajeros y senegaleses, acercándonos a un país pacífico, amable y acogedor, repleto de aventuras, paisajes y gentes por descubrir, de un modo diferente y cercano. Como cofundador, Vicepresidente y voluntario, participo con dos entretenidos relatos de algunos de mis viajes de trabajo por el norte del país, uno de ellos en compañía de mi mujer y mis hijos. También incluyo otro relato de la ascensión al Jbel Toubkal, cima del Atlas marroquí que ostenta el honor de ser la cima más alta del norte de África, en compañía de mi esposa, con el fin de recaudar fondos para la organización. Un libro que rezuma pasión por África (incluye fotos a todo color, mapas e infografías muy intuitivas)  y que destina íntegramente los fondos recaudados con su venta a proyectos de cooperación en Senegal. Anímate a ser solidario de una forma que te hará pasar un buen rato. Muchas gracias por tu apoyo y tu colaboración.

lunes, 20 de junio de 2016

La puerta del ego


- ¿Has abierto tú la puerta?
- No, disculpa, lo hice sin querer, al apoyarme.
- Entra aire fresco, está bien, pero es una puerta de emergencia, y tiene que permanecer cerrada...
- Lo entiendo, ha sido sin querer, pero si por mi fuera, y siendo de emergencia, se quedaría siempre abierta...
- La cierro, pero si de mí dependiera, tampoco me importaría dejarla siempre abierta...
- ¿Para escapar?
- No, para que se marcharan vuestros egos y, llegado el caso, el mío...
- Ja, ja ja, mi ego está más presente aquí que yo mismo, es más fácil que mi cuerpo se volatilice, que mi ego salga por esa puerta...
- Al menos entra aire fresco por un momento, gracias a tu error, pero debo cerrar la puerta...
- No te equivoques, los egos no se refrescan con el aire de la calle..

martes, 31 de mayo de 2016

La Poligonera no sale barata, sale gratis.


