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sábado, 1 de abril de 2017

Prólogo a Vivir para contarlo

   El mínimo instante en el que acontece una muerte violenta se encuentra rodeado de momentos sumamente vulgares. Esa es la sensación que tuve cuando me encontré a punto de palmarla en aquella pared del Montblanc. El granizo golpea tu cara mientras miras al abismo desde una repisa húmeda y resbaladiza en la que casi no caben tus pies, y te preguntas cómo has llegado hasta ese preciso momento y qué narices haces tú allí, con lo joven que eres y lo bien que te va todo. En unos pocos minutos el tiempo empeora y te arruina la vida, literal. Justo antes hacía sol, y después también brillará. Y la vida sigue como si nada hubiera pasado – nada pasa en realidad – mientras tu cuerpo yace reventado contra una roca y es tu alma la que alcanza la cima y sigue subiendo, sigue subiendo...
    Por fortuna nada de esto ocurrió y, cuando salimos de aquella pared sanos y salvos, se podría decir que vivimos para contarlo, que es lo que estoy haciendo yo ahora mismo. En esa expresión anida la alegría de haber esquivado la guadaña por los pelos pero quizá resuene también el eco de una cierta celebración por vivir con intensidad. Aquí se acaba el significado de esas tres palabras. O eso creía yo, pobre hombre analógico nacido en el siglo XX, hasta que leí Vivir para contarlo, de Solomon LaBlanca. Un texto – no me atrevo a insultarlo con etiquetas – que, para un anciano como yo, representa una lúcida bofetada que me despierta a los cambios vertiginosos que han transformado la mente humana y a las nuevas formas de crear literatura. 
   LaBlanca ejerce su profesión de cirujano plástico en Milán con notable éxito, lo cual no le ha impedido convertirse en un escritor de vanguardia y obsequiarnos con esta obra sublime. Muy al contrario, el contacto con todos esos seres humanos ansiosos de transformar su cuerpo en otro, con todos esos desesperados que luchan en vano contra el titán del tiempo, ha sido la espoleta que ha prendido en el alma de LaBlanca para escribir Vivir para contarlo. 
 Asistimos espantados al triste desfile de carcasas vacías, de gélidas neveras sin comida. Hombres y mujeres deshumanizados que existen tan solo para poder contar que existen y que, si no pudieran contarlo, no existirían. Conectados a redes que no toleran la tristeza, el enfado, los nervios o la fealdad. Entretejidos digitales de brillo instantáneo y fulgurante que, aún así, desaparece en la masa acelerada de otras fotos, y otras caras, y comentarios, y selfies, y... Por la clínica del Dr. LaBlanca desfila el pavor a la muerte y a la vejez, a la soledad de una habitación repleta de gente que mira en silencio y no escucha, no da calor; un flujo de vanos intentos por prolongar un autorretrato eterno de juventud, propio de una sociedad de mente adolescente, inmadura y muerta de miedo, que acalla su pensamiento simple y su corazón seco y egoísta a golpe de bisturí. LaBlanca desgrana pequeñas historias de personajes de éxito social que resultan un fraude, una decepción, desde el mismo momento en el que la cámara deja de grabar o hacer fotos. Retrata las resacas diarias que anidan tras la borrachera de cada post, las miserias y traiciones que sufren las personas que conviven con esta especie de payasos, galanes y princesas de barrio del siglo XXI. Pero Solomon no se queda ahí, y aprovecha para introducirnos en determinadas reflexiones acerca del futuro de la literatura por medio de otra historia enredada en las demás a través de una auxiliar que atiende a los pacientes del eminente cirujano-escritor. Una chica que trata de coaccionarle y que crea un conflicto laboral al cual él hace frente. El protagonista va anotando los hechos según van ocurriendo y no puede evitar pensar que, pasada la tormenta, podrían constituir la base para algo bueno que contar por escrito. El conflicto avanza y con él progresa poco a poco también una idea descabellada en el protagonista: la posibilidad de intervenir en esos hechos no de la forma en la cual lo haría él, sino en la mejor para después tener una buena historia que escribir. Vivir para contarlo. El cirujano-escritor termina redactando varios capítulos del libro con el fin de hacer todo lo posible para que la vida real coincida con sus textos. Contarlo para vivirlo. Vivir literatura. Las barreras entre realidad y ficción –que no existen– revientan frente a nuestros ojos y nos enfrentan a lo iluso de la existencia y a una sociedad ficticia compuesta de seres borrosos, pero que la literatura de LaBlanca es capaz de transformar en una auténtica fiesta para el lector, una celebración de las palabras que supera sus propios límites por el mero hecho de ser escrito y leído, un juego genial de espejos enfrentados que espero que disfrutes, lector, tanto como yo lo he hecho. Acabo de escribir un cuento en el que soy crítico literario y escritor, y marcho contento a tratar por todos los medios de que mi vida se parezca lo más posible a él. Sin cirugía y sin selfies, a pelo y sin que nadie se entere de nada. La maravillosa sensación de existir tan solo y de verdad dentro de unos garabatos sobre un papel que nadie leerá nunca.



"El libro que ya estoy entreviendo es de índole análoga. Constaría de una serie de prólogos de libros que no existen. Abundaría en citas ejemplares de esas obras posibles".
Prólogo de prólogos
Jorge Luis Borges


viernes, 31 de marzo de 2017

El Instituto Las Meninas

   Relato utilizado para un capítulo de mi primera novela: La imposición del ego, disponible en pocas semanas.
   




Cierro la puerta del coche y me encuentro frente a una cancha de baloncesto vacía, situada delante de un bloque de viviendas sociales de cinco alturas. Un fuerte olor a sardinas emana de alguno de los pisos. A su derecha, un pequeño parque infantil desierto, abrasado por el sol. No hay nadie en la calle, tampoco circula ningún coche. Tan sólo se escucha el ácido y penetrante sonido de las chicharras. A su izquierda, lo que parece ser el instituto, al comienzo de la calle Víctor II. Una valla de hierro forjado sobre murete de ladrillo lo separa de la calle. Me aproximo a mirar entre los barrotes y lo primero que encuentro es una enorme extensión de terreno abandonada, conquistada por las malas hierbas. Aprieta fuerte el calor en esta incipiente mañana de principios de verano. Camino por la acera hasta alcanzar el acceso principal, un paso amplio para permitir la entrada y salida de vehículos. A su derecha, unas letras grandes de color granate, adheridas a un muro de ladrillo, nos anuncian que nos encontramos en el Instituto Las Meninas. Nada más entrar me sorprende un edificio bajo con techo a una sola agua, de planta única, con puertas de garaje de doble hoja fabricadas en chapa metálica ondulada. Una de ellas está abierta de par en par y descubro que en vez de coches, lo que hay dentro son clases. Tres o cuatro alumnos adultos desperdigados en una masa de pupitres apelotonados escuchan con atención la diatriba de una profesora, que pasea sobre un tosco suelo de hormigón frente a una pizarra con ruedas. Me dirijo, algo desconcertado, al edificio de enfrente, de dos plantas. Una hilera de arbustos y árboles abandonados separa los vehículos de profesores y empleados de una fachada antigua e insulsa. Accedo por la puerta principal a un recibidor triste a pesar de la luz que lo invade. Tablones de anuncios de toda índole forran las viejas paredes. A mi derecha encuentro a dos mujeres sentadas tras unas mesas bajas, resolviendo las dudas de un hombre cualquiera. Las doy los buenos días y las expongo nuestra voluntad de colaborar con el centro en su proyecto educativo y por tanto, mi deseo de hablar con la persona a cargo. Me contestan que la Jefa de Estudios, Natibel Pinto, aún no ha llegado, pero que puedo escribirla al correo del instituto. Les doy las gracias y abandono el edificio. Me sobra el tiempo y camino tranquilo. Además, no me siento satisfecho. Si he venido hasta aquí es para ser capaz de superar la barrera de ser un correo más en una bandeja de entrada fastidiosamente llena. Así que decido regresar y decirle a las recepcionistas que si no va a tardar mucho la esperaré tomando un café y me acercaré dentro de un rato. En vez de ingerir más cafeína, me animo a curiosear por el otro extremo del instituto. Tras el edificio de las puertas de garaje descubro otra construcción similar en obras, en la linde con el descampado. Camino hasta el borde de una pendiente tapizada de malas hierbas, arbustos y árboles raquíticos, que desciende hasta la valla perimetral de la institución educativa. Me giro y veo llegar un coche del que desciende una mujer de mediana edad y bien vestida. Elegante y sobria. Me lanza una mirada escrutadora y entra con decisión por la puerta principal. Camino con parsimonia hacia la salida cuando la mencionada señora me aborda y me dice que ha sido informada de que la busco. Es Natibel Pinto. Estrecho su mano mientras me invita a acompañarla a su puesto de trabajo, situado en el espacio adyacente a la zona de recepción, donde continúan las dos amables señoras a las que saludo de nuevo con un leve gesto de la mano y una sonrisa de agradecimiento. Se ha formado una pequeña cola frente a lo que parece ser la secretaría. A través de sus paredes acristaladas vislumbro, afuera, unas canchas de baloncesto con porterías, al otro lado del instituto. Entramos en un despacho con dos puestos de trabajo. La estancia disfruta de mucha luz. Los muebles y estanterías son antiguos pero realizan su función. Todo está repleto de papeles y carpetas. Desgracia, de Coetzee, reposa junto al teclado. Natibel retira un producto olvidado por la señora de la limpieza y me invita a tomar asiento mientras enciende la enorme pantalla plana de su ordenador y me cuenta que la acaban de trasladar allí. Me entrega un tríptico en blanco