 Homenaje a Natsume Sōseki, escritor budista, y a su famosa novela Botchan


    Hoy ha amanecido un maravilloso día de primavera. El cielo es azul y un viento fresco, proveniente de las últimas nieves de las cumbres pirenaicas, limpia las calles de malos augurios. He saludado a un nuevo amanecer sentado en mi cojín de meditación. Soy consciente de que tengo salud, casa, comida, agua, el amor de mi mujer y mis hijos, el sincero aprecio de mis amigos y una vida en paz. La paz interior de no tener nada que hacer ni ningún lugar a donde ir, de no ser nadie y no ir a ninguna parte. De anular la avidez, el odio, el apego y la ofuscación. De no ser esclavo de ninguna pasión, de no ser un simio trabajador-consumidor, y de agradecer a mis pocos enemigos que, con su vacua existencia, me ayuden a desarrollar mis virtudes. Soy consciente de mi cuerpo y mente en paz, y del maravilloso momento presente.
    Como cada día, cuando despiertan, soy consciente de la extraordinaria mujer con quien comparto la vida y de la inmensa felicidad de mis hijos.
    Conduciendo por las calles de Zaragoza, siento una serena alegría. Vamos a recoger a gente que da la vida por mí, y yo por ellos, cada día, y que hemos construido un lugar entre todos en el que somos felices mientras trabajamos. Y allí están, esperándonos, preparadas, con buen ánimo. Desayunamos en una cafetería de la Plaza de los Paralelospípedos, junto al juzgado. Más buena gente, con sus familias, se incorporan. Hablamos de fútbol - el Real Madrid acaba de ganar, por primera vez, la Champions league al Atlético de Madrid de forma humillante, en el minuto 93 - y saboreamos un buen café.
    Antonio, una de esas personas excepcionales que te regalan, sin saberlo, los advenedizos, nos anima a Benito y a mí a entrar en los juzgados. El guardia de seguridad me pide que le muestre cuán grande es el mosquetón en el que llevo mis llaves, y nos reímos. El ascensor nos lleva hasta una amplia sala llena de letrados y clientes. Disfruto del bullir de la compleja actividad intelectual humana. En contra de lo que esperábamos, enseguida nos llaman para conciliar. Antonio, Cucaracha - la toga negra, el pelo oscuro aplastado, su pequeñez y su cara corroboran de forma física el apodo del que se ha hecho justa merecedora con su comportamiento - y Na.di.e pasan a un despacho en el que les reciben la fiscal y la secretaria. El Parásito Familiar y un hombre gordo y calvo esperan fuera. Los mensajes de claudicación falsos han sido enviados hace unos pocos días. Sandra, abogada laboralista y prima de mi mujer, se acerca para saludar y dar ánimos, y también para contarnos que el juez que nos ha tocado es muy "prooperario". ¿Y cuál no lo es?
    No hay conciliación pero queda en vilo, ya que la Cucaracha y el Parásito Familiar quieren luchar por su tajada. Conocemos cómo funcionan los zocos de medio mundo, y sabemos que los despojos sin inteligencia que utilizan a los demás acaban convirtiéndose en carne con la que comerciar, a su vez. Y que la estupidez de Na.di.e, entendida como una natural incapacidad para comprender lo que realmente ocurre, ofuscada por la bilis, juega a nuestro favor. En muy poco tiempo, gracias a un gran abogado y a su maleta "vacía", el regateo nos favorece. 46.000...15.000...10.000...8.000... hasta llegar, sin problema, a improcedencia, retirada del mobbing para todos - con lo cual se reconoce implícitamente su falsedad, algo cierto no se retira por cuatro duros - y se acepta el finiquito ya abonado, al cual le faltan diez días de vacaciones. Y hacemos cuentas: todo lo que ha perdido - y nosotros ahorrado - por las sanciones, la reducción de jornada como intento de presión -y que hemos ahorrado -, perder el módulo presencial, el tiempo y esfuerzo invertidos en redactar mentiras con la Cucaracha, en engañar a psicólogos y psiquiatras, en peritajes y traslados de ordenadores para elaborar pruebas estúpidas, en escuchar audios de forma obsesiva, en convencer a posibles testigos - alguna de las cuales siempre ha puesto a caer de un guindo -, en no dormir, en tensionar la vida familiar, los meses sin ingresos, los honorarios de la Cucaracha y adláteres, el aldaManazo del peritaje, fregar el suelo con su orgullo, por el cual ha perdido trabajo, amigos y un futuro amable - lo triste de las personalidades psicopáticas es que son su propia y continua condena; perder personas les da igual, no nos diferencian de los objetos, y su entorno toma nota -, proteger a un gran equipo profesional y humano y nuestra bendita vida feliz. Y ahorrarnos un sueldo que estábamos dispuestos a mantener, desde que cerramos el otro centro de trabajo, por sincera amistad y cariño. Me hago una simple pregunta: ¿cuánto dinero cubre una reputación y unas referencias arruinadas por siempre en un sector pequeño en el que todo el mundo se conoce? Las alimañas pelean por las migajas que ellas mismas han ido perdiendo por el camino. Cuando se las das, los buitres que les flanquean las devoran y la alimaña continúa alimentándose de odio, orgullo y sonrisa huidiza para ocultar su profunda necedad. Utilizamos la psicopatía con la que nos ha agredido en nuestro beneficio. Tal y como le explica un senador romano al César en Gladiator, la anguila permanece quieta en el fondo del mar, impasible incluso cuando la muerden, para descargar un sorprendente golpe eléctrico inesperado en el último momento. Nos enrocamos y resistimos el asedio para dar un jaque mate fulminante con un par de piezas.
    El Parásito Familiar se revuelve y quiere imponerse en los tiempos de pago. Último estertor infantil y de virilidad capada. Nos negamos y, con la Cucaracha agachada tocando las rodillas de Na.di.e y Parásito, aceptan. La Poligonera no sale barata, sale gratis. Cuando nosotros queremos. A los nueve meses de comenzar un conflicto de niñata mimada egoísta que, solucionado a nuestra manera, le hubiera reportado más dinero, paz y amistad. Cuando nosotros hemos decidido que lo poco que pagamos y la miseria que le llega no cubre la sangre, sudor y lágrimas que se ha dejado para conseguirlo. Habiendo rechazado coacciones, amenazas, manipulaciones y mentiras. Habiéndola obligado a que todo el mundo conozca a su Mr. Hyde. En esta ocasión, Patricia Highsmith no ha conseguido que el talento de Mr. Ripley, A pleno sol, manipule a los grupos de personas que mantiene compartimentados para satisfacer su ego patológico.
    Hemos disfrutado mucho y marchamos serenos y contentos de nuestra madurez y nuestras pocas - o muchas - luces. Mientras, firmando, la Cucaracha, haciendo honor a su nombre, humilla a Na.di.e - a su propia cliente - delante de la fiscal, la secretaria y Antonio - y por tanto, delante de todos nosotros -, diciéndole que una parte es para ella. Antonio afirma asombrado que lo de la Cucaracha amenazándole con que cuidara su espalda y esto, no lo ha visto jamás. Na.di.e, prolongando un ridículo papel que no le interesa más que a los calzonazos que se lo quieran creer, lloriquea ante desconocidos que eso no cubre su sufrimiento, tras haber firmado. La humillación continúa cuando Cucaracha, en un aparte, excitada, le pide el teléfono a Antonio, y éste se lo inventa. Él la suele llamar La Inmunda, la Colega del Inframundo.
    Uno de los despojos que aguarda abajo, Esmeralda, será alcanzada por sus deudas.
   Un montón de buena gente nos espera en la calle, dispuestos a darlo todo. No hace falta. El mayor Arte de la Guerra consiste en vencer sin luchar, Sun Tzu dixit. No era un alma barata, era una desalmada gratis.
   Continúa haciendo un maravilloso día de primavera. Lo celebramos con una buenas jarras de cerveza, en una terraza, todos juntos. María relata la anécdota de una mujer de su pueblo que, insultada de hecho y palabra por una vecina de manera reiterada, le soltó un buen puñetazo. Resultó condenada a pagar diez mil pesetas y, cuando tuvo que aportarlas, puso otras diez mil más, por la siguiente torta que la iba a soltar cuando saliera. Disfrutó tanto que le parecía barato.
    Luego, tarde, nos damos un homenaje en un restaurante vasco. Y después, un gin-tonic al atardecer, con la ciudad a nuestros pies. Hablamos y reímos, de lo divino y de lo humano, y saboreamos los detalles. Disfrutamos siendo conscientes de esa íntima sensación que sabemos que le ha quedado al atontado que sabe que ha perdido en todo y le han hecho creer que ha ganado. Como le pasa en Nueve Reinas a Ricardo Darín. El timador timado por un buen grupo de amigos a los que había tratado como a objetos de usar y tirar.
    Ha sido un gustazo defendernos de una mala persona, la Poligonera y su banda de secuaces, durante los últimos meses. Nos ha ayudado a conocernos mejor a nosotros mismos y a encontrar gente nueva maravillosa. También a saber que tenemos amigos de verdad, que frente a la adversidad nuestra gente es una piña y responde. A defender con serenidad nuestra independencia y nuestra identidad, por las que siempre luchamos, frente a desequilibradas que pretenden imponernos sus decisiones. A digerir la traición y el hostigamiento de un ser cruel, arrogante y dictatorial, bajo su máscara. Una persona vengativa frente a un simple no de esta forma, pero sí de esta otra, arrogante y orgullosa, no sabemos muy bien de qué. El egoísmo y la altivez, pruebas concluyentes de una personalidad mal construida, falta de cariño y rebosante de inseguridades, residen en las entrañas, situadas muy por debajo del corazón y la cabeza. Frente a personas violentas y podridas por su ponzoña interior, hemos opuesto serenidad e inteligencia. Frente a despojos que tratan de imponer sus egoístas deseos al sentido común y al bien colectivo, resistencia. Frente a parásitos de la sociedad, de sus progenitores, de su marido y de sus inocentes hijos, trabajo, esfuerzo, honestidad y buenas intenciones. Frente a la rapiña, valores. Como dijo Ghandi, un gran resistente, la violencia es el miedo a los ideales de los demás. Yo añadiría que el sostenimiento de esos ideales es el espejo que sitúa a los indeseables frente a su podredumbre. Y que no soportan verla, no se soportan y por eso huyen hacia adelante con los ojos vendados y el entendimiento nublado. Ante semejantes seres no sentimos pena ni odio, sino Compasión, con mayúscula. Y un profundo y sincero agradecimiento por ayudarnos a ser mejores personas y mejor equipo.
    Nuestros hijos nos reciben en casa con un torrente de alegría y nuestro hogar nos arropa. Sentado en mi cojín, en la serena noche de primavera, medito acerca de las sencillas y claras enseñanzas de un gran maestro zen: the way out, is in. Si no comprendes esto, jamás hay salida.
                                    ~~~