y negro con información general sobre el instituto mientras lamenta que todavía no le han llegado los ejemplares en color. Mantenemos una larga conversación acerca de los planes de estudios en los que deseamos colaborar. Me cuenta que, debido al cambio de la ley educativa, han pasado a tener una duración de dos años en vez de uno, y que las prácticas se concentran en el último trimestre del segundo curso. Me muestra una relación de las asignaturas cursadas y el número de créditos asignados a cada una. Me proporciona algunos documentos que deberé rellenar para colaborar en el proyecto, aunque es tan sólo a modo informativo, ya que la encargada de este área deberá enviármelos por correo y yo tendré que devolverlos firmados. Me cuenta que aún se relacionan por fax con la administración autonómica. Me informa de que a partir del próximo curso, al cual nos incorporaríamos, no existe remuneración alguna para colaboraciones como la nuestra. Nuestra aportación es absolutamente altruista. A decir verdad, la remuneración anterior era lamentable, testimonial. Le respondo que no nos importa y relleno un papel con los datos del centro clínico y con los míos. Natibel me dice que ya no se ve una letra como esa y la respondo que es el diablo quien me enseñó a escribir con la izquierda, entre risas. Hablamos del Dr. Martín, un amigo que forma parte del cuadro de colaboradores. Natibel me cuenta que ha mantenido alguna conversación telefónica con él pero que no tiene el gusto de conocerle en persona. Me invita a que la acompañe y conozca las instalaciones donde desarrollan su labor formativa en el campo que nos ocupa. Caminamos hasta el último edificio, colindante con el descampado. Por el camino de baldosas pienso que las personas cuyos objetivos no son económicos resultamos difícilmente aprehensibles, nuestras motivaciones resultan escurridizas, quizá invisibles, para los demás. Satisfacen nuestro secreto deleite, nuestra personal relación con el mundo. Debido al desdoblamiento de los estudios en dos años, se han visto obligados a reformar la planta baja con el fin de crear un aula nueva para los alumnos de primer curso, donde recibirán su formación teórica. La amplia estancia se encuentra en pleno proceso de demolición, prácticamente acabado. Cascotes, paredes derruidas y hierros retorcidos reposan iluminados por la luz del sol que se derrama por los ventanales. Una escalera en penumbra nos conduce al piso superior. El instituto tiene casi cuarenta años. Nos encontramos en un largo pasillo de tonos verdes, del cual parecen emerger multitud de aulas. La primera de ellas es la que nos disponemos a visitar. Al encender la luz descubro con júbilo seis sillones Fedesa Samoa agrupados en un área de trabajo abierta. Natibel me explica con visible satisfacción que son el único centro público que dispone de semejante cantidad de puestos de prácticas. El mobiliario de almacenaje se dispone junto a las paredes, forradas con espejos. Los amplios ventanales tienen hoy las persianas bajadas. En un extremo reposan dos autoclaves, una cuba de ultrasonidos y una selladora de bolsas de esterilización. Junto a esta maquinaria un pequeño paso abierto, flanqueado en el otro extremo por dos recortadoras de modelos de escayola, nos permite acceder al aula de teoría. Cuatro filas de asientos enfrentadas de a dos para que el profesor imparta sus clases desde el centro. Detrás, una pizarra blanca. En el techo, dos proyectores. Natibel me cuenta que se han visto abocados a colocar un par debido a la disposición de los asientos en el aula. Me distrae una pegatina enorme de dos personajes de dibujos de la tele cuyo nombre desconozco. Bajando las escaleras surge la posibilidad de colaborar impartiendo alguna clase de la asignatura de gestión, debido a mi formación en dicho área, o quizá de alguna otra materia, de forma completamente desinteresada. ¿A quién se le ha ocurrido? Nos despedimos cordialmente en la puerta de acceso al recinto del instituto. Puedo decir que Doña Natibel ha sido una agradable y profesional compañía. Camino por la pista de baloncesto en dirección a mi coche, bajo el sol que derrite los bloques de viviendas sociales del barrio de San Epifanio, y sonrío. El curso que comienza en septiembre seremos uno de los centros clínicos que colabore en la formación práctica de los alumnos del instituto. Apoyado en el lateral del vehículo, enciendo un cigarrillo. Miro al descampado e imagino cómo la dignidad, la independencia y la serenidad arrancan de raíz sus malas hierbas. Inhalo el humo y lo suelto, disfrutando del momento. Pisoteo la colilla como se hace con un traidor y abandono el instituto sabiendo que, en septiembre, allí estaré.