¿Te ha gustado?Lee otro relato de la Poligonera pinchando este enlace. Victoria, Na.di.e o la Poligonera de San Blas


domingo, 29 de mayo de 2016

Nuevo libro: El Dandi del Congo


Ir a El Dandi del Congo.

    Es una enorme alegría poder presentaros mi segundo libro, El Dandi del Congo, basado en los relatos de este blog. Nuestra intención es que paséis un buen rato mientras contribuís a una buena causa. La recaudación íntegra de las ventas del libro irá destinada a proyectos de cooperación en Senegal con la ONG Construye Mundo. Disponible en eBook y en papel. Muchas gracias y espero que lo disfrutéis.

sábado, 26 de diciembre de 2015

El fantasma de la Nochebuena

   Anoche me entregué de nuevo a mi secreto ritual cotidiano, consistente en disfrutar, en la penumbra de una habitación a oscuras, de tortilla de lentejas y de un batido de kiwi con carne picada. No hay nada que más me relaje. Sin embargo, en esta ocasión, y en fecha tan señalada como la Nochebuena, mi agradable rutina se vio truncada por la súbita aparición de un fantasma. Me pilló tratando de tragar una porción de tortilla mientras le daba un sorbo al batido. Me llevé tal susto que lo escupí de un golpe, dejando al pobre fantasma hecho unos zorros.
   -¡Pero qué haces!¡Mira cómo me has puesto!
    El fantasma llevaba un bonito atuendo de fiero pirata, arruinado a causa de los restos de lentejas esparcidos por su camisa blanca y por una mancha de kiwi adornando su tenebroso parche. Le pedí disculpas y tanteé la mesa hasta agarrar una servilleta de papel. Me levanté dispuesto a tratar de limpiarle un poco pero me despachó con cajas destempladas.
   -¡Quita! ¡Aparta tus sucias manos! Así no hay forma de asustar a nadie, narices...
   De su cuerpo emanaba una extraña fosforescencia blanquecina, y yo podía ver a través de él, lo cual me tranquilizó. Me encontraba ante un auténtico fantasma y no frente a cualquier listillo interesado en robarme la receta secreta de mi delicioso batido.
    -Permíteme un momento...
    Entonces se giró, y en un abrir y cerrar de ojos se había convertido en un famélico corredor de maratón, con su dorsal y todo, en cuya rasurada cabeza lucía un tocado de faraón egipcio y que sostenía, en su mano izquierda, una varita mágica.
-¿Está usted bien? -le pregunté
- Sí, sí. ¿Qué pasa, que no te doy miedo?Me han dicho que esto es lo último en atuendos para asustar a la gente...
-Miedo no, pavor es lo que siento ahora mismo.- respondí impertérrito.
- Bueno, vamos a ver, estoy aquí porque me han dicho que estás planeando convertirte, a partir de mañana, en una persona normal. ¿Pero es que te has vuelto loco?
-No, no. Bueno, ejem, fíjate, fíjate bien...
    Acerqué la mano a mi oído derecho e introduje los dedos con fuerza, hasta el fondo. Algo se movía y sabía que era ella. Se resistía a que la sacara de allí dentro, pero en un ágil movimiento final conseguí atraparla con tres dedos. Tiré con fuerza y el fantasma pudo ver como de mi oreja emergía una ristra de palabras que, aunque parezca mentira, conformaban una idea. Una vez fuera, y sostenida en vilo por mi mano, la idea se agitaba, como queriendo regresar al cerebro que la había creado.
-¿La ves?Es mi idea de convertirme en una persona perfectamente normal...
El fantasma hizo un mohín y mostró su disgusto ante tamaña visión.
-Aparta esa asquerosidad de mi vista.
Entonces cogí el batido con la otra mano y me dispuse a llevarlo a la cocina.
-¡Eso no, zopenco!La idea que cuelga de tu mano.- dijo mientras se recolocaba el tocado egipcio con gesto disgustado y señalaba mis palabras encadenadas con la varita mágica.
-¿No te da vergüenza hacer caso a ideas tan simples?Además, ¿no creerás que esa idea es tuya, verdad?
-Pero bueno, fantasmón-me crecí. ¿De quién va a ser si no?La tuve el otro día mientras veía por la televisión a toda esa gente tan normal. Se quejaban mucho y parecían bastante enfadados, pero al menos se les veía siempre con algo que hacer, algo que resolver. Se les ve siempre con alguna necesidad, algún deseo, siempre intentando conseguir lo que les falta, en constante movimiento. A la gente normal se les debe pasar la vida en un suspiro, siempre haciendo cosas. Así no da tiempo a pensar, debe ser un gusto. Se les ve a todos juntos, tan contentos, repitiendo las mismas cosas una y otra vez, así, muy rápido. Yo quiero ser normal. Como ellos y ellas.
- Pero muchacho,¿has perdido el juicio?¿Se te ha ido la chota?No puedo creer lo que estoy viendo. Tu abuelo tenía razón. No quería creerle pero es cierto. Y mira que me avisó. Me dijo, vete a verlo padre, ve a visitar a tu bisnieto y mira en lo que se ha convertido la degeneración de nuestros queridos genes, cuando los teníamos, claro. Yo a tu abuelo no le hago mucho caso porque allí, en el Cielo, se ha vuelto más llorica que cuando estaba vivo, y además le ha dado por amonestar a todo el mundo, vestido con una guerrera militar y un tutú de bailarina, que dice que hasta los muertos necesitamos una revolución con sonrisas. Pero en esta ocasión está en lo cierto...
    Miré al fantasma de mi bisabuelo, y no se parecía en nada a ese serio director de periódico de finales del XIX que había visto en los álbumes de fotos familiares. Mis tías me habían contado, eso sí, que había tenido fama de libertino, y que incluso había tenido el mal gusto de frecuentar, toda su vida, a artistas y escritores sin ni una sola idea política. Que había viajado por todo el mundo, habiendo desaparecido en varias ocasiones sin dejar rastro. De sus viajes tan sólo traía puñados de tierra y extraños instrumentos musicales. Es decir, una persona, ahora que lo pensaba bien, nada normal, y por tanto, muy poco de fiar.
    Mientras pensaba en todas estas cosas, ahora que podía, habiendo quedado mi cerebro totalmente vacío de esa idea para mí tan maravillosa de ser una persona normal, el fantasma de mi bisabuelo estiró su tísico brazo de maratoniano, todo sudado y brillante y, con la punta de su varita negra de extremos morados, enganchó mi idea, la enrolló en el mágico instrumento, y tiró de ella hasta arrancarla de mis dedos. Sin darme tiempo a reaccionar, absorto como estaba en imaginar a mi abuelo lloriqueando mientras su progenitor le echaba arena por la cabeza y le obligaba a tocar el sitar o un tambor africano, hizo una bola con las palabras de mi idea, la aplastó fuerte con ambas manos, y consiguió que todas las letras se entremezclaran, incluso aplastándose unas contra otras, y formando extraños símbolos y caracteres que a veces recordaban a las olas del mar, que se convertían en estilizados símbolos árabes, que se transformaban en dunas, de las que el viento arrancaba arena, que se arremolinaba formando notas musicales, que se convertían en pinceladas de ideogramas chinos y en otros extraños símbolos que casi me pareció entender, escuchar, como si Sherezade me susurrara mil historias que huelen a zoco, a rubíes, esmeraldas, y a alfanje ensangrentado.
¡Nooooo!¡Quiero ser normal!¡Noooooo!
    Abrí tanto la boca para gritar. Fue mi gran error, el cual aprovechó el fantasma para, en una ágil quebrada, colar la esfera de palabras y letras en mi garganta y, de paso, meterse él también dentro. La varita se le escapó de la mano y me acertó en todo el ojo, y todavía me sabe la boca a sudor de maratoniano y a tierra. Sentí un fuerte golpe, el de mis antepasados, en el corazón, y la cabeza me explotó en tal caleidoscopio de ideas alucinantes, mágicas y completamente inútiles para gobernar un país, que caí desmallado entre restos de carne picada, kiwi y tortilla de lentejas.
 