martes, 31 de mayo de 2016

La Poligonera no sale barata, sale gratis.


 Homenaje a Natsume Sōseki, escritor budista, y a su famosa novela Botchan


    Hoy ha amanecido un maravilloso día de primavera. El cielo es azul y un viento fresco, proveniente de las últimas nieves de las cumbres pirenaicas, limpia las calles de malos augurios. He saludado a un nuevo amanecer sentado en mi cojín de meditación. Soy consciente de que tengo salud, casa, comida, agua, el amor de mi mujer y mis hijos, el sincero aprecio de mis amigos y una vida en paz. La paz interior de no tener nada que hacer ni ningún lugar a donde ir, de no ser nadie y no ir a ninguna parte. De anular la avidez, el odio, el apego y la ofuscación. De no ser esclavo de ninguna pasión, de no ser un simio trabajador-consumidor, y de agradecer a mis pocos enemigos que, con su vacua existencia, me ayuden a desarrollar mis virtudes. Soy consciente de mi cuerpo y mente en paz, y del maravilloso momento presente.
    Como cada día, cuando despiertan, soy consciente de la extraordinaria mujer con quien comparto la vida y de la inmensa felicidad de mis hijos.
    Conduciendo por las calles de Zaragoza, siento una serena alegría. Vamos a recoger a gente que da la vida por mí, y yo por ellos, cada día, y que hemos construido un lugar entre todos en el que somos felices mientras trabajamos. Y allí están, esperándonos, preparadas, con buen ánimo. Desayunamos en una cafetería de la Plaza de los Paralelospípedos, junto al juzgado. Más buena gente, con sus familias, se incorporan. Hablamos de fútbol - el Real Madrid acaba de ganar, por primera vez, la Champions league al Atlético de Madrid de forma humillante, en el minuto 93 - y saboreamos un buen café.
    Antonio, una de esas personas excepcionales que te regalan, sin saberlo, los advenedizos, nos anima a Benito y a mí a entrar en los juzgados. El guardia de seguridad me pide que le muestre cuán grande es el mosquetón en el que llevo mis llaves, y nos reímos. El ascensor nos lleva hasta una amplia sala llena de letrados y clientes. Disfruto del bullir de la compleja actividad intelectual humana. En contra de lo que esperábamos, enseguida nos llaman para conciliar. Antonio, Cucaracha - la toga negra, el pelo oscuro aplastado, su pequeñez y su cara corroboran de forma física el apodo del que se ha hecho justa merecedora con su comportamiento - y Na.di.e pasan a un despacho en el que les reciben la fiscal y la secretaria. El Parásito Familiar y un hombre gordo y calvo esperan fuera. Los mensajes de claudicación falsos han sido enviados hace unos pocos días. Sandra, abogada laboralista y prima de mi mujer, se acerca para saludar y dar ánimos, y también para contarnos que el juez que nos ha tocado es muy "prooperario". ¿Y cuál no lo es?
    No hay conciliación pero queda en vilo, ya que la Cucaracha y el Parásito Familiar quieren luchar por su tajada. Conocemos cómo funcionan los zocos de medio mundo, y sabemos que los despojos sin inteligencia que utilizan a los demás acaban convirtiéndose en carne con la que comerciar, a su vez. Y que la estupidez de Na.di.e, entendida como una natural incapacidad para comprender lo que realmente ocurre, ofuscada por la bilis, juega a nuestro favor. En muy poco tiempo, gracias a un gran abogado y a su maleta "vacía", el regateo nos favorece. 46.000...15.000...10.000...8.000... hasta llegar, sin problema, a improcedencia, retirada del mobbing para todos - con lo cual se reconoce implícitamente su falsedad, algo cierto no se retira por cuatro duros - y se acepta el finiquito ya abonado, al cual le faltan diez días de vacaciones. Y hacemos cuentas: todo lo que ha perdido - y nosotros ahorrado - por las sanciones, la reducción de jornada como intento de presión -y que hemos ahorrado -, perder el módulo presencial, el tiempo y esfuerzo invertidos en redactar mentiras con la Cucaracha, en engañar a psicólogos y psiquiatras, en peritajes y traslados de ordenadores para elaborar pruebas estúpidas, en escuchar audios de forma obsesiva, en convencer a posibles testigos - alguna de las cuales siempre ha puesto a caer de un guindo -, en no dormir, en tensionar la vida familiar, los meses sin ingresos, los honorarios de la Cucaracha y adláteres, el aldaManazo del peritaje, fregar el suelo con su orgullo, por el cual ha perdido trabajo, amigos y un futuro amable - lo triste de las personalidades psicopáticas es que son su propia y continua condena; perder personas les da igual, no nos diferencian de los objetos, y su entorno toma nota -, proteger a un gran equipo profesional y humano y nuestra bendita vida feliz. Y ahorrarnos un sueldo que estábamos dispuestos a mantener, desde que cerramos el otro centro de trabajo, por sincera amistad y cariño. Me hago una simple pregunta: ¿cuánto dinero cubre una reputación y unas referencias arruinadas por siempre en un sector pequeño en el que todo el mundo se conoce? Las alimañas pelean por las migajas que ellas mismas han ido perdiendo por el camino. Cuando se las das, los buitres que les flanquean las devoran y la alimaña continúa alimentándose de odio, orgullo y sonrisa huidiza para ocultar su profunda necedad. Utilizamos la psicopatía con la que nos ha agredido en nuestro beneficio. Tal y como le explica un senador romano al César en Gladiator, la anguila permanece quieta en el fondo del mar, impasible incluso cuando la muerden, para descargar un sorprendente golpe eléctrico inesperado en el último momento. Nos enrocamos y resistimos el asedio para dar un jaque mate fulminante con un par de piezas.
    El Parásito Familiar se revuelve y quiere imponerse en los tiempos de pago. Último estertor infantil y de virilidad capada. Nos negamos y, con la Cucaracha agachada tocando las rodillas de Na.di.e y Parásito, aceptan. La Poligonera no sale barata, sale gratis. Cuando nosotros queremos. A los nueve meses de comenzar un conflicto de niñata mimada egoísta que, solucionado a nuestra manera, le hubiera reportado más dinero, paz y amistad. Cuando nosotros hemos decidido que lo poco que pagamos y la miseria que le llega no cubre la sangre, sudor y lágrimas que se ha dejado para conseguirlo. Habiendo rechazado coacciones, amenazas, manipulaciones y mentiras. Habiéndola obligado a que todo el mundo conozca a su Mr. Hyde. En esta ocasión, Patricia Highsmith no ha conseguido que el talento de Mr. Ripley, A pleno sol, manipule a los grupos de personas que mantiene compartimentados para satisfacer su ego patológico.
    Hemos disfrutado mucho y marchamos serenos y contentos de nuestra madurez y nuestras pocas - o muchas - luces. Mientras, firmando, la Cucaracha, haciendo honor a su nombre, humilla a Na.di.e - a su propia cliente - delante de la fiscal, la secretaria y Antonio - y por tanto, delante de todos nosotros -, diciéndole que una parte es para ella. Antonio afirma asombrado que lo de la Cucaracha amenazándole con que cuidara su espalda y esto, no lo ha visto jamás. Na.di.e, prolongando un ridículo papel que no le interesa más que a los calzonazos que se lo quieran creer, lloriquea ante desconocidos que eso no cubre su sufrimiento, tras haber firmado. La humillación continúa cuando Cucaracha, en un aparte, excitada, le pide el teléfono a Antonio, y éste se lo inventa. Él la suele llamar La Inmunda, la Colega del Inframundo.
    Uno de los despojos que aguarda abajo, Esmeralda, será alcanzada por sus deudas.
   Un montón de buena gente nos espera en la calle, dispuestos a darlo todo. No hace falta. El mayor Arte de la Guerra consiste en vencer sin luchar, Sun Tzu dixit. No era un alma barata, era una desalmada gratis.
   Continúa haciendo un maravilloso día de primavera. Lo celebramos con una buenas jarras de cerveza, en una terraza, todos juntos. María relata la anécdota de una mujer de su pueblo que, insultada de hecho y palabra por una vecina de manera reiterada, le soltó un buen puñetazo. Resultó condenada a pagar diez mil pesetas y, cuando tuvo que aportarlas, puso otras diez mil más, por la siguiente torta que la iba a soltar cuando saliera. Disfrutó tanto que le parecía barato.
    Luego, tarde, nos damos un homenaje en un restaurante vasco. Y después, un gin-tonic al atardecer, con la ciudad a nuestros pies. Hablamos y reímos, de lo divino y de lo humano, y saboreamos los detalles. Disfrutamos siendo conscientes de esa íntima sensación que sabemos que le ha quedado al atontado que sabe que ha perdido en todo y le han hecho creer que ha ganado. Como le pasa en Nueve Reinas a Ricardo Darín. El timador timado por un buen grupo de amigos a los que había tratado como a objetos de usar y tirar.