Esta mañana he despertado como si hubiera dormido mil y una noches. He abierto las ventanas y se han quedado así para siempre. Me he sentado frente a un papel y he comenzado a escribir:
"Anoche me entregué de nuevo a mi secreto ritual cotidiano...

martes, 22 de diciembre de 2015

Victoria, Na.Di.e o la Poligonera de San Blas



    Recuerdo, en otra agraciada plenitud de mi vida interior, a uno de esos seres, que no me atrevo a calificar de humanos, de mis vivencias de incipiente madurez. Aún corrían tiempos de pequeños espacios libres para que los desgraciados iletrados creyeran que campaban a sus anchas, allá por finales de los noventa. Por aquel entonces tuve la desgracia de relacionarme con un despojo humano que sabía disfrazar su hedor a tejido muerto, proveniente de su oscura alma, gracias a la capacidad de los individuos psicopáticos de relacionarse en sociedad disfrazados de normalidad, incluso en su entorno más cercano. Con el transcurrir de los benditos años de paz, amor y cariño que me ha regalado la vida, los detalles de las experiencias con los pocos necios con los que me he relacionado se han difuminado, quizá porque jamás me han interesado demasiado.
    Por aquel entonces ya había aprendido que el dinero, en muy pocas cantidades, es capaz de comprar el alma de los seres con amago de inteligencia más despreciables. Almas baratas, forma educada de llamar a los que se comportan peor que una de las profesiones más antiguas. Seres vivos muertos, sin memoria ni empatía, desgraciados desagradecidos, manipuladores capaces de relatar mentiras y de fabricar insultos, de contar medias verdades y completos embustes dependiendo de la persona que tuvieran delante y su facilidad para plegarse y adherirse a sus infectos planes. En aquellos tiempos se estilaba informar casi por completo a la sutil y exitosa zorra a la que inconscientemente se emulaba y desinformar y engañar vilmente al bondadoso  e incauto progenitor al que la genética familiar del propio género había sido capaz de sojuzgar en la generación anterior.
    Victoria, maldecida por su propio nombre, era un amasijo de células supuestamente vivas que apareció en nuestras vidas laborales dispuesta a recibir todo lo que las personas honestas sabemos dar, disfrazando la podredumbre heredada y aprendida en lo cotidiano de una manipuladora y estirada cucaracha, a cuya hija en fugaz iluminación autorredentora pensó en llamar Natividad, idea bloqueada ipso facto a causa del permanente recordatorio que supondría la límpida evocación del nombre de la hija en contraste con la putrefacción de los materialistas fines de la concepción de la mencionada hija y de sus hermanos. Victoria era mucho mejor, debió pensar, reflejaba una forma de ver la vida mucho más acorde con su conducta, dirigida por sus más básicos instintos animales, pero remozada con una buena capa de maquillaje, ropa y peluquería. 
    Recuerdo el día en que escuchamos decir a Victoria, escapándose por una pequeña grieta que el alcohol había abierto en su disfraz, que ella siempre conseguía lo que quería. Esa poderosa afirmación del ego refleja el engañoso sentimiento de superioridad que aflora en seres que carecen de la más mínima formación e inteligencia pero viven rodeados de familiares que de una forma u otra les sostienen, manipulados por arpías que saben manejar los afectos en su favor. Un buen ejemplo de todo ello era el pobre marido. Aquella misma noche comentaba, ufana y desinhibida, desatada, cómo había despreciado a su marido hasta que le había visto con un buen coche y una buena profesión y le había engatusado porque, de nuevo...ella siempre conseguía lo que quería. Y podías ver al pobre infeliz diciendo por ahí que Victoria era una buena chica, mientras viajaba por medio mundo currando como un esclavo para sostener sus caprichos y, el poco tiempo que pasaba en casa, era sojuzgado y obligado a trabajar de manitas del hogar y atender a los niños en pro de una supuesta igualdad de sexos, uno de los trucos más viejos para someter a un buen hombre, quien desahogaba su humillación velada en despedidas de soltero, entre alcohol y amiguitas de una noche.
    Conducía un coche negro barato y usado, de segunda mano, antiguo con apariencia de nuevo, de una marca de lujo, lo cual convertía en verdadero el axioma de que tu coche habla mucho de tu personalidad.
    Era dueña de un perro, el cual tenía permanentemente endosado al sector masculino de la familia en cuanto a su cuidado. Las pocas ocasiones en las que se hacía cargo de él, le permitía cagar dentro de las zonas comunes del edificio donde residía, y era capaz de enfrentarse e insultar a cualquier vecino que la increpara frente a su sucia e inadaptada conducta, y contarlo con visible satisfacción, esgrimiendo una sonrisa de orgullo.
    A la mínima oportunidad hacía gala de un profuso postureo de izquierdas, con pose de sufrida y esforzada trabajadora incluida, probablemente generada por la mala conciencia de ser una parasitaria hija de papá que había sido incapaz de hacer el mínimo esfuerzo por pasar del primer año de una carrera facilita de universidad privada. Cuando se fue acercando el momento de comenzar a parasitar también al ente público y, por tanto, robarnos a todos, trabajadores cotizantes sobre todo, abandonó sus comentarios de proletaria oprimida e incluso comenzó a vestir ropa menos "callejera".
    Victoria, o Na.....Di.. .e......., como la llamábamos sus compañeras, fue despertando, con el paso de los años, a una dura realidad. La de que la juventud camufla la ineptitud, porque castiga el esfuerzo, pero con el tiempo este se ve gratamente recompensado. Y en la década de los treinta años comenzó a llamar la atención en los círculos familiares, laborales y sociales en los que se movía, el patente hecho de que carecía de estudios, no sabía hablar con propiedad de nada, y tampoco sabía hacer nada útil y cualificado. Vamos, que aunque la mona se vista de ropa barata de internet, mona se queda. O lerda, incapaz, digamos que no le daba la cabeza para nada. Además, el inexorable paso del tiempo pasaba su amarga factura y la belleza propia de la juventud, ese arma que algunas mujeres creen que durará siempre, y a la cual lo apuestan todo ya que no tienen, no son, nada más, declinaba. Las arrugas, las canas, las ojeras, las patas de gallo, algunas partes del cuerpo colgando y otras abriéndose en canal, avanzaban sobre la geografía corporal de Nadie, la cual veía crecer el miedo en su alma hueca mientras comenzaba a tratar de disimular los surcos del tiempo con más capas de maquillaje, que ya utilizaba desde muy joven para ocultar sus patillas y su profusa pelusa facial.