    Ha sido un gustazo defendernos de una mala persona, la Poligonera y su banda de secuaces, durante los últimos meses. Nos ha ayudado a conocernos mejor a nosotros mismos y a encontrar gente nueva maravillosa. También a saber que tenemos amigos de verdad, que frente a la adversidad nuestra gente es una piña y responde. A defender con serenidad nuestra independencia y nuestra identidad, por las que siempre luchamos, frente a desequilibradas que pretenden imponernos sus decisiones. A digerir la traición y el hostigamiento de un ser cruel, arrogante y dictatorial, bajo su máscara. Una persona vengativa frente a un simple no de esta forma, pero sí de esta otra, arrogante y orgullosa, no sabemos muy bien de qué. El egoísmo y la altivez, pruebas concluyentes de una personalidad mal construida, falta de cariño y rebosante de inseguridades, residen en las entrañas, situadas muy por debajo del corazón y la cabeza. Frente a personas violentas y podridas por su ponzoña interior, hemos opuesto serenidad e inteligencia. Frente a despojos que tratan de imponer sus egoístas deseos al sentido común y al bien colectivo, resistencia. Frente a parásitos de la sociedad, de sus progenitores, de su marido y de sus inocentes hijos, trabajo, esfuerzo, honestidad y buenas intenciones. Frente a la rapiña, valores. Como dijo Ghandi, un gran resistente, la violencia es el miedo a los ideales de los demás. Yo añadiría que el sostenimiento de esos ideales es el espejo que sitúa a los indeseables frente a su podredumbre. Y que no soportan verla, no se soportan y por eso huyen hacia adelante con los ojos vendados y el entendimiento nublado. Ante semejantes seres no sentimos pena ni odio, sino Compasión, con mayúscula. Y un profundo y sincero agradecimiento por ayudarnos a ser mejores personas y mejor equipo.
    Nuestros hijos nos reciben en casa con un torrente de alegría y nuestro hogar nos arropa. Sentado en mi cojín, en la serena noche de primavera, medito acerca de las sencillas y claras enseñanzas de un gran maestro zen: the way out, is in. Si no comprendes esto, jamás hay salida.
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¿Te ha gustado?Lee otro relato de la Poligonera pinchando este enlace. Victoria, Na.di.e o la Poligonera de San Blas


martes, 22 de diciembre de 2015

Victoria, Na.Di.e o la Poligonera de San Blas



    Recuerdo, en otra agraciada plenitud de mi vida interior, a uno de esos seres, que no me atrevo a calificar de humanos, de mis vivencias de incipiente madurez. Aún corrían tiempos de pequeños espacios libres para que los desgraciados iletrados creyeran que campaban a sus anchas, allá por finales de los noventa. Por aquel entonces tuve la desgracia de relacionarme con un despojo humano que sabía disfrazar su hedor a tejido muerto, proveniente de su oscura alma, gracias a la capacidad de los individuos psicopáticos de relacionarse en sociedad disfrazados de normalidad, incluso en su entorno más cercano. Con el transcurrir de los benditos años de paz, amor y cariño que me ha regalado la vida, los detalles de las experiencias con los pocos necios con los que me he relacionado se han difuminado, quizá porque jamás me han interesado demasiado.
    Por aquel entonces ya había aprendido que el dinero, en muy pocas cantidades, es capaz de comprar el alma de los seres con amago de inteligencia más despreciables. Almas baratas, forma educada de llamar a los que se comportan peor que una de las profesiones más antiguas. Seres vivos muertos, sin memoria ni empatía, desgraciados desagradecidos, manipuladores capaces de relatar mentiras y de fabricar insultos, de contar medias verdades y completos embustes dependiendo de la persona que tuvieran delante y su facilidad para plegarse y adherirse a sus infectos planes. En aquellos tiempos se estilaba informar casi por completo a la sutil y exitosa zorra a la que inconscientemente se emulaba y desinformar y engañar vilmente al bondadoso  e incauto progenitor al que la genética familiar del propio género había sido capaz de sojuzgar en la generación anterior.
    Victoria, maldecida por su propio nombre, era un amasijo de células supuestamente vivas que apareció en nuestras vidas laborales dispuesta a recibir todo lo que las personas honestas sabemos dar, disfrazando la podredumbre heredada y aprendida en lo cotidiano de una manipuladora y estirada cucaracha, a cuya hija en fugaz iluminación autorredentora pensó en llamar Natividad, idea bloqueada ipso facto a causa del permanente recordatorio que supondría la límpida evocación del nombre de la hija en contraste con la putrefacción de los materialistas fines de la concepción de la mencionada hija y de sus hermanos. Victoria era mucho mejor, debió pensar, reflejaba una forma de ver la vida mucho más acorde con su conducta, dirigida por sus más básicos instintos animales, pero remozada con una buena capa de maquillaje, ropa y peluquería. 
    Recuerdo el día en que escuchamos decir a Victoria, escapándose por una pequeña grieta que el alcohol había abierto en su disfraz, que ella siempre conseguía lo que quería. Esa poderosa afirmación del ego refleja el engañoso sentimiento de superioridad que aflora en seres que carecen de la más mínima formación e inteligencia pero viven rodeados de familiares que de una forma u otra les sostienen, manipulados por arpías que saben manejar los afectos en su favor. Un buen ejemplo de todo ello era el pobre marido. Aquella misma noche comentaba, ufana y desinhibida, desatada, cómo había despreciado a su marido hasta que le había visto con un buen coche y una buena profesión y le había engatusado porque, de nuevo...ella siempre conseguía lo que quería. Y podías ver al pobre infeliz diciendo por ahí que Victoria era una buena chica, mientras viajaba por medio mundo currando como un esclavo para sostener sus caprichos y, el poco tiempo que pasaba en casa, era sojuzgado y obligado a trabajar de manitas del hogar y atender a los niños en pro de una supuesta igualdad de sexos, uno de los trucos más viejos para someter a un buen hombre, quien desahogaba su humillación velada en despedidas de soltero, entre alcohol y amiguitas de una noche.
    Conducía un coche negro barato y usado, de segunda mano, antiguo con apariencia de nuevo, de una marca de lujo, lo cual convertía en verdadero el axioma de que tu coche habla mucho de tu personalidad.
    Era dueña de un perro, el cual tenía permanentemente endosado al sector masculino de la familia en cuanto a su cuidado. Las pocas ocasiones en las que se hacía cargo de él, le permitía cagar dentro de las zonas comunes del edificio donde residía, y era capaz de enfrentarse e insultar a cualquier vecino que la increpara frente a su sucia e inadaptada conducta, y contarlo con visible satisfacción, esgrimiendo una sonrisa de orgullo.
    A la mínima oportunidad hacía gala de un profuso postureo de izquierdas, con pose de sufrida y esforzada trabajadora incluida, probablemente generada por la mala conciencia de ser una parasitaria hija de papá que había sido incapaz de hacer el mínimo esfuerzo por pasar del primer año de una carrera facilita de universidad privada. Cuando se fue acercando el momento de comenzar a parasitar también al ente público y, por tanto, robarnos a todos, trabajadores cotizantes sobre todo, abandonó sus comentarios de proletaria oprimida e incluso comenzó a vestir ropa menos "callejera".
    Victoria, o Na.....Di.. .e......., como la llamábamos sus compañeras, fue despertando, con el paso de los años, a una dura realidad. La de que la juventud camufla la ineptitud, porque castiga el esfuerzo, pero con el tiempo este se ve gratamente recompensado. Y en la década de los treinta años comenzó a llamar la atención en los círculos familiares, laborales y sociales en los que se movía, el patente hecho de que carecía de estudios, no sabía hablar con propiedad de nada, y tampoco sabía hacer nada útil y cualificado. Vamos, que aunque la mona se vista de ropa barata de internet, mona se queda. O lerda, incapaz, digamos que no le daba la cabeza para nada. Además, el inexorable paso del tiempo pasaba su amarga factura y la belleza propia de la juventud, ese arma que algunas mujeres creen que durará siempre, y a la cual lo apuestan todo ya que no tienen, no son, nada más, declinaba. Las arrugas, las canas, las ojeras, las patas de gallo, algunas partes del cuerpo colgando y otras abriéndose en canal, avanzaban sobre la geografía corporal de Nadie, la cual veía crecer el miedo en su alma hueca mientras comenzaba a tratar de disimular los surcos del tiempo con más capas de maquillaje, que ya utilizaba desde muy joven para ocultar sus patillas y su profusa pelusa facial.
    Entregada a una fachada de orgullo, altanería e impostada seguridad en sí misma, se esforzaba por ocultar el pavor que le producían su ineptitud e ignorancia supinas. Era tan simple que se había creído que tan sólo con dar fuertes golpes contra el suelo con sus tacones y tener una respuesta para todo mientras se mueve el cuello de lado a lado y se ponen caritas, como en los vídeos musicales de mujeres de color que sólo saben cantar, le iría bien. Lo que en el fondo sabía, era que todas esas divas de plástico a las que emulaba eran ídolos de niñatas, que siempre acaban mal. Y comenzó a hacer lo que toda mala mujer acorralada por sí misma hace en el mundo moderno: Utilizar a sus hijos, su maternidad, como su última y desesperada arma arrojadiza.