    Entregada a una fachada de orgullo, altanería e impostada seguridad en sí misma, se esforzaba por ocultar el pavor que le producían su ineptitud e ignorancia supinas. Era tan simple que se había creído que tan sólo con dar fuertes golpes contra el suelo con sus tacones y tener una respuesta para todo mientras se mueve el cuello de lado a lado y se ponen caritas, como en los vídeos musicales de mujeres de color que sólo saben cantar, le iría bien. Lo que en el fondo sabía, era que todas esas divas de plástico a las que emulaba eran ídolos de niñatas, que siempre acaban mal. Y comenzó a hacer lo que toda mala mujer acorralada por sí misma hace en el mundo moderno: Utilizar a sus hijos, su maternidad, como su última y desesperada arma arrojadiza.
    Intentó coaccionar a mis jefas, unas bellísimas personas que habían confiado en ella, la habían hecho numerosos favores y la habían tratado con sincero cariño. Lo hizo en presencia de personas ajenas a la empresa, así de estirada, orgullosa, barriobajera y estúpida era. Ellas tuvieron que cerrar la sucursal en la que ella trabajaba y, en vez de echarla, la acogieron junto a nosotras en la central y la buscaron algo que hacer. Le pagaron formación para que accediera a una categoría mayor y ganara más dinero, pero ella se dedicó a despreciar semejante regalo sistemáticamente, aunque en el fondo todos sabíamos que era incapaz de estudiar nada. Tenía una de esas frentes tan estrechas que imposibilitan que ahí dentro hubiera un lóbulo frontal convenientemente desarrollado. Le pagaban más horas de las que trabajaba, accedía gratis a los caros servicios de la empresa, sus numerosos familiares sólo abonaban la mitad, cenas y comidas de empresa, regalos de Navidad, sincera preocupación por la salud de sus hijos... Al incorporarse de su tercera baja por maternidad las coaccionó, por medio de una abogaducha recién salida de la facultad, para que la echaran, y así poder pagarse el gimnasio y los caprichitos un par de años a costa del erario público, ya que se enteró de que nuestro maravilloso sistema la abonaba un paro exorbitado por el mero hecho de ser madre. Mis jefas se negaron a cometer un delito penado con cárcel y fuertemente perseguido, madres como eran también, y tuvieron que soportar el vomitivo hecho de ver cómo Nadie les decía a la cara que le daba exactamente igual lo que les pasara y que ella tenía que pensar en lo suyo. Sufrieron lo indecible, al principio, al resultar apuñaladas por la espalda por alguien a quien habían apoyado en todo y en quien habían confiado plenamente.
    Después, al no conseguir llevar a cabo sus abyectos planes de Judas de finales del siglo XX, descubrimos su verdadera personalidad. La Poligonera de San Blas, verdadero ser de rata de dos patas acorralada por la vida, que daba la cara al no conseguir su otro verdadero yo, la Niña de Papá, lo que quería. Regresó a la oficina obligada por las circunstancias, gritando, insultando y golpeando a todo lo que se movía. Se quejó amargamente de realizar la única tarea para la que estaba cualificada, limpiar y ordenar. Disfrutamos viendo sufrir a una mala persona que cuando se mira al espejo cree ver a alguien especial y de categoría social, y cuya imagen reflejada, la real, es una ignorante que sólo sabe limpiar y que ha conseguido llegar a los treinta y pico parasitando los esfuerzos y la clase social de su progenitor masculino. Y que, en una vuelta de tuerca a su alma barata y podrida, descubre que ahora no le queda más remedio que continuar parasitando, en esta ocasión a la sociedad, por medio de sus inocentes hijos. Es ahí cuando vino el período de inventarse visitas al médico, urgencias de sus hijos y bajas más o menos prolongadas, correspondientemente documentadas por un buen detective. Aún así, la podía el carácter soberbio y arrogante, y entonces aparecía la Zorra Revenía, y cometía faltas disciplinarias graves que la llevaban a pasar temporadas en casa sin empleo y sueldo. Lo cual ponía en serias dificultades esa vida aparente que trataba de llevar a base de comprar ropa barata de marca en internet, ir al gimnasio o pagar la letra del cochecillo usado que trataba de usar de insignia de una clase social a la que no pertenecía, o su apariencia de mujer trabajadora e independiente, una de las falsas coartadas para sojuzgar a su marido.
    Salió de nuestras vidas por la puerta de atrás, retratada como lo que en verdad era, una mala persona que ataca a la gente que la aprecia y se humilla por conseguir cuatro perras. Esta salida del armario también lo fue para sus familiares y allegados, algunos de los cuales -uno en especial- ponían su barba a remojar. Y es que algunas ideas oradan los surcos cerebrales como un gusano hambriento, y la de que Victoria era malvada y egoísta se instaló en el cerebro de su marido como en una manzana podrida. Y el gusanito continuó excavando túneles en sus vidas, y le llegó su turno. Mientras los demás progresaban y triunfaban gracias a sus estudios y su esfuerzo, ella, ya algo mayor, vaga, acostumbrada a parasitar y carente de inteligencia y capacidades, tan sólo tenía a sus hijos y a su abogaducha. Así que en esta ocasión los arrojó en forma de divorcio violento, inventando, como buena arpía que utiliza la triste situación de muchas buenas mujeres, una agresión por parte de su marido. Éste terminó viviendo en un pisucho barato alquilado, sin casi ver a sus hijos, y continuó trabajando como un esclavo para pasar a Nadie una pensión desorbitada que ella utilizaba para seguir poniendo capas sobre su vileza y podredumbre. Han pasado veinte años y sus hijos, que no la quieren, salieron jóvenes de casa, y poco a poco han retomado la relación con el buen hombre que es su padre. Ella, muy de cuando en cuando, me llama. Porque además de compañera de trabajo soy su hermana. Yo miro su nombre en la pantalla del teléfono, pulso el botón rojo, y sigo comiendo, feliz, con mi familia. No me ha llamado Nadie.