    Intentó coaccionar a mis jefas, unas bellísimas personas que habían confiado en ella, la habían hecho numerosos favores y la habían tratado con sincero cariño. Lo hizo en presencia de personas ajenas a la empresa, así de estirada, orgullosa, barriobajera y estúpida era. Ellas tuvieron que cerrar la sucursal en la que ella trabajaba y, en vez de echarla, la acogieron junto a nosotras en la central y la buscaron algo que hacer. Le pagaron formación para que accediera a una categoría mayor y ganara más dinero, pero ella se dedicó a despreciar semejante regalo sistemáticamente, aunque en el fondo todos sabíamos que era incapaz de estudiar nada. Tenía una de esas frentes tan estrechas que imposibilitan que ahí dentro hubiera un lóbulo frontal convenientemente desarrollado. Le pagaban más horas de las que trabajaba, accedía gratis a los caros servicios de la empresa, sus numerosos familiares sólo abonaban la mitad, cenas y comidas de empresa, regalos de Navidad, sincera preocupación por la salud de sus hijos... Al incorporarse de su tercera baja por maternidad las coaccionó, por medio de una abogaducha recién salida de la facultad, para que la echaran, y así poder pagarse el gimnasio y los caprichitos un par de años a costa del erario público, ya que se enteró de que nuestro maravilloso sistema la abonaba un paro exorbitado por el mero hecho de ser madre. Mis jefas se negaron a cometer un delito penado con cárcel y fuertemente perseguido, madres como eran también, y tuvieron que soportar el vomitivo hecho de ver cómo Nadie les decía a la cara que le daba exactamente igual lo que les pasara y que ella tenía que pensar en lo suyo. Sufrieron lo indecible, al principio, al resultar apuñaladas por la espalda por alguien a quien habían apoyado en todo y en quien habían confiado plenamente.
    Después, al no conseguir llevar a cabo sus abyectos planes de Judas de finales del siglo XX, descubrimos su verdadera personalidad. La Poligonera de San Blas, verdadero ser de rata de dos patas acorralada por la vida, que daba la cara al no conseguir su otro verdadero yo, la Niña de Papá, lo que quería. Regresó a la oficina obligada por las circunstancias, gritando, insultando y golpeando a todo lo que se movía. Se quejó amargamente de realizar la única tarea para la que estaba cualificada, limpiar y ordenar. Disfrutamos viendo sufrir a una mala persona que cuando se mira al espejo cree ver a alguien especial y de categoría social, y cuya imagen reflejada, la real, es una ignorante que sólo sabe limpiar y que ha conseguido llegar a los treinta y pico parasitando los esfuerzos y la clase social de su progenitor masculino. Y que, en una vuelta de tuerca a su alma barata y podrida, descubre que ahora no le queda más remedio que continuar parasitando, en esta ocasión a la sociedad, por medio de sus inocentes hijos. Es ahí cuando vino el período de inventarse visitas al médico, urgencias de sus hijos y bajas más o menos prolongadas, correspondientemente documentadas por un buen detective. Aún así, la podía el carácter soberbio y arrogante, y entonces aparecía la Zorra Revenía, y cometía faltas disciplinarias graves que la llevaban a pasar temporadas en casa sin empleo y sueldo. Lo cual ponía en serias dificultades esa vida aparente que trataba de llevar a base de comprar ropa barata de marca en internet, ir al gimnasio o pagar la letra del cochecillo usado que trataba de usar de insignia de una clase social a la que no pertenecía, o su apariencia de mujer trabajadora e independiente, una de las falsas coartadas para sojuzgar a su marido.
    Salió de nuestras vidas por la puerta de atrás, retratada como lo que en verdad era, una mala persona que ataca a la gente que la aprecia y se humilla por conseguir cuatro perras. Esta salida del armario también lo fue para sus familiares y allegados, algunos de los cuales -uno en especial- ponían su barba a remojar. Y es que algunas ideas oradan los surcos cerebrales como un gusano hambriento, y la de que Victoria era malvada y egoísta se instaló en el cerebro de su marido como en una manzana podrida. Y el gusanito continuó excavando túneles en sus vidas, y le llegó su turno. Mientras los demás progresaban y triunfaban gracias a sus estudios y su esfuerzo, ella, ya algo mayor, vaga, acostumbrada a parasitar y carente de inteligencia y capacidades, tan sólo tenía a sus hijos y a su abogaducha. Así que en esta ocasión los arrojó en forma de divorcio violento, inventando, como buena arpía que utiliza la triste situación de muchas buenas mujeres, una agresión por parte de su marido. Éste terminó viviendo en un pisucho barato alquilado, sin casi ver a sus hijos, y continuó trabajando como un esclavo para pasar a Nadie una pensión desorbitada que ella utilizaba para seguir poniendo capas sobre su vileza y podredumbre. Han pasado veinte años y sus hijos, que no la quieren, salieron jóvenes de casa, y poco a poco han retomado la relación con el buen hombre que es su padre. Ella, muy de cuando en cuando, me llama. Porque además de compañera de trabajo soy su hermana. Yo miro su nombre en la pantalla del teléfono, pulso el botón rojo, y sigo comiendo, feliz, con mi familia. No me ha llamado Nadie.