martes, 4 de agosto de 2015

El Señor del Espejo

     Esta mañana, por primera vez en mi vida, he decido enviar a trabajar al Señor del Espejo. He escogido al que veo después de ducharme, vestirme y desayunar, para que fuera la mejor de las versiones. Me he dicho, qué narices, y he tirado fuerte de su brazo hasta sacarlo de ahí dentro. Da bien el pego, aunque, al ser un reflejo, resulta algo difuso, insulso diría yo, en su comportamiento. Muy apropiado, por tanto, para triunfar en estos tiempos que corren.
     He dedicado la mañana a leer Bajo el Volcán, de Malcom Lawry, cuyo protagonista decide bañar en alcohol su existencia y destruirse con saña. Apasionante y muy coherente, en mi opinión. Parece no soportar ni su persona ni la de los demás. Si hubiera sabido que podía enviar a su reflejo en el espejo a relacionarse con el mundo, se hubiera evitado muchos problemas.
     El Señor del Espejo vuelve a casa a mediodía y me cuenta, para mi sorpresa, que casi todo el mundo con el que se ha relacionado eran también señores o señoras del espejo, o perfiles de redes sociales. Se reconocen entre ellos con facilidad. Le ha resultado imposible entrar en contacto con ningún ser humano. Los que no eran reflejos o selfies, eran Señores del Medicamento, rodeados por un vapor que les difumina y protege del mundo real. Se ha sentido muy poco original y yo también me he llevado un chasco. Pero esto confirma una extraña sensación que ha crecido en mi interior con los años. La de haber nacido cuarenta años tarde, la de sentir una desconexión permanente, una sutil soledad, un abismo en el alma humana, escondida en casa, tras el espejo.
     Tras unas pocas semanas de ser sustituido por el Señor del Espejo mi vida social ha mejorado notablemente. Él se siente feliz, útil a su dueño, y entretenido después de tantos años confinado tras un cristal pulido. Estoy pensando en darle descanso los fines de semana, y sustituirle por algún perfil de red social. Yo, mientras tanto, estoy entregado al noble arte de la lectura y de la cinefilia, en un viaje por los recodos y pliegues del alma humana que todos hemos decidido dejar en casa. Y sufro sus consecuencias. Mi Sombra, de la cual no puedo desprenderme, cada vez es más negra y pesada. Cuando me atrevo a mirarla, de reojo, presa de un profundo pavor, siento que se prepara en secreto para devorarme, mientras, insensato de mí, la alimento sin mesura. Me tranquiliza el hecho de saber que, si me fagocita, nadie notará nada. El Señor del Espejo seguirá dando la cara por mí.